Los juegos del hambre suzanne collins

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    15-Dec-2014

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1. PRIMERA PARTE: LOS TRIBUTOS_____ 1 _____ Cuando me despierto, el otro lado de la cama est fro. Estiro losdedos buscando el calor de Prim, pero no encuentro ms que la bastafunda de lona del colchn. Seguro que ha tenido pesadillas y se hametido en la cama de nuestra madre; claro que s, porque es el da dela cosecha. Me apoyo en un codo y me levanto un poco; en el dormitorio entraalgo de luz, as que puedo verlas. Mi hermana pequea, Prim,acurrucada a su lado, protegida por el cuerpo de mi madre, las doscon las mejillas pegadas. Mi madre parece ms joven cuando duerme;agotada, aunque no tan machacada. La cara de Prim es tan frescacomo una gota de agua, tan encantadora como la prmula que le danombre. Mi madre tambin fue muy guapa hace tiempo, o eso me handicho. Sentado sobre las rodillas de Prim, para protegerla, est el gatoms feo del mundo: hocico aplastado, media oreja arrancada y ojosdel color de un calabacn podrido. Prim le puso Buttercup porque,segn ella, su pelaje amarillo embarrado tena el mismo tono deaquella flor, el rannculo. El gato me odia o, al menos, no confa enm. Aunque han pasado ya algunos aos, creo que todava recuerdaque intent ahogarlo en un cubo cuando Prim lo trajo a casa; era ungatito esculido, con la tripa hinchada por las lombrices y lleno depulgas. Lo ltimo que yo necesitaba era otra boca que alimentar, peromi hermana me suplic mucho, e incluso llor para que le dejasequedrselo. Al final la cosa sali bien: mi madre le libr de losparsitos, y ahora es un cazador de ratones nato; a veces, hasta cazaalguna rata. Como de vez en cuando le echo las entraas de laspresas, ha dejado de bufarme. Entraas y nada de bufidos: no habr ms cario que se entrenosotros. Me bajo de la cama y me pongo las botas de cazar; la piel fina ysuave se ha adaptado a mis pies. Me pongo tambin los pantalones yuna camisa, meto mi larga trenza oscura en una gorra y tomo la bolsa 2. que utilizo para guardar todo lo que recojo. En la mesa, bajo uncuenco de madera que sirve para protegerlo de ratas y gatoshambrientos, encuentro un perfecto quesito de cabra envuelto enhojas de albahaca. Es un regalo de Prim para el da de la cosecha;cuando salgo me lo meto con cuidado en el bolsillo. Nuestra parte del Distrito 12, a la que solemos llamar la Veta, estsiempre llena a estas horas de mineros del carbn que se dirigen alturno de maana. Hombres y mujeres de hombros cados y nudilloshinchados, muchos de los cuales ya ni siquiera intentan limpiarse elpolvo de carbn de las uas rotas y las arrugas de sus rostroshundidos. Sin embargo, hoy las calles manchadas de carboncillo estnvacas y las contraventanas de las achaparradas casas grisespermanecen cerradas. La cosecha no empieza hasta las dos, as quetodos prefieren dormir hasta entonces... si pueden. Nuestra casa est casi al final de la Veta, slo tengo que dejaratrs unas cuantas puertas para llegar al campo desastrado al quellaman la Pradera. Lo que separa la Pradera de los bosques y, dehecho, lo que rodea todo el Distrito 12, es una alta alambrada metlicarematada con bucles de alambre de espino. En teora, se supone queest electrificada las veinticuatro horas para disuadir a losdepredadores que viven en los bosques y antes recorran nuestrascalles (jauras de perros salvajes, pumas solitarios y osos). Enrealidad, como, con suerte, slo tenemos dos o tres horas deelectricidad por la noche, no suele ser peligroso tocarla. Aun as,siempre me tomo un instante para escuchar con atencin, por si oigoel zumbido que indica que la valla est cargada. En este momentoest tan silenciosa como una piedra. Me escondo detrs de un grupode arbustos, me tumbo boca abajo y me arrastro por debajo de la tirade sesenta centmetros que lleva suelta varios aos. La alambradatiene otros puntos dbiles, pero ste est tan cerca de casa que casisiempre entro en el bosque por aqu. En cuanto estoy entre los rboles, recupero un arco y un carcaj deflechas que tena escondidos en un tronco hueco. Est o noelectrificada, la alambrada ha conseguido mantener a los devoradoresde hombres fuera del Distrito 12. Dentro de los bosques, los animalesdeambulan a sus anchas y existen otros peligros, como las serpientesvenenosas, los animales rabiosos y la falta de senderos que seguir.Pero tambin hay comida, si sabes cmo encontrarla. Mi padre losaba y me haba enseado unas cuantas cosas antes de volar enpedazos en la explosin de una mina. No qued nada de l que 3. pudiramos enterrar. Yo tena once aos; cinco aos despus,muchas noches me sigo despertando gritndole que corra. Aunque entrar en los bosques es ilegal y la caza furtiva tiene elpeor de los castigos, habra ms gente que se arriesgara si tuvieraarmas. El problema es que hay pocos lo bastante valientes paraaventurarse armados con un cuchillo. Mi arco es una rareza quefabric mi padre, junto con otros similares que guardo bien escondidosen el bosque, envueltos con cuidado en fundas impermeables. Mipadre podra haber ganado bastante dinero vendindolos, pero, dehaberlo descubierto los funcionarios del Gobierno, lo habranejecutado en pblico por incitar a la rebelin. Casi todos los agentesde la paz hacen la vista gorda con los pocos que cazamos, ya queestn tan necesitados de carne fresca como los dems. De hecho,estn entre nuestros mejores clientes. Sin embargo, nunca permitiranque alguien armase a la Veta. En otoo, unas cuantas almas valientes se internan en losbosques para recoger manzanas, aunque sin perder de vista laPradera, siempre lo bastante cerca para volver corriendo a laseguridad del Distrito 12 si surgen problemas. --El Distrito 12, donde puedes morirte de hambre sin poner enpeligro tu seguridad --murmuro; despus miro a mi alrededorrpidamente porque, incluso aqu, en medio de ninguna parte, mepreocupa que alguien me escuche. Cuando era ms joven, mataba a mi madre del susto con lascosas que deca sobre el Distrito 12 y la gente que gobierna nuestropas, Panem, desde esa lejana ciudad llamada el Capitolio. Al finalcomprend que aquello slo poda causarnos ms problemas, as queaprend a morderme la lengua y ponerme una mscara de indiferenciapara que nadie pudiese averiguar lo que estaba pensando. Trabajo ensilencio en clase; hago comentarios educados y superficiales en elmercado pblico; y me limito a las conversaciones comerciales en elQuemador, que es el mercado negro donde gano casi todo mi dinero.Incluso en casa, donde soy menos simptica, evito entrar en temasespinosos, como la cosecha, los racionamientos de comida o losJuegos del Hambre. Quizs a Prim se le ocurriera repetir mis palabrasy qu sera de nosotras entonces? En los bosques me espera la nica persona con la que puedo seryo misma: Gale. Noto que se me relajan los msculos de la cara, quese me acelera el paso mientras subo por las colinas hasta nuestrolugar de encuentro, un saliente rocoso con vistas al valle. Un matorral 4. de arbustos de bayas lo protege de ojos curiosos. Verlo all,esperndome, me hace sonrer; nunca sonro, salvo en los bosques. --Hola, Catnip --me saluda Gale. En realidad me llamo Katniss, como la flor acutica a la quellaman saeta, pero, cuando se lo dije por primera vez, mi voz no erams que un susurro, as que crey que le deca Catnip, la menta degato. Despus, cuando un lince loco empez a seguirme por losbosques en busca de sobras, se convirti en mi nombre oficial. Al finaltuve que matar al lince porque asustaba a las presas, aunque era tanbuena compaa que casi me dio pena. Por otro lado, me pagaronbien por su piel. --Mira lo que he cazado. Gale sostiene en alto una hogaza de pan con una flecha clavadaen el centro, y yo me ro. Es pan de verdad, de panadera, y no lasbarras planas y densas que hacemos con nuestras raciones decereales. Lo cojo, saco la flecha y me llevo el agujero de la corteza ala nariz para aspirar una fragancia que me hace la boca agua. El panbueno como ste es para ocasiones especiales. --Ummm, todava est caliente --digo. Debe de haber ido a lapanadera al despuntar el alba para cambiarlo por otra cosa--. Qu teha costado? --Slo una ardilla. Creo que el anciano estaba un pocosentimental esta maana. Hasta me dese buena suerte. --Bueno, todos nos sentimos un poco ms unidos hoy, no?--comento, sin molestarme en poner los ojos en blanco--. Prim nos hadejado un queso --digo, sacndolo. --Gracias, Prim --exclama Gale, alegrndose con el regalo--. Nosdaremos un verdadero festn. --De repente, se pone a imitar el acentodel Capitolio y los ademanes de Effie Trinket, la mujer optimista hastala demencia que viene una vez al ao para leer los nombres de lacosecha--. Casi se me olvida! Felices Juegos del Hambre! --Recogeunas cuantas moras de los arbustos que nos rodean--. Y que lasuerte... --empieza, lanzndome una mora. La cojo con la boca yrompo la delicada piel con los dientes; la dulce acidez del fruto meestalla en la lengua. --... est siempre, siempre de vuestra parte! --concluyo, con elmismo bro. Tenemos que bromear sobre el tema, porque la alternativa esmorirse de miedo. Adems, el acento del Capitolio es tan afectado quecasi todo suena gracioso con l. 5. Observo a Gale sacar el cuchillo y cortar el pan; podra ser mihermano: pelo negro liso, piel aceitunada, incluso tenemos los mismosojos grises. Pero no somos familia, al menos, no cercana. Casi todoslos que trabajan en las minas tienen un aspecto similar, comonosotros. Por eso mi madre y Prim, con su cabello rubio y sus ojos azules,siempre parecen fuera de lugar; porque lo estn. Mis abuelosmaternos formaban parte de la pequea clase de comerciantes quesirve a los funcionarios, los agentes de la paz y algn que otro clientede la Veta. Tenan una botica en la parte ms elegante del Distrito 12;como casi nadie puede permitirse pagar un mdico, los boticarios sonnuestros sanadores. Mi padre conoci a mi madre gracias a que,cuando iba de caza, a veces recoga hierbas medicinales y se lasvenda a la botica para que fabricaran sus remedios. Mi madre tuvoque enamorarse de verdad para abandonar su hogar y meterse en laVeta. Es lo que intento recordar cuando slo veo en ella a una mujerque se qued sentada, vaca e inaccesible mientras sus hijas seconvertan en piel y huesos. Intento perdonarla por mi padre, pero,para ser sincera, no soy de las que perdonan. Gale unta el suave queso de cabra en las rebanadas de pan ycoloca con cuidado una hoja de albahaca en cada una, mientras yorecojo bayas de los arbustos. Nos acomodamos en un rincn de lasrocas en el que nadie puede vernos, aunque tenemos una vista muyclara del valle, que est rebosante de vida estival: verduras porrecoger, races por escarbar y peces irisados a la luz del sol. El datiene un aspecto glorioso, de cielo azul y brisa fresca; la comida esestupenda, el pan caliente absorbe el queso y las bayas nos estallanen la boca. Todo sera perfecto si realmente fuese un da de fiesta, sieste da libre consistiese en vagar por las montaas con Gale paracazar la cena de esta noche. Sin embargo, tendremos que estar en laplaza a las dos en punto para el sorteo de los nombres. --Sabes qu? Podramos hacerlo --dijo Gale en voz baja. --El qu? --Dejar el distrito, huir y vivir en el bosque. T y yo podramoshacerlo. --No s cmo responder, la idea es demasiado absurda--. Sino tuvisemos tantos nios --aadi l rpidamente. No son nuestros nios, claro, pero para el caso es lo mismo. Losdos hermanos pequeos de Gale y su hermana, y Prim. Nuestrasmadres tambin podran entrar en el lote, porque cmo iban asobrevivir sin nosotros? Quin alimentara esas bocas que siempre 6. piden ms? Aunque los dos cazamos todos los das, alguna veztenemos que cambiar las presas por manteca de cerdo, cordones dezapatos o lana, as que hay noches en las que nos vamos a la camacon los estmagos vacos. --No quiero tener hijos --digo. --Puede que yo s, si no viviese aqu. --Pero vives aqu --le recuerdo, irritada. --Olvdalo. La conversacin no va bien. Irnos? Cmo iba a dejar a Prim,que es la nica persona en el mundo a la que estoy segura de querer?Y Gale est completamente dedicado a su familia. Si no podemosirnos, por qu molestarnos en hablar de eso? Y, aunque lohiciramos..., aunque lo hiciramos..., de dnde ha salido lo de tenerhijos? Entre Gale y yo nunca ha habido nada romntico. Cuando nosconocimos, yo era una nia flacucha de doce aos y, aunque l sloera dos aos mayor, ya pareca un hombre. Nos llev mucho tiempohacernos amigos, dejar de regatear en cada intercambio y empezar aayudarnos mutuamente. Adems, si quiere hijos, Gale no tendr problemas para encontraresposa: es guapo, lo bastante fuerte como para trabajar en las minas ycapaz de cazar. Por la forma en que las chicas susurran cuando pasaa su lado en el colegio, est claro que lo desean. Me pongo celosa,pero no por lo que la gente pensara, sino porque no es fcil encontrarbuenos compaeros de caza. --Qu quieres hacer? --le pregunto, ya que podemos cazar,pescar o recolectar. --Vamos a pescar en el lago. As dejamos las caas puestasmientras recolectamos en el bosque. Cogeremos algo bueno para lacena. La cena. Despus de la cosecha, se supone que todos tienen quecelebrarlo, y mucha gente lo hace, aliviada al saber que sus hijos sehan salvado un ao ms. Sin embargo, al menos dos familias cerrarnlas contraventanas y las puertas, e intentarn averiguar cmosobrevivir a las dolorosas semanas que se avecinan. Nos va bien; los depredadores no nos hacen caso, porque hoyhay presas ms fciles y sabrosas. A ltima hora de la maanatenemos una docena de peces, una bolsa de verduras y, lo mejor detodo, un buen montn de fresas. Descubr el fresal hace unos aos y aGale se le ocurri la idea de rodearlo de redes para evitar que seacercasen los animales. 7. De camino a casa pasamos por el Quemador, el mercado negroque funciona en un almacn abandonado en el que antes se guardabacarbn. Cuando descubrieron un sistema ms eficaz que transportabael carbn directamente de las minas a los trenes, el Quemador fuequedndose con el espacio. Casi todos los negocios estn cerrados aestas horas en un da de cosecha, aunque el mercado negro siguebastante concurrido. Cambiamos fcilmente seis de los peces por panbueno y los otros dos por sal. Sae la Grasienta, la anciana huesudaque vende cuencos de sopa caliente preparada en un enormehervidor, nos compra la mitad de las verduras a cambio de un par detrozos de parafina. Puede que nos hubiese ido mejor en otro sitio, peronos esforzamos por mantener una buena relacin con Sae, ya que esla nica que siempre est dispuesta a comprar carne de perro salvaje.A pesar de que no los cazamos a propsito, si nos atacan y matamosun par, bueno, la carne es la carne. Una vez dentro de la sopa,puedo decir que es ternera, dice Sae la Grasienta, guiando un ojo.En la Veta, nadie le hara ascos a una buena pata de perro salvaje,pero los agentes de la paz que van al Quemador pueden permitirseser un poquito ms exigentes. Una vez terminados nuestros negocios en el mercado, vamos a lapuerta de atrs de la casa del alcalde para vender la mitad de lasfresas, porque sabemos que le gustan especialmente y puedepermitirse el precio. La hija del alcalde, Madge, nos abre la puerta;est en mi clase del colegio. Podra pensarse que, por ser la hija delalcalde, es una esnob, pero no, slo es reservada, igual que yo. Comoninguna de las dos tiene un grupo de amigos, parece que casi siempreacabamos juntas en clase. Durante la comida, en las reuniones,cuando se hacen grupos para las actividades deportivas... Apenashablamos, lo que nos va bien a las dos. Hoy ha cambiado su soso uniforme del colegio por un caro vestidoblanco, y lleva el pelo rubio recogido con un lazo rosa; la ropa de lacosecha. --Bonito vestido --dice Gale. Madge lo mira fijamente, mientras intenta averiguar si se trata deun cumplido de verdad o de una irona. En realidad, el vestido esbonito, aunque nunca lo habra llevado un da normal. Aprieta loslabios y sonre. --Bueno, tengo que estar guapa por si acabo en el Capitolio, no? Ahora es Gale el que est desconcertado: lo dice en serio o esttomndole el pelo? Yo creo que es lo segundo. 8. --T no irs al Capitolio --responde Gale con frialdad. Sus ojos seposan en el pequeo adorno circular que lleva en el vestido; es de oropuro, de bella factura; servira para dar de comer a una familia enteradurante varios meses--. Cuntas inscripciones puedes tener?Cinco? Yo ya tena seis con slo doce aos. --No es culpa suya --intervengo. --No, no es culpa de nadie. Las cosas son como son --apostillaGale. --Buena suerte, Katniss --dice Madge, con rostro inexpresivo,ponindome el dinero de las fresas en la mano. --Lo mismo digo --respondo, y se cierra la puerta. Caminamos en silencio hacia la Veta. No me gusta que Gale lahaya tomado con Madge, pero tiene razn, por supuesto: el sistemade la cosecha es injusto y los pobres se llevan la peor parte. Teconviertes en elegible para la cosecha cuando cumples los doce aos;ese ao, tu nombre entra una vez en el sorteo. A los trece, dos veces; y as hasta que llegas a los dieciocho, elltimo ao de elegibilidad, y tu nombre entra en la urna siete veces. Elsistema incluye a todos los ciudadanos de los doce distritos dePanem. Sin embargo, hay gato encerrado. Digamos que eres pobre y teests muriendo de hambre, como nos pasaba a nosotras. Tienes laposibilidad de aadir tu nombre ms veces a cambio de teselas; cadatesela vale por un exiguo suministro anual de cereales y aceite parauna persona. Tambin puedes hacer ese intercambio por cadamiembro de tu familia, motivo por el que, cuando yo tena doce aos,mi nombre entr cuatro veces en el sorteo. Una porque era lo mnimo,y tres veces ms por las teselas para conseguir cereales y aceite paraPrim, mi madre y yo. De hecho, he tenido que hacer lo mismo todoslos aos, y las inscripciones en el sorteo son acumulativas. Por eso,ahora, a los diecisis aos, mi nombre entrar veinte veces en elsorteo de la cosecha. Gale, que tiene dieciocho y lleva siete aosayudando o alimentando el solo a una familia de cinco, tendrcuarenta y dos papeletas. No cuesta entender por qu se enciende con Madge, que nuncaha corrido el peligro de necesitar una tesela. Las probabilidades deque el nombre de la chica salga elegido son muy reducidas si secomparan con las de los que vivimos en la Veta. No es imposible, peros poco probable y, aunque las reglas las estableci el Capitolio y nolos distritos ni, sin duda, la familia de Madge, es difcil no sentir 9. resentimiento hacia los que no tienen que pedir teselas.Gale es consciente de que su rabia no debera ir contra Madge.Algunas veces, cuando estamos en lo ms profundo del bosque,lo he odo despotricar contra las teselas, diciendo que no son ms queotro instrumento para fomentar la miseria en nuestro distrito, unaforma de sembrar el odio entre los trabajadores hambrientos de laVeta y los que no suelen tener problemas de comida, y, as,asegurarse de que nunca confiemos los unos en los otros. AlCapitolio le viene bien que estemos divididos, me dira, si no hubiesenadie ms que yo escuchndolo, si no fuese da de cosecha, si unachica con un alfiler de oro y sin teselas no hubiese hecho lo queseguramente ella consideraba un comentario inofensivo.Mientras caminamos, lo miro a la cara, todava ardiendo debajode su expresin glacial; su ira me parece intil, aunque no se lo digo.No es que no est de acuerdo con l, porque lo estoy, pero de qusirve despotricar contra el Capitolio en medio del bosque? No cambianada, no hace que la situacin sea ms justa y no nos llena elestmago. De hecho, asusta a las posibles presas. Sin embargo, lodejo gritar; mejor hacerlo en el bosque que en el distrito.Gale y yo nos dividimos el botn, lo que nos deja con dos peces,un par de hogazas de buen pan, verduras, un puado de fresas, sal,parafina y algo de dinero para cada uno.--Nos vemos en la plaza --le digo.--Ponte algo bonito --me responde, sin humor.En casa, encuentro a mi madre y a mi hermana preparadas parasalir. Mi madre lleva un vestido elegante de sus das de boticaria yPrim viste mi primer traje de cosecha: una falda y una blusa convolantes. A ella le queda un poco grande, pero mi madre se lo hasujetado con alfileres; aun as, la blusa se le sale de la falda por laparte de atrs.Me espera una baera llena de agua caliente. Me restriego paraquitarme la tierra y el sudor de los bosques, e incluso me lavo el pelo.Veo, sorprendida, que mi madre me ha sacado uno de susencantadores vestidos, una suave cosita azul con zapatos a juego.--Ests segura? --le pregunto, porque intento evitar seguirrechazando su ayuda.Antes estaba tan enfadada con ella que no le dejaba hacer nadapor m. Sin embargo, se trata de algo especial, porque le da muchovalor a la ropa de su pasado.--Claro que s, y tambin me gustara recogerte el pelo --me 10. responde. Le dejo secrmelo, trenzarlo y colocrmelo sobre la cabeza.Apenas me reconozco en el espejo agrietado que tenemos apoyadoen la pared.--Ests muy guapa --dice Prim, en un susurro.--Y no me parezco en nada a m --respondo.La abrazo, porque s que las horas que nos esperan sernterribles para ella. Es su primera cosecha, aunque est lo ms seguraposible, ya que su nombre slo ha entrado una vez en la urna; no le hedejado pedir ninguna tesela. Sin embargo, est preocupada por m, lepreocupa que ocurra lo inimaginable.Protejo a Prim de todas las formas que me es posible, pero nadapuedo hacer contra la cosecha. La angustia que noto en el pechosiempre que mi hermana sufre amenaza con asomar a la superficie.Me doy cuenta de que se le ha salido de nuevo la blusa por detrs yme obligo a mantener la calma.--Arrglate la cola, patito --le digo, ponindole de nuevo la blusaen su sitio.--Cuac --responde Prim, soltando una risita.--Eso lo sers t --aado, rindome tambin; ella es la nica quepuede hacerme rer as--. Vamos, a comer --digo, dndole un besitorpido en la cabeza.Decidimos dejar para la cena el pescado y las verduras, que ya seestn cocinando en un estofado, y guardamos las fresas y el pan parala noche, dicindonos que as ser algo especial; de modo quebebemos la leche de la cabra de Prim, Lady, y nos comemos el panbasto que hacemos con el cereal de la tesela, aunque, de todosmodos, nadie tiene mucho apetito.A la una en punto nos dirigimos a la plaza. La asistencia esobligatoria, a no ser que ests a las puertas de la muerte. Esta nochelos funcionarios recorrern las casas para comprobarlo. Si alguien hamentido, lo metern en la crcel.Es una verdadera pena que la ceremonia de la cosecha secelebre en la plaza, uno de los pocos lugares agradables del Distrito12. La plaza est rodeada de tiendas y, en los das de mercado, sobretodo si hace buen tiempo, parece que es fiesta. Sin embargo, hoy, apesar de los banderines de colores que cuelgan de los edificios, serespira un ambiente de tristeza. Las cmaras de televisin,encaramadas como guilas ratoneras en los tejados, slo sirven paraacentuar la sensacin.La gente entra en silencio y ficha; la cosecha tambin es la 11. oportunidad perfecta para que el Capitolio lleve la cuenta de lapoblacin. Conducen a los chicos de entre doce y dieciocho aos a lasreas delimitadas con cuerdas y divididas por edades, con losmayores delante y los jvenes, como Prim, detrs. Los familiares seponen en fila alrededor del permetro, todos cogidos con fuerza de lamano. Tambin hay otros, los que no tienen a nadie que perder o yano les importa, que se cuelan entre la multitud para apostar porquines sern los dos chicos elegidos. Se apuesta por la edad quetendrn, por si sern de la Veta o comerciantes, o por si sederrumbarn y se echarn a llorar. La mayora se niega a hacer tratoscon los maosos, salvo con mucha precaucin; esas mismas personassuelen ser informadores, y quin no ha infringido la ley alguna vez?Podran pegarme un tiro todos los das por dedicarme a la caza furtiva,pero los apetitos de los que estn al mando me protegen; no todospueden decir lo mismo. En cualquier caso, Gale y yo estamos de acuerdo en que, sipudiramos escoger entre morir de hambre y morir de un tiro en lacabeza, la bala sera mucho ms rpida. La plaza se va llenando, y se vuelve ms claustrofbica conformellega la gente. A pesar de su tamao, no es lo bastante grande paradar cabida a toda la poblacin del Distrito 12, que es de unos ocho milhabitantes. Los que llegan los ltimos tienen que quedarse en lascalles adyacentes, desde donde podrn ver el acontecimiento en laspantallas, ya que el Estado lo televisa en directo. Me encuentro de pie, en un grupo de chicos de diecisis aos dela Veta. Intercambiamos tensos saludos con la cabeza y centramosnuestra atencin en el escenario provisional que han construidodelante del Edificio de Justicia. All hay tres sillas, un podio y dosgrandes urnas redondas de cristal, una para los chicos y otra para laschicas. Me quedo mirando los trozos de papel de la bola de las chicas:veinte de ellos tienen escrito con sumo cuidado el nombre de KatnissEverdeen. Dos de las tres sillas estn ocupadas por el alcalde Undersee (elpadre de Madge, un hombre alto de calva incipiente) y Effie Trinket, laacompaante del Distrito 12, recin llegada del Capitolio, con suaterradora sonrisa blanca, el pelo rosceo y un traje verde primavera.Los dos murmuran entre s y miran con preocupacin el asiento vaco. Justo cuando el reloj da las dos, el alcalde sube al podio yempieza a leer. Es la misma historia de todos los aos, en la quehabla de la creacin de Panem, el pas que se levant de las cenizas 12. de un lugar antes llamado Norteamrica. Enumera la lista dedesastres, las sequas, las tormentas, los incendios, los mares quesubieron y se tragaron gran parte de la tierra, y la brutal guerra porhacerse con los pocos recursos que quedaron. El resultado fuePanem, un reluciente Capitolio rodeado por trece distritos, que llev lapaz y la prosperidad a sus ciudadanos. Entonces llegaron los DasOscuros, la rebelin de los distritos contra el Capitolio. Derrotaron adoce de ellos y aniquilaron al decimotercero. El Tratado de la Traicinnos dio unas nuevas leyes para garantizar la paz y, como recordatorioanual de que los Das Oscuros no deben volver a repetirse, nos diotambin los Juegos del Hambre. Las reglas de los Juegos del Hambre son sencillas: en castigo porla rebelin, cada uno de los doce distritos debe entregar a un chico yuna chica, llamados tributos, para que participen. Los veinticuatrotributos se encierran en un enorme estadio al aire libre en la quepuede haber cualquier cosa, desde un desierto abrasador hasta unpramo helado. Una vez dentro, los competidores tienen que luchar amuerte durante un periodo de varias semanas; el que quede vivo,gana. Coger a los chicos de nuestros distritos y obligarlos a matarseentre ellos mientras los dems observamos; as nos recuerda elCapitolio que estamos completamente a su merced, y que tendramosmuy pocas posibilidades de sobrevivir a otra rebelin. Da igual laspalabras que utilicen, porque el verdadero mensaje queda claro:Mirad cmo nos llevamos a vuestros hijos y los sacrificamos sin quepodis hacer nada al respecto. Si levantis un solo dedo, osdestrozaremos a todos, igual que hicimos con el Distrito 13. Para que resulte humillante adems de una tortura, el Capitolioexige que tratemos los Juegos del Hambre como una festividad, unacontecimiento deportivo en el que los distritos compiten entre s. Alltimo tributo vivo se le recompensa con una vida fcil, y su distritorecibe premios, sobre todo comida. El Capitolio regala cereales yaceite al distrito ganador durante todo el ao, e incluso algunosmanjares como azcar, mientras el resto de nosotros luchamos por nomorir de hambre. --Es el momento de arrepentirse, y tambin de dar gracias --recitael alcalde. Despus lee la lista de los habitantes del Distrito 12 que hanganado en anteriores ediciones. En setenta y cuatro aos hemostenido exactamente dos, y slo uno sigue vivo: Haymitch Abernathy, 13. un barrign de mediana edad que, en estos momentos, apareceberreando algo ininteligible, se tambalea en el escenario y se deja caersobre la tercera silla. Est borracho, y mucho. La multitud respondecon su aplauso protocolario, pero el hombre est aturdido e intentadarle un gran abrazo a Effie Trinket, que apenas consigue zafarse. El alcalde parece angustiado. Como todo se televisa en directo,ahora mismo el Distrito 12 es el hazmerrer de Panem, y l lo sabe.Intenta devolver rpidamente la atencin a la cosecha presentando aEffie Trinket. La mujer, tan alegre y vivaracha como siempre, sube a trote ligeroal podio y saluda con su habitual: --Felices Juegos del Hambre! Y que la suerte est siempre,siempre de vuestra parte! Seguro que su pelo rosa es una peluca, porque tiene los rizosalgo torcidos despus de su encuentro con Haymitch. Empieza ahablar sobre el honor que supone estar all, aunque todos saben lomucho que desea una promocin a un distrito mejor, con ganadoresde verdad, en vez de borrachos que te acosan delante de todo el pas. Localizo a Gale entre la multitud, y l me devuelve la mirada conla sombra de una sonrisa en los labios. Para ser una cosecha, almenos estaba resultando un poquito divertida. Pero, de repente,empiezo a pensar en Gale y en las cuarenta y dos veces que aparecesu nombre en esa gran bola de cristal, y en cmo la suerte no estsiempre de su parte, sobre todo comparado con muchos de los chicos.Y quiz l est pensando lo mismo sobre m, porque se pone serio yaparta la vista. No te preocupes, hay mil papeletas, deseara poder decirle. Ha llegado el momento del sorteo. Effie Trinket dice lo de siempre,las damas primero!, y se acerca a la urna de cristal con losnombres de las chicas. Mete la mano hasta el fondo y saca un trozode papel. La multitud contiene el aliento, se podra or un alfiler caer, yyo empiezo a sentir nuseas y a desear desesperadamente que nosea yo, que no sea yo, que no sea yo. Effie Trinket vuelve al podio, alisa el trozo de papel y lee elnombre con voz clara; y no soy yo. Es Primrose Everdeen. 14. _____ 2 _____Una vez estaba escondida en la rama de un rbol, esperandoinmvil a que apareciese una presa, cuando me qued dormida y caal suelo de espaldas desde una altura de tres metros. Fue como si elimpacto me dejase sin una chispa de aire en los pulmones, y all mequed, luchando por inspirar, por espirar, por lo que fuera.As me siento ahora. Intento recordar cmo respirar, no puedohablar y estoy completamente aturdida, mientras el nombre me rebotaen las paredes del crneo. Alguien me coge del brazo, un chico de laVeta, y creo que quiz haya empezado a caerme y l me hayasujetado.Tiene que haber un error, esto no puede estar pasando. Primslo tena un boleto entre miles! Sus posibilidades de salir elegida erantan remotas que ni siquiera me haba molestado en preocuparme porella. Acaso no haba hecho todo lo posible? No haba cogido yo lasteselas y le haba impedido hacer lo mismo? Una sola papeleta, unaentre miles. La suerte estaba de su parte, del todo, pero no habaservido de nada.En algn punto lejano, oigo a la multitud murmurar con tristeza,como hace siempre que sale elegido un chico de doce aos; a nadie leparece justo. Entonces la veo, con la cara plida, dando pasitos haciael escenario, pasando a mi lado, y veo que la blusa se le ha vuelto asalir de la falda por detrs. Es ese detalle, la blusa que forma unacolita de pato, lo que me hace volver a la realidad.--Prim! --El grito estrangulado me sale de la garganta y losmsculos vuelven a reaccionar--. Prim!No me hace falta apartar a la gente, porque los otros chicos meabren paso de inmediato y crean un pasillo directo al escenario. Llegoa ella justo cuando est a punto de subir los escalones y la empujodetrs de m.--Me presento voluntaria! --grito, con voz ahogada--. Mepresento voluntaria como tributo!En el escenario se produce una pequea conmocin. El Distrito12 no enva voluntarios desde hace dcadas, y el protocolo est unpoco oxidado. La regla es que, cuando se saca el nombre de un tributode la bola, otro chico en edad elegible, si se trata de un chico, u otrachica, si se trata de una chica, puede ofrecerse a ocupar su lugar. Enalgunos distritos en los que ganar la cosecha se considera un granhonor y la gente est deseando arriesgar la vida, presentarse 15. voluntario es complicado. Sin embargo, en el Distrito 12, donde lapalabra tributo y la palabra cadver son prcticamente sinnimas, losvoluntarios han desaparecido casi por completo. --Esplndido! --exclama Effie Trinket--. Pero creo que queda elpequeo detalle de presentar a la ganadora de la cosecha y despuspedir voluntarios, y, si aparece uno, entonces... --deja la frase en elaire, insegura. --Qu ms da? --interviene el alcalde. Est mirndome conexpresin de dolor. Aunque, en realidad, no me conoce, hay unpequeo punto de contacto: soy la chica que le lleva las fresas; lachica con la que puede que su hija haya hablado alguna que otra vez;la chica que, hace cinco aos, abrazada a su madre y a su hermanapequea, recibi de sus manos la medalla al valor. Una medalla por supadre, vaporizado en las minas. Se acordar?--. Qu ms da?--repite, en tono brusco--. Deja que suba. Prim est gritando como una histrica detrs de m, me rodea consus delgados bracitos como si fuese un torno. --No, Katniss! No! No puedes ir! --Prim, sultame --digo con dureza, porque la situacin me alteray no quiero llorar. Cuando emitan la repeticin de la cosecha estanoche, todos tomarn nota de mis lgrimas y me marcarn como unobjetivo fcil. Una enclenque. No les dar esa satisfaccin--.Sultame! Noto que alguien tira de ella por detrs, as que me vuelvo y veo aGale, que levanta a Prim del suelo, mientras ella forcejea en el aire. --Arriba, Catnip --me dice, intentando que no le falle la voz;despus se lleva a Prim con mi madre. Yo me armo de valor y subolos escalones. --Bueno, bravo! --exclama Effie Trinket, llena de entusiasmo--.ste es el espritu de los Juegos! --Est encantada de ver por fin unpoco de accin en su distrito--. Cmo te llamas? --Katniss Everdeen --respondo, despus de tragar saliva. --Me apuesto los calcetines a que era tu hermana. No queras quete robase la gloria, verdad? Vamos a darle un gran aplauso anuestro ltimo tributo! --canturrea Effie Trinket. La gente del Distrito 12 siempre podr sentirse orgullosa de sureaccin: nadie aplaude, ni siquiera los que llevan las papeletas de lasapuestas, a los que ya no les importa nada. Seguramente es porqueme conocen del Quemador o porque conocan a mi padre, o porquehan hablado con Prim y a ella es inevitable quererla. As que, en vez 16. de un aplauso de reconocimiento, me quedo donde estoy, sinmoverme, mientras ellos expresan su desacuerdo de la forma msvaliente que saben: el silencio. Un silencio que significa que noestamos de acuerdo, que no lo aprobamos, que todo esto est mal.Entonces pasa algo inesperado; al menos, yo no lo espero,porque no creo que el Distrito 12 sea un lugar que se preocupe por m.Sin embargo, algo ha cambiado desde que sub al escenario paraocupar el lugar de Prim, y ahora parece que me he convertido enalguien amado. Primero una persona, despus otra y, al final, casitodos los que se encuentran en la multitud se llevan los tres dedoscentrales de la mano izquierda a los labios y despus me sealan conellos. Es un gesto antiguo (y rara vez usado) de nuestro distrito que aveces se ve en los funerales; es un gesto de dar gracias, deadmiracin, de despedida a un ser querido.Ahora s corro el peligro de llorar, pero, por suerte, Haymitchescoge este preciso momento para acercarse dando traspis por elescenario y felicitarme.--Miradla, miradla bien! --brama, pasndome un brazo sobre loshombros. Tiene una fuerza sorprendente para estar tan hechopedazos--. Me gusta! --El aliento le huele a licor y hace bastantetiempo que no se baa--. Mucho... --No le sale la palabra durante unrato--. Coraje! --exclama, triunfal--. Ms que vosotros! --Me suelta yse dirige a la parte delantera del escenario--. Ms que vosotros!--grita, sealando directamente a la cmara.Se refiere a la audiencia o est tan borracho que es capaz demeterse con el Capitolio? Nunca lo sabr, porque, justo cuando abre laboca para seguir, Haymitch se cae del escenario y pierde laconciencia.Es un asco de hombre, pero me siento agradecida porque, contodas las cmaras fijas en l, tengo el tiempo suficiente para dejarescapar el ruidito ahogado que me bloquea la garganta y recuperarme.Pongo las manos detrs de la espalda y miro hacia adelante. Veo lascolinas que escal esta maana con Gale y, por un momento, aoroalgo..., la idea de irnos del distrito..., de vivir en los bosques. Sinembargo s que hice lo correcto al no huir, porque quin si no sehabra presentado voluntario en lugar de Prim?A Haymitch se lo llevan en una camilla y Effie Trinket intentavolver a poner el espectculo en marcha.--Qu da tan emocionante! --exclama, mientras manosea supeluca para ponerla en su sitio, ya que se ha torcido notablemente 17. hacia la derecha--. Pero todava queda ms emocin! Ha llegado elmomento de elegir a nuestro tributo masculino! --Con la clara intencinde contener la precaria situacin de su pelo, avanza hacia la bola delos chicos con una mano en la cabeza; despus coge la primerapapeleta que se encuentra, vuelve rpidamente al podio y yo nisiquiera tengo tiempo para desear que no lea el nombre de Gale--.Peeta Mellark. Peeta Mellark! Oh, no --pienso--. l no. Porque reconozco su nombre, aunque nunca he habladodirectamente con l. Peeta Mellark. No, sin duda hoy la suerte no est de mi parte. Lo observo avanzar hacia el escenario; altura media, bajo yfornido, cabello rubio ceniza que le cae en ondas sobre la frente. En lacara se le nota la conmocin del momento, se ve que lucha porguardarse sus emociones, pero en sus ojos azules constato la alarmaque tan a menudo encuentro en mis presas. De todos modos, subecon paso firme al escenario y ocupa su lugar. Effie Trinket pide voluntarios; nadie da un paso adelante. S quetiene dos hermanos mayores, los he visto en la panadera, aunqueseguramente a uno se le haya pasado la edad para ofrecersevoluntario, y el otro no lo har. Es lo normal. El amor fraternal tiene suslmites para casi todo el mundo en el da de la cosecha. Lo que hehecho yo es algo radical. El alcalde empieza a leer el largo y aburrido Tratado de laTraicin, como hace todos los aos en este momento (es obligatorio),pero no escucho ni una palabra. Por qu l?, pienso. Despus intento convencerme de que noimporta, de que Peeta Mellark y yo no somos amigos, ni siquierasomos vecinos y nunca hablamos. Nuestra nica interaccin realsucedi hace muchos aos, y seguro que l ya la ha olvidado; sinembargo, yo no, y s que nunca lo har. Fue durante la peor poca posible. Mi padre haba muerto en unaccidente minero haca tres meses, en el enero ms fro que serecordaba. Ya haba pasado el entumecimiento causado por laprdida, y el dolor me atacaba de repente, haca que me doblase yque los sollozos me estremeciesen. Dnde ests? --gritaba una vozen mi interior--. Adnde has ido? Por supuesto, nunca recibrespuesta. 18. El distrito nos haba concedido una pequea suma de dinerocomo compensacin por su muerte, lo bastante para un mes de luto,despus del cual mi madre habra tenido que conseguir un trabajo. Elproblema fue que no lo hizo. Se limitaba a quedarse sentada en unasilla o, lo ms habitual, acurrucada debajo de las mantas de la cama,con la mirada perdida. De vez en cuando se mova, se levantaba comosi la empujase alguna urgencia, para despus quedarse de nuevoinmvil. No le afectaban las splicas constantes de Prim.Yo estaba aterrada. Aunque ahora supongo que mi madre sehaba encerrado en una especie de oscuro mundo de tristeza, enaquel momento slo saba que haba perdido a un padre y a unamadre. A los once aos, con una hermana de siete, me convert en lacabeza de familia; no haba alternativa. Compraba comida en elmercado, la cocinaba como poda, e intentaba que Prim y yoestuvisemos presentables porque, si se haca pblico que mi madreya no poda cuidarnos, nos habran enviado al orfanato de lacomunidad. Haba crecido viendo a aquellos chicos en el colegio: latristeza, las marcas de bofetadas en la cara, la desesperacin que leshunda los hombros. No poda dejar que le pasara a Prim, a la dulce ydiminuta Prim, que lloraba cuando yo lloraba sin tan siquiera saber larazn, que cepillaba y trenzaba el cabello de mi madre antes de irnosal colegio, que segua limpiando el espejo de afeitarse de mi padretodas las noches porque odiaba la capa de polvo de carbn quesiempre cubra la Veta. El orfanato la habra aplastado como a ungusano, as que mantuve en secreto nuestras dificultades.Al final, el dinero vol y empezamos a morirnos de hambre poco apoco. No hay otra forma de describirlo. No dejaba de decirme que todoira bien si poda aguantar hasta mayo, slo hasta el ocho de mayo,porque entonces cumplira doce aos, y podra pedir las teselas yconseguir aquella valiosa cantidad de cereales y aceite que servirapara alimentarnos. El problema era que quedaban varias semanas ycaba la posibilidad de que no llegramos vivas.Morirse de hambre no era algo infrecuente en el Distrito 12.Quin no ha visto a las vctimas? Ancianos que no pueden trabajar;nios de una familia con demasiadas bocas que alimentar; los heridosen las minas. Todos se arrastran por las calles y, un da, te encuentrascon uno de ellos sentado en el suelo con la espalda apoyada en lapared o tirado en la Pradera, u oyes gemidos en una casa y losagentes de la paz acuden a llevarse el cadver. El hambre nunca es lacausa oficial de la muerte: siempre se trata de pulmona, congelacin 19. o neumona, pero eso no engaa a nadie.La tarde de mi encuentro con Peeta Mellark, la lluvia caa enimplacables mantas de agua helada. Haba estado en la ciudadintentando cambiar algunas ropas viejas de beb de Prim en elmercado pblico, sin mucho xito. Aunque haba ido varias veces alQuemador con mi padre, me asustaba demasiado aventurarme solaen aquel lugar duro y mugriento. La lluvia haba empapado lachaqueta de cazador de mi padre que llevaba puesta, y yo estabamuerta de fro. Llevbamos tres das comiendo agua hervida conalgunas hojas de menta seca que haba encontrado en el fondo de unarmario; cuando cerr el mercado, temblaba tanto que se me cay laropa de beb en un charco lleno de barro, pero no la recog porquetema que, si me agachaba, no podra volver a levantarme. Adems,nadie quera la ropa.No poda volver a casa; all estaban mi madre, con sus ojos sinvida, y mi hermana pequea, con sus mejillas huecas y sus labioscuarteados. No poda entrar sin esperanza alguna en aquellahabitacin llena de humo por culpa de las ramas hmedas que habacogido al borde del bosque cuando se nos acab el carbn para lachimenea.Me encontr dando tumbos por una calle embarrada, detrs delas tiendas que servan a la gente ms acomodada de la ciudad. Loscomerciantes vivan sobre sus negocios, as que, bsicamente, estabaen sus patios. Recuerdo las siluetas de los arriates sin plantar queesperaban al verano, de las cabras en un establo, de un perroempapado atado a un poste, hundido y derrotado en el lodo.En el Distrito 12 estn prohibidos todos los tipos de robo, que secastigan con la muerte. A pesar de eso, se me pas por la cabeza quequizs encontrara algo en los cubos de basura, ya que para esoshaba va libre. Puede que un hueso en la carnicera o verduraspodridas en la verdulera, algo que nadie salvo mi desesperada familiaestuviese dispuesto a comer. Por desgracia, acababan de vaciar loscubos.Cuando pas junto a la panadera, el olor a pan recin hecho eratan intenso que me mare. Los hornos estaban en la parte de atrs yde la puerta abierta de la cocina surga un resplandor dorado. Mequed all, hipnotizada por el calor y el exquisito olor, hasta que lalluvia interfiri y me meti sus dedos helados por la espalda,obligndome a volver a la realidad. Levant la tapa del cubo de basurade la panadera, y lo encontr completa e inhumanamente vaco. 20. De repente, alguien empez a gritarme y, al levantar la cabeza, via la mujer del panadero dicindome que me largara, que si quera quellamase a los agentes de la paz y que estaba harta de que losmocosos de la Veta escarbaran en su basura. Las palabras eran feasy yo no tena defensa. Mientras pona con cuidado la tapa en su sitio yretroceda, lo vi: un chico de pelo rubio asomndose por detrs de sumadre. Lo haba visto en el colegio, estaba en mi curso, aunque nosaba su nombre. Se juntaba con los chicos de la ciudad, as quecmo iba a saberlo? Su madre entr en la panadera, gruendo, perol tuvo que haber estado observando cmo me alejaba por detrs dela pocilga en la que tenan su cerdo y cmo me apoyaba en el otrolado de un viejo manzano. Por fin me daba cuenta de que no tenanada que llevar a casa. Me cedieron las rodillas y me dej caer por eltronco del rbol hasta dar con las races. Era demasiado, estabademasiado enferma, dbil y cansada, muy cansada. Que llamen a los agentes de la paz y nos lleven al orfanato--pens--. O, mejor todava, que me muera aqu mismo, bajo la lluvia. O un estrpito en la panadera, los gritos de la mujer de nuevo yel sonido de un golpe, y me pregunt vagamente qu estara pasando.Unos pies se arrastraban por el lodo hacia m y pens: Es ella, havenido a echarme con un palo. Pero no era ella, era el chico, y en los brazos llevaba dos enormespanes que deban de haberse cado al fuego, porque la corteza estabaennegrecida. Su madre le chillaba: Dselo al cerdo, cro estpido! Por quno? Ninguna persona decente va a comprarme el pan quemado!. El chico empez a arrancar las partes quemadas y a tirarlas alcomedero; entonces son la campanilla de la puerta de la tienda y sumadre desapareci en el interior, para atender al cliente. El chico ni siquiera me mir, aunque yo s lo miraba a l, por elpan y por el verdugn rojo que le haban dejado en la mejilla. Conqu lo habra golpeado su madre? Mis padres nunca nos pegaban, nisiquiera poda imaginrmelo. El chico le ech un vistazo a lapanadera, como para comprobar si haba moros en la costa, ydespus, de nuevo atento al cerdo, tir uno de los panes en midireccin. El segundo lo sigui poco despus y, acto seguido, elmuchacho volvi a la panadera arrastrando los pies y cerr la puertacon fuerza. Me qued mirando el pan sin poder crermelo. Eran panesbuenos, perfectos en realidad, salvo por las zonas quemadas. Quera 21. que me los llevase yo? Seguro, porque los tena a mis pies. Antes deque nadie pudiese ver lo que haba pasado, me met los panes debajode la camisa, me tap bien con la chaqueta de cazador y me alejcorriendo. Aunque el calor del pan me quemaba la piel, los agarr conms fuerza, aferrndome a la vida. Cuando llegu a casa, las hogazas se haban enfriado un poco,pero por dentro seguan calentitas. Las solt en la mesa y las manosde Prim se apresuraron a coger un trozo; sin embargo, la hicesentarse, obligu a mi madre a unirse a nosotras en la mesa y servunas tazas de t caliente. Rasp la parte quemada del pan y lo corten rebanadas. Nos comimos uno entero, rebanada a rebanada; era unpan bueno y sustancioso, con pasas y nueces. Puse mi ropa a secar junto a la chimenea, me met en la cama ydisfrut de una noche sin sueos. Hasta el da siguiente no se meocurri la posibilidad de que el chico quemara el pan a propsito.Quiz hubiera soltado las hogazas en las llamas, sabiendo que locastigaran, para poder drmelas. Sin embargo, lo descart, seguroque se trataba de un accidente. Por qu iba a hacerlo? Ni siquierame conoca. En cualquier caso, el simple gesto de tirarme el pan fueun acto de enorme amabilidad con el que se habra ganado una palizade haber sido descubierto. No poda explicarme sus motivos. Comimos pan para desayunar y fuimos al colegio. Fue como si laprimavera hubiese llegado de la noche a la maana: el aire era dulce yclido, y haba nubes esponjosas. En clase, pas junto al chico por elpasillo, y vi que se le haba hinchado la mejilla y tena el ojo morado.Estaba con sus amigos y no me hizo caso, pero cuando recog a Primpara volver a casa por la tarde, lo descubr mirndome desde el otrolado del patio. Nuestras miradas se cruzaron durante un segundo;despus, l volvi la cabeza. Yo baj la vista, avergonzada, yentonces lo vi: el primer diente de len del ao. Se me encendi unabombilla en la cabeza, pens en las horas pasadas en los bosquescon mi padre y supe cmo bamos a sobrevivir. Hasta el da de hoy, no he sido capaz de romper la conexin entreeste chico, Peeta Mellark, el pan que me dio esperanza y el diente delen que me record que no estaba condenada. Ms de una vez mehe vuelto en el pasillo del colegio y me he encontrado con sus ojosclavados en m, aunque l siempre aparta la vista rpidamente. Sientocomo si le debiese algo, y odio deberle cosas a la gente. Quizdebera haberle dado las gracias en algn momento, porque as me 22. sentira menos confusa. Lo pens un par de veces, pero nuncapareca ser el momento oportuno, y ya nunca lo ser, porque nos vana lanzar a un campo de batalla en el que tendremos que luchar amuerte. Cmo voy a darle las gracias all? La verdad es que nosonara sincero, teniendo en cuenta que estar intentando cortarle elcuello. El alcalde termina de leer el lgubre Tratado de la Traicin, y nosindica a Peeta y a m que nos demos la mano. La suya es consistentey clida, igual que aquellas hogazas de pan. Me mira a los ojos y meaprieta la mano, como para darme nimos, aunque quiz no sea msque un espasmo nervioso. Nos volvemos para mirar a la multitud, mientras suena el himnode Panem. En fin --pienso--. Hay veinticuatro chicos, sera mala suerte quetuviese que matarlo yo. Aunque, ltimamente, no hay quien se fe de la suerte._____ 3 _____En cuanto acaba el himno, nos ponen bajo custodia. No quierodecir que nos esposen ni nada de eso, pero un grupo de agentes de lapaz nos acompaa hasta la puerta principal del Edificio de Justicia.Quizs algn tributo intentase escapar en el pasado, aunque yo nuncalo he visto.Una vez dentro, me conducen a una sala y me dejan sola. Es elsitio ms lujoso en el que he estado, tiene gruesas alfombras de pelo,y sof y sillones de terciopelo. S que es terciopelo porque mi madretiene un vestido con un cuello de esa cosa. Cuando me siento en elsof, no puedo evitar acariciar la tela una y otra vez; me ayuda acalmarme mientras intento prepararme para la hora que me espera.se es el tiempo que se les concede a los tributos para despedirse desus seres queridos. No puedo dejarme llevar y salir de esta habitacincon los ojos hinchados y la nariz roja; no me puedo permitir llorar,porque habr ms cmaras en la estacin de tren.Mi hermana y mi madre entran primero. Extiendo los brazos haciaPrim, y ella se sube a mi regazo y me rodea el cuello con los suyos,apoyando la cabeza en mi hombro, como haca cuando era un beb.Mi madre se sienta a mi lado y nos abraza a las dos. No hablamosdurante unos minutos, pero despus empiezo a decirles las cosas que 23. tienen que recordar hacer, ya que yo no estar para ayudarlas. Prim no debe coger ninguna tesela. Pueden salir adelante, sitienen cuidado, vendiendo la leche y el queso de la cabra, y siguiendocon la pequea botica que lleva mi madre para la gente de la Veta.Gale le conseguir las hierbas que ella no pueda cultivar, aunque tieneque describrselas con precisin, porque l no las conoce como yo.Tambin les llevar carne de caza (l y yo habamos hecho un pactoal respecto hace cosa de un ao) y seguramente no les pedir nada acambio. Sin embargo, deben agradecrselo con algn tipo de canje,como leche o medicinas. No me molesto en sugerirle a Prim que aprenda a cazar; intentensearla un par de veces y fue un desastre. El bosque la aterra y,siempre que yo le daba a una presa, ella se pona llorosa y deca quepodamos curarla si llegbamos a tiempo a casa. Por otro lado, le vabien con la cabra, as que me concentro en eso. Cuando termino con las instrucciones sobre el combustible, elcomercio y terminar el colegio, me vuelvo hacia mi madre y la cojo confuerza de la mano. --Escchame, me ests escuchando? --Ella asiente, asustadapor mi intensidad. Tiene que saber lo que le espera--. No puedesvolver a irte. --Lo s --me responde ella, clavando los ojos en el suelo--. Lo s,no lo har. No pude evitar lo que... --Bueno, pues esta vez tendrs que evitarlo. No puedesdesconectarte y dejar sola a Prim, porque yo no estar paramanteneros con vida. Da igual lo que pase, da igual lo que veas enpantalla. Tienes que prometerme que seguirs luchando! He levantado tanto la voz que estoy gritando; estoy soltando todala rabia y el miedo que sent cuando ella me abandon. --Estaba enferma --dice mi madre, soltndose; tambin se haenfadado--. Podra haberme curado yo misma de haber tenido lasmedicinas que tengo ahora. La parte de haber estado enferma es cierta; despus he vistocmo despertaba a personas que sufran aquella tristeza paralizante.Quiz sea una enfermedad, pero no nos la podemos permitir. --Pues tmalas... y cuida de ella! --le ordeno. --Todo saldr bien, Katniss --dice Prim, cogindome la cara--.Pero t tambin tienes que cuidarte; eres rpida y valiente, quizpuedas ganar. No puedo ganar; en el fondo, Prim debe de saberlo. La 24. competicin est mucho ms all de mis habilidades. Hay chicos dedistritos ms ricos, donde ganar es un gran honor, que llevanentrenndose toda la vida para esto. Chicos que son dos o tres vecesms grandes que yo; chicas que conocen veinte formas diferentes dematarte con un cuchillo. S, tambin habr gente como yo, chavales alos que quitarse de en medio antes de que empiece la diversin deverdad.--Quiz --respondo, porque no puedo decirle a mi madre queluche si yo ya me he rendido. Adems, no es propio de m entregarmesin presentar batalla, aunque los obstculos parezcan insuperables--.Y seremos tan ricas como Haymitch.--Me da igual que seamos ricas. Slo quiero que vuelvas a casa.Lo intentars, verdad? Lo intentars de verdad de la buena? --mepregunta Prim.--De verdad de la buena, te lo juro --le digo, y s que tendr quehacerlo, por ella.Despus aparece el agente de la paz para decirnos que se haacabado el tiempo, nos abrazamos tan fuerte que duele y lo nico quese me ocurre es:--Os quiero, os quiero a las dos.Ellas me dicen lo mismo, el agente les ordena que se marchen ycierra la puerta. Escondo la cabeza en uno de los cojines deterciopelo, como si eso pudiese protegerme de todo lo que estpasando.Alguien ms entra en la habitacin y, cuando miro, me sorprendever al panadero, el padre de Peeta Mellark. No puedo creerme quehaya venido a visitarme; al fin y al cabo, pronto estar intentandomatar a su hijo. Pero nos conocemos un poco, y l conoce inclusomejor a Prim, porque, cuando mi hermana vende sus quesos en elQuemador, siempre le guarda dos al panadero y l le da una generosacantidad de pan a cambio. Es mucho ms amable que la bruja de sumujer, as que esperamos a que ella no est. Seguro que l nunca lehabra pegado a su hijo por el pan quemado como lo hizo ella. Encualquier caso, por qu ha venido a verme?El panadero se sienta, incmodo, en el borde de una de laslujosas sillas. Es un hombre grande, ancho de hombros, con cicatricesde las quemaduras sufridas en el horno a lo largo de los aos. Esprobable que acabe de despedirse de su hijo.Saca un paquete envuelto en papel blanco del bolsillo de lachaqueta y me lo ofrece. Lo abro y encuentro galletas, un lujo que 25. nosotras nunca podemos permitirnos.--Gracias --respondo. El panadero no es un hombre muyhablador, en el mejor de los casos, y hoy no tiene absolutamente nadaque decirme--. He comido un poco de su pan esta maana. Mi amigoGale le dio una ardilla a cambio. --l asiente, como si recordarse laardilla--. No ha hecho usted un buen trato.Se encoge de hombros, como si no le importase nada.No se me ocurre qu ms decir, as que guardamos silencio hastaque lo llama un agente de la paz. l se levanta y tose para aclararse lagarganta.--No perder de vista a la pequea. Me asegurar de que coma.Siento que al orlo desaparece parte de la presin que me oprimeel pecho. La gente trata conmigo, pero a ella le tienen verdaderocario. Quizs haya cario suficiente para mantenerla con vida.Mi siguiente visita tambin resulta inesperada: Madge vienedirecta hacia m. No est llorosa, ni evita hablar del tema, sino que mesorprende con el tono urgente de su voz.--Te dejan llevar una cosa de tu distrito en el estadio, algo que terecuerde a casa. Querras llevar esto?Me ofrece la insignia circular de oro que antes le adornaba elvestido. Aunque no le haba prestado mucha atencin hasta elmomento, veo que es un pajarito en pleno vuelo.--Tu insignia? --le pregunto.Llevar un smbolo de mi distrito es lo que menos me preocupa enestos momentos.--Toma, te lo pondr en el vestido, vale? --No espera a mirespuesta, se inclina y me lo pone--. Katniss, promteme que lollevars en el estadio, vale?--S.Galletas, una insignia... Hoy me estn dando todo tipo de regalos.Madge me da otro ms: un beso en la mejilla. Despus se va y mequedo pensando que quiz, al fin y al cabo, s fuera mi amiga.En ltimo lugar aparece Gale y, aunque puede que no haya nadaromntico entre nosotros, cuando abre los brazos no dudo enlanzarme a ellos. Su cuerpo me resulta familiar: la forma en que semueve, el olor a humo del bosque, incluso los latidos de su corazn,que ya haba escuchado en los momentos de silencio de la caza. Sinembargo, es la primera vez que de verdad lo siento, delgado ymusculoso, junto al mo.--Escucha --me dice--, no te resultar difcil conseguir un cuchillo, 26. pero tienes que hacerte con un arco. Es tu mejor opcin. --No siempre los tienen --respondo, pensando en el ao en queslo haba unas horribles mazas con pinchos con las que los tributostenan que matarse a golpes. --Pues fabrica uno. Hasta un arco endeble es mejor que no tenerarco. He intentado copiar los arcos de mi padre con malos resultados,porque no es tan fcil. Incluso l tena que desechar su trabajoalgunas veces. --Ni siquiera s si habr madera --digo. Otro ao los soltaron en un paraje en el que slo haba cantosrodados, arena y arbustos esquelticos; para m fueron unos de lospeores juegos. Muchos competidores sufrieron mordeduras deserpientes venenosas o se volvieron locos de sed. --Casi siempre hay madera desde aquel ao en que la mitadmuri de fro --me responde Gale--. No resultaba muy entretenido. Es cierto, nos pasamos unos juegos enteros viendo cmo losjugadores moran congelados por la noche. Apenas aparecan, porquese limitaban a hacerse un ovillo y no tenan madera para hogueras, niantorchas, ni nada. El Capitolio consider muy decepcionanteobservar todas aquellas muertes silenciosas y sin sangre, as que,desde entonces, suele haber madera para hacer fuego. --S, es verdad. --Katniss, es como cazar, y eres la mejor cazadora que conozco. --No es como cazar, Gale, estn armados. Y piensan. --Igual que t, y t tienes ms prctica, prctica de verdad. Sabescmo matar. --Pero no personas. --De verdad hay tanta diferencia? --pregunta Gale, en tono triste. Lo ms horrible es que, si consigo olvidar que son personas, serexactamente igual. Los agentes de la paz vuelven demasiado pronto y Gale les pidems tiempo, pero se lo llevan y empiezo a asustarme. --No dejes que mueran de hambre! --grito, aferrndome a sumano. --No lo permitir! Sabes que no lo permitir! Katniss, recuerdaque te... --dice, y nos separan y cierran la puerta, y nunca sabr ques lo que quiere que recuerde. La estacin de tren est cerca del Edificio de Justicia, aunquenunca antes haba viajado en coche y casi nunca en carro. En la Veta 27. nos desplazamos a pie. He hecho bien en no llorar, porque la estacin est a rebosar deperiodistas con cmaras apuntndome a la cara, como insectos. Perotengo mucha experiencia en no demostrar mis sentimientos, y eso eslo que hago. Me veo de reojo en la pantalla de televisin de la pared,en la que estn retransmitiendo mi llegada en directo, y me alegracomprobar que parezco casi aburrida. Por otro lado, no cabe duda de que Peeta Mellark ha estadollorando y, curiosamente, no intenta esconderlo. Me pregunto alinstante si ser su estrategia en los juegos: parecer dbil y asustadopara que los dems crean que no es competencia y despus dar lasorpresa luchando. A una chica del Distrito 7, Johanna Mason, lefuncion muy bien hace unos aos. Pareca una idiota llorica ycobarde por la que nadie se preocup hasta que slo quedaba unpuado de concursantes. Al final result ser una asesina despiadada;una estrategia muy inteligente, pero extraa para Peeta Mellark,porque es el hijo de un panadero. Siempre ha tenido comida de sobray bandejas de pan que mover de un lado a otro, por lo que es anchode espaldas y fuerte. Haran falta muchos lloriqueos para convencer aalguien de que lo pasase por alto. Tenemos que quedarnos unos minutos en la puerta del tren,mientras las cmaras engullen nuestras imgenes; despus nos dejanentrar al vagn y las puertas se cierran piadosamente detrs denosotros. El tren empieza a moverse de inmediato. Al principio, la velocidad me deja sin aliento. Obviamente, nuncahaba estado en un tren, ya que est prohibido viajar de un distrito aotro, salvo que se trate de tareas aprobadas por el Estado. En nuestrocaso se limita bsicamente al transporte de carbn, aunque noestamos en un tren de mercancas normal, sino en uno de los modelosde alta velocidad del Capitolio, que alcanza una media decuatrocientos kilmetros por hora. Nuestro viaje nos llevar menos deun da. En el colegio nos dicen que el Capitolio se construy en un lugarque antes se llamaba las Rocosas. El Distrito 12 estaba en una reginconocida como los Apalaches; incluso entonces, hace cientos de aos,ya extraan carbn de la zona. Por eso nuestros mineros tienen quetrabajar a tanta profundidad. Por algn motivo, en el colegio todo acaba reducindose alcarbn. Adems de comprensin lectora y matemticas bsicas, casitoda la formacin tiene que ver con eso, salvo por la clase semanal de 28. historia de Panem. Se trata principalmente de tonteras sobre lo que ledebemos al Capitolio, aunque s que tiene que haber mucho ms delo que nos cuentan, una explicacin real de lo que pas durante larebelin. Sin embargo, no pienso mucho en ello; sea cual sea laverdad, no veo cmo me va a ayudar a poner comida en la mesa.El tren de los tributos es an ms elegante que la habitacin delEdificio de Justicia. Cada uno tenemos nuestro propio alojamiento,compuesto por un dormitorio, un vestidor y un bao privado con aguacorriente caliente y fra. En casa no tenemos agua caliente, a no serque la hirvamos.Hay cajones llenos de ropa bonita, y Effie Trinket me dice quehaga lo que quiera, que me ponga lo que quiera, que todo est a midisposicin. Mi nica obligacin es estar lista para la cena en unahora. Me quito el vestido azul de mi madre y me doy una duchacaliente, cosa que nunca haba hecho antes. Es como estar bajo unalluvia de verano, slo que menos fra. Me pongo una camisa y unospantalones de color verde oscuro.En el ltimo segundo me acuerdo de la pequea insignia de orode Madge y le echo un buen vistazo por primera vez: es como sialguien hubiese creado un pajarito dorado y despus lo hubieserodeado con un anillo. El pjaro slo est unido al anillo por la puntade las alas. De repente, lo reconozco: es un sinsajo.Son unos pjaros curiosos, adems de una especie de bofetn enla cara para el Capitolio. Durante la rebelin, el Capitolio cre unaserie de animales modificados genticamente y los utiliz como armas;el trmino comn para denominarlos era mutaciones, o mutos, paraabreviar. Uno de ellos era un pjaro especial llamado charlajo quetena la habilidad de memorizar y repetir conversaciones humanascompletas. Eran unas aves mensajeras, todas ellas machos, que sesoltaron en las regiones en las que se escondan los enemigos delCapitolio. Los pjaros recogan las palabras y volvan a sus basespara que las grabaran. Los distritos tardaron un tiempo en darsecuenta de lo que pasaba, de cmo estaban transmitiendo susconversaciones privadas, pero, cuando lo hicieron, como es natural,los rebeldes lo utilizaron para contarle al Capitolio miles de mentiras,as que el truco se volvi en su contra. Por esa razn cerraron lasbases y abandonaron los pjaros para que muriesen en los bosques.Sin embargo, no murieron, sino que se aparearon con lossinsontes hembra y crearon una nueva especie que poda replicartanto los silbidos de los pjaros como las melodas humanas. A pesar 29. de perder la capacidad de articular palabras, podan seguir imitandouna amplia gama de sonidos vocales humanos, desde el agudo gorjeode un nio a los tonos graves de un hombre. Ademas, podan recrearcanciones; no slo unas notas, sino canciones enteras de mltiplesversos, siempre que tuvieras la paciencia necesaria para cantrselas ysiempre que a ellos les gustase tu voz. Mi padre senta un cario especial por los sinsajos. Cuandobamos de caza, silbaba o cantaba canciones complicadas y, despusde una educada pausa, ellos siempre las repetan. No trataban con elmismo respeto a todo el mundo, pero siempre que mi padre cantaba,todos los pjaros de la zona callaban y escuchaban. Lo hacan porquesu voz era muy bonita, alta, clara y tan llena de vida que te dabanganas de rer y llorar a la vez. No fui capaz de seguir con la costumbredespus de su muerte. En cualquier caso, este pajarito tiene algo queme consuela; es como llevar una parte de mi padre conmigo,protegindome. Me lo prendo a la camisa y, con la tela verde oscurode fondo, casi puedo imaginarme al sinsajo volando entre los rboles. Effie Trinket viene a recogerme para la cena, y la sigo por unestrecho y agitado pasillo hasta llegar a un comedor con paredes demadera pulida. Hay una mesa en la que todos los platos son muyfrgiles, y Peeta Mellark est sentado esperndonos, con una sillavaca a su lado. --Dnde est Haymitch? --pregunta Effie, en tono alegre. --La ltima vez que lo vi me dijo que iba a echarse una siesta--responde Peeta. --Bueno, ha sido un da agotador --comenta ella, y creo que sesiente aliviada por la ausencia de Haymitch. Quin puede culparla? La cena sigue su curso: una espesa sopa de zanahorias,ensalada verde, chuletas de cordero y pur de patatas, queso y fruta,y una tarta de chocolate. Effie Trinket se pasa toda la comidarecordndonos que tenemos que dejar espacio, porque quedan mscosas, pero yo me atiborro, porque nunca haba visto una comida as,tan buena y abundante, y porque probablemente lo mejor que puedohacer hasta que empiecen los juegos es ganar unos cuantos kilos. --Por lo menos tenis buenos modales --dice Effie, mientrasterminamos el segundo plato--. La pareja del ao pasado se lo comatodo con las manos, como un par de salvajes. Consiguieronrevolverme las tripas. La pareja del ao pasado eran dos chicos de la Veta que nuncaen su vida haban tenido suficiente para comer. Seguro que, cuando 30. tuvieron toda aquella comida delante, los buenos modales en la mesafueron la menor de sus preocupaciones. Peeta es hijo de panadero; mimadre nos ense a Prim y a m a comer con educacin, as que, s,s manejar el cuchillo y el tenedor, pero me asquea tanto elcomentario que me esfuerzo por comerme el resto de la comida conlos dedos. Despus me limpio las manos en el mantel, lo que haceque Effie apriete los labios con fuerza.Una vez terminada la comida, tengo que esforzarme por novomitarla y veo que Peeta tambin est un poco verde. Nuestrosestmagos no estn acostumbrados a unos alimentos tan lujosos.Sin embargo, si soy capaz de aguantar el mejunje de carne deratn, entraas de cerdo y corteza de rbol de Sae la Grasienta (suespecialidad de invierno), estoy dispuesta a aguantar esto.Vamos a otro compartimento para ver el resumen de las cosechasde todo Panem. Intentan ir celebrndolas a lo largo del da, de modoque alguien pueda verlas todas en directo, aunque slo la gente delCapitolio podra hacerlo, ya que ellos son los nicos que no tienen queir a las cosechas.Vemos las dems ceremonias una a una, los nombres, los que seofrecen voluntarios y los que no, que abundan ms. Examinamos lascaras de los chicos contra los que competiremos y me quedo conalgunas: un chico monstruoso que se apresura a presentarsevoluntario en el Distrito 2; una chica de brillante cabello rojo y caraastuta en el Distrito 5; un chico cojo en el Distrito 10; y, lo msinquietante, una chica de doce aos en el Distrito 11. Tiene piel y ojososcuros, pero, aparte de eso, me recuerda a Prim tanto en tamaocomo en comportamiento. Sin embargo, cuando sube al escenario ypiden voluntarios, slo se oye el viento que silba entre los decrpitosedificios que la rodean; nadie est dispuesto a ocupar su lugar.Por ltimo, aparece el Distrito 12: el momento de la eleccin dePrim y yo corriendo a presentarme voluntaria. Se nota perfectamentela desesperacin en mi voz cuando pongo a Prim detrs de m, comosi temiera que no me oyesen y se la llevaran. Sin embargo, est claroque me oyen. Veo a Gale quitndomela de encima y a m mismasubiendo al escenario. Los comentaristas no saben bien qu decirsobre la actitud del pblico, su negativa a aplaudir y el saludosilencioso. Uno dice que el Distrito 12 siempre ha estado un pocosubdesarrollado, pero que las costumbres locales pueden resultarencantadoras. Como si estuviese ensayado, Haymitch se cae y todosdejan escapar un gruido cmico. Despus sacan el nombre de Peeta 31. y l ocupa su lugar en silencio, nos damos la mano, ponen otra vez elhimno y termina el programa.Effie Trinket est disgustada por el estado de su peluca.--Vuestro mentor tiene mucho que aprender sobre la presentaciny el comportamiento en la televisin.--Estaba borracho --responde Peeta, rindose de formainesperada--. Se emborracha todos los aos.--Todos los das --aado, sin poder reprimir una sonrisita.Effie hace que parezca como si Haymitch tuviese malos modalesque pudieran corregirse con unos cuantos consejos suyos.--S, qu raro que os parezca tan divertido a los dos. Ya sabisque vuestro mentor es el contacto con el mundo exterior en estosjuegos, el que os aconsejar, os conseguir patrocinadores yorganizar la entrega de cualquier regalo. Haymitch puede suponerosla diferencia entre la vida y la muerte!En ese preciso momento, Haymitch entra tambalendose en elcompartimento.--Me he perdido la cena? --pregunta, arrastrando las palabras.Despus vomita en la cara alfombra y se cae encima de la porquera.--Seguid rindoos! --exclama Effie Trinket; acto seguido selevanta de un salto, rodea el charco de vmito subida a sus zapatospuntiagudos y sale de la habitacin._____ 4 _____ Durante unos instantes, Peeta y yo asimilamos la escena denuestro mentor intentando levantarse del charco de porqueraresbaladiza que ha soltado su estmago. El hedor a vmito y alcoholpuro hace que se me revuelvan las tripas. Nos miramos; est claroque Haymitch no es gran cosa, pero Effie Trinket tiene razn en algo:una vez en el estadio, slo lo tendremos a l. Como si llegramos aalgn tipo de acuerdo silencioso, Peeta y yo lo cogemos por los brazosy lo ayudamos a levantarse. --He tropezado? --pregunta Haymitch--. Huele mal. Se limpia la nariz con la mano y se mancha la cara de vmito. --Vamos a llevarte a tu cuarto para limpiarte un poco --dice Peeta. Lo llevamos de vuelta a su compartimento medio a empujones,medio a rastras. Como no podemos dejarlo sobre la colcha bordada, lometemos en la baera y encendemos la ducha; l apenas se entera. 32. --No pasa nada --me dice Peeta--. Ya me encargo yo. No puedo evitar sentirme un poco agradecida, ya que lo quemenos me apetece en el mundo es desnudar a Haymitch, limpiarle laporquera del pelo del pecho y meterlo en la cama. Seguramente, micompaero intenta causarle buena impresin, ser su favorito cuandoempiecen los juegos. Sin embargo, a juzgar por el estado en el queest, Haymitch no se acordar de nada maana. --Vale, puedo enviar a una de las personas del Capitolio aayudarte --le digo, porque hay varias en el tren. Cocinan paranosotros, nos sirven y nos vigilan; cuidarnos es su trabajo. --No, no las quiero. Asiento y vuelvo a mi cuarto. Entiendo cmo se siente Peeta, yotampoco puedo soportar a la gente del Capitolio, pero hacer que seencarguen de Haymitch podra ser una pequea venganza, as quemedito sobre la razn que lo lleva a insistir en ocuparse de l, as, derepente. Es porque est siendo amable. Igual que cuando me regalel pan, pienso. La idea hace que me pare en seco: un Peeta Mellark amable esmucho ms peligroso que uno desagradable. La gente amableconsigue abrirse paso hasta m y quedrseme dentro, y no puedodejar que Peeta lo haga, no en el sitio al que vamos. Decido que,desde este momento, debo tener el menor contacto posible con el hijodel panadero. Cuando llego a mi habitacin, el tren se detiene en un andn pararepostar. Abro rpidamente la ventana, tiro las galletas que me regalel padre de Peeta y cierro el cristal de golpe. Se acab, no quiero nadams de ninguno de los dos. Por desgracia, el paquete de galletas cae al suelo y se abre sobreun grupo de dientes de len que hay junto a las vas. Slo lo veo uninstante, porque el tren sale de nuevo, pero me basta con eso; essuficiente para recordarme aquel otro diente de len que vi en el patiodel colegio hace algunos aos... Justo cuando apart la mirada del rostro amoratado de PeetaMellark me encontr con el diente de len y supe que no todo estabaperdido. Lo arranqu con cuidado y me apresur a volver a casa, cogun cubo y a mi hermana de la mano, y me dirig a la Pradera; y s,estaba llena de aquellas semillas de cabeza dorada. Despus derecogerlas, rebuscamos por el borde interior de la valla a lo largo deun kilmetro y medio, ms o menos, hasta que llenamos el cubo de 33. hojas, tallos y flores de diente de len. Aquella noche nos atiborramosde ensalada y el resto del pan de la panadera. --Qu ms? --me pregunt Prim--. Qu ms comida podemosencontrar? --De todo tipo --le promet--. Slo tengo que acordarme. Mi madre tena un libro que se haba llevado de la botica de suspadres; las hojas estaban hechas de pergamino viejo y tenan dibujosa tinta de plantas, junto a los cuales haban escrito en pulcras letrasmaysculas sus nombres, dnde recogerlas, cundo florecan y sususos mdicos. Sin embargo, mi padre aadi otras entradas al libro,plantas comestibles, no curativas: dientes de len, ombs, cebollassilvestres y pinos. Prim y yo nos pasamos el resto de la nocheestudiando detenidamente aquellas pginas. Al da siguiente no tenamos clases. Durante un rato me qued enel borde de la Pradera, pero, finalmente, consegu reunir el valornecesario para meterme por debajo de la alambrada. Era la primeravez que estaba all sola, sin las armas de mi padre para protegerme,aunque recuper el pequeo arco y las flechas que haba escondidoen un rbol hueco. No me adentr ni veinte metros en los bosques y lamayor parte del tiempo la pas subida a las ramas de un viejo roble,con la esperanza de que se acercara una presa. Despus de variashoras, tuve la buena suerte de matar un conejo. Lo haba hecho antes,con la ayuda de mi padre; pero era la primera vez que lo haca sola. Llevbamos varios meses sin comer carne, as que la imagen delconejo pareci despertar algo dentro de mi madre. Se levant,despellej el animal, e hizo un estofado con la carne y parte de lasverduras que Prim haba recogido. Despus se qued comodesconcertada y regres a la cama, pero, una vez listo el estofado, laobligamos a comerse un cuenco. Los bosques se convirtieron en nuestra salvacin, y cada da meadentraba ms en sus brazos. A pesar de que al principio fue algolento, estaba decidida a alimentarnos; robaba huevos de los nidos,pescaba peces con una red, a veces lograba disparar a una ardilla oun conejo para el estofado y recoga las distintas plantas que surganbajo mis pies. Las plantas son peligrosas; aunque hay muchascomestibles, si das un paso en falso ests muerta. Las comparabavarias veces con los dibujos de mi padre antes de comerlas, y eso nosmantuvo vivas. Ante cualquier indicio de peligro, ya fuese un aullido lejano o unarama rota de forma inexplicable, sala corriendo hacia la alambrada. 34. Despus empec a arriesgarme a subir a los rboles para escapar delos perros salvajes, que no tardaban en aburrirse y seguan su camino.Los osos y los gatos vivan ms adentro; quiz no les gustaban lapeste y el holln de nuestro distrito.El 18 de mayo fui al Edificio de Justicia, firm para pedir mi teselay me llev a casa el primer lote de cereales y aceite en el carro dejuguete de Prim. Los das 8 de cada mes tena derecho a hacer lomismo, pero, claro, no poda dejar de cazar y recolectar. El cereal nobastaba para vivir y haba otras cosas que comprar: jabn, leche ehilo. Lo que no fuese absolutamente necesario consumir, lo llevaba alQuemador. Me daba miedo entrar all sin mi padre al lado; sinembargo, la gente lo respetaba y me aceptaba por l. Al fin y al cabo,una presa era una presa, la derribase quien la derribase. Tambinvenda en las puertas de atrs de los clientes ms ricos de la ciudad,intentando recordar lo que mi padre me haba dicho y aprendiendounos cuantos trucos nuevos. La carnicera me compraba los conejos,pero no las ardillas; al panadero le gustaban las ardillas, pero slo lasaceptaba si no estaba por all su mujer; al jefe de los agentes de la pazle encantaba el pavo silvestre y el alcalde senta pasin por las fresas.A finales del verano, estaba lavndome en un estanque cuandome fij en las plantas que me rodeaban: altas con hojas como flechas,y flores con tres ptalos blancos. Me arrodill en el agua, met losdedos en el suave lodo y saqu un puado de races. Eran tubrculospequeos y azulados que no parecan gran cosa, pero que, al hervirloso asarlos, resultaban tan buenos como las patatas.--Katniss, la saeta de agua --dije en voz alta.Era la planta por la que me pusieron ese nombre; record a mipadre decir, en broma: Mientras puedas encontrarte, no te morirs dehambre.Me pas varias horas agitando el lecho del estanque con losdedos de los pies y un palo, recogiendo los tubrculos que flotabanhasta la superficie. Aquella noche nos dimos un banquete de pescadoy races de saeta hasta que, por primera vez en meses, las tres nosllenamos.Poco a poco, mi madre volvi con nosotras. Empez a limpiar,cocinar y poner en conserva para el invierno algunos de los alimentosque yo llevaba. La gente pagaba en especie o con dinero por susremedios medicinales y, un da, la o cantar.Prim estaba encantada de tenerla de vuelta, mientras que yosegua observndola, esperando que desapareciese otra vez; no 35. confiaba en ella. Adems, un lugar pequeo y retorcido de mi interiorla odiaba por su debilidad, por su negligencia, por los meses que noshaba hecho pasar. Mi hermana la perdon y yo me alej de ella,haba levantado un muro para protegerme de necesitarla y nadavolvera a ser lo mismo entre nosotras. Y ahora voy a morir sin haberlo arreglado. Pienso en cmo le hegritado hoy en el Edificio de Justicia, aunque tambin le dije que laquera. A lo mejor ambas cosas se compensan. Me quedo mirando por la ventana del tren un rato, deseandopoder abrirla de nuevo, pero sin saber qu pasara si lo hiciera a tantavelocidad. A lo lejos veo las luces de otro distrito. El 7? El 10? No los. Pienso en los habitantes dentro de sus casas, preparndose paraacostarse. Me imagino mi casa, con las persianas bien cerradas. Questarn haciendo mi madre y Prim? Habrn sido capaces de cenar elguiso de pescado y las fresas? O estar todo intacto en los platos?Habrn visto el resumen de los acontecimientos del da en el viejotelevisor que tenemos en la mesa pegada a la pared? Seguro que hanllorado ms. Estar resistiendo mi madre, estar siendo fuerte porPrim? O habr empezado a marcharse, a descargar el peso delmundo sobre los frgiles hombros de mi hermana? Sin duda, esta noche dormirn juntas. Me consuela que el viejozarrapastroso de Buttercup se haya colocado en la cama paraproteger a Prim. Si llora, l se abrir paso hasta sus brazos y seacurrucar all hasta que se calme y se quede dormida. Cmo mealegro de no haberlo ahogado. Pensar en mi casa me mata de soledad. Ha sido un dainterminable. Cmo es posible que Gale y yo estuviramosrecogiendo moras esta misma maana? Es como si hubiese pasadoen otra vida, como un largo sueo que se va deteriorando hastaconvertirse en pesadilla. Si consigo dormirme, quiz me despierte enel Distrito 12, el lugar al que pertenezco. Seguro que hay muchos camisones en la cmoda, pero me quitola camisa y los pantalones, y me acuesto en ropa interior. Las sbanasson de una tela suave y sedosa, con un edredn grueso y esponjosoque me calienta de inmediato. Si voy a llorar, ser mejor que lo haga ahora; por la maana podrarreglar el estropicio que me hagan las lgrimas en la cara. Sinembargo, no lo consigo, estoy demasiado cansada o entumecida parallorar, slo quiero estar en otra parte; as que dejo que el tren me meza 36. hasta sumergirme en el olvido.Est entrando luz gris a travs de las cortinas cuando medespiertan unos golpecitos. Oigo la voz de Effie Trinket llamndomepara que me levante.--Arriba, arriba, arriba! Va a ser un da muy, muy, muyimportante!Durante un instante intento imaginarme cmo ser el interior de lacabeza de esta mujer. Qu pensamientos llenan las horas en queest despierta? Qu sueos tiene por las noches? No tengo ni idea.Me vuelvo a poner el traje verde porque no est muy sucio, sloalgo arrugado por haberse pasado la noche en el suelo. Recorro conlos dedos el crculo que rodea al pequeo sinsajo de oro y pienso enlos bosques, en mi padre, y en mi madre y Prim levantndose,teniendo que enfrentarse al da. He dormido sin deshacer lasintrincadas trenzas con las que me pein mi madre para la cosecha;como todava tienen buen aspecto, me dejo el pelo como est. Daigual: no podemos estar lejos del Capitolio y, cuando lleguemos a laciudad, mi estilista decidir el aspecto que voy a tener en lasceremonias de inauguracin de esta noche. Slo espero que no creaque la desnudez es el ltimo grito en moda.Cuando entro en el vagn comedor, Effie Trinket se acerca a mcon una taza de caf solo; est murmurando obscenidades entredientes. Haymitch se est riendo disimuladamente, con la carahinchada y roja de los abusos del da anterior. Peeta tiene un panecilloen la mano y parece algo avergonzado.--Sintate! Sintate! --exclama Haymitch, haciendo seas con lamano.En cuanto lo hago, me sirven una enorme bandeja de comida:huevos, jamn y montaas de patatas fritas. Hay un frutero metido enhielo, para que la fruta se mantenga fresca, y tengo delante una cestade panecillos que habran servido para alimentar a toda mi familiadurante una semana. Tambin hay un elegante vaso con zumo denaranja; bueno, creo que es zumo de naranja. Slo he probado lasnaranjas una vez, en Ao Nuevo, porque mi padre compr una comoregalo especial. Una taza de caf; mi madre adora el caf, aunquecasi nunca podemos permitrnoslo, pero a m me parece aguado yamargo. Al lado hay una taza con algo de color marrn intenso quenunca haba visto antes.--Lo llaman chocolate caliente --me dice Peeta--. Est bueno. 37. Pruebo un trago del lquido caliente, dulce y cremoso, y merecorre un escalofro. Aunque el resto de la comida me llama, no lehago caso hasta que termino la taza. Despus me atiborro de todo loque puedo, procurando no pasarme con los alimentos ms grasos. Mimadre me dijo una vez que siempre coma como si no fuera a volver aver la comida, y yo le respond: No la volver a ver si no la traigo yo.Eso le cerr la boca. Cuando siento que el estmago me va a estallar, me echo haciaatrs y observo a mis compaeros de desayuno. Peeta siguecomiendo, troceando los panecillos para mojarlos en el chocolatecaliente. Haymitch no le ha prestado mucha atencin a su bandeja,pero est tragndose un vaso de zumo rojo que no deja de mezclarcon un lquido transparente que saca de una botella. A juzgar por elolor, es algn tipo de alcohol. No conozco a Haymitch, aunque lo hevisto a menudo en el Quemador, tirando puados de dinero sobre elmostrador de la mujer que vende licor blanco. Estar diciendoincoherencias cuando lleguemos al Capitolio. Me doy cuenta de que detesto a este hombre; no es de extraarque los tributos del Distrito 12 no tengan ni una oportunidad. No esslo que estemos mal alimentados y nos falte entrenamiento, porquealgunos de nuestros participantes eran lo bastante fuertes como paraintentarlo, pero rara vez conseguimos patrocinadores, y l tiene granparte de la culpa. La gente rica que apoya a los tributos (ya seaporque apuesten por ellos o simplemente por tener derecho a presumirde haber escogido al ganador) espera tratar con alguien ms eleganteque Haymitch. --Entonces, se supone que nos vas a aconsejar? --le pregunto. --Quieres un consejo? Sigue viva --responde Haymitch, y seecha a rer. Miro a Peeta antes de recordar que no quiero tener nada que vercon l, y me sorprende encontrarme con una expresin muy dura,cuando normalmente parece tan afable. --Muy gracioso --dice. De repente, le pega un bofetn al vaso queHaymitch tiene en la mano, y el cristal se hace aicos en el suelo ydesparrama el lquido rojo sangre hacia el fondo del vagn--. Pero nopara nosotros. Haymitch lo piensa un momento y le da un puetazo a Peeta en lamandbula, tirndolo de la silla. Cuando se vuelve para coger elalcohol, clavo mi cuchillo en la mesa, entre su mano y la botella; casile corto los dedos. Me preparo para rechazar un golpe que no llega; el 38. hombre se echa hacia atrs y nos mira de reojo.--Bueno, qu tenemos aqu? De verdad me han tocado un parde luchadores este ao?Peeta se levanta del suelo y coge un puado de hielo de debajodel frutero. Empieza a llevrselo a la marca roja de la mandbula.--No --lo detiene Haymitch--. Deja que salga el moratn. Laaudiencia pensar que te has peleado con otro tributo antes incluso dellegar al estadio.--Va contra las reglas.--Slo si te pillan. Ese moratn dir que has luchado y no te hancogido; mucho mejor. --Despus se vuelve hacia m--. Puedes haceralgo con ese cuchillo, aparte de clavarlo en la mesa?Mis armas son el arco y la flecha, aunque tambin he pasadobastante tiempo lanzando cuchillos. A veces, si hiero a un animal conel arco, es mejor clavarle tambin un cuchillo antes de acercarse. Medoy cuenta de que, si quiero ganarme la atencin de Haymitch, ste esel momento adecuado para impresionarlo. Arranco el cuchillo de lamesa, lo cojo por la hoja y lo lanzo a la pared de enfrente; la verdad esque esperaba clavarlo con fuerza, pero se queda metido en el huecoentre dos paneles de madera, lo que me hace parecer mucho mejor delo que soy.--Venid aqu los dos --nos pide Haymitch, sealando con lacabeza al centro de la habitacin. Obedecemos, y l da vueltas anuestro alrededor, tocndonos como si fusemos animales,comprobando nuestros msculos y examinndonos las caras--. Bueno,no est todo perdido. Parecis en forma y, cuando os cojan losestilistas, seris bastante atractivos. --Peeta y yo no lo ponemos enduda, porque, aunque los Juegos del Hambre no son un concurso debelleza, los tributos con mejor aspecto siempre parecen conseguir mspatrocinadores--. Vale, har un trato con vosotros: si no interfers conmi bebida, prometo estar lo suficientemente sobrio para ayudaros,siempre que hagis todo lo que os diga.No es un gran trato, pero s un paso gigantesco con respecto a loocurrido hace diez minutos, cuando no tenamos gua alguna.--Vale --responde Peeta.--Pues aydanos. Cuando lleguemos al estadio, cul es la mejorestrategia en la Cornucopia para alguien...?--Cada cosa a su tiempo. Dentro de unos minutos llegaremos a laestacin y estaris en manos de los estilistas. No os va a gustar lo queos hagan, pero, sea lo que sea, no os resistis. 39. --Pero... --empiezo a protestar.--No hay peros que valgan, no os resistis --dice Haymitch.Despus coge la botella de la mesa y sale del vagn. Cuando secierra la puerta, el vagn se queda a oscuras; aunque todava hayalgunas luces dentro, es como si se hiciese de noche en el exterior.Me doy cuenta de que debemos de estar en el tnel que atraviesa lasmontaas y lleva hasta el Capitolio. Las montaas forman una barreranatural entre la ciudad y los distritos orientales. Es casi imposibleentrar por aqu, salvo a travs de los tneles. Esta ventaja geogrficafue un factor decisivo para la derrota de los distritos en la guerra queme ha convertido en tributo. Como los rebeldes tenan que escalar lasmontaas, eran blancos fciles para las fuerzas areas del Capitolio.Peeta Mellark y yo guardamos silencio mientras el tren sigue sucamino. El tnel dura y dura, nos separa del cielo, y se me encoge elcorazn. Odio estar encerrada en piedra, me recuerda a las minas y ami padre, atrapado, incapaz de llegar hasta la luz del sol, enterradopara siempre en la oscuridad.El tren por fin empieza a frenar y una luz brillante inunda elcompartimento. No podemos evitarlo, los dos salimos corriendo haciala ventanilla para ver algo que slo hemos visto en televisin: elCapitolio, la ciudad que dirige Panem. Las cmaras no mienten sobresu grandeza; si acaso, no logran capturar el esplendor de los edificiosrelucientes que proyectan un arco iris de colores en el aire, de losbrillantes coches que corren por las amplias calles pavimentadas, dela gente vestida y peinada de forma extraa, con la cara pintada yaspecto de no haberse perdido nunca una comida. Todos los coloresparecen artificiales: los rosas son demasiado intensos; los verdes,demasiado brillantes, y los amarillos daan los ojos, como loscaramelos con forma de discos planos que nunca podemospermitirnos en la tienda de dulces del Distrito 12.La gente empieza a sealarnos con entusiasmo al reconocer eltren de tributos que entra en la ciudad. Me aparto de la ventanilla,asqueada por su emocin, sabiendo que estn deseando vernosmorir. Sin embargo, Peeta se mantiene en su sitio, e incluso empiezaa saludar y sonrer a la multitud, que lo mira con la boca abierta. Slodeja de hacerlo cuando el tren se mete en la estacin y nos tapa lavista.Se da cuenta de que lo miro y se encoge de hombros.--Quin sabe? Puede que uno de ellos sea rico.Lo haba juzgado mal. Empiezo a pensar en sus acciones desde 40. que comenz la cosecha: el amistoso apretn de manos, su padreregalndome galletas y prometiendo cuidar de Prim... Sera idea dePeeta? Sus lgrimas en la estacin, presentarse voluntario para lavara Haymitch y despus retarlo esta maana al descubrir que, por lovisto, hacerse el bueno no serva de nada. Y aqu est ahora, saludando por la ventanilla, intentando ganarseal pblico. Las piezas todava no han encajado del todo, pero siento que seforma un plan, que no ha aceptado su muerte. Ya est luchando porseguir vivo, lo que significa, adems, que el bueno de Peeta Mellark, elchico que me dio el pan, est luchando por matarme._____ 5 _____ Ras! Aprieto los dientes mientras Venia, una mujer de pelo colorturquesa y tatuajes dorados sobre las cejas, me arranca una tira detela de la pierna, llevndose con ella el pelo que haba debajo. --Lo siento! --canturrea con su estpido acento del Capitolio--.Es que tienes mucho pelo! Por qu habla esta gente con un tono tan agudo? Por quapenas abren la boca para hablar? Por qu acaban todas las frasescon la misma entonacin que se usa para preguntar? Vocalesextraas, palabras recortadas y un siseo cada vez que pronuncian laletra ese... Por eso a todo el mundo se le pega su acento, claro. Venia intenta demostrar su comprensin. --Pero tengo buenas noticias: ste es el ltimo. Lista? Me agarro a los bordes de la mesa en la que estoy sentada yasiento con la cabeza. Ella arranca de un doloroso tirn la ltima zonade pelo de mi pierna izquierda. Llevo ms de tres horas en el Centro de Renovacin y todava noconozco a mi estilista. Al parecer, no est interesado en verme hastaque Venia y los dems miembros de mi equipo de preparacin no sehayan ocupado de algunos problemas obvios, lo que incluyerestregarme el cuerpo con una espuma arenosa que no slo me haquitado la suciedad, sino tambin unas tres capas de piel, darleuniformidad a mis uas y, sobre todo, librarse de mi vello corporal.Piernas, brazos, torso, axilas y parte de mis cejas se han quedado sinun solo pelo, as que parezco un pjaro desplumado, listo para asar.No me gusta, tengo la piel irritada, me pica y la siento muy vulnerable. 41. Sin embargo, he cumplido mi parte del trato que hicimos con Haymitchy no he puesto ni una objecin.--Lo ests haciendo muy bien --dice un tipo que se llama Flavius.Agita sus tirabuzones naranjas y me aplica una capa de pintalabiosmorado--. Si hay algo que no aguantamos es a los lloricas.Embadurnadla!Venia y Octavia, una mujer regordeta con todo el cuerpo teido deverde guisante claro, me dan un masaje con una locin que primeropica y despus me calma la piel. Acto seguido me levantan de la mesay me quitan la fina bata que me han permitido vestir de vez en cuando.Me quedo aqu, completamente desnuda, mientras los tres me rodeany utilizan las pinzas para eliminar hasta el ltimo rastro de pelo. S quedebera sentir vergenza, pero me parecen tan poco humanos que escomo si tuviese a un tro de extraos pjaros de colores picoteando elsuelo alrededor de mis pies.Los tres dan un paso atrs y admiran su trabajo.--Excelente! Ya casi pareces un ser humano! --exclama Flavius,y todos se ren.--Gracias --respondo con dulzura, obligndome a sonrer parademostrarles lo agradecida que estoy--. En el Distrito 12 no tenemosmuchas razones para arreglarnos.--Claro que no, pobre criatura! --dice Octavia, juntando lasmanos, consternada. Creo que me los he ganado con mi respuesta.--Pero no te preocupes --aade Venia--. Cuando Cinna acabecontigo, vas a estar absolutamente divina!--Te lo prometemos! Sabes? Ahora que nos hemos librado detanto pelo y porquera, no ests tan horrible, ni mucho menos!--afirma Flavius, para animarme--. Vamos a llamar a Cinna!Salen disparados del cuarto. Los miembros del equipo depreparacin son tan bobos que me resulta difcil odiarlos. Sinembargo, curiosamente, s que son sinceros en su intento porayudarme.Miro las paredes y el suelo, todo tan fro y blanco, y resisto elimpulso de recuperar la bata. S que este Cinna, mi estilista, har queme la quite en cuanto llegue, as que me llevo las manos al cabello, lanica zona que mi equipo tena rdenes de respetar. Me acaricio lastrenzas de seda que mi madre ha colocado tan bien. Mi madre; me hedejado su vestido azul y sus zapatos en el suelo del vagn, no se meocurri recogerlos ni intentar aferrarme a algo suyo, de casa. Ahorame arrepiento. 42. La puerta se abre y entra un joven que debe de ser Cinna. Mesorprende lo normal que parece; casi todos los estilistas a los queentrevistan en la tele estn tan teidos, pintados y alteradosquirrgicamente que resultan grotescos, pero Cinna lleva el pelo cortoy, en apariencia, de su color castao natural. Viste camisa ypantalones negros sencillos, y la nica concesin a las modificacionesde aspecto parece ser un delineador de ojos dorado aplicado congenerosidad. Resalta las motas doradas de sus ojos verdes y, a pesardel asco que me producen el Capitolio y sus horrendas modas, nopuedo evitar pensar que lo hace muy atractivo. --Hola, Katniss. Soy Cinna, tu estilista --dice en voz baja, aunquecasi sin la afectacin tpica del Capitolio. --Hola --respondo, con precaucin. --Dame un momento, vale? --me pide. Camina a mi alrededor yobserva mi cuerpo desnudo, sin tocarme, pero tomando nota de cadacentmetro. Resisto el impulso de cruzar los brazos sobre el pecho--.Quin te ha peinado? --Mi madre. --Es precioso. Mucha clase, la verdad, en un equilibrio casiperfecto con tu perfil. Tiene dedos hbiles. Esperaba a alguien extravagante, alguien mayor que intentaradesesperadamente parecer joven, alguien que me viera como un trozode carne que haba que preparar para una bandeja. Cinna no es nadade eso. --Eres nuevo, verdad? No creo haberte visto antes --le digo. La mayora de los estilistas me resultan familiares, son constantesen el siempre cambiante grupo de los tributos. Algunos llevan en estotoda mi vida. --S, es mi primer ao en los juegos. --As que te han dado el Distrito 12 --comento, porque los recinllegados suelen quedarse con nosotros, el distrito menos deseable. --Lo ped expresamente --responde, sin dar ms explicaciones--.Por qu no te pones la bata y charlamos un rato? Me pongo la bata y lo sigo hasta un saln en el que hay dos sofsrojos con una mesita baja en medio. Tres paredes estn vacas y lacuarta es entera de cristal, de modo que puede verse la ciudad. Por laluz, debe de ser medioda, aunque el cielo soleado se ha cubierto denubes. Cinna me invita a sentarme en uno de los sofs y se sienta enfrente de m; despus pulsa un botn que hay en el lateral de la mesay la parte de arriba se abre para dejar salir un segundo tablero con 43. nuestra comida: pollo y gajos de naranja cocinados en una salsa denata sobre un lecho de granos blancos perlados, guisantes y cebollasdiminutos, y panecillos en forma de flor; de postre hay un pudin decolor miel. Intento imaginarme preparando esta misma comida en casa. Lospollos son demasiado caros, pero podra apaarme con un pavosilvestre. Necesitara matar un segundo pavo para cambiarlo pornaranjas. La leche de cabra tendra que servir de sustituta de la nata.Podemos cultivar guisantes en el huerto y tendra que conseguircebollas silvestres en el bosque. No reconozco el cereal, porquenuestras raciones de las teselas se convierten en una fea papillamarrn cuando las cocinas. Para conseguir los panecillos lujosostendra que hacer otro trueque con el panadero, quizs a cambio dedos o tres ardillas. En cuanto al pudin, ni siquiera se me ocurre qullevar dentro. Haran falta varios das de caza y recoleccin parahacer esta comida y, aun as, no llegara a la altura de la versin delCapitolio. Me pregunto cmo ser vivir en un mundo en el que la comidaaparece con slo presionar un botn. A qu dedicara las horas quepaso recorriendo los bosques en busca de sustento si fuese tan fcilconseguirlo? Qu hacen todo el da estos habitantes del Capitolio,adems de decorarse el cuerpo y esperar al siguiente cargamento detributos para divertirse vindolos morir? Levanto la mirada y veo los ojos de Cinna clavados en los mos. --Esto debe de parecerte despreciable. --Me lo ha visto en lacara o, de algn modo, me ha ledo el pensamiento? Sin embargo,tiene razn: toda esta gente asquerosa me resulta despreciable--. Daigual --dice Cinna--. Bueno, Katniss, hablemos de tu traje para laceremonia de inauguracin. Mi compaera, Portia, es la estilista delotro tributo de tu distrito, Peeta, y estamos pensando en vestiros ajuego. Como sabes, es costumbre que los trajes reflejen el espritu decada distrito. Se supone que en la ceremonia inaugural tienes que llevar algoreferente a la principal industria de tu distrito. Distrito 11, agricultura;Distrito 4, pesca; Distrito 3, fbricas. Eso significa que, al venir delDistrito 12, Peeta y yo llevaremos algn tipo de atuendo minero. Comoel ancho mono de los mineros no resulta especialmente atractivo,nuestros tributos suelen acabar con trajes con poca tela y cascos confocos. Un ao los sacaron completamente desnudos y cubiertos depolvo negro, como si fuese polvo de carbn. Los trajes siempre son 44. horrendos y no ayudan a ganarse el favor del pblico, as que mepreparo para lo peor.--Entonces, ser un disfraz de minero? --pregunto, esperandoque no sea indecente.--No del todo. Vers, Portia y yo creemos que el tema del mineroest muy trillado. Nadie se acordar de vosotros si llevis eso, y losdos pensamos que nuestro trabajo consiste en hacer que los tributosdel Distrito 12 sean inolvidables.Est claro que me toca ir desnuda, pienso.--As que, en vez de centrarnos en la minera en s, vamos acentrarnos en el carbn.Desnuda y cubierta de polvo negro, pienso otra vez.--Y qu se hace con el carbn? Se quema --dice Cinna--. No teda miedo el fuego, verdad, Katniss? --Ve mi expresin y sonre.Unas cuantas horas despus, estoy vestida con lo que puede serel vestido ms sensacional o el ms mortfero de la ceremonia deinauguracin. Llevo una sencilla malla negra de cuerpo entero que mecubre del cuello a los tobillos, con unas botas de cuero brillante ycordones que me llegan hasta las rodillas. Sin embargo, lo que defineel traje es la capa que ondea al viento, con franjas naranjas, amarillasy rojas, y el tocado a juego. Cinna pretende prenderles fuego justoantes de que nuestro carro recorra las calles.--No es fuego de verdad, por supuesto, slo un fuego sintticoque Portia y yo hemos inventado. Estars completamente a salvo --measegura, pero no me acaba de convencer; es posible que acabeconvertida en barbacoa humana cuando lleguemos al centro de laciudad.Apenas llevo maquillaje, slo unos toquecitos de iluminador. Mehan cepillado el pelo y me lo han recogido en una sola trenza, que escomo suelo llevarlo.--Quiero que el pblico te reconozca cuando ests en el estadio--dice Cinna en tono soador--: Katniss, la chica en llamas.Se me pasa por la cabeza que la conducta tranquila y normal deCinna puede estar ocultando a un loco de remate.A pesar de la revelacin de esta maana sobre el carcter dePeeta, me alivia verlo aparecer vestido con un traje idntico. Como eshijo de panadero y tal, debe de estar acostumbrado al fuego. Suestilista, Portia, y el resto de su equipo lo acompaan, y todos estnde los nervios por la sensacin que vamos a causar. Todos salvoCinna, que acepta las felicitaciones como si estuviera algo cansado. 45. Nos llevan al nivel inferior del Centro de Renovacin, que es,bsicamente, un establo gigantesco. La ceremonia inaugural va aempezar y estn subiendo a las parejas de tributos en unos carrostirados por grupos de cuatro caballos. Los nuestros son negro carbn,unos animales tan bien entrenados que ni siquiera necesitan un jineteque los gue. Cinna y Portia nos conducen a nuestro carro y nosarreglan con cuidado la postura del cuerpo y la cada de las capasantes de apartarse para comentar algo entre ellos. --Qu piensas? --le susurro a Peeta--. Del fuego, quiero decir. --Te arrancar la capa si t me arrancas la ma --me responde,entre dientes. --Trato hecho. --Quiz si logramos quitrnoslas lo bastantedeprisa evitemos las peores quemaduras. Lo malo es que nos soltarnen el campo de batalla estemos como estemos--. S que le promet aHaymitch que hara todo lo que nos dijeran, pero creo que no tuvo encuenta este detalle. --Por cierto, dnde est? No se supone que tiene queprotegernos de este tipo de cosas? --Con todo ese alcohol dentro, no creo que sea buena idea tenerlocerca cuando ardamos. De repente, los dos nos echamos a rer. Supongo que estamostan nerviosos por los juegos y, ms an, tan aterrados por laposibilidad de acabar convertidos en antorchas humanas, que noactuamos de forma racional. Empieza la msica de apertura. No cuesta orla, la ponen a todovolumen por las avenidas del Capitolio. Unas puertas correderasenormes se abren a las calles llenas de gente. El desfile dura unosveinte minutos y termina en el Crculo de la Ciudad, donde nosrecibirn, tocarn el himno y nos escoltarn hasta el Centro deEntrenamiento, que ser nuestro hogar/prisin hasta que empiecen losjuegos. Los tributos del Distrito 1 van en un carro tirado por caballosblancos como la nieve. Estn muy guapos, rociados de pinturaplateada y vestidos con elegantes tnicas cubiertas de piedraspreciosas; el Distrito 1 fabrica artculos de lujo para el Capitolio. Omosel rugido del pblico; siempre son los favoritos. El Distrito 2 se coloca detrs de ellos. En pocos minutos nosencontramos acercndonos a la puerta y veo que, entre el cielonublado y que empieza a anochecer, la luz se ha vuelto gris. Lostributos del Distrito 11 acaban de salir cuando Cinna aparece con una 46. antorcha encendida.--All vamos --dice, y, antes de poder reaccionar, prende fuego anuestras capas. Ahogo un grito, esperando que llegue el calor, peroslo noto un cosquilleo. Cinna se coloca delante de nosotros, prendefuego a los tocados y deja escapar un suspiro de alivio--. Funciona.--Despus me levanta la barbilla con cario--. Recuerda, la cabezaalta. Sonre. Te van a adorar!Cinna se baja del carro de un salto y tiene una ltima idea.Nos grita algo que no oigo por culpa de la msica, as que vuelvea gritar y gesticula.--Qu dice? --le pregunto a Peeta. Por primera vez, lo miro y medoy cuenta de que, iluminado por las llamas falsas, estresplandeciente, y que yo tambin debo de estarlo.--Creo que ha dicho que nos cojamos de la mano --responde.Me coge la mano derecha con su izquierda, y los dos miramos aCinna para confirmarlo. l asiente y da su aprobacin levantando elpulgar; es lo ltimo que veo antes de entrar en la ciudad.La alarma inicial de la muchedumbre al vernos aparecer setransforma rpidamente en vtores y gritos de Distrito 12!. Todos sevuelven para mirarnos, apartando su atencin de los otros tres carrosque tenemos delante. Al principio me quedo helada, pero despus nosveo en una enorme pantalla de televisin y nuestro aspecto me dejasin aliento. Con la escasa luz del crepsculo, el fuego nos ilumina lascaras, es como si nuestras capas dejaran un rastro de llamas detrs.Cinna hizo bien al reducir el maquillaje al mnimo: los dos estamosms atractivos y, adems, se nos reconoce perfectamente.Recuerda, la cabeza alta. Sonre. Te van a adorar!Oigo las palabras del estilista en mi cabeza, as que levanto msla barbilla, esbozo mi mejor sonrisa y saludo con la mano que tengolibre. Me alegra estar agarrada a Peeta para guardar el equilibrio,porque l es fuerte, slido como una roca. Conforme gano confianza,llego a lanzar algn que otro beso a los espectadores; la gente delCapitolio se ha vuelto loca, nos baa en flores, grita nuestros nombres,nuestros nombres propios, ya que se han molestado en buscarlos enel programa.La msica alta, los vtores y la admiracin me corren por lasvenas, y no puedo evitar emocionarme. Cinna me ha dado una granventaja, nadie me olvidar. Ni mi aspecto, ni mi nombre: Katniss, lachica en llamas.Por primera vez siento una chispa de esperanza. Tiene que 47. haber algn patrocinador dispuesto a escogerme! Y con un poco deayuda extra, alguna comida, el arma adecuada... Por qu voy a darlos juegos por perdidos?Alguien me tira una rosa roja y yo la cojo, la huelo con delicadezay lanzo un beso en direccin a quien me la haya tirado. Cientos demanos intentan capturar mi beso, como si fuese algo real y tangible.--Katniss! Katniss! --Los oigo gritar mi nombre por todas partes.Todos quieren mis besos.Hasta que entramos en el Crculo de la Ciudad no me doy cuentade que debo de haber estado cortndole la circulacin de la mano aPeeta, tan fuerte se la tena cogida. Miro nuestros dedos entrelazadosy aflojo un poco, pero l me vuelve a coger con fuerza.--No, no me sueltes --dice, y la luz del fuego se refleja en sus ojosazules--. Por favor, puede que me caiga de esta cosa.--Vale.As que seguimos cogidos, aunque no puedo evitar sentirmeextraa por la forma en que Cinna nos ha unido. La verdad es que noes justo presentarnos como un equipo y despus tirarnos en la arenapara que nos matemos el uno al otro.Los doce carros llenan el circuito del Crculo de la Ciudad. Todaslas ventanas de los edificios que rodean el crculo estn abarrotadasde los ciudadanos ms prestigiosos del Capitolio. Nuestros caballosnos llevan justo hasta la mansin del presidente Snow, y all nosparamos. La msica termina con unas notas dramticas.El presidente, un hombre bajo y delgado con el cabello blancocomo el papel, nos da la bienvenida oficial desde el balcn quetenemos encima. Lo tradicional es enfocar las caras de todos lostributos durante el discurso, pero en la pantalla veo que Peeta y yosalimos ms de lo que nos corresponde. Con forme oscurece, msdifcil es apartar los ojos de nuestro centelleante atuendo. Aunquecuando suena el himno nacional hacen un esfuerzo por enfocar a cadapareja de tributos, la cmara se mantiene fija en el carro del Distrito12, que recorre el crculo una ltima vez antes de desaparecer en elCentro de Entrenamiento.En cuanto se cierran las puertas, nos rodean los equipos depreparacin, que farfullan piropos apenas inteligibles. Miro a mialrededor y veo que muchos de los otros tributos nos miran con odio,lo que confirma mis sospechas de que los hemos eclipsado a todos,literalmente. Despus aparecen Cinna y Portia, que nos ayudan abajar del carro, y nos quitan con cuidado las capas y los tocados en 48. llamas. Portia los apaga con una especie de bote con atomizador. De repente me doy cuenta de que sigo pegada a Peeta y meobligo a abrir los dedos, agarrotados. Los dos nos masajeamos lasmanos. --Gracias por sostenerme. No me senta muy bien ah arriba --dicePeeta. --No lo pareca. Te juro que ni me he dado cuenta. --Seguro que no le han prestado atencin a nadie ms que a ti.Deberas llevar llamas ms a menudo, te sientan bien. Despus me ofrece una sonrisa de una dulzura tan genuina, conel toque justo de timidez, que hace que me sienta muy cerca de l. Sin embargo, una alarma se me enciende en la cabeza: No seastan estpida: Peeta planea matarte --me recuerdo--. Quiere que teconfes para convertirte en una presa fcil. Cuanto ms te guste, msmortfero ser. Pero, como yo tambin s jugar, me pongo de puntillas y le doyun beso en la mejilla, justo en el moratn. _____ 6 _____ El Centro de Entrenamiento tiene una torre diseadaexclusivamente para los tributos y sus equipos. ste ser nuestrohogar hasta que empiecen los juegos. Cada distrito tiene una plantaentera, slo hay que subir a un ascensor y pulsar el botncorrespondiente al nmero del tuyo. Fcil de recordar. He subido un par de veces en el ascensor del Edificio de Justiciadel Distrito 12, una para recibir la medalla por la muerte de mi padre, yayer, para despedirme por ltima vez de mi familia y amigos. Sinembargo, aqul era una cosa oscura y ruidosa que se mova como uncaracol y ola a leche agria. Las paredes de este ascensor estnhechas de cristal, as que puedes ver a la gente de la planta de abajoconvertirse en hormigas conforme sales disparada hacia arriba. Esemocionante y me siento tentada de preguntarle a Effie Trinket sipodemos volver a subir, pero, por algn motivo, creo que sonarainfantil. Al parecer, las tareas de Effie no concluyen en la estacin, sinoque Haymitch y ella nos supervisarn hasta que lleguemos almismsimo campo de batalla. En cierto modo, es una ventaja, porque,al menos, se puede contar con ella para que nos lleve de un lado a 49. otro a tiempo, mientras que no hemos visto a Haymitch desde quecerramos nuestro trato en el tren. Seguro que est inconsciente enalguna parte. Por otro lado, es como si Effie estuviese en una nube; esla primera vez que el equipo al que acompaa causa sensacin en laceremonia inaugural. Alaba no slo nuestros trajes, sino tambinnuestra conducta y, segn lo cuenta, ella conoce a todas las personasimportantes del Capitolio y ha estado hablando bien de nosotros todoel da, intentando conseguir patrocinadores. --Pero he sido muy misteriosa --dice, con los ojos entrecerrados--,porque, claro, Haymitch no se ha molestado en contarme suestrategia. Sin embargo, he hecho todo lo posible con lo que tena:que Katniss se haba sacrificado por su hermana y que los dos habisluchado con xito por superar la barbarie de vuestro distrito.--Barbarie? Es irnico que lo diga una mujer que ayuda aprepararnos para una matanza. Y en qu basa nuestro xito? Enque sabemos comportarnos en la mesa?--. Por supuesto, todos tienensus reservas, porque sois del distrito minero. As que les he dicho, yha sido muy astuto por mi parte: Bueno, si se ejerce la suficientepresin sobre el carbn, se convierte en una perla!. Effie esboza una sonrisa tan resplandeciente que no tengo msremedio que alabar con entusiasmo su astucia, aunque se equivoque. El carbn no se convierte en perla, pues las perlas crecen en elinterior de los moluscos. Seguramente quera decir que el carbn seconvierte en diamante, aunque tampoco es cierto. He odo que en elDistrito 1 hay una mquina que puede convertir en diamante el grafito,pero nosotros no extraemos grafito, eso era parte del trabajo delDistrito 13, hasta que lo destruyeron. Me pregunto si lo sabrn las personas con las que nos ha estadopromocionando; a lo mejor tampoco les importa. --Por desgracia, no puedo cerrar tratos con los patrocinadores.Slo lo puede hacer Haymitch --sigue diciendo ella, en tono lgubre--.Pero no os preocupis, lo llevar a las negociaciones a punta depistola, si es necesario. Aunque tenga muchos defectos, hay que admirar la determinacinde esta mujer. Mi alojamiento es ms grande que nuestra casa en la Veta; eslujoso, como el vagn del tren, y tiene tantos artilugios automticosque seguro que no me da tiempo a pulsar todos los botones. Slo enla ducha hay un cuadro con ms de cien opciones para controlar latemperatura del agua, la presin, los jabones, los champs, los aceites 50. y las esponjas de masaje. Cuando sales, pisas una alfombrilla que seactiva para secarte el cuerpo con aire. En vez de luchar con losenredos del pelo hmedo, coloco la mano en una caja que enva unacorriente elctrica a mi cuero cabelludo, de modo que tengo el cabellodesenredado, peinado y seco casi al instante. Me cae por la espaldacomo una cortina lustrosa. Programo el armario para que elija un traje a mi gusto. Lasventanas amplan y reducen partes de la ciudad, siguiendo misrdenes. Si susurras el tipo de comida que quieres de un mengigantesco en una especie de micrfono, la comida aparece calentitaen menos de un minuto. Recorro la habitacin comiendo hgado deoca y pan esponjoso hasta que llaman a la puerta. Es Effie, paradecirme que es la hora de cenar. Bien, estoy muerta de hambre. Cuando entramos en el comedor, Peeta, Cinna y Portia estn depie al lado de un balcn desde el que se ve el Capitolio. Me alegra vera los estilistas, sobre todo despus de or que Haymitch se unir anosotros. Una comida presidida por Effie y Haymitch est abocada aldesastre. Adems, en realidad el objetivo de la cena no es comer, sinoplanear nuestras estrategias, y Cinna y Portia ya han demostrado lovaliosos que son. Un hombre silencioso vestido con una tnica blanca nos ofreceunas copas de vino. Se me ocurre rechazarlo, pero nunca lo heprobado, salvo el fluido casero que utiliza mi madre para la tos, ycundo podr volver a probarlo? Le doy un trago al lquido cido yseco, y pienso para mis adentros que podra mejorarse con unascucharaditas de miel. Haymitch aparece justo cuando estn sirviendo la cena. Pareceque l tambin ha pasado por un estilista, porque est limpio,arreglado y ms sobrio que nunca, al menos desde que lo conozco.No rechaza el vino, pero, cuando empieza la sopa, me doy cuenta deque es la primera vez que lo veo comer. Quiz sea de verdad capazde controlarse lo bastante para ayudarnos. Cinna y Portia parecen ejercer un efecto civilizador sobreHaymitch y Effie. Al menos, se dirigen el uno al otro con educacin, ylos dos elogian sin parar el acto de inauguracin de nuestros estilistas.Mientras parlotean, me concentro en la comida: sopa de championes,verduras amargas con tomates del tamao de guisantes, terneraasada cortada en rodajas tan finas como papel, fideos en salsa verdey queso que se derrite en la lengua con uvas negras dulces. Los 51. sirvientes, chicos jvenes vestidos con tnicas blancas como el quenos trajo el vino, se mueven sin decir nada de un lado a otro,procurando que los platos y copas estn siempre llenos. Cuando llevo la mitad del vaso de vino, la cabeza me empieza adar vueltas, as que me paso al agua. No me gusta esta sensacin yespero que pase pronto; es un misterio cmo Haymitch puede estaras todo el rato. Intento concentrarme en la conversacin, que trata sobre lostrajes para las entrevistas, cuando una chica coloca una tarta deaspecto increble sobre la mesa y la enciende con habilidad. La tartase ilumina y las llamas parpadean en los bordes durante un rato hastaque por fin se apaga. Tengo un momento de duda. --Qu la hace arder? Es alcohol? --pregunto, mirando a lachica--. Es lo ltimo que... Oh! Yo te conozco! No era capaz de ponerle nombre ni de ubicar el rostro de la chica,pero estoy segura: pelo rojo oscuro, rasgos llamativos, piel deporcelana blanca. Sin embargo, mientras lo digo, noto que lasentraas se me encogen de ansiedad y culpa al verla, y, aunque nopuedo acordarme, s que existe un mal recuerdo asociado con ella. Laexpresin de terror que le pasa por la cara slo sirve para confundirmee incomodarme ms. Sacude la cabeza para negarlo rpidamente y sealeja a toda prisa de la mesa. Cuando miro a mis acompaantes, los cuatro adultos meobservan como halcones. --No seas ridcula, Katniss. Cmo vas a conocer a un avox? --mesuelta Effie--. Es absurdo. --Qu es un avox? --pregunto, como si fuera estpida. --Alguien que ha cometido un delito; les cortan la lengua para queno puedan hablar --contesta Haymitch--. Seguramente ser unatraidora. No es probable que la conozcas. --Y, aunque la conocieras, se supone que no hay que hablar conellos a no ser que desees darles una orden --dice Effie--. Por supuestoque no la conoces. Sin embargo, la conozco y, cuando Haymitch pronuncia la palabratraidora, recuerdo de qu, aunque no puedo admitirlo, porque todos seme echaran encima. --No, supongo que no, es que... --balbuceo, y el vino no meayuda. --Delly Cartwright --salta Peeta, chasqueando los dedos--. Eso es,a m tambin me resultaba familiar y no saba por qu. Entonces me 52. he dado cuenta de que es clavada a Delly. Delly Cartwright es una chica regordeta de cara mustia y peloamarillento que se parece a nuestra sirvienta tanto como unescarabajo a una mariposa. Tambin es probable que sea la personams simptica del planeta: sonre sin parar a todo el mundo en elcolegio, incluso a m. Nunca he visto sonrer a la chica del pelo rojo,pero recojo con gratitud la sugerencia de Peeta. --Claro, eso era. Debe de ser por el pelo --digo. --Y tambin algo en los ojos --aade Peeta. --Oh, bueno, si es slo eso --dice Cinna, y la mesa vuelve arelajarse--. Y s, la tarta tiene alcohol, aunque ya se ha quemado todo.La ped especialmente en honor de vuestro fogoso debut. Nos comemos la tarta y pasamos a un saln para ver la repeticinde la ceremonia inaugural que estn echando por la tele. Hay otrasparejas que causan buena impresin, pero ninguna est a nuestraaltura. Hasta nuestro equipo deja escapar una exclamacin cuandonos ve salir del Centro de Renovacin. --De quin fue la idea de cogeros de la mano? --preguntaHaymitch. --De Cinna --responde Portia. --El toque justo de rebelda. Muy bonito. Rebelda? Me paro a pensarlo un momento y lo entiendo cuandome acuerdo de las otras parejas, distantes y tensas, sin tocarse niprestarse atencin, como si su compaero no existiese, como si losjuegos ya hubiesen empezado. Al presentarnos no como adversarios,sino como amigos, hemos destacado tanto como nuestros trajes enllamas. --Maana por la maana es la primera sesin de entrenamiento.Reunos conmigo para el desayuno y os contar cmo quiero que oscomportis --nos dice Haymitch a Peeta y a m--. Ahora id a dormir unpoco mientras los mayores hablamos. Peeta y yo recorremos juntos el pasillo hasta nuestrashabitaciones. Cuando llegamos a mi puerta, se apoya en el marco, nopara impedir que entre, sino para captar mi atencin. --Conque Delly Cartwright. Qu casualidad encontrarnos aqu consu gemela. Me est pidiendo una explicacin y siento la tentacin de drsela.Los dos sabemos que me ha encubierto, as que vuelvo a estar endeuda con l. Si le cuento la verdad sobre la chica, quiz estemos enpaz. Qu dao puede hacerme? Aunque repita por ah la historia, no 53. podra hacerme mucho dao, porque slo era algo que vi hace tiempo.Adems, l haba mentido tanto como yo al decir lo de DellyCartwright. Me doy cuenta de que quiero hablar con alguien sobre lamuchacha, con alguien que pueda ayudarme a averiguar su historia.Gale habra sido mi primera eleccin, pero no es probable que vuelvaa verlo. Intento decidir si contrselo a Peeta le dara alguna ventajasobre m, aunque no veo cmo. Quiz compartir una confidencia lohaga creer que lo considero un amigo. Adems, la idea de la chica con la lengua cortada me asusta, meha recordado por qu estoy aqu. No es para lucir modelitossorprendentes y comer manjares, sino para morir de forma sangrientamientras la audiencia anima al asesino. Se lo cuento o no se lo cuento? Todava tengo el cerebroembotado por culpa del vino, as que miro al pasillo vaco, como si ladecisin estuviese all mismo. Peeta nota mi vacilacin. --Has estado ya en el tejado? --Niego con la cabeza--. Cinna melo ense. Desde all se ve casi toda la ciudad, aunque el viento hacebastante ruido. Traduzco su comentario como: All nadie nos oir hablar. Laverdad es que yo tambin tengo la sensacin de estar bajo vigilancia. --Podemos subir sin ms? --Claro, vamos --responde Peeta. Lo sigo escaleras arriba hasta el tejado. Hay una salita con techoabovedado con una puerta que da al exterior. Cuando salimos al froaire nocturno, la vista me quita el aliento: el Capitolio brilla como unenorme campo lleno de lucirnagas. La electricidad del Distrito 12viene y va; lo habitual es que slo tengamos unas cuantas horas alda. Es normal que por las noches nos iluminemos con velas, y slopuedes contar con ella cuando televisan los juegos o algn mensajeimportante del Gobierno, que hemos de ver por obligacin. Sinembargo, aqu no tienen escasez nunca. Peeta y yo caminamos hasta el borde del tejado, y yo inclino lacabeza para observar la calle, que est llena de gente. Se oyen loscoches, algn grito de vez en cuando y un extrao tintineo metlico.En el Distrito 12 estaramos ya todos pensando en acostarnos. --Le pregunt a Cinna por qu nos dejaban subir, si no lespreocupaba que algunos tributos decidieran saltar por el borde --medice Peeta. 54. --Y qu te respondi?--Que no se puede. --Alarga la mano hacia el borde, que parecevaco; se oye un chasquido y la aparta muy deprisa--. Es algn tipo decampo elctrico que te empuja hacia el tejado.--Siempre preocupados por nuestra seguridad --digo. AunqueCinna le haya enseado a Peeta el tejado, me pregunto si podemosestar aqu a estas horas, solos. Nunca he visto a los tributos en eltejado del Centro de Entrenamiento, pero eso no quiere decir que nonos estn grabando--. Crees que nos observan?--Quiz. Ven a ver el jardn.Al otro lado de la cpula han construido un jardn con lechos deflores y macetas con rboles. De las ramas cuelgan cientos decarillones, que son los culpables del tintineo. Aqu, en el jardn, en estanoche de viento, bastan para ahogar la conversacin de dos personasque no quieren ser odas. Peeta me mira con expectacin y yo finjoque examino una flor.--Un da estbamos cazando en el bosque, escondidos,esperando que apareciese una presa --susurro.--Tu padre y t?--No, con mi amigo Gale. De repente, todos los pjaros dejaron decantar a la vez, todos salvo uno, que pareca estar cantando unaadvertencia. Entonces la vimos. Estoy segura de que era la mismachica. Un chico iba con ella, y los dos llevaban la ropa hecha jirones.Tenan ojeras por la falta de sueo y corran como si sus vidasdependieran de ello.Durante un instante guardo silencio, mientras recuerdo cmo nosparaliz la imagen de aquella extraa pareja, obviamente de fuera delDistrito 12, huyendo a travs del bosque. Ms tarde nos preguntamossi los podramos haber ayudado a escapar, y quiz s, quizhubisemos podido esconderlos de habernos dado prisa. Nos pillaronpor sorpresa, s, pero ramos cazadores, sabamos cmo secomportan los animales en peligro; supimos que la pareja tenaproblemas en cuanto la vimos, y nos limitamos a mirar.--El aerodeslizador surgi de la nada --sigo contndole a Peeta--.Es decir, el cielo estaba vaco y, un instante despus, ya no lo estaba.No haca ningn ruido, pero ellos lo vieron. Soltaron una red sobre lachica y la subieron a toda prisa, tan deprisa como el ascensor. Al chicolo atravesaron con una especie de lanza atada a un cable y losubieron tambin. Estoy segura de que estaba muerto. Omos a lachica gritar una vez, creo que el nombre del chico. Despus 55. desapareci el aerodeslizador, se esfum en el aire, y los pjarosvolvieron a cantar, como si no hubiese pasado nada.--Te vieron?--No lo s, estbamos bajo un saliente rocoso --respondo, aunques lo s: hubo un momento, despus de la advertencia del pjaro peroantes de que llegase el aerodeslizador, en que la chica nos vio. Memir a los ojos y me pidi ayuda, y Gale y yo no respondimos.--Ests temblando --dice Peeta.El viento y la historia me han robado el calor del cuerpo. El gritode la chica..., habra sido el ltimo?Peeta se quita la chaqueta y me la echa sobre los hombros.Empiezo a retroceder, pero al final lo dejo, decidiendo por un segundoaceptar tanto su chaqueta como su amabilidad. Una amiga hara eso,verdad?--Eran de aqu? --pregunta, mientras me abrocha un botn delcuello. Asiento. Los dos tenan el aire del Capitolio, tanto el chicocomo la chica--. Adnde crees que iban?--Eso no lo s --respondo. El Distrito 12 es el final de la lnea, msall slo hay territorio salvaje. Sin contar las ruinas del Distrito 13, quetodava arden por culpa de las bombas txicas. De vez en cuando lassacan por televisin para que no olvidemos--. Ni tampoco por qu seiran de aqu.Haymitch ha dicho que los avox son traidores, pero traidores aqu? Slo pueden ser traidores al Capitolio, pero aqu tenan de todo.No haba razn para rebelarse.--Yo me ira --suelta Peeta. Despus mira a su alrededor,nervioso, porque lo haba dicho lo bastante alto para que lo oyeran, apesar de los carillones--. Me ira a casa ahora mismo, si me dejaran,aunque hay que reconocer que la comida es estupenda.Me ha vuelto a encubrir: si alguien lo escuchase, no seran msque las palabras de un tributo asustado, no de alguien dndole vueltasa la incuestionable bondad del Capitolio.--Hace fro, ser mejor que nos vayamos --dice. Dentro de lacpula se est calentito y hay luz. Sigue hablando en tono casual--. Tuamigo, Gale, es el que se llev a tu hermana en la cosecha?--S. Lo conoces?--La verdad es que no, aunque oigo mucho a las chicas hablar del. Crea que era tu primo o algo as, porque os parecis.--No, no somos parientes.--Fue a decirte adis? --me pregunta, despus de asentir con la 56. cabeza, hermtico. --S --respondo, observndolo con atencin--, y tambin tu padre.Me llev galletas. Peeta levanta las cejas, como si no lo supiese, pero, despus deverlo mentir con tanta facilidad, no le doy mucha importancia. --En serio? Bueno, tu hermana y t le cais bien. Creo que lehabra gustado tener una hija, en vez de una casa llena de chicos. --Laidea de que hayan hablado de m durante la comida, junto al fuego dela panadera o de pasada en la casa de Peeta hace que mesobresalte. Seguramente sera cuando su madre no estaba en elcuarto--. Conoca a tu madre cuando eran pequeos. Otra sorpresa, aunque probablemente cierta. --Ah, s, ella creci en la ciudad --respondo, porque no me pareceeducado decir que nunca ha mencionado al panadero, salvo paraelogiar su pan. Hemos llegado a mi puerta, as que le devuelvo lachaqueta--. Nos vemos por la maana. --Hasta maana --responde, y se aleja por el pasillo. Cuando abro la puerta, la chica del pelo rojo est recogiendo mimalla de cuerpo entero y las botas del suelo, donde yo las habadejado antes de la ducha. Quiero disculparme por si la haba metidoen los antes, hasta que recuerdo que no debo hablar con ella, a noser que tenga que darle una orden. --Oh, lo siento --digo--. Se supona que tena que devolvrselo aCinna. Lo siento. Se lo puedes llevar? Ella evita mirarme a los ojos, asiente brevemente y se va. Estoy a punto de decirle que siento mucho lo de la cena, pero sque mis disculpas son ms profundas, que estoy avergonzada por nohaber intentado ayudarla en el bosque, por dejar que el Capitoliomatase al chico y la mutilase a ella sin mover ni un dedo para evitarlo. Como si hubiese estado viendo los juegos por la tele. Me quito los zapatos y me meto bajo las sbanas sin quitarme laropa. No he dejado de temblar. Quiz la chica no se acuerde de m,aunque s que me engao: no se te olvida la cara de la persona queera tu ltima esperanza. Me tapo la cabeza, como si eso meprotegiese de la muchacha pelirroja que no puede hablar. Sinembargo, puedo sentir sus ojos clavados en m, atravesando muros,puertas y ropa de cama. Me pregunto si disfrutar vindome morir. 57. _____ 7 _____ Mi noche se llena de sueos inquietantes. La cara de la chicapelirroja se entremezcla con imgenes sangrientas de los anterioresJuegos del Hambre, con mi madre retrada e inalcanzable, y con Primesculida y aterrorizada. Me despierto gritndole a mi padre que corra,justo antes de que la mina estalle en un milln de mortferas chispasde luz. El alba empieza a entrar por las ventanas, y el Capitolio tiene unaire brumoso y encantado. Me duele la cabeza y me parece que mehe mordido el interior de la mejilla por la noche; lo compruebo con lalengua y noto el sabor a sangre. Salgo de la cama poco a poco y me meto en la ducha, dondepulso botones al azar en el panel de control y trmino dando saltitospara soportar los chorros alternos de agua helada y agua abrasadoraque me atacan. Despus me cae una avalancha de espuma con olor alimn que al final tengo que rasparme del cuerpo con un cepillo decerdas duras. En fin, al menos me ha puesto la circulacin en marcha. Despus de secarme e hidratarme con crema, encuentro un trajeque me han dejado delante del armario: pantalones negros ajustados,una tnica de manga larga color burdeos y zapatos de cuero. Merecojo el pelo en una trenza. Es la primera vez, desde la maana de lacosecha, que me parezco a m misma: nada de peinados y ropaelegantes, nada de capas en llamas, slo yo, con el aspecto quetendra si fuera al bosque. Eso me calma. Haymitch no nos haba dado una hora exacta para desayunar ynadie me haba llamado, pero tengo tanta hambre que me dirijo alcomedor esperando encontrar comida. Lo que encuentro no medecepciona: aunque la mesa principal est vaca, en una larga mesade un lateral hay al menos veinte platos. Un joven, un avox, esperainstrucciones junto al banquete. Cuando le pregunto si puedo servirmeyo misma, asiente. Me preparo un plato con huevos, salchichas,pasteles cubiertos de confitura de naranja y rodajas de meln moradoclaro. Mientras me atiborro, observo la salida del sol sobre el Capitolio.Me sirvo un segundo plato de cereales calientes cubiertos de estofadode ternera. Finalmente, lleno uno de los platos con panecillos y mesiento en la mesa, donde me dedico a cortarlos en trocitos y mojarlosen el chocolate caliente, como haba hecho Peeta en el tren. Empiezo a pensar en mi madre y Prim; ya estarn levantadas. Mimadre preparar el desayuno de gachas y Prim ordear su cabra 58. antes de irse al colegio. Hace tan slo dos maanas, yo estaba encasa. Dos? S, slo dos. Ahora la casa me parece vaca, inclusodesde tan lejos. Qu dijeron anoche sobre mi fogoso debut en losjuegos? Les dio esperanzas o se asustaron ms al ver la realidad deaquellos veinticuatro tributos juntos, sabiendo que slo uno podrasobrevivir?Haymitch y Peeta entran en el comedor y me dan los buenos das,para despus pasar a llenarse los platos. Me irrita que Peeta lleveexactamente la misma ropa que yo; tengo que comentarle algo aCinna, porque este juego de los gemelos nos va a estallar en la caracuando empiece la competicin; seguro que lo saben. Entoncesrecuerdo que Haymitch me dijo que hiciera todo lo que me ordenasenlos estilistas. De haber sido otra persona y no Cinna, habra sentido latentacin de no hacerle caso, pero despus del triunfo de anoche notengo mucho que criticar.El entrenamiento me pone nerviosa. Hay tres das para que todoslos tributos practiquen juntos. La ltima tarde tendremos la oportunidadde actuar en privado delante de los Vigilantes de los juegos. La ideade encontrarme cara a cara con los dems tributos me revuelve lastripas; empiezo a darle vueltas al panecillo que acabo de coger de lacesta, pero se me ha quitado el apetito.Despus de comerse varios platos de estofado, Haymitch suspira,satisfecho, saca una petaca del bolsillo, le da un buen trago y apoyalos codos en la mesa.--Bueno, vayamos al asunto: el entrenamiento. En primer lugar, siqueris, podis entrenaros por separado. Decididlo ahora.--Por qu bamos a querer hacerlo por separado? --pregunto.--Supn que tienes una habilidad secreta que no quieres queconozcan los dems.--No tengo ninguna --dice Peeta, en respuesta a mi mirada--. Y yas cul es la tuya, no? Me he comido ms de una de tus ardillas.No se me haba ocurrido que Peeta probase las ardillas que yocazaba; siempre me haba imaginado que el panadero las frea ensecreto para comrselas l. No por glotonera, sino porque las familiasde la ciudad suelen comer la carne de la carnicera, que es ms cara:ternera, pollo y caballo.--Puedes entrenarnos juntos --le digo a Haymitch. Peeta asiente.--De acuerdo, pues dadme alguna idea de lo que sabis hacer.--Yo no s hacer nada --responde Peeta--, a no ser que cuente elsaber hacer pan. 59. --Lo siento, pero no cuenta. Katniss, ya s que eres buena con elcuchillo. --La verdad es que no, pero s cazar. Con arco y flechas. --Y se te da bien? --pregunta Haymitch. Tengo que pensrmelo.Llevo cuatro aos encargndome de poner comida en la mesa, lo queno es moco de pavo. No soy tan buena como mi padre, pero l tenams prctica. Apunto mejor que Gale, pero yo tengo ms prctica; les un genio de las trampas. --No se me da mal --respondo. --Es excelente --dice Peeta--. Mi padre le compra las ardillas ysiempre comenta que la flecha nunca agujerea el cuerpo, siempre leda en un ojo. Igual con los conejos que le vende a la carnicera, y hastaes capaz de cazar ciervos. Esta evaluacin de mis habilidades me pilla completamentedesprevenida. En primer lugar, el hecho de que se haya dado cuenta,y, en segundo, que me est halagando as. --Qu haces? --le pregunto, suspicaz. --Y qu haces t? Si quieres que Haymitch te ayude, tiene quesaber de lo que eres capaz. No te subestimes. --Y t qu? --pregunto, a la defensiva; por algn motivo, sucomentario me sienta mal--. Te he visto en el mercado, puedeslevantar sacos de harina de cuarenta y cinco kilos. Dselo. S quesabes hacer algo. --S, y seguro que el estadio estar lleno de sacos de harina paraque se los lance a la gente. No es como que a uno se le d bienmanejar armas, ya lo sabes. --Se le da bien la lucha libre --le digo a Haymitch--. Qued elsegundo en la competicin del colegio del ao pasado, por detrs desu hermano. --Y de qu sirve eso? Cuntas veces has visto matar a alguienas? --pregunta Peeta, disgustado. --Siempre est el combate cuerpo a cuerpo. Slo necesitashacerte con un cuchillo y, al menos, tendrs una oportunidad. Si meatrapan, estoy muerta! Noto que empiezo a subir el tono. --Pero no lo harn! Estars viviendo en lo alto de un rbol,alimentndote de ardillas crudas y disparando flechas a la gente.Sabes qu me dijo mi madre cuando vino a despedirse, como siquisiera darme nimos? Me dijo que quiz el Distrito 12 tuviese por finun ganador este ao. Entonces me di cuenta de que no se refera a 60. m. Se refera a ti! --estalla Peeta. --Vamos, se refera a ti --digo, quitndole importancia con ungesto de la mano. --Dijo: Esa chica s que es una superviviente. Esa chica. Eso me detiene en seco. De verdad le dijo su madre eso sobrem? Me valoraba ms que a su hijo? Veo el dolor en los ojos dePeeta y s que no me miente. De repente, me encuentro detrs de la panadera, y siento la tripavaca y el fro de la lluvia bajndome por la espalda; cuando vuelvo ahablar, parece que tengo once aos: --Pero slo porque alguien me ayud. Los ojos de Peeta se clavan en el panecillo que tengo en la mano,y yo s que tambin recuerda aquel da. Sin embargo, se encoge dehombros. --La gente te ayudar en el estadio. Estarn deseandopatrocinarte. --Igual que a ti. --No lo entiende --dice Peeta, dirigindose a Haymitch y poniendolos ojos en blanco--. No entiende el efecto que ejerce en los dems. Acaricia los nudos de la madera de la mesa y se niega a mirarme. Qu narices quiere decir? Que la gente me ayuda? Cuandome mora de hambre no me ayud nadie! Nadie salvo l. Las cosascambiaron una vez tuve algo con lo que comerciar; soy buenanegociando..., o no? Qu efecto ejerzo en la gente? Creen quesoy dbil y necesitada? Est insinuando que consigo buenos tratosporque le doy pena a la gente? Intento analizar si es cierto. Quizsalgunos de los comerciantes fuesen algo generosos en los trueques,pero siempre lo haba atribuido a su larga relacin con mi padre.Adems, mis presas son de primera calidad. No le doy pena a nadie! Miro con rabia el panecillo, segura de que lo ha dicho parainsultarme. Al cabo de un minuto, Haymitch interviene. --Bueno, de acuerdo. Bien, bien, bien. Katniss, no podemosgarantizar que encuentres arcos y flechas en el estadio, pero, durantetu sesin privada con los Vigilantes, ensales lo que sabes hacer.Hasta entonces, mantente lejos de los arcos. Se te dan bien lastrampas? --S unas cuantas bsicas --mascullo. --Eso puede ser importante para la comida --dice Haymitch--. Y,Peeta, ella tiene razn: no subestimes el valor de la fuerza en el 61. campo de batalla. A menudo la fuerza fsica le da la ventaja definitiva aun jugador. En el Centro de Entrenamiento tendrn pesas, pero no lesmuestres a los dems tributos lo que eres capaz de levantar. El planser igual para los dos: id a los entrenamientos en grupo; pasad algntiempo aprendiendo algo que no sepis; tirad lanzas, utilizad mazas oaprended a hacer buenos nudos. Sin embargo, guardaos lo que mejorse os d para las sesiones privadas. Est claro? --Peeta y yoasentimos--. Una ltima cosa. En pblico, quiero que estis juntos entodo momento. --Los dos empezamos a protestar, y Haymitch golpeala mesa con la palma de la mano--. En todo momento! Fin de ladiscusin! Acordasteis hacer lo que yo dijera! Estaris juntos y serisamables el uno con el otro. Ahora, salid de aqu. Reunos con Effie enel ascensor a las diez para el entrenamiento.Me muerdo el labio y vuelvo de mal humor a mi habitacin,asegurndome de que Peeta pueda or que cierro de un portazo. Mesiento en la cama, odiando a Haymitch, odiando a Peeta, odindome am misma por mencionar aquel da lejano bajo la lluvia.Menuda broma! Peeta y yo fingiendo ser amigos! Ensalzamoslas habilidades del otro, insistimos en que no se subestime... Debe deser una broma, porque en algn momento tendremos que abandonarla farsa y aceptar que somos adversarios a muerte. Estara dispuestaa hacerlo ahora mismo, si no fuese por la estpida orden de Haymitch,que nos obliga a permanecer juntos durante el entrenamiento.Supongo que es culpa ma por decirle que no tena por quentrenarnos por separado. Sin embargo, eso no quiere decir quequiera hacerlo todo con Peeta, quien, por cierto, est claro quetampoco quiere tenerme de compaera.Oigo en mi cabeza la voz de Peeta: No entiende el efecto queejerce en los dems. Lo deca para menospreciarme, no? Aunqueuna diminuta parte de m se pregunta si no sera un piropo, si noquerra decir que tengo algn tipo de atractivo. Es raro que me hayaprestado tanta atencin, como, por ejemplo, con lo de la caza. Y, alparecer, yo tampoco era tan ajena a l como crea: la harina, la luchalibre... Le he seguido la pista al chico del pan.Son casi las diez. Me cepillo los dientes y me peino de nuevo. Losnervios por encontrarme con los dems tributos bloqueantemporalmente el enfado, aunque ahora noto que aumenta miansiedad. Cuando me reno con Effie y Peeta en el ascensor, notoque me estoy mordiendo las uas y paro de inmediato.Las salas de entrenamiento estn bajo el nivel del suelo de 62. nuestro edificio. El trayecto en ascensor es de menos de un minuto, ydespus las puertas se abren para dejarnos ver un gimnasio lleno dearmas y pistas de obstculos. Todava no son las diez, pero somos losltimos en llegar. Los otros tributos estn reunidos en un crculo muytenso, con un trozo de tela prendido a la camisa en el que se puedeleer el nmero de su distrito. Mientras alguien me pone el nmerodoce en la espalda, hago una evaluacin rpida: Peeta y yo somos lanica pareja que va vestida de la misma forma. En cuanto nos unimos al crculo, la entrenadora jefe, una mujeralta y atltica llamada Atala, da un paso adelante y nos empieza aexplicar el horario de entrenamiento. En cada puesto habr un expertoen la habilidad en cuestin, y nosotros podremos ir de una zona a otracomo queramos, segn las instrucciones de nuestros mentores.Algunos puestos ensean tcticas de supervivencia y otros tcnicasde lucha. Est prohibido realizar ejercicios de combate con otro tributo.Tenemos ayudantes a mano si queremos practicar con un compaero. Cuando Atala empieza a leer la lista de habilidades, no puedoevitar fijarme en los dems chicos. Es la primera vez que estamosreunidos en tierra firme y con ropa normal. Se me cae el alma a lospies: casi todos los chicos, y al menos la mitad de las chicas, son msgrandes que yo, aunque muchos han pasado hambre. Se les nota enlos huesos, en la piel, en la mirada vaca. Puede que yo sea ms bajitade nacimiento, pero, en general, el ingenio de mi familia me da unaventaja en el estadio. Me pongo derecha y s que, aunque estdelgada, soy fuerte; la carne y las plantas del bosque, junto con elejercicio necesario para conseguirlas, me han proporcionado uncuerpo ms sano que los que veo a mi alrededor. Las excepciones son los chicos de los distritos ms ricos, losvoluntarios, a los que alimentan y entrenan toda la vida para estemomento. Los tributos del 1, 2 y 4 suelen tener ese aspecto. En teora,va contra las reglas entrenar a los tributos antes de llegar al Capitolio,cosa que sucede todos los aos. En el Distrito 12 los llamamostributos profesionales o slo profesionales, y casi siempre son los queganan. La ligera ventaja que tena al entrar en el Centro deEntrenamiento, mi fogoso debut de anoche, parece desvanecerse antemis competidores. Los otros tributos nos tenan celos, pero no porquefusemos asombrosos, sino porque lo eran nuestros estilistas. Ahorano veo nada ms que desprecio en las caras de los tributosprofesionales. Cualquiera de ellos pesa de veinte a cuarenta kilos ms 63. que yo, y proyectan arrogancia y brutalidad. Cuando Atala nos dejamarchar, van directos a las armas de aspecto ms mortfero delgimnasio y las manejan con soltura. Estoy pensando que es una suerte que se me d bien correr,cuando Peeta me da un codazo y yo pego un bote. Sigue a mi lado,como nos ha dicho Haymitch. --Por dnde te gustara empezar? --me pregunta, serio. Echo un vistazo a los tributos profesionales, que presumen de suhabilidad en un claro intento de intimidar a los dems. Despus a losotros, los desnutridos y los incompetentes, que reciben sus primerasclases de cuchillo o hacha sin dejar de temblar. --Y si atamos unos cuantos nudos? --Buena idea --contesta Peeta. Nos acercamos a un puesto vaco. El entrenador pareceencantado de tener alumnos; da la impresin de que la clase de hacernudos no est teniendo mucho xito. Cuando ve que s algo sobretrampas, nos ensea una sencilla y magnfica que dejara a uncompetidor humano colgado de un rbol por la pierna. Nosconcentramos en ella durante una hora hasta que los dos dominamosla tcnica y pasamos al puesto de camuflaje. Peeta parece disfrutar deverdad con l y se dedica a mezclar lodo, arcilla y jugos de bayassobre su plida piel, y a trenzar disfraces con vides y hojas. Elentrenador que dirige el puesto est entusiasmado con su trabajo. --Yo hago los pasteles --me confiesa Peeta. --Los pasteles? --pregunto, porque estaba ocupada observandoal chico del Distrito 2, que acababa de atravesar el corazn de unmueco con una lanza a trece metros de distancia--. Qu pasteles? --En casa. Los glaseados, para la panadera. Se refiere a los que tienen en exposicin en los escaparates de latienda: pasteles elegantes con flores y cosas bonitas pintadas en elglaseado. Son para cumpleaos y Ao Nuevo. Cuando estamos en laplaza, Prim siempre me arrastra hasta all para admirarlos, aunquenunca hemos podido permitirnos uno. Sin embargo, en el Distrito 12hay poca belleza, as que no puedo negarle ese gusto. Empiezo a mirar con un ojo ms crtico el diseo del brazo dePeeta: el dibujo, que alterna luz y sombras, recuerda a la luz del solatravesando las hojas de los bosques. Me pregunto cmo lo sabe,porque dudo que haya cruzado alguna vez la alambrada. Lo habrsacado con tan slo mirar el viejo y esqueltico manzano que tiene ensu patio? No s por qu, pero todo esto (su habilidad, los pasteles 64. inaccesibles, las alabanzas del experto en camuflaje) me molesta.--Es encantador, aunque no s si podrs glasear a alguien hastala muerte.--No te lo creas tanto. Nunca se sabe qu te puedes encontrar enel campo de batalla. Y si es una tarta gigante...? --empieza a decirPeeta.--Y si seguimos? --lo interrumpo.Los tres das siguientes nos dedicamos a visitar con muchatranquilidad los puestos. Aprendemos algunas cosas tiles, desdehacer fuego hasta tirar cuchillos, pasando por fabricar refugios. Apesar de la orden de Haymitch de parecer mediocres, Peeta sobresaleen el combate cuerpo a cuerpo y yo arraso sin despeinarme en laprueba de plantas comestibles. Eso s, nos mantenemos bien lejos delos arcos y las pesas, porque queremos reservarlo para las sesionesprivadas.Los Vigilantes aparecen nada ms comenzar el primer da. Sonunos veinte hombres y mujeres vestidos con tnicas de color moradointenso. Se sientan en las gradas que rodean el gimnasio, a veces danvueltas para observarnos y tomar notas, y otras veces comen delinterminable banquete que han preparado para ellos, sin hacernoscaso. Sin embargo, parecen no quitarnos los ojos de encima a lostributos del Distrito 12. A veces levanto la cabeza y veo a uno de ellosmirndome. Tambin hablan con los entrenadores durante nuestrascomidas y los vemos a todos reunidos cuando volvemos.Tomamos el desayuno y la cena en nuestra planta, pero amedioda comemos los veinticuatro en el comedor del gimnasio.Colocan la comida en carros alrededor de la sala y cada uno se sirvelo que quiere. Los tributos profesionales tienden a reunirse en torno auna mesa, haciendo mucho ruido, como si desearan demostrar susuperioridad, que no tienen miedo de nadie y que a los dems nosconsideran insignificantes. Casi todos los dems tributos se sientansolos, como ovejas perdidas. Nadie nos dice nada; Peeta y yocomemos juntos, y, como Haymitch no deja de insistir en ello,intentamos mantener una conversacin amistosa durante las comidas.No es fcil encontrar un tema: hablar de casa resulta doloroso;hablar del presente es insoportable. Un da Peeta vaca nuestra cestadel pan y comenta que han procurado incluir panes de todos losdistritos, adems del refinado pan del Capitolio. La barra con forma depez y teida de verde con algas es del Distrito 4; el rollo con forma demedia luna y semillas, del Distrito 11. Por algn motivo, aunque estn 65. hechos de lo mismo, me parecen mucho ms apetitosos que las feasgalletas fritas que solemos tomar en casa. --Y eso es todo --dice Peeta, volviendo a meter el pan en la cesta. --T s que sabes. --Slo de pan. Vale, rete como si hubiese dicho algo gracioso.--Los dos dejamos escapar una carcajada ms o menos convincente yno hacemos caso de las miradas que nos dirigen los dems--. Deacuerdo, seguir sonriendo amablemente mientras hablas t --dicePeeta. La orden de Haymitch de que parezcamos amigos nos estdesgastando a los dos, porque, desde que di el portazo, se halevantado una barrera entre nosotros. En fin, tenemos que obedecer. --Te he contado ya que una vez me persigui un oso? --No, pero suena fascinante. Intento poner cara de inters mientras recuerdo el suceso, unahistoria real, en la que ret como una idiota a un oso negro por elderecho a quedarme con una colmena. Peeta se re y me hacepreguntas en el momento preciso; esto se le da mucho mejor que am. El segundo da, mientras estamos intentando el tiro de lanza, mesusurra: --Creo que tenemos una sombra. Lanzo y veo que no se me da demasiado mal, siempre que noest muy lejos; entonces localizo a la nia del Distrito 11 detrs denosotros, observndonos. Es la de doce aos, la que me recordabatanto a Prim por su estatura. De cerca aparenta slo diez; sus ojos sonoscuros y brillantes, su piel es de un marrn sedoso y est ligeramentede puntillas, con los brazos extendidos junto a los costados, como siestuviese lista para salir volando ante cualquier sonido. Es imposiblemirarla y no pensar en un pjaro. Cojo otra lanza mientras Peeta tira. --Creo que se llama Rue --me dice en voz baja. Me muerdo el labio. Rue, la armaga, una pequea flor amarillaque crece en la Pradera. Rue..., Prim... Ninguna pasa de los treintakilos, ni empapadas de agua. --Qu podemos hacer? --le pregunto, en un tono ms duro de loque pretendo. --Nada, slo hablar. Ahora que s que est aqu, me resulta difcil no hacer caso de lania. Se acerca con sigilo y se une a nosotros en distintos puestos; 66. como a m, se le dan bien las plantas, trepa con habilidad y tienebuena puntera. Acierta siempre con la honda, aunque de qu sirveuna honda contra un chico de cien kilos con una espada?De vuelta en la planta del Distrito 12, Haymitch y Effie nosacribillan a preguntas durante el desayuno y la cena sobre todo loocurrido a lo largo del da: qu hemos hecho, quin nos ha observado,cmo son los dems tributos. Cinna y Portia no estn por aqu, as queno hay nadie que aporte algo de cordura a las comidas; tampoco esque Haymitch y Effie sigan pelendose, sino todo lo contrario: parecenhaber hecho pina y estar decididos a prepararnos como sea. Estnllenos de interminables instrucciones sobre qu deberamos hacer yqu no durante los entrenamientos. Peeta tiene ms paciencia; yoestoy harta y me vuelvo maleducada.Cuando por fin escapo a la cama la segunda noche, Peetamasculla:--Alguien debera darle una copa a Haymitch.Dejo escapar un ruido que est a medio camino entre un bufido yuna carcajada, pero despus me contengo. Intentar saber cundosomos supuestamente amigos y cundo no me est volviendo loca. Almenos en el estadio estar claro lo que hay.--No, no finjamos si no hay nadie delante.--Vale, Katniss --responde l, con cansancio.Despus de eso slo hablamos delante de los dems.El tercer da de entrenamiento empiezan a llamarnos a la hora dela comida para nuestras sesiones privadas con los Vigilantes. Distrito adistrito, primero el chico y luego la chica. Como siempre, el Distrito 12se queda para el final, as que esperamos en el comedor, sin saberbien qu hacer. Nadie regresa despus de la sesin. Conforme sevaca la sala, la presin por parecer amigos se aligera y, cuando porfin llaman a Rue, nos quedamos solos. Permanecemos sentados, ensilencio, hasta que llaman a Peeta y l se levanta.--Recuerda lo que dijo Haymitch sobre tirar las pesas --dice miboca sin pedirme permiso.--Gracias, lo har. Y t... dispara bien.Asiento con la cabeza; no s por qu he dicho nada, aunque, sipierdo, me gustara que Peeta ganase. Sera mejor para nuestrodistrito, mejor para Prim y mi madre.Despus de quince minutos, me llaman. Me aliso el pelo,enderezo los hombros y entro en el gimnasio. Al instante, s que tengoproblemas, porque los Vigilantes llevan demasiado tiempo aqu dentro 67. y ya han visto otras veintitrs demostraciones. Adems, casi todos hanbebido demasiado vino y quieren irse a casa de una vez.No puedo hacer ms que seguir con el plan: me dirijo al puesto detiro con arco. Ah, las armas! Llevo das deseando ponerles lasmanos encima! Arcos hechos de madera, plstico, metal y materialesque ni siquiera s nombrar. Flechas con plumas cortadas en lneasperfectamente uniformes. Escojo un arco, lo tenso y me echo alhombro el carcaj de flechas a juego. Hay un campo de tiro que meparece demasiado limitado, dianas estndar y siluetas humanas. Medirijo al centro del gimnasio y escojo el primer objetivo: el mueco delas prcticas de cuchillo. Sin embargo, cuando empiezo a tirar de laflecha, s que algo va mal: la cuerda est ms tensa que la de losarcos de casa y la flecha es ms rgida. Me quedo a cinco centmetrosde darle al mueco y pierdo la poca atencin que me haba ganado.Durante un instante me siento humillada, pero despus vuelvo a ladiana, y disparo una y otra vez hasta que me acostumbro a las armasnuevas.De vuelta al centro del gimnasio, me pongo en la posicin inicial yle doy al mueco justo en el corazn. Despus corto la cuerda quesostiene el saco de arena para boxear. Sin detenerme, ruedo por elsuelo, me levanto apoyada en una rodilla y disparo una flecha a unade las luces colgantes del alto techo del gimnasio, provocando unalluvia de chispas.Ha sido una exhibicin excelente. Me vuelvo hacia los Vigilantes yveo que algunos me dan su aprobacin, pero que la mayora sigueconcentrada en un cerdo asado que acaba de llegar a la mesa.De repente, me pongo furiosa, me quema la sangre el que, con mivida en juego, ni siquiera tengan la decencia de prestarme atencin,que me eclipse un cerdo muerto. Empieza a latirme el corazn muydeprisa, me arde la cara y, sin pensar, saco una flecha del carcaj y laenvi directamente a la mesa de los Vigilantes. Oigo gritos de alarma yveo que la gente retrocede, pasmada; la flecha da en la manzana quetiene el cerdo en la boca y la clava en la pared que hay detrs. Todosme miran, incrdulos.--Gracias por su tiempo --digo; despus hago una brevereverencia y me dirijo a la salida sin esperar a que me den permiso. 68. _____ 8 _____ De camino al ascensor, me coloco el arco en un hombro y elcarcaj en el otro. Despus aparto a los avox boquiabiertos queprotegen los ascensores y le doy al botn nmero doce con el puo.Las puertas se cierran y salgo disparada hacia arriba. Consigo llegar ami planta antes de que las lgrimas empiecen a bajarme por lasmejillas. Oigo que los dems me llaman desde el saln, pero salgocorriendo por el vestbulo hasta llegar a mi cuarto, cierro con pestillo yme tiro en la cama. Ah es cuando empiezo a llorar de verdad. Lo he hecho! Lo he echado todo a perder! Cualquier rastro deoportunidad que tuviera se desvaneci al disparar esa flecha a losVigilantes. Qu me harn ahora? Detenerme? Ejecutarme?Cortarme la lengua y convertirme en un avox para que pueda servir alos futuros tributos de Panem? En qu estaba pensando? Porsupuesto, no estaba pensando, dispar a la manzana por la rabia queme daba que no me hiciesen caso. No intentaba matarlos. De haberlointentado, ya estaran muertos! Bueno, qu ms da? De todos modos, no iba a ganar los juegos,as que qu importa lo que me hagan? Lo que de verdad me asustaes lo que puedan hacerles a mi madre y a Prim, lo que pueda sufrir mifamilia por culpa de mi imprudencia. Les quitarn lo poco que tieneno enviarn a mi madre a la crcel y a Prim al orfanato? Las matarn?No las matarn, verdad? Por qu no? Qu ms les da a ellos? Tendra que haberme quedado para disculparme, o para rerme,como si hubiese sido una broma, quizs eso los habra vuelto msindulgentes. Sin embargo, en vez de eso, voy y salgo de all corriendode la forma ms irrespetuosa posible. Haymitch y Effie estn llamando a la puerta; les grito que sevayan y, al cabo de un rato, lo hacen. Tardo al menos una hora enllorar todo lo que puedo; despus me quedo hecha un ovillo en lacama, acariciando las sbanas de seda, viendo cmo se pone el solsobre la artificial silueta de caramelo del Capitolio. Al principio creo que vendrn a detenerme de un momento a otro,pero, conforme pasa el tiempo y la cosa parece menos probable, mecalmo. Siguen necesitando a los dos tributos del Distrito 12, no? Silos Vigilantes quieren castigarme, pueden hacerlo en pblico, esperara que est en el estadio y as lanzarme animales salvajeshambrientos. Se asegurarn de que no tenga arco y flechas paradefenderme. 69. Sin embargo, antes me darn una puntuacin tan baja que nadieen su sano juicio querr patrocinarme. Eso es lo que pasar estanoche. Como los telespectadores no pueden ver el entrenamiento, losVigilantes anuncian la clasificacin de cada jugador, lo que le da a laaudiencia un punto de partida para las apuestas que continuarndurante todos los juegos. El nmero, una cifra entre uno y doce, dondeel uno es rematadamente malo y el doce inalcanzablemente bueno,representa lo prometedor que es el tributo. La nota no garantiza quinganar, no es ms que una indicacin del potencial que hademostrado el tributo en el entrenamiento. Debido a las variables delcampo de batalla real, los tributos con puntuacin ms alta suelen caercasi de inmediato y, hace unos aos, el chico que gan los juegos slorecibi un tres. En cualquier caso, la clasificacin puede ayudar operjudicar a un tributo en la bsqueda de patrocinadores. Yo esperabaque mis habilidades con el arco me dieran un seis o un siete, aunqueno tenga mucha fuerza fsica, pero ahora estoy segura de que tendrla nota ms baja de los veinticuatro. Si nadie me patrocina, misposibilidades de seguir viva se reducirn casi a cero. Cuando Effie llama a la puerta para la cena, decido que sermejor ir. Esta noche televisarn el resultado de las puntuaciones y nopuedo esconderme para siempre. Voy al servicio y me lavo la cara,aunque sigue roja y moteada. Todos me esperan a la mesa, incluso Cinna y Portia; ojal nohubiesen aparecido los estilistas porque, por algn motivo, no megusta la idea de decepcionarlos. Es como si hubiese tirado a la basurasin pensarlo el gran trabajo que hicieron en la ceremonia inaugural.Evito mirar a los dems a los ojos mientras me tomo a cucharaditas lasopa de pescado; est salada, como mis lgrimas. Los adultos empiezan a chismorrear sobre el tiempo y yo dejo quePeeta me mire a los ojos. l arquea las cejas, como si preguntara:Qu ha pasado?. Me limito a sacudir la cabeza rpidamente.Despus, cuando llega el segundo plato, oigo decir a Haymitch: --Vale, basta de chchara. Lo habis hecho muy mal hoy? --Creo que da igual --responde Peeta--. Cuando aparec, nadie semolest en mirarme; estaban cantando una cancin de borrachos,creo. As que me dediqu a lanzar algunos objetos pesados hasta queme dijeron que poda irme. Eso me hace sentir mejor; Peeta no ha atacado a los Vigilantes,pero al menos a l tambin lo provocaron. --Y t, preciosa? --me pregunta Haymitch. 70. Por algn motivo, or que me llama preciosa me molesta losuficiente para ser capaz de hablar. --Les lanc una flecha. --Que qu? --exclama Effie, y el horror que se refleja en su vozconfirma mis peores temores. Todos dejan de comer. --Les lanc una flecha. Bueno, no a ellos, en realidad, sino haciaellos. Fue como dice Peeta: no me hacan caso mientras disparaba y...perd la cabeza, as que apunt a la manzana que tena en la boca suestpido cerdo asado! --exclamo, desafiante. --Y qu dijeron? --pregunta Cinna, con cautela. --Nada. Bueno, no lo s, me fui despus de eso. --Sin que te diesen permiso? --pregunta Effie, pasmada. --Me lo di yo misma --respondo. Recuerdo que le promet a Prim hacer todo lo posible por ganar, yme siento como si me hubiesen tirado encima una tonelada de carbn. --En fin, ya est hecho --concluye Haymitch, untndose conmantequilla un panecillo. --Crees que me detendrn? --pregunto. --Lo dudo. A estas alturas sera un problema sustituirte. --Y mi familia? Los castigarn? --No creo. No tendra mucho sentido. Tendran que desvelar losucedido en el Centro de Entrenamiento para que tuviese algn efectoen la poblacin, la gente tendra que saber lo que hiciste; pero nopueden, porque es secreto, as que sera un esfuerzo intil. Lo msprobable es que te hagan la vida imposible en el estadio. --Bueno, eso ya nos lo han prometido de todos modos --dicePeeta. --Cierto --corrobora Haymitch, y me doy cuenta de que ha pasadolo imposible: estn intentando animarme. Haymitch coge una chuletade cerdo con los dedos, lo que hace que Effie frunza el ceo, y la mojaen el vino. Despus arranca un trozo de carne y empieza a rerse--.Qu cara pusieron? --De pasmados --respondo, empezando a sonrer--. Aterrados.Eeeh..., ridculos, al menos algunos. --Una imagen me viene a lacabeza--. Un hombre tropez al retroceder de espaldas y se cay enuna ponchera. Haymitch se re a carcajadas y todos lo imitamos, excepto Effie,aunque est reprimiendo una sonrisa. --Bueno, les est bien empleado. Su trabajo es prestarosatencin, y que seas del Distrito 12 no es excusa para no hacerte caso 71. --afirma. Despus mira a su alrededor, como si hubiese dicho algoescandaloso--. Lo siento, pero es lo que pienso --repite, sin dirigirse anadie en concreto.--Me darn una mala puntuacin --comento.--La puntuacin slo importa si es muy buena. Nadie prestamucha atencin a las malas o mediocres. Por lo que ellos saben,podras estar escondiendo tus habilidades para tener mala notaadrede. Hay quien usa esa estrategia --explica Portia.--Espero que interpreten as el cuatro que me van a dar --dicePeeta--. Como mucho. De verdad, hay algo menos impresionanteque ver cmo alguien levanta una bola pesada y la lanza a doscientosmetros? Estuve a punto de dejarme caer una en el pie.Sonro y me doy cuenta del hambre que tengo. Corto un trozo decerdo, lo mojo en el pur de patatas y empiezo a comer. No pasanada, mi familia est a salvo y, si estn a salvo, no hay ningnproblema.Despus de cenar nos sentamos en el saln para ver cmoanuncian las puntuaciones en televisin. Primero ensean una foto deltributo, y a continuacin ponen su nota debajo. Los tributosprofesionales, como es natural, entran en el rango de ocho a diez. Lamayor parte de los dems jugadores se gana un cinco. Me sorprendever que Rue consigue un siete; no s qu les enseara a los jueces,pero es tan diminuta que ha tenido que ser algo impresionante.El Distrito 12 sale el ltimo, como siempre. Peeta saca un ocho,as que, al menos, un par de Vigilantes lo estaban mirando. Me clavolas uas en las palmas de las manos cuando aparece mi cara,esperando lo peor. Entonces sale el nmero once en la pantalla.Once!Effie Trinket deja escapar un chillido, y todos me dan palmadas enla espalda, gritan y me felicitan, aunque a m no me parece real.--Tiene que haber un error. Cmo..., cmo ha podido pasar? --lepregunto a Haymitch.--Supongo que les gust tu genio. Tienen que montar unespectculo, y necesitan algunos jugadores con carcter.--Katniss, la chica en llamas --dice Cinna, y me abraza--. Oh, yavers el vestido para tu entrevista.--Ms llamas?--Ms o menos --responde, travieso.Peeta y yo nos felicitamos. Otro momento incmodo. Los dos lohemos hecho bien, pero qu significa eso para el otro? Escapo a mi 72. cuarto lo antes posible y me entierro debajo de las mantas. La tensindel da, sobre todo el llanto, me ha hecho polvo. Me quedo dormida,como si me hubiesen indultado, aliviada y con el nmero once todavagrabado en la cabeza. Al amanecer me quedo un rato tumbada en la cama observandocmo sale el sol; hace un da precioso. Es domingo, da de descansoen casa. Me pregunto si Gale estar ya en el bosque. Normalmentededicamos todo el domingo a proveernos de existencias para lasemana: nos levantamos temprano, cazamos y recolectamos, ydespus hacemos trueques en el Quemador. Pienso en Gale sin m.Los dos cazamos bien, pero somos mejores en pareja, sobre todo siintentamos cazar presas grandes. Sin embargo, tambin nos da unaventaja con las cosas ms pequeas, porque est bien tener uncompaero para compartir la carga, para hacer que incluso la arduatarea de llenar la despensa de mi familia resultase divertido. Llevaba seis meses peleando sola cuando me encontr porprimera vez con Gale en el bosque. Fue un domingo de octubre, y elaire fro ola a cosas moribundas. Me haba pasado la maanacompitiendo con las ardillas por las nueces, y la tarde, un poco msclida, chapoteando por los estanques poco profundos para recogersaetas. La nica carne que haba cazado era una ardilla queprcticamente se haba tropezado conmigo en su bsqueda debellotas, pero los animales seguiran por all cuando la nieve enterrasemis otras fuentes de alimentacin. Como me haba adentrado en elbosque ms de lo normal, corra de vuelta a casa arrastrando missacos de arpillera cuando me encontr con un conejo muerto; estabacolgado por el cuello de un cable fino, treinta centmetros por encimade mi cabeza. Haba otro unos trece metros ms all. Reconoc lastrampas de lazo, porque mi padre las usaba: la presa cae en ellas ysale disparada por el aire, lo que la pone fuera del alcance de otrosanimales hambrientos. Yo llevaba todo el verano intentando usartrampas, aunque sin xito, as que no pude evitar soltar mis sacospara examinarla. Acababa de tocar el cable del que colgaba uno de losconejos cuando o una voz. --Eso es peligroso. Retroced de un salto y apareci Gale; haba estado escondidodetrs de un rbol, y seguramente me llevaba observando desde elprincipio. Slo tena catorce aos, pero ya rozaba el metro ochenta ypara m era todo un adulto. Lo haba visto por la Veta y en el colegio, y 73. en otra ocasin ms, ya que l haba perdido a su padre en la mismaexplosin que haba matado al mo. En enero, yo estaba junto a lcuando le dieron la medalla al valor en el Edificio de Justicia, otrohermano mayor sin padre. Recordaba a sus dos hermanos pequeos,agarrados a su madre, una mujer cuya barriga hinchada dejaba claroque le faltaban pocos das para dar a luz.--Cmo te llamas? --me pregunt, acercndose para sacar elconejo de la trampa. Tena otros tres colgados del cinturn.--Katniss --respond, con una voz apenas audible.--Bueno, Catnip, robar est castigado con la muerte, no lohabas odo?--Katniss --repet, en voz ms alta--. Y no estaba robando, sloquera echarle un vistazo a tu trampa. Las mas nunca cogen nada.--Entonces, de dnde has sacado la ardilla? --me pregunt,frunciendo el ceo, poco convencido.--La mat con el arco --respond, descolgndomelo del hombro.Segua usando la versin pequea que me haba hecho mi padre,aunque practicaba con el grande siempre que poda. Esperaba poderabatir presas ms grandes cuando llegara la primavera.--Puedo verlo? --pregunt Gale, con la mirada fija en el arco.--S, pero recuerda que robar est castigado con la muerte --ledije, pasndoselo.Fue la primera vez que lo vi sonrer; la sonrisa converta al chicoamenazador en alguien a quien te gustara conocer, aunque tuvieronque pasar varios meses para que volviese a sonrer de nuevo.Entonces hablamos sobre la caza, le dije que poda conseguirleun arco si me daba algo a cambio; no comida, sino conocimientos.Quera poner mis propias trampas y atrapar a varios conejos gordosen un solo da, y l contest que podamos arreglarlo. Con el paso delas estaciones empezamos a compartir a regaadientes lo quesabamos: nuestras armas, los lugares secretos que estaban llenos deciruelas o pavos silvestres. l me ense a poner trampas y a pescar;yo le ense qu plantas se podan comer y, al final, le di uno de mispreciados arcos. Hasta que un da, sin que ninguno de los dos dijeranada, nos convertimos en un equipo: nos repartamos el trabajo y elbotn, y nos asegurbamos de que ambas familias tuviesen comida.Gale me dio la seguridad que me faltaba desde la muerte de mipadre. Su compaa sustituy a las largas horas solitarias en elbosque. Mejor mucho como cazadora, porque ya no tena que estarsiempre mirando atrs; l me guardaba las espaldas. Sin embargo, se 74. convirti en mucho ms que un compaero de caza, se convirti en miconfidente, en alguien con quien compartir pensamientos que nuncapodra expresar dentro de los confines de la alambrada. A cambio, lme confi los suyos. Haba momentos en el bosque, con Gale, en losque era realmente... feliz.Digo que es mi amigo, aunque, en el ltimo ao, parece unapalabra demasiado suave para explicar lo que Gale significa para m.Noto una punzada en el pecho; ojal estuviera conmigo... Aunque,claro, no me gustara, no quiero que est en el estadio, dondeacabara muerto en unos das. Pero..., pero lo echo de menos, y odioestar tan sola. Me echar de menos? Seguro que s.Pienso en el once que apareci anoche debajo de mi nombre. Slo que me habra dicho l: Bueno, todava se puede mejorar.Despus sonreira y yo le devolvera la sonrisa sin dudarlo.No puedo evitar comparar lo que tengo con Gale con lo que finjotener con Peeta. Nunca cuestiono los motivos de Gale, mientras quecon Peeta es todo lo contrario. En realidad, no es justo compararlos,porque Gale y yo nos unimos para sobrevivir, mientras que Peeta y yosabemos que la supervivencia del otro significara la muerte. Cmose puede pasar eso por alto?Effie llama a la puerta para recordarme que me espera otro damuy, muy, muy importante!. Maana por la noche nos entrevistar latelevisin, as que supongo que todo el equipo estar liadopreparndonos para el acontecimiento.Me levanto, me doy una ducha rpida prestando ms atencin alos botones que toco y bajo al comedor. Peeta, Effie y Haymitch estninclinados sobre la mesa, hablando en voz baja, lo que me pareceextrao, pero el hambre vence a la curiosidad y me lleno el plato antesde unirme a ellos.Hoy el estofado est hecho con tiernos trozos de cordero yciruelas pasas, perfecto sobre un lecho de arroz salvaje. Llevo yahoradada media montaa de comida cuando me doy cuenta de que nohabla nadie. Le doy un buen trago al zumo de naranja y me limpio laboca.--Bueno, qu est pasando? Hoy nos prepararis para lasentrevistas, no?--S --respondi Haymitch.--No tenis que esperar a que acabe. Puedo escuchar y comer ala vez.--Bueno, ha habido un cambio de planes con respecto al enfoque. 75. --Cul? No estoy segura de cul es nuestro enfoque; la ltima estrategiaque recuerdo es intentar parecer mediocres delante de los demstributos. --Peeta nos ha pedido que lo entrenemos por separado--responde Haymitch, encogindose de hombros._____ 9 _____ Traicin. Es lo primero que siento aunque resulte ridculo, porque,para que haya traicin, debe haber primero confianza, y entre Peeta yyo la confianza nunca ha formado parte del acuerdo. Somos tributos.Sin embargo, el chico que se arriesg a recibir una paliza por darmepan, el que me ayud a no caerme del carro, el que me encubri conel asunto de la chica avox, el que insisti en que Haymitch conocieramis habilidades como cazadora... Acaso parte de m no poda evitarconfiar en l? Por otro lado, me alivia dejar de fingir que somos amigos. Esobvio que se ha cortado cualquier dbil vnculo que hayamos sentidotontamente, y ya era hora, porque los juegos empiezan dentro de dosdas y la confianza no sera ms que una debilidad. No s qu habrpropiciado la decisin de Peeta (aunque sospecho que tiene que vercon que lo aventajase en el entrenamiento), pero me alegro. Quiz porfin haya aceptado el hecho de que, cuanto antes reconozcamosabiertamente que somos enemigos, mejor. --Bien, cul es el horario? --Cada uno tendr cuatro horas con Effie para la presentacin, ycuatro conmigo para el contenido --responde Haymitch--. T empiezascon Effie, Katniss. Aunque al principio ni me imagino por qu necesita Effie cuatrohoras para ensearme algo, acabo aprovechando hasta el ltimominuto. Vamos a mi cuarto, me pone un vestido largo y tacones altos(no los que llevar en la entrevista de verdad), y me explica cmodebo andar. Los zapatos son lo peor: nunca he llevado tacones y nome acostumbro a ir dando tumbos sobre la punta de los pies. Sinembargo, Effie corre por ah con ellos las veinticuatro horas del da, ydecido que, si ella es capaz de hacerlo, yo tambin. El vestido mesupone otro problema; no deja de enredrseme en los zapatos, asque, por supuesto, me lo subo, momento en el cual Effie cae sobre m 76. como un halcn para darme en la mano y gritar: --No lo subas por encima del tobillo! Cuando por fin domino los pies, todava me queda la forma desentarme, la postura (al parecer, tengo tendencia a agachar lacabeza), el contacto visual, los gestos de las manos y las sonrisas.Sonrer ya no consiste en sonrer sin ms. Effie me obliga a ensayarcien frases banales que empiezan con una sonrisa, se dicen sonriendoo terminan con una sonrisa. A la hora de la comida tengo un ticnervioso en los msculos de las mejillas, de tanto estirarlos. --Bueno, he hecho lo que he podido --dice Effie, suspirando--.Recuerda una cosa, Katniss: tienes que conseguir gustarle al pblico. --Crees que no le gustar? --No, si los miras con esa cara todo el tiempo. Por qu no te loreservas para el estadio? Es mejor que imagines que ests entreamigos. --Estn apostando cunto tiempo durar viva! --estallo--. No sonmis amigos! --Pues fngelo! --exclama Effie. Despus recupera la composturay esboza una sonrisa de oreja a oreja--. Ves? As. Te sonro aunqueme ests exasperando. --S, muy convincente. Voy a comer. Me quito los tacones de un par de patadas y salgo hecha una furiahacia el comedor, subindome el vestido hasta los muslos. Peeta y Haymitch parecen estar de buen humor, as que imaginoque la sesin de contenido ser mejor que los sufrimientos de lamaana. No podra estar ms equivocada. Despus de la comida,Haymitch me lleva al saln, me pide que me siente en el sof y memira con el ceo fruncido durante un rato. --Qu? --pregunto finalmente. --Intento averiguar qu hacer contigo, cmo te vamos a presentar.Vas a ser encantadora? Altiva? Feroz? Por ahora brillas como unaestrella: te presentaste voluntaria para salvar a tu hermana, Cinna tehizo inolvidable y obtuviste la mxima puntuacin. La gente sientecuriosidad, pero nadie sabe cmo eres. La impresin que causesmaana decidir lo que puedo conseguirte con los patrocinadores. Como llevo toda la vida viendo entrevistas con los tributos, s quehay algo de verdad en lo que dice. Si le gustas a la audiencia, ya seaporque les resultas cmico, brutal o excntrico, te ganas su favor. --Cul es el enfoque de Peeta? O no puedo preguntarlo? --Intentar ser simptico. Sabe cmo rerse de s mismo, le sale 77. de forma natural. Por otro lado, cuando abres la boca parecesmalhumorada y hostil. --No es verdad! --Por favor. No s de dnde sacaste a esa chica alegre quesaludaba a la gente desde el carro de fuego, pero no la he visto desdeentonces. --Con la de razones que me has dado para estar alegre... --No tienes que agradarme a m, yo no te voy a patrocinar. Finge que soy tu pblico, encandlame. --Vale! --gruo. Haymitch adopta el papel del entrevistador y yo intento respondera sus preguntas de forma adorable, pero no puedo, estoy demasiadoenfadada con l por lo que ha dicho e incluso por tener que respondera las preguntas. Slo puedo pensar en lo injusto que es todo, en loinjustos que son los Juegos del Hambre. Por qu voy dando saltitosde un lado a otro como un perro amaestrado que intenta agradar a lagente a la que odia? Cuanto ms dura la entrevista, ms sale a relucirmi furia, hasta que empiezo a escupirle las respuestas, literalmente. --Vale, ya basta --me dice--. Tenemos que encontrar otro enfoque.No slo eres hostil, sino que tampoco s nada sobre ti. Te he hechocincuenta preguntas y sigo sin hacerme una idea de cmo son tu vida,tu familia y las cosas que te importan. Quieren conocerte, Katniss. --Es que no quiero que me conozcan! Ya me estn quitando elfuturo! No pueden llevarse tambin lo que me importaba en elpasado! --Pues miente! Invntate algo! --No se me da bien mentir. --Pues aprende deprisa. Tienes tanto encanto como una babosamuerta. --Ay, eso duele. Hasta Haymitch tiene que haberse dadocuenta de que se ha pasado, porque suaviza un poco el tono--. Tengouna idea: intenta actuar con humildad. --Humildad. --Que no te puedes creer que una nia del Distrito 12 haya podidohacerlo tan bien, que todo esto es ms de lo que nunca te hubierasimaginado. Habla de la ropa de Cinna, de lo simptica que es la gente,de cmo te asombra esta ciudad. Si no quieres hablar de ti, al menoshalgalos. Sigue dicindolo una y otra vez, habla con entusiasmo. Las horas siguientes son una tortura. Al instante queda claro queno puedo hablar con entusiasmo. Intentamos que me haga la chulita,pero no tengo la arrogancia necesaria. Al parecer, soy demasiado 78. vulnerable para apostar por la ferocidad. No soy ingeniosa, nidivertida, ni sexy, ni misteriosa. Cuando terminamos la sesin, no soy nadie. Haymitch haempezado a beber ms o menos por la parte ingeniosa y ahora tieneun tono desagradable. --Me rindo, preciosa. Limtate a responder las preguntas e intentaque el pblico no vea lo mucho que lo desprecias. Ceno en mi cuarto. Pido una cantidad escandalosa de manjares ycomo hasta ponerme mala; despus desahogo mi rabia contraHaymitch, los Juegos del Hambre y todos los seres vivos del Capitoliolanzando platos contra las paredes de la habitacin. Cuando entra enel cuarto la chica del pelo rojo para abrirme la cama, el estropicio haceque abra mucho los ojos. --Djalo como est! --le chillo--. Djalo como est! A ella tambin la odio. Odio sus ojos rencorosos que me llamancobarde, monstruo, marioneta del Capitolio, tanto entonces comoahora. Seguro que para ella se est haciendo justicia; al menos mimuerte ayudar a pagar por la vida del chico del bosque. Sin embargo, en vez de salir corriendo, la chica cierra la puerta yentra en el servicio, de donde sale con un trapo hmedo; despus melimpia la cara y la sangre que me ha hecho en las manos un plato roto.Por qu lo hace? Por qu la dejo? --Tendra que haber intentado salvarte --susurro. Ella sacude la cabeza. Quiere decir que hicimos bien en noacercarnos? Qu me ha perdonado? --No, estuvo mal --insisto. Ella se da un golpecito en los labios con los dedos y despus metoca con ellos el pecho. Creo que significa que yo tambin habraacabado siendo un avox, como ella. Seguramente est en lo cierto:avox o muerta. Me paso la hora siguiente ayudndola a limpiar el cuarto. Una veztirada toda la basura por la tolva y limpiada la comida del suelo, meabre la cama, me meto dentro como si tuviera cinco aos y dejo queme arrope. Despus se va; me gustara que se quedase hasta que meduerma, que estuviese aqu cuando me despierte. Quiero la proteccinde esta chica, aunque ella no tuvo la ma. Por la maana no aparece ella, sino el equipo de preparacin. Misclases con Effie y Haymitch han terminado, este da le pertenece aCinna, mi ltima esperanza. Quiz pueda darme un aspecto tan 79. maravilloso que nadie preste atencin a lo que salga de mi boca. El equipo trabaja conmigo hasta bien entrada la tarde,convirtiendo mi piel en satn reluciente, trazndome dibujos en losbrazos, pintando llamas en mis veinte perfectas uas. Despus, Veniaempieza a trabajarme el pelo; trenza varios mechones rojos en unrecogido que parte de mi oreja izquierda, me rodea la cabeza y caeconvertido en una sola trenza por mi hombro derecho. Me borran lacara con una capa de maquillaje plido y vuelven a dibujarme lasfacciones: enormes ojos oscuros, labios rojos carnosos, pestaas quedespiden rayitos de luz cuando parpadeo. Por ltimo, me cubren todoel cuerpo de un polvo dorado que me hace relucir. Entonces entra Cinna con lo que, supongo, ser mi vestido, perono lo veo, porque est cubierto. --Cierra los ojos --me ordena. Primero noto el forro sedoso y despus el peso. Debe de pesarunos dieciocho kilos. Me agarro a la mano de Octavia y me pongo loszapatos a ciegas, aliviada al comprobar que son al menos cincocentmetros ms bajos que los que Effie utiliz para las prcticas.Ajustan un par de cosas y toquetean el traje; todos guardan silencio. --Puedo abrir los ojos? --pregunto. --S --responde Cinna--, brelos. La criatura que tengo frente a m, en el espejo de cuerpo entero,ha llegado de otro mundo, un mundo en el que la piel brilla, los ojosdeslumbran y, al parecer, hacen la ropa con piedras preciosas, porquemi vestido, oh, mi vestido est completamente cubierto de gemas quereflejan la luz, piedras rojas, amarillas y blancas con trocitos azulesque acentan las puntas del dibujo de las llamas. El ms levemovimiento hace que parezcan envolverme unas lenguas de fuego. No soy guapa. No soy bella. Resplandezco como el sol. Todos se limitan a mirarme durante un rato. --Oh, Cinna --consigo susurrar por fin--. Gracias. --Da una vuelta completa --me dice, y extiendo los brazos y lohago. El equipo de preparacin grita, entusiasmado. Cinna le dice al equipo que se vaya y hace que me mueva por lahabitacin con el vestido y los zapatos, que son muchsimo msmanejables que los de Effie. El vestido cae de tal forma que no tengoque levantarme la falda para caminar, lo que me quita otrapreocupacin de encima. --Bueno, todo listo para la entrevista? --me pregunta Cinna. 80. A juzgar por su expresin, s que ha estado hablando conHaymitch, que sabe lo desastrosa que soy.--Soy penosa. Haymitch dijo que pareca una babosa muerta. Lointentamos todo, pero no era capaz de hacerlo, no puedo ser una deesas personas que l quiere.--Y por qu no eres t misma? --me pregunta l, despus depensrselo un momento.--Yo misma? Tampoco vale. Haymitch dice que soymalhumorada y hostil.--Bueno, eso es verdad... cuando ests con Haymitch --respondeCinna, sonriendo--. A m no me lo pareces, y el equipo de preparacinte adora; incluso te ganaste a los Vigilantes. En cuanto a losciudadanos del Capitolio, bueno, no dejan de hablar de ti. Nadie puedeevitar admirar tu espritu.Mi espritu; eso es nuevo. No s bien qu significa, aunquesugiere que soy una luchadora, que soy valiente o algo as. Tampocoes que no sepa ser agradable. Vale, quiz no vaya por ah repartiendoamor entre la gente, quiz sea difcil hacerme sonrer, pero haypersonas que me importan.--Y si, cuando ests respondiendo a las preguntas, te imaginasque ests hablando con un amigo de casa? --me dice, cogindome lasmanos, que estn heladas; las suyas no--. Quin es tu mejor amigo?--Gale --respondo al instante--, aunque no tiene sentido, Cinna,porque nunca le contara esas cosas personales a Gale. Ya las sabe.--Y yo? Podras considerarme un amigo?--Creo que s, pero...De toda la gente que he conocido desde que me fui de casa,Cinna es, de lejos, mi favorito. Me gust desde el principio y no me hadecepcionado todava.--Estar sentado en la plataforma principal, con los demsestilistas; podrs mirarme directamente. Cuando te pregunten algo,bscame y contesta con toda la sinceridad posible.--Aunque lo que piense decir sea horrible? --pregunto, porquepodra ser as, de verdad.--Sobre todo si crees que es horrible. Lo intentars?Asiento. Tenemos un plan... o, al menos, algo a lo que aferrarme.El momento de salir llega demasiado pronto. Las entrevistas serealizan en un escenario construido delante del Centro deEntrenamiento. A los pocos minutos de salir de mi cuarto estardelante de la multitud, de las cmaras, de todo Panem. 81. Cuando Cinna va a girar el pomo de la puerta, le cojo la mano.--Cinna... --El miedo escnico me tiene completamentepetrificada.--Recuerda, ya te quieren --me dice con amabilidad--. Limtate aser t misma.Nos reunimos con el resto del equipo del Distrito 12 en elascensor. Portia y los suyos han trabajado mucho: Peeta estimpresionante con su traje negro con adornos de llamas. Aunquetenemos buen aspecto juntos, es un alivio que no vayamos vestidosexactamente igual. Haymitch y Effie tambin se han arreglado para laocasin; evito a Haymitch, pero acepto los cumplidos de Effie. A pesarde que esta mujer puede ser fastidiosa y no se entera de nada, almenos no es destructiva, como Haymitch.Se abren las puertas del ascensor y vemos que los dems tributosse ponen en fila para subir al escenario. Los veinticuatro nos sentamosformando un gran arco durante las entrevistas. Yo ser la ltima, o lapenltima, porque la chica siempre precede al chico de su distrito.Ojal pudiera salir la primera y quitrmelo ya de encima! Ahora tendrque escuchar lo ingeniosos, divertidos, humildes, feroces oencantadores que son los dems antes de que me toque. Adems, elpblico empezar a aburrirse, igual que los Vigilantes, y no serabuena idea dispararles una flecha para llamar su atencin.Justo antes de que salgamos a desfilar por el escenario, Haymitchse nos acerca por detrs y grue:--Recordad, segus siendo una pareja feliz, as que actuad comosi lo fuerais.Qu? Crea que habamos dejado eso cuando Peeta pidientrenamientos separados, pero supongo que se trataba de una cosaprivada, no pblica. En cualquier caso, no tenemos mucho espaciopara interactuar, ya que caminamos de uno en uno hasta nuestrosasientos y ocupamos nuestros sitios.Con tan slo poner el pie en el escenario, ya se me acelera larespiracin. Noto los latidos de las venas en las sienes. Es un aliviollegar a la silla, porque, entre los tacones y el temblor de piernas, meda miedo tropezar. Aunque ya cae la noche, el Crculo de la Ciudadest ms iluminado que un da de verano. Han construido unas gradaselevadas para los invitados prestigiosos, con los estilistas colocadosen primera fila. Las cmaras se volvern hacia ellos cuando la multitudreaccione a su trabajo. Tambin hay un gran balcn reservado paralos Vigilantes, y los equipos de televisin se han hecho con casi todos 82. los dems balcones. Sin embargo, el Crculo de la Ciudad y lasavenidas que dan a l estn completamente abarrotados de gente,todos de pie. En las casas y en los auditorios municipales de todo elpas, todos los televisores estn encendidos, todos los ciudadanos dePanem nos ven. Esta noche no habr apagones.Caesar Flickerman, el hombre que se encarga de las entrevistasdesde hace ms de cuarenta aos, entra en el escenario. Da un pocode miedo, porque su apariencia no ha cambiado nada en todo esetiempo: la misma cara bajo una capa de maquillaje blanco puro; elmismo peinado, aunque cada ao lo tie de un color diferente; elmismo traje de ceremonias, azul marino salpicado de miles dediminutas bombillas que centellean como estrellas. En el Capitoliotienen cirujanos que hacen a la gente ms joven y delgada, mientrasque, en el Distrito 12, parecer viejo es una especie de logro, ya quemuchos mueren jvenes. Si ves a un anciano te dan ganas defelicitarlo por su longevidad, de preguntarle el secreto de lasupervivencia. Todos envidian a los gorditos, porque su aspectosignifica que no han tenido problemas para comer, como la mayora denosotros. Aqu es distinto: las arrugas no son deseables, y una barrigaredonda no es smbolo de xito.Este ao, Caesar lleva el pelo de color celeste, y los prpados ylabios pintados del mismo tono. Est raro, aunque no da tanto miedocomo el ao pasado, que iba de escarlata y daba la impresin de queestaba sangrando. El presentador cuenta algunos chistes para animara la audiencia y despus se pone manos a la obra.La chica del Distrito 1 sube al centro del escenario con unprovocador vestido transparente dorado y se une a Caesar para laentrevista. Est claro que su mentor no ha tenido ningn problema alelegir su enfoque: con ese precioso cabello rubio, los ojos verdeesmeralda, un cuerpo alto y esbelto..., es sexy la mires por donde lamires.Las entrevistas duran tres minutos, pasados los cuales suena unzumbido y sube el siguiente tributo. Hay que reconocer que Caesarhace todo lo posible por que los tributos brillen; es agradable, intentatranquilizar a los nerviosos, se re con las bromas tontas y puedeconvertir una respuesta floja en algo memorable slo con su reaccin.Permanezco sentada como una dama, siguiendo las instruccionesde Effie, mientras los distritos siguen pasando, 2, 3, 4. Todos tienen unenfoque: el chico monstruoso del Distrito 2 es una mquina de matarimplacable; la chica con cara astuta del Distrito 5 es maliciosa y 83. escurridiza, como una comadreja. Veo a Cinna en cuanto se sienta,pero ni siquiera su presencia me relaja. 8, 9, 10. El chico cojo delDistrito 10 es muy callado. Me sudan una barbaridad las manos y elvestido de piedras preciosas no es absorbente, as que me resbalan siintento secrmelas en l. 11. Rue, con un vestido de gasa y alas, revolotea hasta Caesar, y lamultitud guarda silencio al ver a la chica, que parece un soplo de airemgico. El presentador la trata con dulzura y alaba el siete que sacen los entrenamientos, una puntuacin muy alta para alguien tanpequeo. Cuando le pregunta cul ser su punto fuerte en el estadio,ella no vacila: --Cuesta atraparme --dice, con voz trmula--. Y, si no me atrapan,no podrn matarme, as que no me descarte tan deprisa. --Ni en un milln de aos --responde Caesar, animndola. El chico del Distrito 11, Thresh, tiene la misma piel morena deRue, pero ah se acaba el parecido. Es uno de los gigantes, casi dosmetros de altura, y tiene la constitucin de un buey, aunque s que harechazado las invitaciones de los tributos profesionales para unirse aellos. Ha preferido quedarse solo, sin hablar con nadie y mostrandopoco inters por el entrenamiento. Aun as, ha conseguido un diez, yno cuesta imaginar qu ha impresionado a los Vigilantes. Hace casoomiso de los intentos de Caesar por bromear con l y responde con so no, o, simplemente, no dice nada. Si yo tuviera su tamao podra causar buena impresin siendomalhumorada y hostil... y no pasara nada! Estoy segura de que lamitad de los patrocinadores est ya pensando en ayudarlo a l. Si yotuviese dinero, tambin lo hara. Y ahora llaman a Katniss Everdeen, y me siento como en unsueo, levantndome y acercndome al escenario central. Acepto elapretn de manos de Caesar y l tiene la elegancia de no limpiarse elsudor de inmediato en el traje. --Bueno, Katniss, el Capitolio debe de ser un gran cambio,comparado con el Distrito 12. Qu es lo que ms te ha impresionadodesde que ests aqu? Qu? Qu ha dicho? Es como si las palabras no tuviesensentido. Se me ha quedado la boca seca como una suela de zapato.Busco con desesperacin a Cinna entre la multitud y lo miro a los ojos;me imagino que las palabras han salido de sus labios: Qu es loque ms te ha impresionado desde que ests aqu?. Me devano los 84. sesos intentando pensar en algo que me haya hecho feliz desde millegada. S sincera --pienso--. S sincera.--El estofado de cordero --consigo decir. Caesar se re y me doycuenta, vagamente, de que parte del pblico hace lo mismo.--El de ciruelas pasas? --pregunta Caesar, y yo asiento--. Oh, yolo como sin parar. --Se vuelve hacia la audiencia, horrorizado, con lamano en el estmago--. No se me notar, verdad? --Todos gritanpara animarlo y aplauden. A esto me refera: l siempre intentaayudarte--. Bueno, Katniss --sigue, en tono confidencial--, cuandoapareciste en la ceremonia inaugural se me par el corazn,literalmente. Qu te pareci aquel traje?Cinna arquea una ceja. Tengo que ser sincera.--Quieres decir despus de comprobar que no mora abrasada?Carcajada del presentador, carcajadas autnticas del pblico.--S, a partir de ah.--Pens que Cinna era un genio --Cinna, amigo mo, tena quedecrtelo de todas formas--, que era el traje ms maravilloso que habavisto y que no me poda creer que lo llevase puesto. Tampoco puedocreerme que lleve ste. --Levanto la falda para extenderla--. En fin,fjate!Mientras el pblico se deshace en exclamaciones de admiracin,veo que Cinna mueve el dedo en crculos; s qu quiere decirme:Gira para m.Me levanto, doy un giro completo y la reaccin es inmediata.--Oh, hazlo otra vez! --me pide Caesar, as que levanto losbrazos y doy vueltas y ms vueltas, dejando que la falta flote, dejandoque el vestido me envuelva en llamas. El pblico me vitorea. Cuandome detengo, tengo que agarrarme al brazo del presentador--. No tepares! --me dice.--Tengo que hacerlo. Me he mareado!Tambin estoy soltando risitas tontas, que es algo que, meparece, no he hecho en la vida. Los nervios y los giros han podidoconmigo.--No te preocupes, te tengo --me dice Caesar, rodendome conun brazo--. No podemos dejar que sigas los pasos de tu mentor.--Todos empiezan a abuchear y las cmaras enfocan a Haymitch, queahora es famoso por su cada en la cosecha; l agita una mano paracallarlos, de buen humor, y me seala--. No pasa nada --dice elpresentador para tranquilizar a la multitud--, conmigo est a salvo.Bueno, hablemos de la puntuacin: on-ce. Danos una pista de lo que 85. pas all dentro. --Ummm... --digo, mirando a los Vigilantes, que estn en elbalcn, y me muerdo un labio--. Slo dir una cosa: creo que nuncahaban visto nada igual. Las cmaras enfocan a los Vigilantes, que estn rindose yasintiendo. --Nos ests matando --protesta el presentador, como si le doliesede verdad--. Detalles, detalles. --Se supone que no puedo contar nada, verdad? --pregunto,mirando al balcn. --As es! --grita el Vigilante que se cay dentro de la ponchera. --Gracias --respondo--. Lo siento, mis labios estn sellados. --Entonces volvamos al momento en que dijeron el nombre de tuhermana en la cosecha --sigue el presentador, con un tono mspausado--. T te presentaste voluntaria. Nos puedes hablar de ella? No, no, no, a vosotros no, pero quiz a Cinna s. Creo que no meestoy imaginando la tristeza que expresa su rostro. --Se llama Prim, slo tiene doce aos y la amo ms que a nada enel mundo. El silencio era tan absoluto que no se oa ni un suspiro. --Qu te dijo despus de la cosecha? S sincera, s sincera. Trago saliva. --Me pidi que intentase ganar como pudiera. La audiencia est paralizada, pendiente de cada palabra. --Y qu respondiste? --pregunta Caesar, con amabilidad, pero,en vez de sentirme arropada, noto que un fro glacial me recorre elcuerpo y que pongo los msculos en tensin, como antes de atraparuna presa. Cuando hablo, mi tono de voz parece haber bajado unaoctava. --Le jur que lo hara. --Seguro que s --dice l, apretndome la mano. Entonces suenael zumbido--. Lo siento, nos hemos quedado sin tiempo. Te deseo lamejor de las suertes, Katniss Everdeen, tributo del Distrito 12. Los aplausos continan mucho despus de sentarme. Miro aCinna para que me tranquilice, y l levanta el pulgar para indicarmeque todo ha ido bien. Me paso aturdida la primera parte de la entrevista de Peeta,aunque veo que tiene al pblico en sus manos desde el principio; losoigo rer y gritar. Est utilizando lo de ser el hijo del panadero paracomparar a los tributos con los panes de sus distritos. Despus cuenta 86. una ancdota divertida sobre los peligros de las duchas del Capitolio. --Dime, todava huelo a rosas? --le pregunta a Caesar, ydespus se pasan un rato olisquendose por turnos, lo que hace quetodos se partan de risa. Empiezo a recuperar la concentracin cuandoCaesar le pregunta si tiene una novia en casa. Peeta vacila y despus sacude la cabeza, aunque no muyconvencido. --Un chico guapo como t? Tiene que haber una chica especial.Venga, cmo se llama? --Bueno, hay una chica --responde l, suspirando--. Llevoenamorado de ella desde que tengo uso de razn, pero estoy bastanteseguro de que ella no saba nada de m hasta la cosecha. La multitud expresa su simpata: comprenden lo que es un amorno correspondido. --Tiene a otro? --No lo s, aunque les gusta a muchos chicos. --Entonces te dir lo que tienes que hacer: gana y vuelve a casa.As no podr rechazarte, eh? --lo anima Caesar. --Creo que no funcionara. Ganar... no ayudar, en mi caso. --Por qu no? --pregunta Caesar, perplejo. --Porque... --empieza a balbucear Peeta, ruborizndose--.Porque... ella est aqu conmigo. SEGUNDA PARTE: LOS JUEGOS_____ 10 _____ Durante un momento, las cmaras se quedan clavadas en lamirada cabizbaja de Peeta, mientras todos asimilan lo que acaba dedecir. Despus veo mi cara, boquiabierta, con una mezcla de sorpresay protesta, ampliada en todas las pantallas: soy yo! Dios mo, serefiere a m! Aprieto los labios y miro al suelo, esperando esconder aslas emociones que empiezan a hervirme dentro. --Vaya, eso s que es mala suerte --dice Caesar, y parece sentirlo 87. de verdad. La multitud le da la razn en sus murmullos y unos cuantos hansoltado grititos de angustia. --No es bueno, no --coincide Peeta. --En fin, nadie puede culparte por ello, es difcil no enamorarse deesa jovencita. Ella no lo saba? --Hasta ahora, no --responde Peeta, sacudiendo la cabeza. Me atrevo a mirar un segundo a la pantalla, lo bastante paracomprobar que mi rubor es perfectamente visible. --No les gustara sacarla de nuevo al escenario para obtener unarespuesta? --pregunta Caesar a la audiencia, que responde con gritosafirmativos--. Por desgracia, las reglas son las reglas, y el tiempo deKatniss Everdeen ha terminado. Bueno, te deseo la mejor de lassuertes, Peeta Mellark, y creo que hablo por todo Panem cuando digoque te llevamos en el corazn. El rugido de la multitud es ensordecedor; Peeta nos ha borrado atodos del mapa al declarar su amor por m. Cuando el pblico por finse calla, mi compaero murmura un gracias y regresa a su asiento.Nos levantamos para el himno; yo tengo que alzar la cabeza, porquees una muestra de respeto obligatoria, y no puedo evitar ver que entodas las pantallas aparece una imagen de nosotros dos, separadospor unos cuantos metros que, en las mentes de los espectadores,deben de parecer insalvables. Pobre pareja trgica. Sin embargo, yo s la verdad. Despus del himno, los tributos nos ponemos en fila para volver alvestbulo del Centro de Entrenamiento y sus ascensores. Me asegurode no meterme en el mismo que Peeta. La muchedumbre frena anuestro squito de estilistas, mentores y acompaantes, as que nosquedamos solos; no hablamos. Mi ascensor deja a cuatro tributosantes de quedarme sola y llegar a la planta doce. Peeta acaba de salirdel ascensor cuando me acerco a l y le pego un empujn en elpecho; l pierde el equilibrio y se estrella contra una fea urna llena deflores artificiales. La urna se cae y se hace aicos en el suelo, Peetaaterriza encima de los pedazos y las manos empiezan a sangrarle deinmediato. --A qu viene esto? --me pregunta, horrorizado. --No tenas derecho! No tenas derecho a decir esas cosassobre m! Los ascensores se abren y aparece todo el grupo: Effie, Haymitch,Cinna y Portia. 88. --Qu est pasando? --pregunta Effie, con un deje de histeria enla voz--. Te has cado? --Despus de que ella me empujara --responde Peeta, mientrasEffie y Cinna lo ayudan a levantarse. --Lo has empujado? --me pregunta Haymitch. --Ha sido idea tuya, verdad? Lo de convertirme en una idiotadelante de todo el pas? --Fue idea ma --interviene Peeta, mientras se quita trozos decermica de las manos--. Haymitch slo me ayud a desarrollarla. --S, Haymitch es una gran ayuda... para ti! --Eres una idiota, sin duda --dice Haymitch, asqueado--. Creesque te ha perjudicado? Este chico acaba de darte algo que nuncapodras lograr t sola. --Me ha hecho parecer dbil! --Te ha hecho parecer deseable! Y, reconozcmoslo, necesitastoda la ayuda posible en ese tema. Eras tan romntica como un trozode roca hasta que l dijo que te quera. Ahora todos te quieren y slohablan de ti. Los trgicos amantes del Distrito 12! --Pero no somos amantes! --exclamo. --A quin le importa? --insiste Haymitch, cogindome por loshombros y aplastndome contra la pared--. No es ms que unespectculo, todo depende de cmo te perciban. Despus de tuentrevista lo nico que podra haber dicho de ti era que resultabasbastante agradable, aunque debo admitir que eso ya de por s es unmilagro. Ahora puedo decir que eres una rompecorazones. Oooh, loschicos de tu distrito caan abrumados a tus pies. Con cul de las dosimgenes crees que conseguirs ms patrocinadores? El olor a vino de su aliento me pone mala; lo empujo paraquitrmelo de encima y retrocedo, intentando aclararme las ideas. --Tiene razn, Katniss --me dice Cinna, acercndose yrodendome con un brazo. --Tendra que haberlo sabido --respondo, sin saber qu pensar--.As no habra parecido tan estpida. --No, tu reaccin ha sido perfecta. De haberlo sabido, no habraparecido tan real --intervino Portia. --Lo que le preocupa es su novio --dice Peeta, malhumorado,mientras se arranca un trozo ensangrentado de urna. --No tengo novio --afirmo, aunque se me encienden otra vez lasmejillas al pensar en Gale. --Lo que t digas, pero seguro que es lo bastante listo para 89. reconocer un farol. Adems, t no has dicho que me quieras, as quequ ms da? Las palabras empiezan a surtir efecto. Me calmo. Ahora no s sidebo pensar que me han usado o que me han dado una ventaja.Haymitch tiene razn, he sobrevivido a la entrevista, pero qu les heofrecido? A una chica imbcil dando vueltas con un vestido brillante ysoltando risitas tontas. El nico momento con sustancia fue cuandohabl de Prim. Comparada con Thresh y su fuerza silenciosa ymortfera, no soy digna de recordar. Tonta, brillante y fcil de olvidar;bueno, no del todo, porque tengo mi once en entrenamiento. Sin embargo, ahora Peeta me ha convertido en objeto de amor, yno slo del suyo. Segn l, ahora tengo muchos admiradores, y si elpblico cree de verdad que estamos enamorados... Recuerdo laenerga con la que han respondido a su confesin; un amor trgico.Haymitch tiene razn, en el Capitolio adoran estas cosas. De repenteme preocupa no haber reaccionado bien. --Despus de que dijese que me quera, a vosotros os parecique podra estar enamorada de l? --les pregunto. --A m s --responde Portia--. Por la forma en que evitabas mirar alas cmaras y el rubor en las mejillas. Los otros asienten. --Eres una mina, preciosa, vas a tener a los patrocinadoreshaciendo cola --afirma Haymitch. --Siento haberte empujado --le digo a Peeta, obligndome amirarlo, avergonzada por mi reaccin. --Da igual --responde l, encogindose de hombros--. Aunque,tcnicamente, es ilegal. --Tienes bien las manos? --Se pondrn bien. En el silencio que sigue a su respuesta nos llegan los deliciososolores de la cena, que ya est en el comedor. --Vamos a comer --dice Haymitch, y todos lo seguimos hasta lamesa y nos colocamos en nuestros puestos. Como Peeta est sangrando demasiado, Portia se lo lleva paraque lo atiendan. Empezamos la sopa de nata y ptalos de rosa sinellos, y, cuando terminamos, vuelven. Las manos de Peeta estnenvueltas en vendas y yo no puedo evitar sentirme culpable, porquemaana estaremos en el campo de batalla, l me ha hecho un favor yyo le he respondido con una herida. Es que siempre voy a estar endeuda con l? 90. Despus de la cena vemos la repeticin de las entrevistas en elsaln. Yo parezco presumida y superficial, dando vueltas y soltandorisitas, aunque los dems me aseguran que les parezco encantadora.El que s est encantador es Peeta, y despus resulta irresistible en suactuacin de chico enamorado. Y ah salgo yo, ruborizada y perpleja,bella gracias a las manos de Cinna, deseable gracias a la confesin dePeeta, trgica por las circunstancias y, lo mires por donde lo mires,imposible de olvidar.Cuando termina el himno y la pantalla se oscurece, la habitacinguarda silencio. Maana al alba nos levantarn y nos prepararn parael estadio. Los juegos en s no empiezan hasta las diez, porquemuchos de los habitantes del Capitolio se levantan tarde, pero Peeta yyo tenemos que empezar temprano. No se sabe lo lejos que estar elcampo de batalla elegido para este ao.S que Haymitch y Effie no irn con nosotros. En cuantosalgamos de aqu, ellos se desplazarn a la sede central de losjuegos, donde, esperemos, reclutarn patrocinadores sin parar ytrabajarn en una estrategia para decidir cmo y cundo entregarnoslos regalos. Cinna y Portia viajarn con nosotros hasta el mismsimopunto desde el que nos lanzarn a la batalla. A pesar de todo, es elmomento de despedirse.Effie nos coge a los dos de la mano, con lgrimas de verdad enlos ojos, y nos desea buena suerte. Nos da las gracias por ser losmejores tributos que ha tenido el privilegio de patrocinar; despus,como es Effie y parece estar obligada por ley a decir siempre algohorrible, aade:--No me sorprendera nada que el ao que viene mepromocionasen por fin a un distrito decente!Despus nos besa en la mejilla y se aleja rpidamente, no s siabrumada por la sentimental despedida o por la posible mejora de sufortuna.Haymitch cruza los brazos y nos examina.--Un ltimo consejo? --pregunta Peeta.--Cuando suene el gong, salid echando leches. Ninguno de losdos sois lo bastante buenos para meteros en el bao de sangre de laCornucopia. Salid corriendo, poned toda la distancia posible de pormedio y encontrad una fuente de agua. Entendido?--Y despus? --pregunto.--Seguid vivos --responde Haymitch.Es el mismo consejo que nos dio en el tren, pero ahora no est 91. borracho y rindose. Asentimos. Qu otra cosa podemos hacer? Cuando me voy hacia mi cuarto, Peeta se queda atrs para hablarcon Portia, cosa que me alegra. No s cules sern nuestrasincmodas palabras de despedida, pero pueden esperar a maana.Veo que alguien ha abierto mi cama, aunque no hay ni rastro de lachica pelirroja. Ojal supiera su nombre; debera habrselopreguntado y puede que ella me lo hubiese escrito o explicado conmmica, aunque es probable que slo sirviera para que la castigasen. Me doy una ducha y me quito la pintura dorada, el maquillaje y elaroma de la belleza. Todo lo que queda del trabajo del equipo dediseo son las llamas de las uas, que decido conservar pararecordarle a la audiencia quin soy: Katniss, la chica en llamas. Quizme d algo a lo que agarrarme en los das que me esperan. Me pongo un camisn grueso, como de lana, y me acuesto. Enunos cinco segundos me doy cuenta de que no me quedar dormida, ylo necesito desesperadamente, porque cada momento de fatiga en elestadio es una invitacin a la muerte. No sirve de nada; pasa una hora, luego dos, luego tres, y misprpados se niegan a cerrarse. No puedo dejar de imaginarme en quterreno nos soltarn. Desierto? Pantano? Un pramo helado?Sobre todo espero que haya rboles que me puedan ofrecerescondite, alimento y cobijo. Suele haber rboles, porque los paisajespelados son aburridos y, sin vegetacin, los juegos se acaban pronto.Pero cmo ser el clima? Qu trampas habrn escondido losVigilantes para animar los momentos aburridos? Y luego estn losotros tributos. Cuanto ms ansiosa estoy por dormirme, menos lo consigo. Alfinal estoy tan inquieta que tengo que salir de la cama; recorro lahabitacin notando que el corazn me late demasiado deprisa, quetengo la respiracin acelerada. Es como estar en una celda, si noconsigo respirar aire fresco pronto voy a empezar a romperlo todo otravez. Corro por el vestbulo hacia la puerta que da al tejado, que noslo no est cerrada, sino que la han dejado entreabierta. Quizsalguien se olvid de cerrarla, aunque da lo mismo, porque el campo deenerga que rodea el tejado impide cualquier intento desesperado defuga, y yo no quiero escapar, slo llenarme los pulmones de aire;quiero ver el cielo y la luna antes de que intenten darme caza. El tejado no est iluminado por la noche, pero en cuanto pisodescalza el suelo de baldosas, veo su silueta recortada contra lasluces que no dejan de brillar en el Capitolio. En las calles hay bastante 92. barullo, msica, gente cantando y clxones, cosas que no oa a travsde los gruesos paneles de cristal de mi cuarto. Podra largarme ahoramismo sin que l se diese cuenta; no me oira con tanto folln. Sinembargo, el aire nocturno es tan agradable que no soportara regresara mi agobiante jaula. Y qu ms da? Qu ms da si hablamos ono? Avanzo sin hacer ruido por las baldosas; cuando estoy a un metrode l, le digo: --Deberas estar durmiendo. l se sobresalta, pero no se vuelve, y veo que sacude un poco lacabeza. --No quera perderme la fiesta. Al fin y al cabo, es por nosotros. Me acerco a l y me asomo al borde: las amplias calles estnllenas de gente bailando. Me esfuerzo por distinguir los detalles de susfiguras diminutas. --Estn disfrazados? --Quin sabe? Teniendo en cuenta la locura de ropa que llevanaqu... T tampoco podas dormir? --No poda dejar de pensar --respondo. --Piensas en tu familia? --No --reconozco, sintindome un poco culpable--. No dejo depreguntarme qu pasar maana, aunque no sirve de nada, claro.--Con la luz que llega de abajo puedo verle la cara, la extraa forma decogerse las manos vendadas--. Siento mucho lo de las manos, deverdad. --No importa, Katniss. De todos modos, no tena ningunaoportunidad en los juegos. --No debes pensar as. --Por qu no? Es la verdad. Mi nica esperanza es noavergonzar a nadie y... --vacila. --Y qu? --No s cmo expresarlo bien. Es que... quiero morir siendo yomismo. Tiene sentido? --pregunta, y yo sacudo la cabeza. Cmo vaa morir siendo otra persona?--. No quiero que me cambien ah fuera,que me conviertan en una especie de monstruo, porque yo no soy as.--Me muerdo el labio, sintindome inferior. Mientras yo cavilaba sobrela existencia de rboles, Peeta le daba vueltas a cmo mantener suidentidad, su esencia. --Quieres decir que no matars a nadie? --le pregunto. --No. Cuando llegue el momento estoy seguro de que matar 93. como todos los dems. No puedo rendirme sin luchar. Pero desearapoder encontrar una forma de... de demostrarle al Capitolio que no lepertenezco, que soy algo ms que una pieza de sus juegos. --Es que no eres ms que eso, ninguno lo somos. As funcionanlos juegos. --Vale, pero, dentro de ese esquema, t sigues siendo t y yo sigosiendo yo --insiste--. No lo ves? --Un poco. Aunque..., sin nimo de ofender, a quin le importa,Peeta? --A m. Quiero decir, qu otra cosa me podra preocupar enestos momentos? --me pregunta, enfadado. Me mira a los ojos consus penetrantes ojos azules, exigiendo una respuesta. --Preocpate por lo que dijo Haymitch --respondo, dando un pasoatrs--. Por seguir vivo. --Vale --responde l, esbozando una sonrisa triste y burlona--.Gracias por el consejo, preciosa. --Usa el tono condescendiente deHaymitch, es como si me hubiese dado un bofetn. --Mira, si quieres pasarte las ltimas horas de tu vida planeandouna muerte noble en el estadio, es cosa tuya. Yo prefiero pasar lasmas en el Distrito 12. --No me sorprendera que lo hicieras. Dale recuerdos a mi madrecuando vuelvas, vale? --Puedes contar con ello. --Me vuelvo y bajo del tejado. Me paso el resto de la noche dando cabezadas, imaginndomelos comentarios cortantes que le har a Peeta Mellark por la maana.Peeta Mellark. Ya veremos lo noble y elevado que se vuelve cuandotenga que decidir entre la vida y la muerte. Seguramente se convertiren uno de esos tributos bestiales, de los que intentan comerse elcorazn de alguien despus de matarlo. Hubo un tipo as hace unoscuantos aos, Titus, del Distrito 6. Se volvi completamente salvaje ylos Vigilantes tuvieron que derribarlo con pistolas elctricas pararecoger los cadveres de los jugadores que haba matado y evitar quese los comiera. En el estadio no hay reglas, pero el canibalismo no esdel gusto del pblico del Capitolio, as que intentaron eliminarlo. Seespecul que la avalancha que acab finalmente con Titus fuepreparada para asegurarse de que el ganador no fuese un luntico. No veo a Peeta por la maana. Cinna viene a por m antes delalba, me da una tnica sencilla y me acompaa al tejado. Los ltimospreparativos se harn en las catacumbas, debajo del estadio en s. Un 94. aerodeslizador surge de la nada, igual que el del bosque el da que vicmo capturaban a la chica pelirroja, y deja caer una escalera demano. Pongo pies y manos en el primer escaln y, al instante, mequedo paralizada. Una especie de corriente me pega a la escalerahasta que me suben al interior. Aunque me imaginaba que la escalera me soltara al llegar, sigopegada a ella y una mujer vestida con una bata blanca se me acercacon una jeringuilla. --Es tu dispositivo de seguimiento, Katniss. Cuanto ms quietaests, mejor podr colocrtelo --me explica. Quieta? Soy una estatua. Sin embargo, eso no evita que note undolor agudo cuando la aguja me introduce el dispositivo metlicodebajo de la piel del antebrazo. Ahora los Vigilantes podrnlocalizarme en todo momento. No les gustara perder a un tributo. En cuanto el dispositivo est colocado, la escalera me suelta. Lamujer desaparece y recogen a Cinna del tejado. Un chico avox seacerca y nos acompaa a una habitacin donde han servido eldesayuno. A pesar de la tensin que noto en el estmago, como todolo que puedo, aunque los deliciosos manjares no me impresionan.Estoy tan nerviosa que podra estar comiendo polvo de carbn. Lonico que me distrae es la vista desde las ventanas: sobrevolamos laciudad y despus la zona deshabitada que hay ms all. Esto es loque ven los pjaros, slo que ellos son libres y estn a salvo. Justo locontrario que yo. El viaje dura una media hora. Despus se oscurecen lasventanas, lo que nos indica que llegamos al estadio. El aerodeslizadoraterriza, y Cinna y yo volvemos a la escalera, aunque esta vez parabajar hasta un tubo subterrneo que da a las catacumbas. Seguimoslas instrucciones para llegar a mi destino, una cmara donde realizarlos preparativos. En el Capitolio la llaman la sala de lanzamiento. Enlos distritos la conocemos como el corral, donde guardan a losanimales antes de llevarlos al matadero. Todo est nuevo; yo ser la primera y nica ocupante de esta salade lanzamiento. Los campos de batalla son emplazamientos histricosy los conservan despus de los juegos, destinos tursticos popularespara los residentes del Capitolio: puedes pasar aqu un mes, volver aver los juegos, hacer un recorrido por las catacumbas y visitar loslugares donde tuvieron lugar las muertes. Incluso puedes participar enreconstrucciones de los hechos. Dicen que la comida es excelente. 95. Lucho por no vomitar el desayuno mientras me ducho y me lavolos dientes. Cinna me peina con mi sencilla trenza de siempre;despus llega la ropa, la misma para cada tributo. Cinna no tiene nadaque ver con mi traje, ni siquiera sabe qu hay en el paquete, pero meayuda a vestirme con la ropa interior, los pantalones rojizos, la blusaverde claro, el robusto cinturn marrn y la fina chaqueta negra concapucha que me llega hasta los muslos. --El material de la chaqueta est diseado para aprovechar elcalor corporal, as que te esperan noches frescas --me dice. Las botas, que me coloco sobre unos calcetines muy ajustados,son mejores de lo que cabra esperar: cuero suave, parecidas a lasque tengo en casa. Sin embargo, stas tienen una suela de gomaflexible con dibujos, perfectas para correr. Cuando creo que ya he terminado, Cinna se saca del bolsillo lainsignia del sinsajo dorado. Se me haba olvidado por completo. --De dnde lo has sacado? --le pregunto. --Del traje verde que llevabas puesto en el tren --responde.Recuerdo que me lo quit del vestido de mi madre y me lo prend a lacamisa--. Es el smbolo de tu distrito, no? --Asiento, y l me lo colocaen la camisa--. Casi no logra pasar por la junta de revisin. Algunospensaban que poda usarse como arma y darte una ventaja injusta,pero, al final, lo aprobaron. S eliminaron un anillo de la chica delDistrito 1; si girabas la gema sala una punta envenenada. La chicadeca que no tena ni idea de que el anillo se transformase y no habapruebas que demostrasen lo contrario. De todos modos, ha perdido susmbolo. Bueno, ya est. Muvete, asegrate de estar cmoda. Camino, corro en crculo y agito los brazos. --S, est bien. Me queda perfectamente. --Entonces slo queda esperar la llamada --me dice Cinna--. A noser que puedas comer algo ms. Rechazo la comida, aunque acepto un vaso de agua que me beboa traguitos mientras esperamos en el sof. No quiero morderme lasuas ni los labios, as que acabo mordisquendome el interior de lamejilla. Todava noto las heridas que me hice hace unos das; no tardoen sangrar. Los nervios se convierten en terror cuando empiezo a pensar enlo que me espera. Podra estar muerta, muerta del todo, en una hora omenos. Me toco de manera obsesiva el bultito duro del antebrazo,donde la mujer me inyect el dispositivo de seguimiento. A pesar deldolor, lo aprieto tan fuerte que me hago un moratn. 96. --Quieres hablar, Katniss?Sacudo la cabeza, pero, al cabo de un momento, le doy la mano yCinna me la aprieta entre las suyas. Nos quedamos as sentadoshasta que una agradable voz femenina nos anuncia que ha llegado elmomento de prepararnos para el lanzamiento.Todava agarrada a las manos de Cinna, me acerco a la placa demetal redonda.--Recuerda lo que dijo Haymitch: corre, busca agua. Lo demssaldr solo --dice, y yo asiento--. Y recuerda una cosa: aunque no seme permite apostar, si pudiera, apostara por ti.--De verdad? --susurro.--De verdad --afirma Cinna; despus se inclina y me da un besoen la frente--. Buena suerte, chica en llamas.Entonces me rodea un cilindro de cristal que nos obliga asoltarnos, que me obliga a separarme de l. Cinna se da unosgolpecitos en la barbilla; quiere decir que mantenga la cabeza alta.Levanto la barbilla y me quedo todo lo quieta que me es posible.El cilindro empieza a elevarse y, durante unos quince segundos, meencuentro a oscuras. Despus noto que la placa metlica sale delcilindro y me lleva hasta la brillante luz del sol, que me deslumbra; slosoy consciente de un viento fuerte que me trae un esperanzadoraroma a pino.En ese momento oigo la voz del legendario presentador ClaudiusTemplesmith por todas partes:--Damas y caballeros, que empiecen los Septuagsimo CuartosJuegos del Hambre!_____ 11 _____ Sesenta segundos. Es el tiempo que tenemos que estar de pie ennuestros crculos metlicos antes de que el sonido de un gong noslibere. Si das un paso al frente antes de que acabe el minuto, lasminas te vuelan las piernas. Sesenta segundos para observar el anillode tributos, todos a la misma distancia de la Cornucopia, que es ungigantesco cuerno dorado con forma de cono, con el pico curvo y unaabertura de al menos seis metros de alto, lleno a rebosar de las cosasque nos sustentarn aqu, en el estadio: comida, contenedores conagua, armas, medicinas, ropa, material para hacer fuego. Alrededor dela Cornucopia hay otros suministros, aunque su valor decrece cuanto 97. ms lejos estn del cuerno. Por ejemplo, a pocos pasos de m hay uncuadrado de plstico de un metro de largo. Sin duda sera til en unchaparrn. Sin embargo, cerca de la abertura veo una tienda decampaa que me protegera de cualquier condicin atmosfrica; situviera el valor suficiente para entrar y luchar por ella contra los otrosveintitrs tributos, claro, cosa que me han aconsejado no hacer. Estamos en un terreno despejado y llano, una llanura de tierraaplanada. Detrs de los tributos que tengo frente a m no veo nada, loque indica que hay una pendiente descendente o puede que unacantilado. A mi derecha hay un lago. A la izquierda y detrs, unosralos bosques de pinos. sa es la direccin que Haymitch querra quetomase, y de inmediato. Oigo sus instrucciones dentro de mi cabeza: Salid corriendo,poned toda la distancia posible de por medio y encontrad una fuentede agua. Sin embargo, es tentador, muy tentador ver el regalo delante dem, esperndome, y saber que, si no lo cojo yo, lo har otro; que lostributos profesionales que sobrevivan al bao de sangre se repartirncasi todo el botn, esencial para sobrevivir aqu. Algo me llama laatencin: sobre un montculo de mantas enrolladas hay un carcaj deplata con flechas y un arco, ya tensado, esperando a que lo disparen. Eso es mo --pienso--. Lo han dejado para m. Soy rpida, puedo correr ms deprisa que las dems chicas denuestro colegio, aunque un par de ellas me ganan en las distanciaslargas. Pero son menos de cuarenta metros, perfecto para m. S quepuedo conseguirlo, s que puedo llegar primero, aunque la preguntaes: podr salir de ah lo bastante deprisa? Cuando termine deabrirme paso entre las mantas y coja las armas, los dems ya habrnllegado al cuerno, y quiz pueda derribar a un par de ellos, perosupongamos que hay doce; tan cerca, podran matarme con las lanzasy las porras. O con sus enormes puos. Por otro lado, no ser el nico objetivo. Seguro que muchos de lostributos no prestaran atencin a una chica de menor tamao queellos, aunque hubiese conseguido un once en el entrenamiento, ypreferiran dedicarse a los adversarios ms feroces. Haymitch no me ha visto correr. De haberlo hecho, a lo mejor mehabra dicho que lo intentara, que cogiera el arma, teniendo en cuentaque es precisamente el arma que podra salvarme. Adems, slo veoun arco en toda la pila. S que el minuto debe de estar a punto deacabar y tengo que decidir cul ser mi estrategia; al final me coloco 98. instintivamente en posicin de correr, no hacia el bosque que nosrodea, sino hacia la pila, hacia el arco. Entonces, de repente, veo aPeeta, que est cinco tributos a mi derecha; a pesar de la distancia, sque me est mirando y creo que sacude la cabeza, pero el sol me daen los ojos y, mientras le doy vueltas al tema, suena el gong. Y me lo he perdido! He perdido la oportunidad! Porque esos dossegundos de ms sin prepararme han bastado para hacerme cambiarde idea. Muevo los pies de un lado a otro, sin saber la direccin queme indica el cerebro, y me lanzo hacia delante, recojo el cuadrado deplstico y una hogaza de pan. He cogido tan poco y estoy tanenfadada con Peeta por distraerme que avanzo unos quince metroshacia la Cornucopia y recojo una mochila de color naranja intenso quepodra contener cualquier cosa, slo porque no puedo soportar la ideade irme prcticamente sin nada. Un chico, creo que del Distrito 9, intenta coger la mochila a la vezque yo y, durante un breve instante, los dos tiramos de ella. Entoncesl tose y me llena la cara de sangre. Doy un tambaleante paso atrs,asqueada por las clidas gotitas pegajosas; el chico cae al suelo y veoel cuchillo que le sobresale de la espalda. Los dems tributos han llegado a la Cornucopia y estndispersndose para atacar. S, la chica del Distrito 2 corre hacia m,est a unos diez metros y lleva media docena de cuchillos en la mano.La he visto lanzarlos en el entrenamiento, y nunca falla. Yo soy susiguiente objetivo. Todo el miedo general que he sentido hasta ahora se condensaen un miedo concreto a esta chica, a esta depredadora que podramatarme dentro de pocos segundos. Con el subidn de adrenalina, meecho la mochila al hombro y corro a toda velocidad hacia el bosque.Oigo la hoja del cuchillo que se dirige a m y, por acto reflejo, levantola mochila para protegerme la cabeza; la hoja se clava en ella. Con lamochila colgada a la espalda, sigo corriendo hacia los rboles. Dealgn modo, s que la chica no me seguir, que volver a laCornucopia antes de que se lleven todo lo bueno. Sonro y pienso:Gracias por el cuchillo. Al borde del bosque me vuelvo un instante para examinar elcampo de batalla; hay unos doce tributos luchando en el cuerno yalgunos muertos tirados por el suelo. Los que han huido desaparecenen los rboles o en el vaco que veo al otro lado. Sigo corriendo hastaque el bosque me esconde de los dems tributos y despus freno unpoco para mantener un ritmo que me permita seguir un rato ms. 99. Durante las horas siguientes voy alternando las carreras con lospaseos para alejarme todo lo posible de mis competidores. Perd mipan en el forcejeo con el chico del Distrito 9, pero consegu meterme elplstico en la manga, as que, mientras camino, lo doblo bien y me loguardo en un bolsillo. Tambin saco el cuchillo (es bueno, tiene unalarga hoja afilada y con dientes cerca del mango, lo que me vendrbien para serrar cosas) y lo meto en el cinturn. Sigo movindome,slo me detengo para ver si me siguen.Tengo mucha resistencia, lo s por mis das en los bosques. Sinembargo, voy a necesitar agua. Era la segunda instruccin deHaymitch y, como fastidi la primera, procuro prestar atencin acualquier rastro de humedad, aunque sin suerte.El bosque empieza a evolucionar y los pinos se mezclan con unavariedad de rboles, algunos reconocibles y otros completamentedesconocidos para m. En cierto momento oigo un ruido y saco elcuchillo, pensando en defenderme, pero resulta ser un conejoasustado.--Me alegro de verte --susurro. Donde hay un conejo, podra habercientos esperando a que los cace.El suelo baja en pendiente, cosa que no me gusta mucho, porquelos valles me hacen sentir atrapada. Quiero estar en alto, como en lascolinas que rodean el Distrito 12, desde donde puede verse venir a losenemigos. En cualquier caso, no tengo eleccin, as que sigo.Lo curioso es que no me siento demasiado mal; me han venidobien los atracones de comida de los ltimos das. Puedo mantenermeaunque est falta de sueo, y estar en el bosque me resultarevitalizante. Agradezco la soledad, aunque no sea ms que unailusin, ya que es muy probable que ahora mismo est en pantalla, node continuo, pero s de vez en cuando. Hay tantas muertes quemostrar el primer da que un tributo caminando por el bosque noresulta demasiado interesante. Sin embargo, me sacarn lo bastantepara que la gente sepa que sigo viva, ilesa y en movimiento. Uno delos das ms fuertes de las apuestas es el de apertura, cuando lleganlas primeras bajas, aunque no puede compararse con lo que sucedeconforme la batalla se reduce a un puado de jugadores.A ltima hora de la tarde empiezo a or los caones. Cada disparorepresenta a un tributo muerto. Por fin debe de haber acabado la luchaen la Cornucopia, ya que nunca recogen los cadveres del bao desangre hasta que se dispersan los asesinos. El da de apertura nisiquiera disparan los caones hasta que acaba la primera batalla, 100. porque les resulta demasiado difcil llevar la cuenta de los fallecidos.Me permito una pausa, entre jadeos, para contar los disparos. Uno...,dos..., tres..., y as hasta llegar a once. Once muertos en total; quedantrece para jugar. Me rasco la sangre seca que el chico del Distrito 9me tosi en la cara. Sin duda, muri. Qu habr sido de Peeta? Losabr en pocas horas, cuando proyecten en el cielo las imgenes delos muertos para que las veamos los dems.De repente, me sobrecoge la idea de que Peeta haya muerto, deque hayan recogido su cadver plido y est de regreso al Capitolio,donde lo limpiarn, lo vestirn y lo enviarn al Distrito 12 en unasencilla caja de madera; de que ya no est aqu, sino camino a casa.Intento recordar si lo vi despus de que comenzara la accin, pero laltima imagen que recuerdo es la de Peeta sacudiendo la cabeza alsonar el gong.Quiz sea mejor que est muerto. l no crea poder ganar y yo notendr que enfrentarme a la desagradable tarea de matarlo. Quiz seamejor que est fuera del juego para siempre.Me dejo caer junto a mi mochila, agotada. De todos modos,necesito revisarla antes de que caiga la noche y ver qu tengo paratrabajar. Cuando desabrocho las correas, noto que es robusta, aunquetiene un color muy desafortunado. Este naranja casi brilla en laoscuridad; tomo nota de que tengo que camuflarla en cuanto se hagade da.Abro la solapa; en este momento, lo que ms deseo es agua. Elconsejo de Haymitch de encontrarla de inmediato no era arbitrario: nodurar mucho sin ella. Quiz pueda funcionar durante unos cuantosdas con los feos sntomas de la deshidratacin, pero despus medeteriorar hasta quedar indefensa y morir en una semana, comomucho. Saco con cuidado las provisiones: un fino saco de dormirnegro que guarda el calor corporal; un paquete de galletas saladas; unpaquete de tiras de cecina de vaca; una botella de yodo; una caja decerillas de madera; un pequeo rollo de alambre; unas gafas de sol; yuna botella de plstico de dos litros con tapn para llenarla de agua,aunque est vaca.Nada de agua. Tanto les habra costado llenar la botella? Medoy cuenta de lo secas que tengo la garganta y la boca, de las grietasde los labios. Llevo movindome todo el da, haca calor y he sudadomucho. Esto lo hago en casa, pero siempre he tenido arroyos parabeber o nieve que derretir, si la cosa llegaba a ese extremo.Mientras vuelvo a meter las cosas en la mochila, se me ocurre 101. una idea horrible: el lago, el que vi mientras esperaba a que sonase elgong, ser la nica fuente de agua del estadio? As garantizaran quetodos tuvisemos que luchar. El lago est a un da entero de caminodesde aqu, una excursin muy dura si no tengo nada para beber. Encualquier caso, aunque llegara, seguro que lo custodian algunos de lostributos profesionales. Empieza a entrarme el pnico, hasta querecuerdo el conejo que sali corriendo al principio de la jornada; ltambin tiene que beber, slo hay que descubrir dnde. Empieza a anochecer y no me encuentro cmoda. Los rbolesson demasiado ralos para esconderme, y la capa de agujas de pinoque amortigua mis pisadas tambin hace que resulte difcil seguir elrastro de los animales para encontrar agua. Adems, sigo bajandocada vez ms hacia un valle que parece no acabar nunca. Tambin tengo hambre, pero no me atrevo a gastar mi preciadotesoro de galletas y cecina, as que saco el cuchillo y me pongo acortar un pino, quitndole la corteza exterior y sacando un buenpuado de la interior, ms blanda. Me dedico a masticarla lentamentemientras camino. Despus de una semana disfrutando de la mejorcomida del mundo, es algo difcil de soportar, pero he comido muchopino en mi vida, me adaptar rpidamente. Al cabo de una hora est claro que tengo que encontrar un sitiopara dormir. Las criaturas de la noche salen de sus guaridas; oigoalgn que otro aullido y a los buhos, lo que me hace pensar que tendrcompetencia en la caza de los conejos. En cuanto a si me vern comofuente de alimentacin, es pronto para decirlo. A saber cuntosanimales me estn acechando en estos momentos. Sin embargo, ahora mismo creo que mi prioridad son los otrostributos, ya que estoy segura de que seguirn cazando de noche. Losque lucharon en la Cornucopia tendrn comida, agua abundante dellago, antorchas o linternas y armas que estarn deseando usar. Sloespero haberme alejado lo suficiente para estar fuera de su alcance. Antes de acampar, saco mi alambre y coloco dos trampas de lazoen los arbustos. S que es arriesgado, pero no tardar en quedarmesin comida y puedo preparar trampas sobre la marcha. En cualquiercaso, camino otros cinco minutos antes de detenerme. Escojo mi rbol con cuidado, un sauce no muy alto, aunquecolocado en un bosquecillo con otros sauces, de modo que puedaocultarme entre las largas ramas colgantes. Lo trepo utilizando lasramas ms fuertes, cerca del tronco, y encuentro una bifurcacin queme servir de cama. Tardo un ratito, pero consigo colocar el saco de 102. dormir en una posicin relativamente cmoda y me meto dentro. Comoprecaucin, me quito el cinturn, lo paso por la rama y el saco, y me loato a la cintura. As, si ruedo mientras duermo, no caer al suelo.Aunque soy lo bastante pequea para taparme la cabeza con el saco,me subo tambin la capucha. Conforme cae la noche, la temperaturabaja en picado. A pesar del riesgo que corr al coger la mochila, s quehice lo correcto, porque este saco de dormir en el que se refleja elcalor de mi cuerpo para devolvrmelo no tiene precio. Seguro que, enestos momentos, la principal preocupacin de varios tributos es cmoentrar en calor, mientras que quiz yo pueda dormir algunas horas. Sino tuviera tanta sed... Justo al caer la noche oigo el himno que precede al recuento debajas. A travs de las ramas veo el sello del Capitolio, que pareceflotar en el cielo. En realidad estoy viendo una pantalla enorme quetransportan en uno de sus silenciosos aerodeslizadores. El himnotermina y el cielo se oscurece un momento. En casa estaramosviendo la repeticin de todos y cada uno de los asesinatos, peroconsideran que eso sera una ventaja injusta para los tributossupervivientes. Por ejemplo, si yo me hubiese hecho con el arco yhubiese matado a alguien, mi secreto estara al descubierto. No, en elestadio slo vemos las mismas fotografas que televisaron cuandosalieron las puntuaciones del entrenamiento, simples fotografas denuestras cabezas. Sin embargo, en vez de puntuaciones, lo que ponendebajo es el nmero del distrito. Respiro hondo conforme surgen losrostros de los once tributos muertos y voy contndolos con los dedos. La primera es la chica del Distrito 3, lo que significa que lostributos profesionales de los distritos 1 y 2 han sobrevivido. No mesorprende. Despus, el chico del 4. Eso no me lo esperaba, porque losprofesionales suelen sobrevivir al primer da. El chico del Distrito 5...Supongo que la chica con cara de comadreja lo ha conseguido. Losdos tributos del 6 y el 7. El chico del 8. Los dos del 9. S, ah est elchico que intent llevarse la mochila. He, llevado las cuentas con losdedos, as que slo queda un tributo muerto. Ser Peeta? No, es lachica del Distrito 10. Ya est. Vuelven a poner el sello del Capitoliocon una ltima fioritura musical. Despus me quedo a oscuras yregresan los ruidos del bosque. Me alivia saber que Peeta sigue vivo. Me repito que, si me matan,su victoria beneficiara a mi madre y a Prim. Es lo que me digo paraexplicarme las emociones contradictorias que me despierta el hijo delpanadero: la gratitud por la ventaja que me dio al declarar su amor por 103. m en la entrevista; la rabia ante su alarde de superioridad en el tejado;el miedo de encontrarme cara a cara con l en la batalla. Once muertos, pero ninguno del Distrito 12. Intento repasar quinqueda: cinco tributos profesionales; la comadreja, Thresh y Rue. Rue...As que al final ha sobrevivido al primer da; no puedo evitaralegrarme. Con eso somos diez, maana averiguar los tres que mefaltan. Ahora, a oscuras y despus de haber caminado tanto y subidoa lo alto de un rbol, ha llegado el momento de intentar descansar. En realidad no he dormido mucho en los dos ltimos das, a loque hay que sumar la larga jornada de viaje por el campo de batalla.Dejo que los msculos se relajen poco a poco. Se me cierran los ojos.Lo ltimo que pienso es que es una suerte que no ronque... Crac! El ruido de una rama rota me despierta. Cunto llevodormida? Cuatro horas? Cinco? Tengo fra la punta de la nariz.Crac! Crac! Qu est pasando? No es el ruido de una rama pisada,sino de una que se ha roto en el rbol. Crac! Crac! Calculo que esta varios metros a mi derecha. Me vuelvo hacia all lentamente y sinhacer ruido. Durante unos minutos no hay ms que oscuridad y ruidode movimiento, pero despus veo una chispa y el inicio de unapequea fogata. Un par de manos se calientan encima, aunque nodistingo nada ms. Tengo que morderme los labios para no gritar todos los tacos queme s. En qu estar pensando? Los que lucharon en la Cornucopia,con su fuerza superior y sus generosas provisiones, quiz no hubiesenvisto el fuego entonces, pero ahora que ya estarn rastreando elbosque en busca de vctimas... Es como agitar una bandera y gritar:Venid a por m!. Y aqu estoy, a tiro de piedra del tributo ms idiota de los juegos,atada a un rbol y sin atreverme a huir, porque acabara dndole miubicacin exacta a cualquier asesino que la buscase. Es decir, s quehace fro y que no todos tienen un saco de dormir, pero hay queapretar los dientes y aguantarse hasta el alba! Me qued dentro del saco hecha una furia durante un par dehoras, pensando en que, si pudiera salir del rbol, no me importaracargarme a ni nuevo vecino. Mi instinto me dice que huya, no queluche, aunque, obviamente, esta persona es un riesgo. La genteestpida resulta peligrosa, y ste seguro que no tiene armas, mientrasque yo cuento con un excelente cuchillo. El cielo sigue oscuro, pero noto que se acerca el amanecer. 104. Empiezo a pensar que quizs hayamos (es decir, la persona cuyamuerte planeo y yo misma) pasado desapercibidos. Entonces lo oigo:varios pares de pies que echan a correr. El de la hoguera debe dehaberse quedado dormido. Caen sobre ella antes de que puedaescapar; ahora s que es una chica, porque oigo sus splicas y el gritode dolor que las acalla. Despus hay risas y felicitaciones de variasvoces. Alguien grita: Doce menos, quedan once!. Los dems lovitorean. As que luchan en manada; no me sorprende. A menudo seforman alianzas en las primeras etapas de los juegos; los fuertes seagrupan para cazar a los dbiles y, cuando la tensin empieza acrecer demasiado, se vuelven unos contra otros. Est bastante claroquines forman la alianza: sern los tributos profesionales que quedande los distritos 1, 2 y 4, dos chicos y tres chicas, los que comanjuntos. Durante un momento los oigo registrar a la chica en busca deprovisiones. Por sus comentarios s que no han encontrado nadabueno. Me pregunto si la vctima ser Rue, aunque descarto la idearpidamente, porque ella es demasiado lista para hacer una hoguera. --Ser mejor que nos vayamos para que puedan llevarse elcadver antes de que empiece a apestar. Estoy casi segura de que es el bruto del Distrito 2. Oigomurmullos de aprobacin y, horrorizada, veo que se dirigen a m. Nosaben dnde estoy. Cmo iban a saberlo? Y estoy bien escondidaentre los rboles, al menos mientras el sol siga bajo. Despus, mi sacode dormir negro pasar de servirme de camuflaje a ser un problema.Si siguen avanzando pasarn por debajo de m y desaparecern en unminuto. Entonces, los profesionales se detienen en el claro que seencuentra a unos diez metros de mi rbol. Tienen linternas yantorchas, veo un brazo por aqu y una bota por all a travs de loshuecos de las ramas. Me habrn visto? No, todava no. Por suspalabras s que tienen la cabeza en otra parte. --No tendramos que haber odo ya el caonazo? --Dira que s, no hay nada que les impida bajar de inmediato. --A no ser que no est muerta. --Est muerta, la he atravesado yo mismo. --Entonces, qu pasa con el caonazo? --Alguien debera volver y asegurarse de que est hecho. --S. No quiero tener que perseguirla dos veces. 105. --He dicho que est muerta! Empieza una discusin, hasta que uno de los tributos silencia alos dems. --Estamos perdiendo el tiempo! Ir a rematarla y seguiremosmovindonos! Casi me caigo del rbol: el que hablaba era Peeta._____ 12 _____ Menos mal que tom la precaucin de agarrarme con el cinturn,porque he rodado de lado sobre las ramas y ahora estoy mirando alsuelo, sujeta por el cinturn y una mano, y con los pies a horcajadassobre la mochila, dentro del saco de dormir, abrazada al tronco. Tengoque haber hecho algn ruido al deslizarme, pero los profesionalesestaban demasiado absortos con su discusin como para orme. --Venga, chico amoroso --le dice el del Distrito 2--, comprubalo tmismo. Veo de reojo a Peeta, iluminado por una antorcha, dirigindose ala chica de la hoguera. Tiene la cara amoratada, una vendaensangrentada en el brazo y, por el sonido de sus pasos, cojea unpoco. Recuerdo cmo sacudi la cabeza para decirme que no fuese apor las provisiones, mientras que l planeaba meterse en la refriegadesde el principio. Justo lo contrario de lo que le haba dichoHaymitch. Vale, puedo soportarlo, ver tantas cosas juntas resultaba tentador.Sin embargo, esto..., esto es distinto. Haberse aliado con esta manadade lobos profesionales para cazarnos a los dems... A nadie delDistrito 12 se le habra ocurrido algo semejante! Lo mires por donde lomires, los tributos profesionales son malvados, arrogantes y estnmejor alimentados, pero slo porque son los perritos falderos delCapitolio. Todo el mundo los odia profundamente, salvo la gente de supropio distrito. Ni me imagino lo que estarn diciendo de Peeta encasa, y l tiene el valor de hablarme de vergenza? Est claro que lo del chico noble del tejado era otro de susjueguecitos, y va a ser el ltimo. Esta noche desear que su muerteaparezca en el cielo, si no lo mato yo antes. Los tributos profesionales guardan silencio hasta que sale de sualcance, para despus hablar en voz baja. --Por qu no lo matamos ya y acabamos con esto? 106. --Deja que se quede. Qu ms da? Sabe utilizar el cuchillo.Ah, s? Eso es nuevo; cuntas cosas interesantes estoyaprendiendo de mi amigo Peeta.--Adems, es nuestra mejor baza para encontrarla.Tardo un momento en darme cuenta de que hablan de m.--Por qu? Crees que la chica se ha tragado la cursileraromntica?--Puede. Pareca bastante simplona. Cada vez que la recuerdodando vueltas con el vestido me dan ganas de potar.--Ojal supiramos cmo consigui el once.--Seguro que el chico amoroso lo sabe.Se callan al or que vuelve Peeta.--Estaba muerta? --le pregunta el chico del Distrito 2.--No, pero ahora s --responde Peeta. En ese momento suena elcaonazo--. Nos vamos?La manada profesional sale corriendo justo cuando despunta elalba y los cantos de los pjaros llenan el aire. Me quedo en miincmoda postura, con los msculos temblando durante un rato ms, ydespus me coloco de nuevo sobre la rama. Necesito bajar, seguiradelante, pero, por un momento, me quedo tumbada donde estoy,digiriendo lo que he odo. La chica tontorrona a la que hay quetomarse en serio porque ha conseguido un once; porque sabe usar unarco. Eso Peeta lo sabe mejor que nadie.Sin embargo, todava no se lo ha dicho. Est guardndose lainformacin porque sabe que es lo que lo mantiene con vida? Siguefingiendo que me ama de cara a la audiencia? Qu se le estarpasando por la cabeza?De repente, los pjaros se callan y uno lanza una aguda llamadade advertencia. Una sola nota, como la que Gale y yo omos cuandocapturaron a la chica pelirroja. Un aerodeslizador se materializa sobrela hoguera moribunda y de l bajan unos enormes dientes metlicos.Poco a poco, con cuidado, meten a la chica muerta en el aparato.Despus desaparece y los pjaros reanudan su cancin.--Muvete --susurro para mis adentros.Salgo como puedo del saco de dormir, lo enrollo y lo meto en lamochila. Respiro profundamente. Mientras me ocultaban la noche, elsaco y las ramas de sauce, las cmaras no habrn podido obtener unabuena imagen de m, pero s que deben de estar siguindome. Encuanto toque el suelo, tengo garantizado un primer plano.La audiencia habr estado como loca, sabiendo que estaba en el 107. rbol, que he odo la conversacin de los profesionales y que hedescubierto que Peeta est con ellos. Hasta que averige cmo quieroutilizar la informacin, ser mejor que acte como si estuviese porencima de todo. Nada de perplejidad y, obviamente, nada dconfusin o miedo.No, tiene que parecer que voy un paso por delante de ellos.As que salgo del follaje y llego a la zona iluminada por el alba, medetengo un segundo para que las cmaras puedan captarme, inclino lacabeza ligeramente a un lado y sonro con suficiencia. Ya est! A versi descubren lo que significa!Estoy a punto de marcharme cuando pienso en las trampas.Quiz sea imprudente comprobarlas estando los otros tan cerca, perotengo que hacerlo. Supongo que llevo demasiados aos cazando,aparte de la atraccin de la comida. La recompensa es un buenconejo. En un segundo limpio y destripo el animal, dejando la cabeza,las patas, el rabo, el pellejo y las entraas debajo de una pila de hojas.Me encantara encender un fuego (comer conejo crudo puede dartetularemia, una leccin que aprend de la peor manera); entonces meacuerdo de la chica muerta. Corro de vuelta a su campamento y,efectivamente, las brasas de su hoguera todava estn calientes. Cortoel conejo, fabrico un espetn con ramas y lo pongo sobre las brasas.Ahora me alegro de tener cmaras a mi alrededor, porque quieroque los patrocinadores vean que puedo cazar, que soy una buenaapuesta porque no caer en las trampas del hambre con tantafacilidad como los dems. Mientras se asa el conejo, machaco partede una rama quemada y me pongo a camuflar la mochila naranja. Elnegro la disimula un poco, aunque me parece que una capa de lodoayudara bastante. Por supuesto, para conseguir lodo necesito agua...Me pongo mis cosas, cojo el espetn, echo tierra encima de lasbrasas y salgo en direccin opuesta a los tributos profesionales. Mecomo la mitad del conejo por el camino y envuelvo el resto en miplstico para despus. El estmago deja de hacerme ruido, pero lacarne no ha servido para quitarme la sed. El agua es mi principalprioridad.Mientras sigo adelante, estoy segura de que todava salgo en laspantallas del Capitolio, as que sigo ocultando con cuidado misemociones; sin embargo, Claudius Templesmith debe de estarpasndoselo en grande con sus comentaristas invitados,diseccionando el comportamiento de Peeta y mi reaccin. Ququerr decir todo esto? Ha revelado Peeta sus verdaderas 108. intenciones? Cmo afecta eso a las apuestas? Perderemospatrocinadores? Acaso tenemos alguno? S, yo creo que s lostenemos o, al menos, los tenamos. Est claro que Peeta ha lanzado una llave inglesa al engranaje denuestra dinmica de amantes trgicos. O no? Quiz, como no hadicho mucho sobre m, todava podamos sacarle partido; quiz lagente piense que lo hemos planeado juntos, si da la impresin de queel asunto me divierte. El sol sube en el cielo e, incluso a travs de los rboles, parecedemasiado brillante. Me unto los labios con la grasa del conejo eintento no jadear, aunque no sirve de nada, porque ya ha pasado unda y me deshidrato rpidamente. Intento pensar en todo lo que ssobre la bsqueda de agua: fluye colina abajo, as que, de hecho,seguir por el valle no es mala idea. Si pudiera localizar el rastro dealgn animal o alguna zona de vegetacin especialmente verde, esopodra ayudarme, pero todo parece igual. Slo estn la pendiente, lospjaros y los mismos rboles. Conforme avanza el da, s que voy a tener problemas. La pocaorina que expulso es marrn oscuro, me duele la cabeza y noto unasequedad en la lengua que se niega a humedecerse. El sol me hacedao en los ojos, as que me pongo las gafas de sol, aunque, alhacerlo, las noto raras y las vuelvo a guardar en la mochila. De repente, avanzada la tarde, creo que he encontrado ayuda:veo un arbusto con bayas y corro a coger los frutos para chuparles eljugo. Sin embargo, justo cuando me los estoy llevando a la boca, lesecho un buen vistazo: crea que eran arndanos negros, pero tienenuna forma distinta y, por dentro, son rojos. No reconozco las bayas;aunque quiz sean comestibles, me parece que es un malvado trucode los Vigilantes. Incluso el instructor de plantas del Centro deEntrenamiento nos dijo que evitsemos las bayas a no ser queestuvisemos seguros al cien por cien de que no eran txicas. Eraalgo que yo ya saba, pero tengo tanta sed que necesito recordrmelopara reunir fuerzas y tirarlas. La fatiga empieza a pesarme; no la fatiga normal despus de unalarga caminata, sino que tengo que detenerme y descansarfrecuentemente. S que no encontrar cura para mi mal si no sigobuscando. Intento una tctica nueva, buscar rastros de agua, pero, porlo que veo en todas direcciones, slo hay bosque y ms bosque. Decidida a seguir hasta la noche, camino hasta que me tropiezoyo sola. 109. Agotada, me subo a un rbol y me ato a l. Aunque no tengohambre, me obligo a chupar un hueso de conejo para tener la bocaentretenida. Cae la noche, tocan el himno y veo en el cielo la imagende la chica, que, al parecer, vena del Distrito 8. La chica a la quePeeta remat. El miedo que me inspira la manada de profesionales no es nadacomparado con la sed. Ademas, se fueron en direccin opuesta y, enestos momentos, ellos tambin tendrn que descansar. Con laescasez de agua, puede que hayan vuelto al lago para repostar. Quizs sa sea tambin mi nica alternativa. La maana slo me trae preocupaciones. Me palpita la cabezacon cada latido del corazn. Los movimientos ms simples hacen queme duelan las articulaciones como si me clavaran cuchillos. Ms quebajar del rbol, me caigo de l. Tardo varios minutos en recoger lascosas y, muy dentro de m, s que est mal, que debera actuar conms precaucin y moverme con ms urgencia. Sin embargo, tengo lacabeza embotada y me cuesta seguir un plan. Me apoyo en el troncodel rbol y me acaricio con cuidado la superficie spera de la lenguamientras evalo mis opciones. Cmo puedo conseguir agua? Volver al lago: no, nunca lo conseguira. Esperar a que llueva: no hay ni una nube en el cielo. Seguir buscando: s, es mi nica opcin. Entonces tengo otraidea, y la rabia que siento a continuacin me devuelve a la realidad. Haymitch! l podra enviarme agua! Podra pulsar un botn yenvirmela en un paracadas plateado en pocos minutos. S quetengo patrocinadores, al menos uno o dos que podran permitirsedarme medio litro de agua. S, cuesta dinero, pero esta gente estforrada de billetes y, adems, estn apostando por m. Quiz Haymitchno se d cuenta de cunto la necesito. --Agua --digo, todo lo alto que me atrevo a hablar, y espero,deseando que un paracadas descienda del cielo. No aparece nada. Algo va mal. Me engao al pensar que tengo patrocinadores?O los he perdido por el comportamiento de Peeta? No, no lo creo.Ah fuera hay alguien que quiere comprarme agua, pero Haymitch nose lo permite. Como mentor, l controla el flujo de regalos de lospatrocinadores, y s que me odia, me lo ha dejado claro. Me odiarlo suficiente para dejarme morir? As? No puede hacerlo, no? Si unmentor no trata bien a sus tributos, ser responsable frente a lostelespectadores, frente a la gente del Distrito 12. Ni siquiera Haymitchse arriesgara a eso, no? Que digan lo que quieran de mis socios 110. comerciantes del Quemador, pero no creo que le permitiesen volver aentrar all si me deja morir de este modo. De dnde iba a sacarentonces su alcohol? Por tanto, de qu va esto? Intenta hacermesufrir por haberlo desafiado? Est dirigiendo los regalos a Peeta?Est demasiado borracho para darse cuenta de lo que estpasando? Por algn motivo, no lo creo, y tampoco creo que estintentando matarme. De hecho, a su manera, ha intentado de verdadprepararme para esto. Entonces, qu?Me tapo la cara con las manos. No corro el peligro de llorar, nopodra producir ni una lgrima aunque me fuese la vida en ello. Quest haciendo Haymitch? A pesar de la rabia, el odio y la suspicacia,una vocecita dentro de mi cabeza me susurra una respuesta: Quizte est enviando un mensaje. Un mensaje para decirme qu?Entonces lo entiendo; Haymitch slo tendra una buena razn para nodarme agua: saber que estoy a punto de encontrarla.Aprieto los dientes y me levanto. La mochila parece pesar el triplede lo normal. Cojo una rama rota que me sirva de bastn y me pongoen marcha. El sol cae a plomo, es an ms abrasador que en los dosprimeros das, y me siento como un trozo de cuero secndose yagrietndose con el calor. Cada paso me supone un gran esfuerzo,pero me niego a parar, me niego a sentarme. Si me siento, es muyprobable que no vuelva a levantarme, que ni siquiera recuerde cul esmi objetivo.Soy una presa muy fcil! Cualquier tributo, incluso la pequeaRue, podra acabar conmigo ahora mismo; slo tendra queempujarme y matarme con mi propio cuchillo, y a m no me quedaranfuerzas para resistirme. Sin embargo, si hay alguien ms en esta partedel bosque, no me hace caso. Lo cierto es que me siento a millones dekilmetros del resto de la humanidad.En cualquier caso, no estoy sola, no, seguro que me sigue unacmara. Pienso en los aos que pas viendo cmo los tributos semoran de hambre, congelados, desangrados o deshidratados. A noser que haya una buena pelea en alguna parte, debo de ser laprotagonista.Me acuerdo de Prim; es probable que no me est viendo endirecto, pero echarn las ltimas noticias en el colegio durante eldescanso para comer, as que intento no parecer tan desesperada, porella.Sin embargo, cuando cae la tarde, s que se acerca el final. Metiemblan las piernas y el corazn me va demasiado deprisa. Se me 111. olvida continuamente qu estoy haciendo. Me tropiezo una y otra vez,y, aunque consigo levantarme, cuando por fin se me cae el bastn, mederrumbo por ltima vez y no me levanto ms. Dejo que se me cierrenlos ojos.He juzgado mal a Haymitch: no tena ninguna intencin deayudarme.No pasa nada --pienso--. Aqu no se est tan mal.El aire es menos caluroso, lo que significa que se acerca lanoche. Hay un suave aroma a dulce que me recuerda a los nenfares.Acaricio la suave tierra y deslizo las manos fcilmente sobre ella.Es un buen lugar para morir.Dibujo remolinos en la tierra fresca y resbaladiza. Me encanta elbarro, pienso. Cuntas veces he podido seguirle la pista a unapresa gracias a esta superficie suave y fcil de leer? Tambin esbueno para las picaduras de abeja. Barro. Barro. Barro! Abro los ojosde golpe y hundo los dedos en la tierra. Es barro! Levanto la nariz yhuelo: son nenfares! Plantas acuticas!Empiezo a arrastrarme sobre el lodo, avanzando hacia el aroma.A unos cinco metros de donde haba cado atravieso una maraa deplantas que dan a un estanque. En la superficie flotan unas floresamarillas, mis preciosos nenfares.Resisto la tentacin de meter la cara en el agua y tragar toda laque pueda, porque me queda la suficiente sensatez para no hacerlo.Con manos temblorosas saco la botella, la lleno de agua y aado elnmero correcto de gotas de yodo para purificarla. La media hora deespera es una agona, pero la aguanto. Al menos, creo que ha pasadomedia hora, aunque, sin duda, es lo mximo que puedo soportar.Ahora, poco a poco, me digo. Doy un trago y me obligo aesperar. Despus otro. A lo largo de las dos horas siguientes me bebolos dos litros enteros. Despus otra botella. Me preparo otra antes deretirarme a un rbol, donde sigo sorbiendo, comiendo conejo e inclusome permito gastar una de mis preciadas galletas saladas. Cuandosuena el himno, me siendo mucho mejor. Esta noche no sale ningunacara en el cielo, hoy no han muerto tributos. Maana me quedar aqu,descansando, camuflar mi mochila con lodo, pescar algunos de lospececillos que he visto mientras beba y desenterrar las races de losnenfares para prepararme una buena comida. Me acurruco en elsaco de dormir y me agarro a la botella de agua como si me fuera lavida en ello, ya que, de hecho, as es.Unas cuantas horas despus me despierta una estampida. Miro a 112. mi alrededor, desconcertada. Todava no ha amanecido, pero mismaltrechos ojos lo ven; sera difcil pasar por alto la pared de fuegoque desciende sobre m._____ 13 _____Mi primer impulso es bajar corriendo del rbol, pero estoy atadacon el cinturn. Consigo soltar la hebilla de algn modo y caigo alsuelo, todava envuelta en mi saco de dormir. No hay tiempo paraempaquetar nada. Por suerte, ya tengo la mochila y la botella dentrodel saco, as que meto el cinturn, me cuelgo el saco al hombro yhuyo.El mundo se ha transformado en un infierno de llamas y humo.Las ramas ardiendo caen de los rboles convertidas en lluvias dechispas a mis pies. No puedo hacer ms que seguir a los otros, a losconejos y ciervos, e incluso a una jaura de perros salvajes que correnpor el bosque. Confo en su direccin porque sus instintos estn msdesarrollados que los mos. Sin embargo, ellos son mucho msrpidos, vuelan por el bosque con gran agilidad, mientras que misbotas no dejan de tropezar con races y ramas cadas, y no puedoseguir su ritmo de ninguna manera.El calor es horrible, pero lo peor es el humo que amenaza conahogarme en cualquier momento. Me subo la camisa para taparme lanariz y me alegro de que est mojada de sudor, ya que eso me ofreceuna pequea proteccin. Y sigo corriendo, ahogndome, con el sacodndome botes en la espalda y la cara llena de cortes por las ramasque se materializan delante de m sin avisar, surgidas de la niebla gris,porque se supone que tengo que correr.Esto no ha sido una hoguera que se le haya descontrolado a untributo, ni tampoco un suceso accidental; las llamas que me acechantienen una altura antinatural, una uniformidad que las delata comoartificiales, creadas por humanos, creadas por los Vigilantes. Hoy haestado todo demasiado tranquilo; no ha habido muertes y quiz nisiquiera peleas, as que la audiencia del Capitolio empezaba aaletargarse y a comentar que estos juegos resultaban casi aburridos.Y los Juegos del Hambre no pueden ser aburridos.Es fcil entender la motivacin de los Vigilantes. Hay una manadade profesionales y despus estamos los dems, seguramenterepartidos a lo largo y ancho del estadio. Este incendio est diseado 113. para juntarnos, para que nos encontremos. Aunque puede que no seael dispositivo ms original que haya visto, es muy, muy eficaz. Salto por encima de un tronco ardiendo, pero no salto losuficiente; la parte de atrs de la chaqueta se quema, y tengo quedetenerme para quitrmela y apagar las llamas. Sin embargo, no meatrevo a abandonar la chaqueta, aunque est achicharrada y caliente;me arriesgo a meterla en el saco de dormir, esperando que la falta deaire termine de extinguir el fuego. Lo que llevo en la mochila es lonico que tengo, y ya es bastante poco para sobrevivir. En cuestin de minutos noto la garganta y la nariz ardiendo. Lastoses empiezan poco despus, y me da la impresin de que se mefren los pulmones. La incomodidad se convierte en angustia, hastaque cada vez que respiro noto una pualada de dolor que meatraviesa el pecho. Consigo refugiarme debajo de un saliente rocosojusto cuando empiezan los vmitos, y pierdo mi escasa cena y todo lodems que me quedase en el estmago. Me pongo a cuatro patas ysigo con las arcadas hasta que no hay nada ms que echar. S que tengo que seguir movindome, pero estoy temblando ymareada, jadeando por la falta de aire. Me permito tomar una gota deagua para enjuagarme la boca y escupir, y despus le doy un par detragos ms a la botella. Tienes un minuto --me digo--. Un minuto para descansar. Metomo ese tiempo para reordenar mis provisiones, enrollar el saco ymeter todo a lo bruto en la mochila. Se me acaba el minuto. S que hallegado el momento de moverse, pero el humo me ha dejado atontada.Los veloces animales que me guiaban me han dejado atrs y s queno he estado antes en esta parte del bosque, que no haba visto rocasgrandes como sta en mis anteriores excursiones. Adnde me llevanlos Vigilantes? De vuelta al lago? A un nuevo terreno lleno denuevos peligros? El ataque comenz justo cuando por fin lograbatener unas cuantas horas de paz. Habr alguna forma de avanzar enparalelo al estanque y regresar despus, al menos a por agua? Lapared de fuego debe terminar en alguna parte y no puede arder parasiempre. No porque los Vigilantes no puedan hacerlo, sino porque, denuevo, la audiencia se quejara. Si pudiera meterme detrs de la lneade fuego, evitara encontrarme con los profesionales. Cuando por findecido intentar dar la vuelta dando un rodeo, aunque eso conllevasevarios kilmetros de viaje para alejarme de este infierno y otroscuantos para volver, la primera bola de fuego se estrella contra la roca,a medio metro de mi cabeza. Salgo corriendo del saliente. El miedo 114. me da energa renovada. El juego ha dado un giro inesperado: el incendio es una excusapara hacer que nos movamos, para que la audiencia vea diversin deverdad. Cuando oigo el siguiente siseo, me tiro al suelo boca abajo sinentretenerme en mirar atrs, y la bola de fuego da en un rbol a miizquierda y lo envuelve en llamas. Quedarse quieta significa morir;apenas me he puesto en pie cuando la tercera bola golpea el lugar enel que estaba tumbada y levanta una columna de fuego a misespaldas. El tiempo pierde significado mientras intento esquivar losataques. No puedo ver desde dnde los lanzan, aunque no es unaerodeslizador, pues los ngulos no son lo bastante extremos.Seguramente han armado toda esta zona del bosque con lanzadoresde precisin escondidos en rboles o rocas. En algn lugar, en unahabitacin fresca e inmaculada, hay un Vigilante sentado delante deunos mandos, disparando los gatillos que podran acabar con mi vidaen cuestin de segundos; slo hace falta un blanco directo. Corro en zigzag, me agacho, me levanto de un salto y, entre unascosas y otras, me quito de la cabeza el vago plan de regresar alestanque. Las bolas de fuego son del tamao de manzanas, peroliberan una potencia enorme al hacer contacto. Tengo que utilizartodos mis sentidos al mximo para sobrevivir, no hay tiempo parajuzgar si un movimiento es correcto o no: si oigo un siseo, o acto omuero. Sin embargo, algo me hace seguir adelante; despus de toda unavida viendo los Juegos del Hambre en la tele, s que hay algunaszonas del estadio que estn preparadas para ciertos ataques y que, siconsigo salir de esta zona, quiz pueda alejarme del alcance de loslanzacohetes. Tambin es posible que acabe dentro de un nido devboras, pero ahora no puedo preocuparme por eso. Aunque no s cunto tiempo he pasado esquivando bolas defuego, finalmente, los ataques empiezan a decaer, lo que me pareceestupendo, porque vuelvo a sentir arcadas. Esta vez se trata de unasustancia cida que me quema la garganta y se me mete en la nariz.Me veo obligada a parar, entre convulsiones, intentandodesesperadamente librarme de los venenos que he absorbido duranteel ataque. Espero al siguiente siseo, a la siguiente seal para salircorriendo, pero no llega. La violencia de las arcadas ha hecho que seme salten las lgrimas, y me pican los ojos. Tengo la ropa empapadaen sudor y, de algn modo, a pesar del humo y el vmito, me llega elolor a pelo quemado. Me llevo la mano a la trenza y descubro que una 115. bola de fuego me ha achicharrado al menos quince centmetros; losmechones de pelo ennegrecido se me deshacen entre los dedos y mequedo mirndolos, fascinada por la transformacin, hasta que, derepente, vuelven los siseos.Mis msculos reaccionan, aunque esta vez no son lo bastanterpidos y la bola de fuego cae al suelo junto a m, no sin antesdeslizarse por mi pantorrilla derecha. Ver la pernera del pantaln enllamas me hace perder los nervios: me retuerzo y retrocedo a gatas,chillando, intentando apartarme del horror. Cuando por fin recupero elsentido comn, hago rodar la pierna por el suelo, lo que sirve paraapagarlo casi todo. Sin embargo, en ese momento, sin pensar, mearranco la tela que queda con las manos desnudas.Me siento en el suelo, a pocos metros del incendio que hacausado la bola. La pantorrilla me arde y tengo las manos llenas deampollas rojas; tiemblo demasiado para moverme. Si los Vigilantesquieren acabar conmigo, ste es el momento.Oigo la voz de Cinna, que me trae imgenes de telas lujosas ygemas resplandecientes: Katniss, la chica en llamas. Los Vigilantesdeben de estar muertos de risa con esto. An peor, puede que losbellos trajes de Cinna sean la razn de esta tortura concreta. S que lno poda preverlo y que debe de estar pasndolo mal porque, dehecho, creo que le importo. A pesar de todo, en perspectiva, quiz mehabra ido mejor si hubiese salido desnuda en el carro.El ataque ha terminado. Est claro que los Vigilantes no mequieren muerta, al menos todava. Todos saben que podrandestruirnos en cuanto suena el gong, pero el verdaderoentretenimiento de los juegos es ver cmo los tributos se matan entreellos. De vez en cuando matan a uno para que los dems jugadoressepan que pueden hacerlo, aunque, en general, lo que intentan esmanipularnos para que tengamos que enfrentarnos cara a cara. Esosignifica que, si ya no me disparan, hay al menos un tributo cerca.Me arrastrara hasta un rbol para refugiarme si pudiera, pero elhumo todava es lo bastante espeso para matarme. Me obligo alevantarme y me alejo cojeando del muro de llamas que ilumina elcielo. Parece que ya no me persigue, salvo con sus apestosas nubesnegras.Otra luz, la luz del da, empieza a surgir poco a poco, y los rayosde sol caen sobre los remolinos de humo. Tengo mala visibilidad,puedo ver a una distancia de unos trece metros a mi alrededor;cualquier tributo podra esconderse de m fcilmente. Debera sacar el 116. cuchillo como proteccin, pero dudo de mi capacidad para sostenerlodurante mucho rato. El dolor de las manos no puede compararse conel de la pantorrilla. Odio las quemaduras, siempre las he odiado,incluso las pequeas de sacar una sartn de pan del horno; para m esla peor clase de dolor, aunque nunca haba experimentado nada comoesto.Estoy tan cansada que ni siquiera noto que me encuentro en elestanque hasta que el agua me llega a los tobillos. El agua viene delarroyo que sale de una grieta en las rocas y est fresca, as que metolas manos dentro y siento un alivio instantneo. No es lo que siempredice mi madre? Qu el primer tratamiento para una quemadura es elagua fra? Que as se absorbe el calor? Pero ella se refera aquemaduras leves, como las de mis manos. Qu pasa con lapantorrilla? Aunque todava no he reunido el valor suficiente paraexaminarla, creo que se trata de una herida completamente distinta.Me tumbo boca abajo al borde del estanque durante un rato, conlas manos en el agua, y examino las llamitas de las uas, que yaempiezan a descascarillarse. Bien, he tenido fuego de sobra para todauna vida.Me limpio la sangre y la ceniza de la cara e intento recordar todolo que s sobre quemaduras. Son heridas comunes en la Veta, dondecocinamos y calentamos las casas con carbn; adems, estn losaccidentes de las minas... Una vez, una familia nos trajo a un joveninconsciente y le suplic a mi madre que lo ayudase. El mdico deldistrito, responsable de tratar a los mineros, lo haba dado por perdidoy le haba dicho a la familia que se lo llevase a casa a morir, pero ellosno lo aceptaban. Estaba tumbado en la mesa de la cocina,inconsciente. Vi de reojo la herida de su muslo, la carne abierta yachicharrada que dejaba el hueso al aire; despus, sal corriendo de lacasa, me met en el bosque y cac todo el da, perseguida por laimagen de aquella pierna espantosa y los recuerdos de la muerte demi padre. Lo ms divertido era que Prim, la que teme a su propiasombra, se qued para ayudar. Mi madre dice que un sanador nace,no se hace. Lo ayudaron en lo que pudieron, aunque el hombre muri,tal y como haba dicho el mdico.Mi pierna necesita atenciones, pero no me atrevo a mirarla. Y siest tan mal como la de aquel hombre y puedo verme el hueso?Entonces recuerdo a mi madre decir que, si una herida es grave, lavctima a veces no siente el dolor, porque los nervios quedandestrozados. Animada por la idea, me siento y me pongo la pierna 117. delante.Casi me desmayo al ver la pantorrilla: la carne est de un rojobrillante, cubierta de ampollas. Me obligo a respirar lenta yprofundamente, segura de que las cmaras estn emitiendo un primerplano de mi cara; no puedo parecer dbil si quiero patrocinadores. Loque te consigue ayuda no es la lstima, sino la admiracin cuando teniegas a rendirte. Corto los restos de la pernera del pantaln a laaltura de la rodilla y examino la herida ms de cerca. El rea quemadaes del tamao aproximado de mi mano y la piel no est ennegrecida.Me da la impresin de que puedo mojarla, as que la estiro concuidado y la meto en el estanque, apoyando el taln de la bota en unaroca, de modo que el cuero no se empape demasiado; despussuspiro, porque el agua me alivia un poco. S que existen hierbas queaceleraran la curacin, si las encontrase, aunque no logro recordarlas.Es probable que el agua y el tiempo sean mis mejores alternativas.Debera seguir movindome? El humo empieza a clarear, perosigue siendo demasiado espeso. Si contino alejndome del fuego,no ir directa a las armas de los profesionales? Adems, cada vezque levanto la pierna del agua, el dolor vuelve con energa renovada ytengo que meterla de nuevo. Las manos estn un poco mejor, puedensalir del estanque de vez en cuando, as que vuelvo a ordenar miscosas. Primero, lleno la botella de agua del estanque, la trato y,cuando pasa el tiempo necesario, empiezo a hidratarme. Al cabo deun rato, me obligo a mordisquear una galleta salada, lo que me ayudaa asentar el estmago. Desenrollo el saco de dormir y, exceptoalgunas marcas negras, est bastante bien. La chaqueta es otrahistoria: apesta y est achicharrada, y hay al menos treintacentmetros en la espalda que no tienen solucin. Corto la zonadaada y me quedo con una prenda que me llega justo debajo de lascostillas. Sin embargo, la capucha est intacta, y eso es mucho mejorque nada.A pesar del dolor, empiezo a adormecerme. Si me subiera a unrbol para intentar descansar sera un objetivo demasiado fcil.Adems, me resulta imposible abandonar el estanque. Ordeno misprovisiones, incluso llego a ponerme la mochila a la espalda, pero noconsigo alejarme. Veo algunas plantas acuticas con racescomestibles y me preparo una comida ligera con lo que me queda deconejo. Bebo un poco de agua y observo cmo el sol traza su lentoarco por el cielo. Acaso puedo ir a algn sitio ms seguro que ste?Me dejo caer sobre la mochila, vencida por el sueo. Si los 118. profesionales me quieren, que me encuentren --pienso antes dequedarme dormida--. Que me encuentren.Y vaya que si me encuentran. Por suerte, cuando oigo los pasosya estoy lista para moverme, porque tengo menos de un minuto deventaja. Ha empezado a caer la noche. En cuanto me despierto, melevanto y corro por el estanque, para despus meterme entre losarbustos. La pierna me frena, pero me da la impresin de que misperseguidores tampoco son tan veloces como antes del fuego. Losoigo toser y llamarse entre ellos con voces roncas.En cualquier caso, estn acercndose como una jaura de perrossalvajes, as que hago lo que he hecho siempre en talescircunstancias: escojo un rbol alto y empiezo a trepar. Si correr duele,trepar es atroz, porque no slo requiere esfuerzo, sino contacto directode las manos en la corteza. Sin embargo, soy rpida, y cuando llegana la base del tronco yo ya estoy a seis metros de altura. Durante unmomento nos detenemos todos y nos observamos; espero que nooigan cmo me late el corazn.ste podra ser el final, pienso. Qu posibilidades tengo frentea ellos? Han venido los seis, es decir, los cinco tributos profesionales yPeeta, y mi nico consuelo es que ellos tambin estn bastantemachacados. Sonren y gruen, seguros de que soy una presa fcil;aunque mi situacin parece desesperada, de repente me doy cuentade otra cosa: ellos son ms fuertes y grandes que yo, sin duda, perotambin pesan ms. Hay una razn por la que soy yo y no Gale la quesube a coger las frutas ms altas o a robar los nidos ms remotos:peso unos veinte o treinta kilos menos que el tributo ms pequeo.Ahora soy yo la que sonre.--Cmo va eso? --les grito, en tono alegre.Eso los sorprende, aunque s que al pblico le habr encantado.--Bastante bien --responde el chico del Distrito 2--. Y a ti?--Un clima demasiado clido para mi gusto --respondo; casi puedoor las risas en el Capitolio--. Aqu arriba se respira mejor. Por qu nosubs?--Creo que lo har --contesta el mismo chico.--Toma esto, Cato --le dice la chica del Distrito 1, ofrecindole elarco plateado y el carcaj con las flechas.Mi arco! Mis flechas!Verlos me pone tan furiosa que deseo gritar, gritarme a m y altraidor de Peeta por distraerme y evitar que los cogiese. Intento mirarloa los ojos, pero l parece evitarlo a propsito y se dedica a sacarle 119. brillo a su cuchillo con el borde de la camisa.--No --dice Cato, apartando el arco--. Me ir mejor con la espada.Veo el arma, una hoja corta y pesada que lleva colgada alcinturn.Le doy tiempo para que se suba al tronco antes de seguirtrepando. Gale siempre dice que le recuerdo a una ardilla por la formaen que corro sobre las ramas, incluso sobre las ms finas. Parte de larazn es mi peso, y la otra parte se debe a la prctica; hay que saberdnde colocar manos y pies. Cuando llevo otros nueve metros oigouna rama que se rompe y veo que Cato agita los brazos al caer, conrama incluida. Se da un buen golpe en el suelo y, mientras cruzo losdedos para que se haya roto el cuello, se pone en pie soltandopalabrotas como un loco.La chica de las flechas, a la que llaman Glimmer (aj, hay que verlos nombres que les ponen a los nios en el Distrito 1; luz trmula,nada menos), trepa por el rbol hasta que las ramas empiezan acrujirle bajo los pies y es lo bastante sensata para pararse. Ya estoy aveinticuatro metros, como mnimo. Intenta dispararme flechas, peroresulta evidente que no sabe utilizar el arco. Sin embargo, una de lasflechas se clava en el rbol, a mi lado, y logro cogerla. La agito en elaire, para burlarme de ella, como si se fuera mi nico propsito alcogerla, cuando en realidad pretendo usarla si alguna vez se mepresenta la oportunidad. Podra matarlos, matarlos a todos, si esasarmas de plata cayesen en mis manos.Los profesionales se reagrupan y los oigo gruir conspiracionesentre ellos, furiosos porque los he hecho parecer idiotas, pero ya hallegado el crepsculo y su ventana de oportunidad para atacarme secierra. Por fin oigo a Peeta decir, en tono duro:--Venga, vamos a dejarla ah arriba. Tampoco puede ir a ningunaparte; nos encargaremos de ella maana.Bueno, tiene razn en una cosa: no puedo ir a ninguna parte. Elalivio que me proporcion el agua del estanque ha desaparecido ysiento toda la gravedad de mis quemaduras. Bajo un poco hasta unarama en horquilla y me preparo la cama como puedo. Me pongo lachaqueta, extiendo el saco, me ato con el cinturn e intento no gemir.El calor del saco es demasiado para mi pierna, as que hago un corteen la tela y saco la pantorrilla al aire. Me echo agua en la herida y enlas manos.Se me ha acabado la bravuconera; el dolor y el hambre me handebilitado, pero no consigo comer. Aunque aguante toda la noche, 120. qu pasar por la maana? Me quedo mirando las hojas intentandoobligarme a descansar, aunque sin xito; las quemaduras no me lopermiten. Los pjaros se acuestan y cantan nanas a sus polluelos;salen las criaturas de la noche; oigo ulular a un bho y el dbil olor deuna mofeta atraviesa el humo; los ojos de algn animal me observandesde el rbol vecino (quiz sea una zarigeya), reflejando la luz delas antorchas de los profesionales. De repente, me enderezo, apoyadaen un codo: no son ojos de zarigeya, s muy bien cmo brillan. Dehecho, no son los ojos de ningn animal. La distingo gracias a losltimos rayos de luz apagada, me observa en silencio desde un huecoentre las ramas. Es Rue. Cunto tiempo lleva ah? Probablemente desde el principio,inmvil e invisible mientras se desarrollaba la accin a sus pies. Quizsubiera a su rbol justo antes que yo, al or que se acercaba lamanada. Nos miramos durante un rato y despus, sin mover ni una hoja,las manitas de la chica salen al descubierto y apuntan a algo porencima de mi cabeza._____ 14 _____ Sigo la direccin de sus dedos; al principio, no tengo ni idea dequ me seala, pero entonces veo una vaga forma unos cinco metrosms arriba. Qu es? Alguna clase de animal? Parece del tamao deun mapache, aunque cuelga del fondo de una rama y se balancealigeramente. Hay algo ms; entre los familiares sonidos nocturnos,noto un suave zumbido. Entonces lo entiendo: es un nido de avispas. Estoy muerta de miedo, pero tengo el sentido comn suficientepara quedarme quieta. Al fin y al cabo, no s de qu tipo de avispas setrata; podran ser las normales, las de djanos tranquilas y tedejaremos tranquila. Sin embargo, estoy en los Juegos del Hambre ylo normal no es encontrarse con algo normal. Lo ms probable es quese trate de una de esas mutaciones del Capitolio, las rastrevspulas.Como los charlajos, estas avispas asesinas se crearon en laboratorio yse colocaron estratgicamente en los distritos, como minas, durante laguerra. Son ms grandes que las avispas normales, tienen uninconfundible cuerpo dorado y un aguijn que provoca un bulto deltamao de una ciruela con solo tocarlo. Casi nadie tolera ms de unascuantas picaduras y algunos mueren al instante. Si vives, las 121. alucinaciones producidas por el veneno han llevado a algunos a lalocura; adems, estas avispas persiguen a cualquiera que las hayamolestado e intentan asesinarlo. De ah viene el rastreadoras queforma parte de su nombre. Despus de la guerra, el Capitolio destruy todos los nidos querodeaban la ciudad, pero los que estaban cerca de los distritos sequedaron, supongo que como un recordatorio ms de nuestradebilidad, igual que los Juegos del Hambre. Son otra razn paraquedarse dentro de los lmites de la alambrada del Distrito 12. CuandoGale y yo nos topamos con un nido de rastrevspulas, cambiamos dedireccin inmediatamente. Entonces, es eso lo que tengo encima? Miro a Rue, en busca deayuda, pero se ha fundido con el rbol. Teniendo en cuenta mis circunstancias, supongo que da igual quclase de avispas sean, ya que estoy herida y atrapada. La oscuridadme ha dado un ligero respiro, pero, cuando salga el sol, losprofesionales ya tendrn un plan para matarme. No pueden hacer otracosa despus de que los dejara en ridculo. Puede que este nido seami nica opcin; si puedo dejarlo caer sobre ellos, quiz logre escapar,aunque me jugara la vida en el proceso. Por supuesto, no puedo acercarme al nido lo suficiente como paracortarlo; tendr que serrar la rama del tronco y dejar que caiga todo.La sierra de mi cuchillo debera bastarme, aunque me dejarn mismanos? Y despertar al enjambre con la vibracin? Y si losprofesionales descubren lo que estoy haciendo y trasladan sucampamento? Eso lo fastidiara todo. Me doy cuenta de que mi mejor opcin para cortar la rama sin quenadie se entere es durante el himno, que podra empezar en cualquiermomento. Salgo a rastras del saco, me aseguro de tener el cuchillo enel cinturn y empiezo a subir por el rbol. Esto es ya de por speligroso, porque las ramas son finas hasta para m, pero sigoadelante. Cuando llego a la rama que soporta el nido, el zumbido sehace ms claro, aunque sigue siendo algo suave para tratarse derastrevspulas. Es el humo --pienso--, las ha sedado. Era la nicadefensa que encontraron los rebeldes para luchar contra ellas. El sello del Capitolio brilla sobre m y empieza a atronar el himno.Ahora o nunca, pienso, y comienzo a serrar. Conforme arrastro elcuchillo adelante y atrs se me revientan las ampollas de la manoderecha. Una vez hecha la ranura, el trabajo es menos pesado,aunque sigue siendo casi ms de lo que puedo soportar. Aprieto los 122. dientes y sigo cortando, mirando al cielo de vez en cuando paracomprobar que no ha habido muertes. No pasa nada, la audienciaestar satisfecha con mi herida, el rbol y la manada que tengodebajo. Sin embargo, el himno se acaba y todava me queda un cuartode rama cuando se acaba la msica, se oscurece el cielo y me veoobligada a parar. Y ahora qu? Podra terminar el trabajo a ciegas, pero quiz nosea lo ms inteligente. Si las avispas estn demasiado atontadas, si elnido se queda enganchado en la cada, si intento escapar, todo estopodra ser una mortfera prdida de tiempo. Creo que lo mejor esvolver aqu arriba al alba y lanzarles el nido a mis enemigos. A la escasa luz de las antorchas de los profesionales, voy bajandohasta mi rama y me encuentro con la mejor sorpresa posible: sobre misaco de dormir hay un botecito de plstico unido a un paracadasplateado. Mi primer regalo de un patrocinador! Haymitch debe dehaberlo enviado durante el himno. El botecito me cabe en la palma dela mano. Qu puede ser? Comida no, seguro. Abro la tapa y s, porel olor, que es medicina. Toco con precaucin la superficie delungento y desaparece el dolor de la punta del dedo. --Oh, Haymitch --susurro--. Gracias. No me ha abandonado, no me ha dejado para que me las apaesola. La medicina debe de haberle supuesto un gasto astronmico,seguro que han hecho falta unos cuantos patrocinadores para comprareste botecito diminuto. Para m, no tiene precio. Meto dos dedos en el tarro y me embadurno con cuidado lapantorrilla. El efecto es casi mgico, borra el dolor con slo tocarla ydeja una agradable sensacin de frescor. No se trata de uno de losremedios de hierbas de mi madre, de esos que consigue machacandolas plantas del bosque, sino una medicina de alta tecnologa creada enlos laboratorios del Capitolio. Cuando termino con la pantorrilla, meecho un poquito en las manos. Despus envuelvo el bote en elparacadas y me lo guardo en la mochila. Como ya no me duele tanto,consigo colocarme en posicin y quedarme dormida. Un pjaro que se ha colocado a pocos metros de m me avisa deque est amaneciendo. Bajo la luz gris de la maana, me examino lasmanos: la medicina ha transformado los parches rojo intenso en unasuave piel rosa de beb. La pierna sigue inflamada, porque esaquemadura era mucho ms profunda. Le pongo otra capa de pomaday guardo mis cosas en silencio. Pase lo que pase, tengo que moverme 123. deprisa. Tambin me como una galleta y un trozo de cecina, y bebounas cuantas tazas de agua. Ayer lo vomit casi todo y ya empiezo anotar los efectos del hambre.Los profesionales y Peeta siguen dormidos en el suelo. Por suposicin, apoyada en el tronco del rbol, creo que Glimmer era laencargada de montar guardia, pero el cansancio ha podido con ella.Aunque entrecierro los ojos para intentar examinar el rbol quetengo al lado, no veo a Rue. Como fue ella la que me dio el aviso, lojusto parece avisarla; adems, si muero hoy, quiero que gane ella. Pormucho que signifique algo de comida extra para mi familia, la idea deque Peeta sea declarado vencedor me resulta insoportable.Susurro el nombre de Rue y los ojos aparecen de inmediato,abiertos y alerta. Me seala de nuevo el nido, yo levanto el cuchillo yhago el movimiento de serrar, y ella asiente y desaparece. Se oye unsusurro en un rbol cercano y despus en otro ms all; me doycuenta de que est saltando de un rbol a otro. Apenas logro contenerla risa. Es esto lo que les ense a los Vigilantes? Me la imaginovolando sobre el equipo de entrenamiento sin llegar a tocar el suelo;se mereca por lo menos un diez.Por el este empiezan a llegar unos rayos de sol rosados, nopuedo permitirme esperar ms. Comparado con el dolor atroz de lasubida al rbol de anoche, esto est chupado; cuando llego a la ramaque sostiene el nido, coloco el cuchillo en la ranura. Estoy a punto deserrarla cuando veo que se mueve algo dentro del nido: es elreluciente brillo dorado de una rastrevspula que sale con aireperezoso a la apergaminada superficie gris. No cabe duda de que estalgo atontada, pero la avispa est despierta, lo que significa que lasdems saldrn pronto. Me sudan las palmas de las manos a travs dela pomada y hago lo que puedo por secrmelas en la camisa. Si notermino de cortar la rama en cuestin de segundos, todo el enjambrepodra echrseme encima.No tiene sentido retrasarlo, as que respiro hondo, cojo el cuchillopor el mango y corto con todas mis fuerzas. Adelante, atrs,adelante, atrs! Las rastrevspulas empiezan a zumbar y las oigosalir. Adelante, atrs, adelante, atrs! Noto una pualada de doloren la rodilla, y s que una de ellas me ha encontrado y que las otrasse le unirn. Adelante, atrs, adelante, atrs. Y, justo cuando elcuchillo llega al final, empujo el extremo de la rama lo ms lejos de mque puedo. Se estrella contra las ramas inferiores, enganchndose uninstante en algunas de ellas, pero cayendo despus hasta dar en el 124. suelo con un buen golpe. El nido se abre como un huevo y un furiosoenjambre de rastrevspulas alzan el vuelo. Siento una segunda picadura en la mejilla, una tercera en elcuello, y su veneno me deja mareada casi al instante. Me agarro alrbol con un brazo mientras me arranco los aguijones dentados con laotra. Por suerte, slo esas tres avispas me identifican antes de lacada del nido, as que el resto de los insectos se dirigen a losenemigos del suelo. Es el caos. Los profesionales se han despertado con un ataque agran escala de rastrevspulas. Peeta y unos cuantos ms tienen lasensatez suficiente para soltarlo todo y salir pitando. Oigo gritos deAl lago, al lago!, e imagino que esperan perder a las avispasmetindose en el agua. Debe de estar cerca si creen que puedenllegar all antes que los furiosos insectos. Glimmer y otra chica, la delDistrito 4, no tienen tanta suerte; reciben muchas picaduras antes deperderse de vista. Parece que Glimmer se ha vuelto completamenteloca, chilla e intenta apartar las avispas dndoles con el arco, lo queno sirve de nada. La chica del Distrito 4 se aleja tambalendose,aunque dira que no tiene muchas posibilidades de llegar al lago. Veocaer a Glimmer, que se retuerce en el suelo como una histricadurante unos minutos y despus se queda inmvil. El nido ya no es ms que una carcasa vaca. Los insectos hansalido en persecucin de los otros y no creo que vuelvan, aunque noquiero arriesgarme. Bajo a toda prisa del rbol y salgo corriendo endireccin opuesta al lago. El veneno de los aguijones me marea, perologro regresar a mi pequeo estanque y sumergirme en el agua, slopor si las avispas todava me siguen la pista. Al cabo de cinco minutosme arrastro hasta las rocas. La gente no exageraba sobre el efecto deestas picaduras; de hecho, el bulto de mi rodilla tiene el tamao deuna naranja, ms que de una ciruela, y los agujeros dejados por losaguijones rezuman un lquido verde apestoso. Hinchazn, dolor, lquido verde; Glimmer retorcindose en elsuelo hasta morir; son muchas cosas por asimilar y ni siquiera haamanecido del todo. No quiero ni pensar en el aspecto que tendr lachica ahora: el cuerpo desfigurado, los dedos hinchadosendurecindose sobre el arco... El arco! En algn lugar de mi mente embotada dos ideas logranconectarse y hacen que me ponga en pie para volver con pasotambaleante a travs de los rboles. El arco, las flechas, tengo quecogerlos. Todava no he odo los caones, as que quiz Glimmer est 125. en una especie de coma, con el corazn luchando contra el veneno delas avispas. Sin embargo, en cuanto se pare y el caonazo certifiquesu muerte, un aerodeslizador bajar para llevarse su cadver, y con lel nico arco y las nicas flechas que he visto hasta ahora en losjuegos. Me niego a dejarlos escapar de nuevo!Llego hasta Glimmer justo cuando suena el caonazo. No hayrstrevspulas a la vista y esta chica, la que una vez estuvo tan bellacon su vestido dorado en la noche de las entrevistas, ha quedadoirreconocible. Han borrado sus facciones, tiene las extremidades eltriple de grandes de lo normal y los bultos de los aguijones hanempezado a estallar, supurando lquido verde ptrido sobre ella.Tengo que romperle varios dedos (lo que antes eran sus dedos) conuna piedra para soltar el arco. El carcaj de flechas est atrapadodebajo de ella, as que intento darle la vuelta al cuerpo tirando de unbrazo, pero la carne se desintegra al tocarla y me caigo de culo.Es esto real? O han empezado las alucinaciones? Aprieto losojos con fuerza, intento respirar por la boca y me ordeno no vomitar. Eldesayuno debe quedarse dentro, quiz no sea capaz de cazar hastadentro de varios das. Suena un segundo caonazo, supongo que lachica del Distrito 4 acaba de morir. Me doy cuenta de que los pjarosse callan y despus dejan escapar una sola nota, lo que significa queel aerodeslizador est a punto de aparecer. Desconcertada, creo queviene a por Glimmer, aunque no tiene sentido del todo, porque yo sigoaqu, todava luchando por las flechas. Me pongo de rodillas y losrboles empiezan a girar sobre m. Veo el aerodeslizador en el cielo,as que me lanzo sobre el cadver de Glimmer como si desearaprotegerlo, pero veo que se llevan por los aires a la chica del Distrito 4.--Hazlo ya! --me grito.Aprieto la mandbula, meto las manos debajo de Glimmer, agarrolo que deberan ser sus costillas y consigo ponerla boca abajo. Estoyhiperventilando, no puedo evitarlo, es todo una pesadilla y estoyperdiendo el sentido de la realidad. Tiro del carcaj plateado, pero estenganchado en algo, enganchado en su omplato, en algo; por fin sesuelta. Justo cuando tengo el carcaj en mis manos oigo pasos, variospies que se acercan a travs de la maleza, y me doy cuenta de quehan vuelto los profesionales. Vuelven para matarme, para recuperarsus armas o para ambas cosas.Sin embargo, es demasiado tarde para correr. Cojo una de lasfinas flechas del carcaj e intento colocarla en la cuerda del arco, pero,en vez de una cuerda, veo tres, y el hedor de las picaduras es tan 126. asqueroso que no consigo hacerlo. No puedo hacerlo.Me siento impotente cuando llega el primer cazador, con la lanzaen alto, listo para atacar. La sorpresa de Peeta no me dice nada; mequedo esperando el golpe, pero l baja el brazo.--Por qu sigues aqu? --me sisea. Lo miro sin entender nadamientras observo la gota de agua que cae de la picadura que tienebajo la oreja. Todo su cuerpo empieza a brillar, como si se hubieseempapado de roco--. Te has vuelto loca? --Me empuja con laempuadura de la lanza--. Levanta, levanta! --Me levanto, y l sigueempujndome. Qu? Qu est pasando? Me pega un buenempujn para alejarme--. Corre! --grita--. Corre!Detrs de l, Cato se abre camino a travs de los arbustos. ltambin est hmedo y tiene una picadura muy fea bajo un ojo. Veoun rayo de sol reflejndose en su espada y hago lo que me dice Peeta;agarro con fuerza arco y flechas, y salgo disparada entre tropezoneshacia los rboles que han surgido de la nada. Dejo atrs mi estanque yme adentro en bosques desconocidos. El mundo empieza a doblarsede forma alarmante. Una mariposa se hincha hasta alcanzar el tamaode una casa y despus estalla en un milln de estrellas; los rboles setransforman en sangre y me salpican las botas; me salen hormigas delas ampollas de las manos y no puedo quitrmelas de encima; mesuben por los brazos y por el cuello. Alguien grita, un grito agudo queno se interrumpe para respirar; tengo la vaga sensacin de que soyyo. Tropiezo y me caigo en un pequeo pozo recubierto de burbujitasnaranja que zumban como el nido de rastrevspulas. Me hago unovillo, con las rodillas bajo la barbilla, y espero la muerte.Enferma y desorientada, slo se me ocurre una cosa: PeetaMellark me acaba de salvar la vida.Entonces las hormigas se me meten en los ojos y me desmayo. _____ 15 _____ Me meto en una pesadilla de la que despierto slo paraencontrarme con algo an peor. Las cosas que ms miedo me dan, lascosas que ms temo que le sucedan a los dems, se manifiestan conunos detalles tan vividos que me parecen reales. Cada vez que medespierto pienso que por fin se ha acabado todo, pero no, tan slo esel comienzo de un nuevo captulo de torturas. De cuntas formas he 127. visto morir a Prim? Cuntas veces he revivido los ltimos momentosde mi padre? Cuntas veces he sentido que me desgarraban elcuerpo? As funciona el veneno de las avispas, especialmente creadopara atacar el punto del cerebro encargado del miedo. Cuando por fin vuelvo en m, me quedo tumbada, esperando a lasiguiente ola de imgenes. Sin embargo, al cabo de un rato aceptoque mi cuerpo ha expulsado el veneno, dejndome destrozada y dbil.Sigo tumbada de lado, en posicin fetal. Me llevo una mano a los ojosy compruebo que estn enteros, sin rastro de las hormigas que nuncaexistieron. El mero hecho de estirar las extremidades me supone unesfuerzo enorme; me duelen tantas cosas que no merece la penahacer inventario. Consigo sentarme muy, muy despacio. Estoy en unagujero poco profundo que no est lleno de las ruidosas burbujasnaranja de mis alucinaciones, sino de viejas hojas muertas. Tengo laropa hmeda, pero no s si es de agua, roco, lluvia o sudor. Me pasoun buen rato sin poder hacer nada ms que darle traguitos a la botellay observar un escarabajo que se arrastra por el lateral de un arbustode madreselva. Cunto tiempo llevo inconsciente? Era por la maana cuandoperd la razn y ahora es por la tarde, aunque tengo las articulacionestan rgidas que me parece que ha pasado ms de un da, quiz dos. Sies as, no tengo forma de saber qu tributos han sobrevivido al ataquede las rastrevspulas. Est claro que Glimmer y la chica del Distrito 4no siguen vivas, pero estaban el chico del Distrito 1, los dos del Distrito2 y Peeta. Han muerto por las picaduras? Si estn vivos, deben dehaberlo pasado tan mal estos das como yo. Y qu pasa con Rue?Es tan pequea que no hara falta mucho veneno para acabar con ella.Sin embargo..., las avispas tendran que cogerla primero, y la nia lesllevaba cierta ventaja. Noto un sabor asqueroso a podrido en la boca, y el agua pocopuede hacer por eliminarlo. Me arrastro hasta el arbusto demadreselva y arranco una flor; le quito con cuidado el estambre y medejo caer la gota de nctar en la lengua. El dulzor se extiende por laboca, me pasa por la garganta y me calienta las venas con recuerdosdel verano, los bosques de mi hogar y la presencia de Gale a mi lado.Por algn motivo, recuerdo la discusin que tuvimos la ltima maana. --Sabes qu? Podramos hacerlo. --El qu? --Dejar el distrito, huir, vivir en el bosque. T y yo podramoshacerlo. 128. Y, de repente, dejo de pensar en Gale y me acuerdo de Peeta...Peeta! Me ha salvado la vida!, o eso creo. Porque, cuando nosencontramos, ya no distingua bien qu era real y qu me haba hechoimaginar el veneno de las avispas. Sin embargo, si lo hizo, y miinstinto me dice que as es. Por qu? Se limita a explotar la idea delchico enamorado que puso en marcha en la entrevista? O de verdadintentaba protegerme? Y, si lo haca, por qu se haba unido a losprofesionales? No tena ningn sentido.Durante un instante me pregunto cmo ver Gale el incidente,pero despus me lo quito de la cabeza, porque, por algn motivo, Galey Peeta no coexisten bien en mis pensamientos.As que me centro en la nica cosa buena que me ha pasadodesde que llegu al estadio: tengo arco y flechas! Una docenacompleta de flechas, si contamos la que saqu del rbol. No tienen nirastro de la nociva baba verde que sali del cadver de Glimmer (loque me lleva a pensar que quiz no fuera del todo real), aunque sbastante sangre seca. Las puedo limpiar despus, pero decidoentretenerme un minuto disparando a un rbol. Se parecen ms a lasarmas del Centro de Entrenamiento que a las que tengo en casa; encualquier caso, qu ms da? Puedo soportarlo.Las armas me dan una perspectiva completamente nueva de losjuegos. Aunque s que tengo que enfrentarme a unos oponentesduros, ya no soy la presa que corre y se esconde o que adoptamedidas desesperadas. Si Cato surgiera ahora de entre los rboles,no huira, disparara. Me doy cuenta de que espero con impacienciaese momento.Sin embargo, primero debo ponerme fuerte, porque vuelvo a estarmuy deshidratada y mi reserva de agua est en niveles peligrosos. Heperdido los kilos de ms que consegu engordar atiborrndome en elCapitolio, adems de otros cuantos kilos propios. No recuerdo habertenido tan marcados los huesos de las caderas y las costillas desdeaquellos horribles meses que siguieron a la muerte de mi padre.Adems, estn las heridas: quemaduras, cortes y moratones porcaerme entre los rboles, y tres picaduras de avispa, que estn tanirritadas e hinchadas como al principio. Me echo la pomada en lasquemaduras e intento hacer lo mismo en los bultos, pero no surteefecto. Mi madre conoca un tratamiento para esto, un tipo de hoja quepoda extraer el veneno; como apenas sola usarlo, no recuerdo ni sunombre, ni su apariencia.Primero, el agua --pienso--. Ahora puedes cazar mientras 129. avanzas.Me resulta fcil seguir la direccin por la que vine, gracias a lasenda de destruccin que abri mi cuerpo enloquecido a travs delfollaje. De modo que me alejo en direccin contraria, esperando quemis enemigos sigan encerrados en el mundo surrealista del veneno delas rastrevspulas.No puedo andar demasiado deprisa, pues mis articulaciones seniegan a hacer movimientos abruptos, pero mantengo el paso lento delcazador, el que uso cuando rastreo animales. En pocos minutos divisoun conejo y mato mi primera presa con el arco. Aunque no es uno demis tiros limpios de siempre, lo acepto. Al cabo de una hora encuentroun arroyo poco profundo y ancho, ms que suficiente para lo quenecesito. El sol cae con fuerza, as que, mientras espero a que sepurifique el agua, me quedo en ropa interior y me meto en la corriente.Estoy mugrienta de pies a cabeza. Intento echarme agua encima, peroal final acabo tumbndome en el agua unos minutos, dejando que laveel holln, la sangre y la piel que ha empezado a desprenderse de lasheridas. Despus de enjuagar la ropa y colgarla en unos arbustos paraque se seque, me siento en la orilla durante un rato y me desenredo elpelo con los dedos. Recupero el apetito, y me como una galleta y unatira de cecina. Despus le limpio la sangre a mis armas plateadas conun poco de musgo.Ms fresca, me vuelvo a tratar las quemaduras, me trenzo el peloy me pongo la ropa mojada; s que el sol la secar rpidamente.Seguir el curso del arroyo contracorriente parece lo ms apropiado.Ahora estoy avanzando cuesta arriba, cosa que prefiero, con unafuente de agua no slo para m, sino tambin para posibles presas.Derribo fcilmente un extrao pjaro que debe de ser una especie depavo silvestre; en cualquier caso, me parece bastante comestible. Altima hora de la tarde decido encender un pequeo fuego paracocinar la carne, suponiendo que el crepsculo ayudar a ocultar elhumo y que tendr la hoguera apagada cuando caiga la noche. Limpiolas piezas, prestando especial atencin al pjaro, pero no veo quetenga nada alarmante. Una vez arrancadas las plumas, no es msgrande que un pollo, y est gordito y firme. Cuando pongo el primermontn sobre los carbones, oigo una rama que se rompe.Me vuelvo hacia el sonido, y saco arco y flecha con un solomovimiento. No hay nadie; al menos, que yo vea. Entonces distingo lapunta de una bota de nia asomando por detrs del tronco de unrbol; me relajo y sonro. Esta cra puede moverse por los bosques 130. como una sombra, hay que reconocerlo. Si no, cmo podra habermeseguido? Las palabras surgen antes de poder detenerlas.--Sabes que ellos no son los nicos que pueden aliarse? --digo.No obtengo respuesta durante un momento, pero entonces unode los ojos de Rue sale del cobijo del rbol.--Quieres que seamos aliadas?--Por qu no? Me has salvado de esas rastrevspulas, eres lobastante lista para seguir viva y, de todos modos, no me libro de ti.--Ella parpadea, intentando decidirse--. Tienes hambre? --Veo quetraga saliva de forma visible y observa la carne--. Pues ven, hoy hematado dos presas.--Puedo curarte las picaduras --dice la nia, dando un pasovacilante hacia m.--De verdad? Cmo? --Ella mete la mano en su mochila y sacaun puado de hojas. Estoy casi segura de que son las que usa mimadre--. Dnde las has encontrado?--Por ah. Todos las llevamos cuando trabajamos en los huertos;all dejaron muchos nidos. Aqu tambin hay muchos.--Es verdad, eres del Distrito 11. Agricultura. Huertos, eh? Poreso eres capaz de volar por los rboles como si tuvieses alas. --Ruesonre. He dado con una de las pocas cosas que admite con orgullo--.Bueno, venga, crame.Me dejo caer junto al fuego y me remango la pernera paradescubrir la picadura de la rodilla. Rue me sorprende metindose unpuado de hojas en la boca y masticndolas. Mi madre usara otrosmtodos, pero tampoco me quedan muchas opciones. Al cabo de unminuto, Rue comprime un buen montn de hojas masticadas y me loescupe en la rodilla.--Ohhh --digo, sin poder evitarlo. Es como si las hojas filtrasen eldolor de la picadura y lo expulsasen.--Menos mal que tuviste la sensatez de sacarte los aguijones--comenta Rue, despus de soltar unas risillas--. Si no, estaras muchopeor.--El cuello! La mejilla! --exclamo, casi suplicante.Rue se mete otro puado de hojas en la boca y, al cabo de unmomento, me ro a carcajadas, porque el alivio es maravilloso. Veoque la nia tiene una larga quemadura en el brazo.--Tengo algo para eso. --Dejo a un lado las armas y le extiendo lapomada en el brazo.--Tienes buenos patrocinadores --dice ella, anhelante. 131. --Te han enviado algo? --pregunto, y ella sacude la cabeza--.Pues lo harn, ya vers. Cuanto ms cerca estemos del final, msgente se dar cuenta de lo lista que eres. Le doy la vuelta a la carne. --No estabas bromeando, verdad? Sobre lo de aliarnos. --No, lo deca en serio. Casi oigo los gruidos de Haymitch al ver que me junto con estania menuda, pero la quiero a mi lado porque es una superviviente,porque confo en ella y, por qu no admitirlo, porque me recuerda aPrim. --Vale --responde, y me ofrece la mano. Le doy la ma--. Tratohecho. Por supuesto, este tipo de trato slo puede ser temporal, peroninguna de las dos lo menciona. Rue aporta a la comida un buen puado de una especie de racescon aspecto de tener almidn. Al asarlas al fuego saben agridulces,como la chiriva. Adems, la nia reconoce el pjaro, un ave silvestre ala que llaman granso en su distrito. Dice que a veces una bandadallega al huerto y ese da todos comen bien. La conversacin se detieneun momento mientras nos llenamos la tripa. El granso tiene una carnedeliciosa, tan jugosa que te caen gotitas de grasa por la cara cuandola muerdes. --Oh --dice Rue, suspirando--. Nunca haba tenido un muslo param sola. Ya me lo imagino; seguro que apenas consigue comer carne. --Coge otro. --En serio? --Coge todo lo que quieras. Ahora que tengo arco y flechas,puedo cazar ms. Adems, tengo trampas y puedo ensearte aponerlas. --Rue sigue mirando el muslo con incertidumbre--. Venga,cgelo --insisto, ponindole la pata en las manos--. De todos modos,se pondr malo en unos das, y tenemos todo el pjaro y el conejo.--Una vez le pone la mano encima al muslo, su apetito gana la batallay le pega un buen mordisco--. Crea que en el Distrito 11 tendrais unpoco ms para comer que nosotros. Ya sabes, como cultivis lacomida... --Oh, no, no se nos permite alimentarnos de los cultivos--responde Rue, con los ojos muy abiertos. --Te detienen o algo? --Te azotan delante de todo el mundo. El alcalde es muy estricto 132. con eso.Por su expresin deduzco que no es algo poco comn. En elDistrito 12 no suele haber flagelaciones pblicas, aunque suceden devez en cuando. En teora, a Gale y a m podran azotarnos todos losdas por ser cazadores furtivos (bueno, en teora podran hacernosalgo mucho peor), pero todos los funcionarios compran nuestra carne.Adems, al alcalde, el padre de Madge, no parecen gustarle muchoese tipo de acontecimientos. Tal vez ser el distrito ms desprestigiado,pobre y ridiculizado del pas tiene sus ventajas, como, por ejemplo,que el Capitolio no nos haga apenas caso, siempre que produzcamosnuestro cupo de carbn.--Vosotros tenis todo el carbn que queris? --me preguntaRue.--No, slo lo que compramos y lo que se nos enganche en lasbotas.--A nosotros nos dan un poco ms de comida en tiempo decosecha, para que aguantemos ms.--No tienes que ir al colegio?--Durante la cosecha, no, todos trabajamos --me explica.Es interesante or cosas sobre su vida. Tenemos muy pocacomunicacin con los que viven fuera de nuestro distrito. De hecho,me pregunto si los Vigilantes estarn bloqueando nuestraconversacin, porque, aunque la informacin parece inofensiva, noquieren que la gente de un distrito sepa lo que pasa en los otros.Siguiendo la sugerencia de Rue, sacamos toda la comida quetenemos, para organizamos. Ella ya ha visto casi toda la ma, peroaado el ltimo par de galletas saladas y las tiras de cecina a la pila.Ella ha recogido una buena coleccin de races, nueces, vegetales yhasta algunas bayas.Cojo una baya que no me resulta familiar.--Ests segura de que es inofensiva?--Oh, s, en casa tenemos. Llevo varios das comindolas--responde, metindose un puado en la boca.Le doy un mordisco de prueba a una y sabe tan bien comonuestras moras. Cada vez estoy ms segura de que aliarme con Rueha sido buena idea. Dividimos la comida; as, si nos separamos,estaremos abastecidas durante unos das. Aparte de la comida, ellatiene un pequea bota con agua, una honda casera y un par decalcetines de recambio. Tambin lleva un trozo de roca afilada queutiliza como cuchillo. 133. --S que no es gran cosa --dice, como si se avergonzara--, perotena que salir de la Cornucopia a toda prisa. --Hiciste bien --respondo. Cuando saco todo mi equipo, ella ahoga un grito al ver las gafasde sol. --Cmo las has conseguido? --Estaban en la mochila. Hasta ahora no me han servido de nada,no bloquean el sol y hacen que resulte difcil ver con ellas --respondo,encogindome de hombros. --No son para el sol, son para la oscuridad --exclama Rue--. Aveces, cuando cosechamos de noche, nos dan unos cuantos pares alos que estamos en la parte ms alta de los rboles, donde no llega laluz de las antorchas. Una vez, un chico, Martin, intent quedarse lassuyas; se las escondi en los pantalones. Lo mataron en el acto. --Mataron a un chico por llevarse una cosa de stas? --S, y todos saban que Martin no era peligroso. No estaba biende la cabeza, es decir, segua comportndose como un cro de tresaos. Slo quera las gafas para jugar. Or esto hace que el Distrito 12 me parezca una especie derefugio. Est claro que la gente muere de hambre sin parar, pero nome imagino a los agentes de la paz asesinando a un nio simpln.Hay una niita, una de las nietas de Sae la Grasienta, que siempreest dando vueltas por el Quemador. No est del todo bien de lacabeza, pero la tratan como una mascota; la gente le da las sobras ycosas as. --Y para qu sirven? --le pregunto a Rue, cogiendo las gafas. --Te permiten ver a oscuras. Prubalas esta noche, cuando sevaya el sol. Le doy a Rue algunas cerillas y ella se asegura de que tengahojas de sobra, por si se me hinchan otra vez las picaduras.Apagamos la hoguera y nos dirigimos arroyo arriba hasta que est apunto de anochecer. --Dnde duermes? --le pregunto--. En los rboles? --Ellaasiente--. Abrigada con la chaqueta, nada ms? --Tengo esto para las manos --responde, ensendome loscalcetines de repuesto. --Puedes compartir el saco de dormir conmigo, si quieres --leofrezco; me acuerdo bien de lo fras que han sido las noches--. Lasdos cabemos de sobra. --Se le ilumina la cara y s que es ms de loque se atreva a desear. 134. Elegimos una rama de la parte alta de un rbol y nosacomodamos para pasar la noche justo cuando empieza a sonar elhimno. Hoy no ha muerto nadie. --Rue, acabo de despertarme hoy. Cuntas noches me heperdido? El himno debera ahogar nuestras palabras, pero, aun as,susurro. Incluso tomo la precaucin de taparme los labios con lamano, porque no quiero que la audiencia sepa lo que estoy pensandocontarle sobre Peeta. Ella se da cuenta y hace lo mismo. --Dos. Las chicas de los distritos 1 y 4 estn muertas. Quedamosdiez. --Pas una cosa muy rara. Al menos, eso creo, aunque puede queel veneno de las rastrevspulas me hiciese imaginar cosas. Sabesquin es el chico de mi distrito? Peeta? Creo que me ha salvado lavida, pero estaba con los profesionales. --Ya no est con ellos. Los he espiado en su campamento, juntoal lago. Regresaron antes de derrumbarse por el veneno, pero l noiba con ellos. Quiz te salvara de verdad y tuviera que huir. No respondo. Si, de hecho, Peeta me salv, vuelvo a estar endeuda con l, y esta deuda no puedo pagrsela. --Si lo hizo, seguramente sera parte de su actuacin. Ya sabes,para que la gente se crea que me quiere. --Oh --dice Rue, pensativa--. A m no me pareci una actuacin. --Claro que s, lo prepar con nuestro mentor. --El himno acaba yel cielo se oscurece--. Vamos a probar esas gafas. --Las saco y me laspongo; Rue no bromeaba, lo veo todo, desde las hojas de los rboleshasta una mofeta que se pasea entre los arbustos a unos quincemetros de nosotras. Podra matarla desde aqu si me lo propusiera,podra matar a cualquiera--. Me pregunto quin ms tendr unas destas. --Los profesionales tienen dos, pero lo guardan todo en el lago. Yson muy fuertes. --Nosotras tambin, aunque de una forma distinta. --T eres fuerte. Eres capaz de disparar. Qu puedo hacer yo? --Puedes alimentarte. Y ellos? --No les hace falta, tienen un montn de suministros. --Supn que no los tuvieran. Supn que los suministrosdesapareciesen. Cunto duraran? Es decir, estamos en los Juegosdel Hambre, no? --Pero, Katniss, ellos no tienen hambre. 135. --No, es verdad, se es el problema --reconozco, y, por primeravez desde que llegamos, se me ocurre un plan, un plan que no estmotivado por la necesidad de huir; un plan de ataque--. Creo quevamos a tener que solucionar eso, Rue._____ 16 _____ Rue ha decidido confiar en m sin reservas. Lo s porque, encuanto se termina el himno, se acurruca a mi lado y se queda dormida.Yo tampoco recelo, ya que no tomo ninguna precaucin especial. Siquisiera verme muerta, le habra bastado con desaparecer de aquelrbol sin avisarme de la presencia del nido de rastrevspulas. Sinembargo, muy en el fondo de mi conciencia, noto la presin de loobvio: no podemos ganar estos juegos las dos. En cualquier caso,como lo ms probable es que no sobrevivamos ninguna, consigo nohacer caso de ese pensamiento. Adems, me distrae mi ltima ideasobre los profesionales y sus provisiones. Rue y yo debemosencontrar la forma de destruir su comida. Estoy bastante segura deque a ellos les costara una barbaridad alimentarse solos. Laestrategia tradicional de los tributos profesionales consiste en reunirtoda la comida posible y avanzar a partir de ah. Cuando no laprotegen bien, pierden los juegos (un ao la destruy una manada dereptiles asquerosos y otro una inundacin creada por los Vigilantes). Elhecho de que los profesionales hayan crecido con una alimentacinmejor juega en su contra, ya que no estn acostumbrados a pasarhambre; todo lo contrario que Rue y yo. Sin embargo, estoy demasiado cansada para empezar a tramarun plan detallado esta noche. Mis heridas estn sanando, sigo un pocoembotada por culpa del veneno, y el calor de Rue a mi lado, su cabezaapoyada en mi hombro, hacen que me sienta segura. Por primera vez,me doy cuenta de lo sola que me he sentido desde que llegu alcampo de batalla, de lo reconfortante que puede ser la presencia deotro ser humano. Me dejo vencer por el sueo y decido que maanase volvern las tornas. Maana sern los profesionales los que tenganque guardarse las espaldas. Me despierta un caonazo; unos rayos de luz atraviesan el cielo ylos pjaros ya estn trinando. Rue est encaramada a una rama frentea m, con algo en la mano. Esperamos por si se producen ms 136. disparos, pero no omos ninguno. --Quin crees que ha sido? No puedo evitar pensar en Peeta. --No lo s, podra haber sido cualquiera de los otros --respondeRue--. Supongo que nos enteraremos esta noche. --Me puedes repetir quin queda? --El chico del Distrito 1, los dos del Distrito 2, el chico del Distrito3, Thresh y yo, y Peeta y t. Eso hacen ocho. Espera, y el chico delDistrito 10, el de la pierna mala. l es el noveno. --Hay alguien ms,pero ninguna de las dos conseguimos recordarlo--. Me pregunto cmohabr muerto el ltimo. --No hay forma de saberlo, pero nos viene bien. Una muerteservir para entretener un poco a las masas. Quiz nos d tiempo apreparar algo antes de que los Vigilantes decidan que la cosa vademasiado lenta. Qu tienes en las manos? --El desayuno --responde Rue; las abre y me ensea dos grandeshuevos. --De qu son? --No estoy segura; hay una zona pantanosa por all, una especiede ave acutica. Estara bien cocinarlos, pero no queremos arriesgarnos aencender un fuego. Supongo que el tributo muerto habr sido unavctima de los profesionales, lo que significa que se han recuperado lobastante para volver a los juegos. Nos dedicamos a sorber elcontenido de los huevos, y a comernos un muslo de conejo y algunasbayas. Es un buen desayuno se mire por donde se mire. --Lista para hacerlo? --pregunto, colgndome la mochila. --Hacer el qu? --pregunta Rue a su vez; por la forma en que seha apresurado a responder, est dispuesta a hacer cualquier cosa quele proponga. --Hoy vamos a quitarle la comida a los profesionales. --S? Cmo? Veo que los ojos le brillan de emocin. En ese sentido, es justo locontrario que Prim: para mi hermana, las aventuras son un calvario. --Ni idea. Venga, se nos ocurrir algo mientras cazamos. No cazamos mucho porque estoy demasiado ocupada sacndolea Rue toda la informacin posible sobre la base de los profesionales.Slo se ha acercado a espiar un poco, pero es muy observadora. Hanmontado el campamento junto al lago, y su alijo de suministros est aunos veinticinco metros. Durante el da dejan montando guardia a otro 137. tributo, el chico del Distrito 3.--El chico del Distrito 3? --pregunto--. Est trabajando conellos?--S, se queda todo el tiempo en el campamento. A l tambin lepicaron las rastrevspulas cuando los siguieron hasta el lago--responde Rue--. Supongo que acordaron dejarlo vivir a cambio deque les hiciese de guardia, pero no es un chico muy grande.--Qu armas tiene?--No muchas, por lo que vi. Una lanza. Puede que consigaespantarnos a unos cuantos con ella, pero Thresh podra matarlo confacilidad.--Y la comida est ah, sin ms? --pregunto, y ella asiente--. Hayalgo que no encaja en ese esquema.--Lo s, pero no pude averiguar el qu. Katniss, aunque lograsesllegar hasta la comida, cmo te libraras de ella?--La quemara, la tirara al lago, la empapara de combustible...--Le doy con el dedo en la tripa, como haca con Prim--. Me lacomera! --Ella suelta una risita--. No te preocupes, pensar en algo.Destruir cosas es mucho ms fcil que construirlas.Nos pasamos un rato desenterrando races, recogiendo bayas yvegetales, y elaborando una estrategia entre susurros. As acaboconociendo a Rue, la mayor de seis cros, tan protectora de sushermanos que les da sus raciones a los ms pequeos, tan valienteque rebusca en las praderas de un distrito cuyos agentes de la pazson mucho menos complacientes que los nuestros. Rue, la nia que,cuando le preguntas por lo que ms ama en el mundo, contesta que lamsica, nada ms y nada menos.--La msica? --repito. En nuestro mundo, la msica est almismo nivel que los lazos para el pelo y los arco iris, en cuando autilidad se refiere. Al menos los arco iris te dan una pista sobre elclima--. Tienes mucho tiempo para eso?--Cantamos en casa y tambin en el trabajo. Por eso me encantatu insignia --aade, sealando el sinsajo; yo me haba vuelto a olvidarde su existencia.--Tenis sinsajos?--Oh, s, algunos son muy amigos mos. Nos dedicamos a cantarjuntos durante horas y llevan los mensajes que les doy.--Qu quieres decir?--Suelo ser la que est ms alto, as que soy la primera que ve labandera que seala el fin de la jornada. Canto una cancioncilla 138. especial --dice; entonces abre la boca y canta una meloda de cuatronotas con una voz clara y dulce--, y los sinsajos la repiten por todo elhuerto. As la gente sabe cundo parar. Sin embargo, pueden serpeligrosos si te acercas demasiado a sus nidos, aunque es lgico. --Toma, qudatelo t --le digo, quitndome la insignia--. Significams para ti que para m. --Oh, no --contesta ella, cerrndome los dedos sobre la insigniaque tengo en la mano--. Me gusta vrtelo puesto, por eso decid queeras de confianza. Adems, tengo esto. --Se saca de debajo de lacamisa un collar tejido con una especie de hierba. De l cuelga unaestrella de madera tallada toscamente; o quiz sea una flor--. Es unamuleto de la buena suerte. --Bueno, por ahora funciona --respondo, volviendo a prenderme elsinsajo a la camisa--. Quiz te vaya mejor slo con l. A la hora de la comida ya tenemos un plan; lo llevaremos a cabo amedia tarde. Ayudo a Rue a recoger y colocar la madera para laprimera de dos fogatas, aunque la tercera tendr que prepararla ellasola. Decidimos reunimos despus en el sitio donde hicimos nuestraprimera comida juntas, ya que el arroyo debera facilitarme la tarea deencontrarlo. Antes de partir me aseguro de que la nia est bienprovista de comida y cerillas, incluso insisto en que se lleve mi saco dedormir, por si no logramos encontrarnos antes de que caiga la noche. --Y t qu? No pasars fro? --me pregunta. --No si cojo otro saco en el lago --respondo--. Ya sabes, aqurobar no es ilegal --aado, sonriendo. En el ltimo minuto, Rue decide ensearme su seal de sinsajo, laque canta para anunciar que ha terminado la jornada. --Quiz no funcione, pero, si oyes a los sinsajos cantarla, sabrsque estoy bien, aunque no pueda regresar en ese momento. --Hay muchos sinsajos por aqu? --No los has visto? Tienen nidos por todas partes --responde.Reconozco que no me he dado cuenta. --Pues vale. Si todo va segn lo previsto, te ver para la cena --ledigo. De repente, Rue me rodea el cuello con los brazos; vacilo uninstante, pero acabo devolvindole el abrazo. --Ten cuidado --me pide. --Y t --respondo; despus me vuelvo y me dirijo al arroyo, algopreocupada. Preocupada por que Rue acabe muerta, por que Rue noacabe muerta y nos quedemos las dos hasta el final, por dejar a Rue 139. sola, por haber dejado a Prim sola en casa. No, Prim tiene a mi madre,a Gale y a un panadero que me ha prometido que no la dejar pasarhambre. Rue slo me tiene a m. Una vez en el arroyo, no hay ms que seguir su curso colinaabajo hasta el lugar en que empec a recorrerlo, despus del ataquede las avispas. Tengo que moverme con precaucin por el agua,porque no dejo de hacerme preguntas sin respuesta, la mayora sobrePeeta. Esta maana ha sonado un caonazo. Era para anunciar sumuerte? Si es as, cmo ha muerto? A manos de un profesional?Y habr sido para vengarse de que me dejase escapar? Intentorecordar de nuevo aquel momento junto al cadver de Glimmer,cuando apareci entre los rboles. Sin embargo, el hecho de queestuviese brillando me hace dudar de todo lo que sucedi. Tardo pocas horas en llegar a la zona poco profunda donde meba, lo que significa que ayer tuve que moverme muy despacio. Hagoun alto para llenar la botella de agua y aado otra capa de barro a lamochila, que parece decidida a seguir siendo naranja,independientemente de la cantidad de camuflaje que le ponga. Mi proximidad al campamento de los profesionales hace que seme agucen los sentidos y, cuanto ms me acerco a ellos, ms alertaestoy; me detengo con frecuencia para prestar atencin a ruidosextraos, con una flecha preparada en la cuerda del arco. No veo aotros tributos, pero s que descubro algunas de las cosas que hamencionado Rue: arbustos de bayas dulces; otro con las hojas que mecuraron las picaduras; grupos de nidos de rastrevspulas cerca delrbol en el que me qued atrapada; y, de cuando en cuando, elparpadeo blanco y negro del ala de un sinsajo en las ramas que tengoencima. Llego al rbol que tiene el nido abandonado en el suelo y medetengo un momento para reunir valor. Rue me ha dado instruccionesespecficas para llegar desde este punto al mejor escondite desde elque espiar el lago. Recuerda --me digo--, t eres la cazadora, noellos. Cojo el arco con decisin y sigo adelante. Llego hasta elbosquecillo del que me ha hablado Rue y, de nuevo, admiro suastucia: est justo al borde del bosque, pero el frondoso follaje es tanespeso por abajo que puedo observar fcilmente el campamento delos profesionales sin que ellos me vean. Entre nosotros est el amplioclaro en el que comenzaron los juegos. Hay cuatro tributos: el chico del Distrito 1, Cato y la chica del 140. Distrito 2, y un chico esculido y plido que debe de ser del Distrito 3.No me caus ninguna impresin durante el tiempo que pasamos en elCapitolio; no recuerdo casi nada de l, ni su traje, ni su puntuacin enel entrenamiento, ni su entrevista. Incluso ahora que lo tengo sentadodelante, jugueteando con una especie de caja de plstico, resulta fcilno hacerle caso al lado de sus compaeros, ms grandes ydominantes. Sin embargo, algn valor tendr para ellos, porque, si no,no se habran molestado en dejarlo vivir. En cualquier caso, verlo slosirve para hacerme sentir ms incmoda sobre los motivos de losprofesionales para ponerlo de guardia, para no matarlo. Los cuatro tributos parecen seguir recuperndose del ataque delas avispas. Aunque estoy un poco lejos, distingo los bultos hinchadosde las picaduras. Seguramente no habrn tenido la sensateznecesaria para quitarse los aguijones o, si lo han hecho, no sabennada de las hojas curativas. Al parecer, las medicinas que encontraronen la Cornucopia no les han servido de nada. La Cornucopia sigue donde estaba, aunque sin nada en el interior.La mayora de las provisiones, metidas en cajas, sacos de arpillera ycontenedores de plstico, estn apiladas en una ordenada pirmide auna distancia bastante cuestionable del campamento. Otras cosas sehan quedado diseminadas por el permetro de la pirmide, como siimitaran la disposicin de suministros alrededor de la Cornucopia alprincipio de los juegos. Una red cubre la pirmide en s, aunque no leveo otra utilidad que alejar a los pjaros. La configuracin en su conjunto me resulta desconcertante. Ladistancia, la red y la presencia del chico del Distrito 3. Lo que estclaro es que destruir estos suministros no va a ser tan sencillo comoparece; tiene que haber otro factor en juego, y ser mejor que mequede quieta hasta descubrir cul es. Mi teora es que la pirmidetiene algn tipo de trampa; se me ocurren pozos escondidos, redesque caen sobre los incautos o un cable que, al romperse, lanza undardo venenoso directo al corazn. Las posibilidades son infinitas,claro. Mientras le doy vueltas a mis opciones, oigo a Cato gritar algo.Est sealando al bosque, lejos de m, y, sin necesidad de mirar, sque Rue habr encendido ya la primera hoguera. Nos aseguramos derecoger la suficiente madera verde para que el humo se viese bien.Los profesionales empiezan a armarse de inmediato. Se inicia una pelea; gritan tan fuerte que oigo que discuten si elchico del Distrito 3 debe quedarse o acompaarlos. 141. --Se viene. Lo necesitamos en el bosque y aqu ya ha terminadosu trabajo. Nadie puede tocar los suministros --dice Cato.--Y el chico amoroso? --pregunta el chico del Distrito 1.--Ya te he dicho que te olvides de l. S dnde le di el corte. Esun milagro que todava no se haya desangrado. De todos modos, yano est en condiciones de robarnos.As que Peeta est en el bosque, malherido. Sin embargo, sigosin saber qu lo llev a traicionar a los profesionales.--Venga. --Insiste Cato, y le pasa una lanza al chico del Distrito 3;despus se alejan en direccin a la fogata. Lo ltimo que oigo cuandoentran en el bosque es:-- Cuando la encontremos, la mato a mimanera, y que nadie se meta.Por algn motivo, dudo que se refiera a Rue; no fue ella la que lestir el nido encima.Me quedo donde estoy una media hora, intentando decidir quhacer con las provisiones. Mi ventaja con el arco y las flechas es ladistancia, podra disparar sin problemas una flecha ardiendo a lapirmide (con mi puntera puedo meterla por uno de los agujeros de lared), pero eso no me garantiza que prenda. Lo ms probable es quese apague sola y, entonces, qu? No lograra nada y les habra dadodemasiado informacin sobre m; que estoy aqu, que tengo uncmplice y que s usar el arco con precisin.No tengo alternativa: habr que acercarse ms y ver si descubroqu est protegiendo los suministros. De hecho, estoy a punto de saliral descubierto cuando un movimiento me llama la atencin. A variosmetros a mi derecha, veo a alguien salir del bosque. Durante unmomento creo que es Rue, hasta que reconozco a la chica con carade comadreja (es la que no lograba recordar esta maana), que seacerca a rastras al alijo. Cuando por fin decide que no hay peligro,corre hacia la pirmide dando pasitos rpidos. Justo antes de llegar alcrculo de suministros que hay esparcidos alrededor, se detiene, mirapor el suelo y coloca los pies con cuidado en un punto. Despus seacerca a la pirmide dando unos extraos saltitos, a veces a la patacoja, otras balancendose un poco y otras arriesgndose a dar unoscuantos pasos. En cierto momento se lanza por el aire por encima deun barrilito y aterriza de puntillas. Sin embargo, se ha dado demasiadoimpulso y cae hacia adelante, dando un chillido al tocar el suelo conlas manos. Como ve que no pasa nada, se pone rpidamente de pie ysigue adelante hasta llegar a las cosas.Por lo visto, tengo razn con respecto a las trampas, aunque 142. parece algo ms complicado de lo que me imaginaba. Tambin tenarazn acerca de la chica: debe de ser muy astuta para haberdescubierto el camino seguro hasta la comida y ser capaz dereproducirlo con tanta precisin. Se llena la mochila sacando algunosartculos de varios contenedores: galletas saladas de una caja, unpuado de manzanas de un saco de arpillera colgado en el lateral deun cubo. Procura no coger demasiado, para que nadie note que faltacomida, para que nadie sospeche. Despus repite su extrao bailehasta abandonar el crculo y sale corriendo de nuevo por el bosque,sana y salva.Me doy cuenta de que tengo los dientes apretados por lafrustracin; la Comadreja me ha confirmado lo que ya supona, peroqu clase de trampa requerir tanta destreza y tendr tantos puntosde disparo? Por qu chill la chica cuando toc el suelo con lasmanos? Cualquiera habra pensado..., entonces empiezo aentenderlo..., cualquiera habra pensado que iba a estallar.--Est minado --susurro.Eso lo explica todo: lo poco que les importaba a los profesionalesdejar los suministros sin vigilancia, la reaccin de la Comadreja, laparticipacin del chico del Distrito 3, el distrito de las fbricas, dondeproducan televisores, automviles y explosivos. Y de dnde loshabr sacado? De las provisiones? No es el tipo de arma que suelenproporcionar los Vigilantes, ya que prefieren ver a los tributosdestrozarse cara a cara. Salgo de los arbustos y me acerco a lasplacas metlicas redondas que suben a los tributos al estadio. Se notaque han escarbado el suelo a su alrededor para despus volver aaplanarlo. Las minas se desactivan despus de los sesenta segundosque tenemos que pasar encima de las plataformas, pero el chico delDistrito 3 debe de haber conseguido reactivarlas. Nunca haba vistoalgo as en los juegos, seguro que hasta los Vigilantes estnsorprendidos.Bueno, pues un hurra por el chico del Distrito 3, que ha sido capazde superarlos, pero qu hago yo? Est claro que no puedo metermeen ese laberinto sin acabar volando por los aires. En cuanto a lanzaruna flecha ardiendo, sera una tontera. Las minas se activan con lapresin, y no tiene que ser una presin muy grande. Un ao a unachica se le cay su smbolo, una pelotita de madera, cuando todavaestaba en la plataforma, y tuvieron que raspar sus restos del suelo,literalmente.Tengo los brazos fuertes, podra lanzar algunas piedras y luego... 143. qu? Activar una mina, quiz? Eso iniciara una reaccin encadena. O no? Habr puesto el chico del Distrito 3 las minas deforma que el estallido de una sola no afecte a las otras? As seasegurara de la muerte del invasor sin poner el peligro lossuministros. Aunque slo hiciese estallar una mina, seguro que losprofesionales volveran corriendo a por m. De todos modos, en questoy pensando? Est la red, precisamente colocada para evitar unataque por el estilo. Adems, lo que de verdad necesito es lanzar unastreinta rocas a la vez, disparar una reaccin en cadena y destruirlotodo. Vuelvo la vista atrs, hacia el bosque: el humo de la segundafogata de Rue sube por el cielo. Los profesionales deben de haberempezado a sospechar que se trata de una trampa. Se me agota eltiempo. S que todo esto tiene solucin, y que slo tengo queconcentrarme a fondo. Me quedo mirando la pirmide, los cubos y lascajas, todo ello demasiado pesado como para derribarlo de unflechazo. Quiz alguno contenga aceite para cocinar; a punto de revivirla idea de la flecha ardiendo, me doy cuenta de que podra acabarperdiendo las doce flechas sin darle a un contenedor de aceite, ya queestara tirando a ciegas. Estoy pensando en intentar recrear el caminode la Comadreja hacia la pirmide, con la esperanza de encontrarnuevas formas de destruccin, cuando me fijo en el saco demanzanas. Podra cortar la cuerda de un flechazo, como en el Centrode Entrenamiento. Es una bolsa grande, aunque puede que slodisparase una explosin. Si pudiera soltar todas las manzanas... Ya s qu hacer. Me pongo a tiro y me doy un lmite de tresflechas para conseguirlo. Coloco los pies con cuidado, me aislo delresto del mundo y afino la puntera. La primera flecha rasga el lateraldel saco, cerca de la parte de arriba, y deja una raja en la arpillera. Lasegunda la convierte en un agujero. Veo que una de las manzanasempieza a tambalearse justo cuando disparo la tercera flecha, aciertoen el trozo rasgado de arpillera y lo arranco de la bolsa. Todo parece paralizarse durante un segundo. Despus, lasmanzanas se esparcen por el suelo y yo salgo volando por los aires._____ 17 _____El impacto con la dura tierra de la llanura me deja sin aliento, y la 144. mochila no hace mucho por suavizar el golpe. Por suerte, el carcaj seme ha quedado colgado del codo, por lo que se libran tanto l como mihombro; adems, no he soltado el arco. El suelo sigue temblando porlos estallidos, pero no los oigo, en estos momentos no oigo nada. Sinembargo, las manzanas deben de haber activado las minas suficientesy los escombros estn disparando las dems. Consigo protegerme lacara con los brazos de una lluvia de trocitos de materia, algunosardiendo. Un humo acre lo llena todo, lo que no resulta muy adecuadopara alguien que intenta recuperar la respiracin. Al cabo de un minuto, el suelo deja de vibrar, ruedo por el suelo yme permito un momento de satisfaccin ante las ruinas ardientes de loque antes fuera la pirmide. Los profesionales no van a conseguirsalvar nada. Ser mejor que salga de aqu, seguro que vienen pitando,pienso. Sin embargo, al ponerme de pie, me doy cuenta de que escaparno va a ser tan fcil. Estoy mareada, no slo algo tambaleante, sinocon un mareo de esos que hacen que los rboles te den vueltasalrededor y la tierra se mueva bajo los pies. Doy unos pasos y, dealgn modo, acabo a cuatro patas. Espero unos minutos a que se mepase, pero no se me pasa. Empieza a entrarme el pnico. No debo quedarme aqu, la huidaresulta indispensable, pero no puedo ni andar, ni or. Me llevo unamano a la oreja izquierda, la que estaba vuelta hacia la explosin, yveo que se mancha de sangre. Me he quedado sorda? La idea measusta porque, como cazadora, confo en mis odos tanto como en misojos, quiz ms algunas veces. En cualquier caso, no dejar que seme note el miedo; estoy completa y absolutamente segura de que meestn sacando en directo en todas las pantallas de televisin dePanem. Nada de rastros de sangre, me digo, y consigo echarme lacapucha y atarme el cordn bajo la barbilla con unos dedos que no sepuede decir que ayuden mucho. Eso servir para absorber un poco desangre. No puedo caminar, pero puedo arrastrarme? Intento avanzar;s, si voy muy despacio, puedo arrastrarme. Casi todas las zonas delbosque resultaran insuficientes para ocultarme. Mi nica esperanzaes llegar al bosquecillo de Rue y ocultarme entre la vegetacin. Si mequedo aqu, a cuatro patas, en campo abierto, no slo me matarn,sino que Cato se asegurar de que sea una muerte lenta y dolorosa.La mera idea de que Prim lo vea todo hace que me dirija 145. obstinadamente, centmetro a centmetro, a mi escondite. Otro estallido me hace caer de morros; una mina alejada que sehabr disparado al caerle encima una caja. Pasa otras dos veces ms,lo que me recuerda a los ltimos granos que saltan cuando Prim y yohacemos palomitas en la chimenea. Decir que lo consigo en el ltimo momento es decir poco: justocuando llego a rastras hasta el enredo de arbustos al pie de losrboles, aparece Cato en el llano, seguido de sus compaeros. Surabia es tan exagerada que podra resultar cmica (as que es ciertoque la gente se tira de los pelos y golpea el suelo con los puos...), sino supiera que iba dirigida a m, a lo que le he hecho. Si a ello leaadimos que estoy cerca y que no soy capaz de salir corriendo, ni dedefenderme, lo cierto es que estoy aterrada. Me alegro de que miescondite no permita a las cmaras verme de cerca, porque estoymordindome las uas como loca, arrancndome los ltimos trocitosde esmalte para que no me castaeteen los dientes. El chico del Distrito 3 ha estado tirando piedras al destrozo y debede haber concluido que se han activado todas las minas, porque losprofesionales se acercan. Cato ha terminado con la primera fase de su rabieta y descargasu ira en los restos quemados, dndoles patadas a los contenedores.Los otros tributos examinan el desastre en busca de algo que puedasalvarse, pero no hay nada. El chico del Distrito 3 ha hecho su trabajodemasiado bien; a Cato debe de habrsele ocurrido la misma idea,porque se vuelve hacia el chico y parece gritarle. El pobre slo tienetiempo de volverse y empezar a correr antes de que Cato lo coja por elcuello desde atrs. Veo cmo se le hinchan los msculos de losbrazos mientras sacude la cabeza del chico de un lado a otro. As de rpida es la muerte del chico del Distrito 3. Los otros dos profesionales parecen intentar calmar a Cato. Medoy cuenta de que l quiere volver al bosque, pero ellos no dejan desealar al cielo, lo que me desconcierta, hasta que me doy cuenta. Claro, creen que el que ha provocado las explosiones estmuerto. No saben lo de las flechas y las manzanas. Han dado porsupuesto que la trampa estaba mal y que el tributo que la activ havolado en pedazos. El caonazo podra haberse perdido fcilmenteentre los estallidos. Los restos destrozados del ladrn se los habrallevado un aerodeslizador. Los tributos se retiran al otro lado del lagopara dejar que los Vigilantes se lleven el cadver del chico del Distrito 146. 3. Y esperan. Supongo que se oye un caonazo, porque aparece unaerodeslizador y se lleva al chico muerto. El sol se pone en elhorizonte. Cae la noche. En el cielo veo el sello y s que debe dehaber empezado el himno. Un momento de oscuridad y despusponen la imagen del chico del Distrito 3; tambin la del chico delDistrito 10, que debe de haber muerto esta maana. Despusreaparece el sello. Bueno, ya lo saben, el saboteador ha sobrevivido.A la luz del sello veo que Cato y la chica del Distrito 2 se ponen lasgafas de visin nocturna. El chico del Distrito 1 prende una rama derbol a modo de antorcha, lo que ilumina sus rostros lgubres ydecididos. Los profesionales vuelven a los bosques para cazar. El mareo ha remitido y, aunque el odo izquierdo sigue sordo,puedo or un zumbido en el derecho; buena seal. Sin embargo, notiene sentido salir de aqu, en la escena del crimen estoy todo losegura que puedo estar. Seguro que piensan que el saboteador leslleva dos o tres horas de ventaja. De todos modos, pasa un buen ratohasta que me arriesgo a moverme. Lo primero que hago es sacar mis gafas y ponrmelas, lo que merelaja un poco, porque as, al menos, cuento con uno de mis sentidosde cazadora. Bebo un poco de agua y me lavo la sangre de la oreja.Como me da miedo que el olor a carne atraiga a depredadores nodeseados (ya es bastante malo que huelan la sangre fresca), mealimento con los vegetales, races y bayas que Rue y yo recogimosesta maana. Dnde est mi pequea aliada? Habr conseguido llegar alpunto de encuentro? Estar preocupada por m? Al menos, el cieloha dejado claro que las dos seguimos vivas. Cuento con los dedos los tributos que quedan: el chico del 1, losdos del 2, la Comadreja, los dos del 11 y el 12. Slo ocho; lasapuestas deben de estar ponindose interesantes en el Capitolio,seguro que estarn emitiendo reportajes especiales sobre todosnosotros, y probablemente entrevisten a nuestros amigos y familiares.Hace ya mucho tiempo que no haba un tributo del Distrito 12 entre losocho finalistas, y ahora estamos dos, aunque, por lo que ha dichoCato, Peeta no durar. Tampoco es que importe mucho lo que digaCato. Acaso no acaba de perder toda su reserva de provisiones? Que empiecen los Septuagsimo Cuartos Juegos del Hambre,Cato --pienso--. Que empiecen de verdad. Se ha levantado una brisa fra, as que me dispongo a coger el 147. saco de dormir..., hasta que me doy cuenta de que se lo dej a Rue.Se supona que yo iba a coger otro, pero, con todo el lo de las minas,se me olvid. Empiezo a temblar; como, de todos modos, pasar lanoche subida a un rbol no sera sensato, escarbo un agujero bajo losarbustos, y me cubro con hojas y agujas de pino. Sigo estando helada; me echo el trozo de plstico en la parte dearriba y coloco la mochila de forma que bloquee el viento. La cosamejora un poco y empiezo a comprender a la chica del Distrito 8, laque encendi la fogata la primera noche. Sin embargo, ahora soy yo laque tiene que apretar los dientes y aguantar hasta que se haga de da.Ms hojas, ms agujas de pino. Meto los brazos dentro de lachaqueta, me hago un ovillo y, de algn modo, consigo dormirme. Cuando abro los ojos, el mundo sigue parecindome algofracturado, y tardo un minuto en darme cuenta de que el sol debe deestar muy alto y las gafas hacen eso con mi vista. Me siento paraquitrmelas y, justo entonces, oigo unas risas en algn lugar cerca dellago; me quedo quieta. Las risas estn distorsionadas, pero el hechode que las oiga quiere decir que estoy recuperando la audicin. S, miodo derecho vuelve a funcionar, aunque sigue zumbndome. Encuanto al izquierdo, bueno, al menos ya no sangra. Me asomo entre los arbustos, temiendo que hayan regresado losprofesionales y est atrapada durante un tiempo indefinido. No, es laComadreja, de pie entre los escombros y muerta de risa. Es ms listaque los profesionales, porque logra encontrar unos cuantos artculostiles entre las cenizas: una olla metlica y un cuchillo. Medesconcierta su alegra hasta que caigo en que la eliminacin de losprofesionales le da una posibilidad de supervivencia, igual que al restode nosotros. Se me pasa por la cabeza salir de mi escondite yreclutarla como segunda aliada, pero lo descarto. Su sonrisa maliciosatiene algo que me deja claro que si me hiciera amiga de la Comadrejaacabara con un pual clavado en la espalda. Si tuviera eso en cuenta,ste sera el momento perfecto para dispararle una flecha; sinembargo, la chica oye algo que no soy yo, porque vuelve la cabeza endireccin contraria, hacia el lugar donde nos soltaron, y vuelvecorriendo al bosque. Espero. Nada, no aparece nadie. Sea comofuere, si a ella le ha parecido peligroso, quizs haya llegado elmomento de que me marche yo tambin. Adems, estoy deseandocontarle a Rue lo de la pirmide. Como no tengo ni idea de dnde estn los profesionales, la rutade regreso por el arroyo parece tan buena como cualquier otra. Me 148. apresuro, con el arco preparado en una mano y un trozo de granso froen la otra; ahora estoy muerta de hambre, y no me vale con hojas ybayas, sino que me faltan la grasa y las protenas de la carne. Laexcursin hasta el arroyo transcurre sin incidentes. Una vez all, recojoagua y me lavo, prestando especial atencin a la oreja herida.Despus avanzo colina arriba utilizando el arroyo como gua. En ciertomomento descubro huellas de botas en el barro de la orilla; losprofesionales han estado aqu, aunque no ha sido hace poco. Lashuellas son profundas porque se hicieron en barro hmedo, peroahora estn casi secas por el calor del sol. Yo no he tenido muchocuidado con mis propias huellas, crea que unas pisadas ligeras y laayuda de las agujas de pino ayudaran a esconderlas. Ahora me quitolas botas y los calcetines, y camino descalza por la orilla. El agua fresca tiene un efecto revitalizante, tanto en mi cuerpocomo en mi nimo. Cazo dos peces fcilmente en las lentas aguas delarroyo y me como uno crudo, aunque acabo de tomarme el granso. Elsegundo lo guardar para Rue. Poco a poco, sutilmente, el zumbido del odo derecho disminuyehasta desaparecer por completo. De vez en cuando me toco la orejaizquierda intentando limpiar cualquier cosa que me est impidiendodetectar sonidos, pero, si hay mejora, no la detecto. No me adapto ala sordera de un odo, hace que me sienta desequilibrada e indefensapor la izquierda, incluso ciega. No dejo de volver la cabeza hacia eselado, mientras mi odo derecho intenta compensar el muro de vacopor el que ayer entraba un flujo constante de informacin. Cuanto mstiempo pasa, menos esperanzas me quedan de que la herida puedacurarse. Cuando llego al lugar de nuestro primer encuentro, estoy segurade que no ha venido nadie. No hay ni rastro de Rue, ni en el suelo, nien los rboles. Qu raro, ya debera haber regresado: es medioda.Est claro que ha pasado la noche en un rbol de alguna otra parte.Qu otra cosa poda hacer sin luz y con los profesionales recorriendolos bosques con sus gafas de visin nocturna? Adems, la tercerafogata que tena que encender era la que estaba ms lejos de nuestrocampamento, aunque se me olvid comprobar si la encenda.Seguramente intenta hacer el camino de vuelta con sigilo; ojal sediera prisa, porque no quiero quedarme demasiado tiempo por aqu,quiero pasar la tarde avanzando hacia un terreno ms alto y cazar porel camino. En cualquier caso, no me queda ms remedio que esperar. Me lavo la sangre de la chaqueta y el pelo, y limpio mi creciente 149. lista de heridas. Las quemaduras estn mucho mejor, pero, aun as,me echo un poco de pomada. Lo prioritario ahora es evitar unainfeccin. Me como el segundo pez, porque no va a durar mucho coneste calor y no me resultar difcil cazar algunos ms para Rue..., siaparece de una vez.Como me siento muy vulnerable en el suelo, con un odo menos,me subo a un rbol a esperar. Si aparecen los profesionales, ser unbuen punto desde el que dispararles. El sol se mueve lentamente yhago lo que puedo por pasar el tiempo: mastico hojas y me las aplico alas picaduras, que ya se han desinflado, pero siguen doliendo un poco;me peino el pelo mojado con los dedos y lo trenzo; me ato loscordones de las botas; compruebo el arco y las flechas que mequedan; hago pruebas con el odo izquierdo, agitando una hoja al ladode la oreja para ver si da seales de vida, pero sin buenos resultados.A pesar del granso y los peces, me empieza a rugir el estmago ys que voy a tener lo que en el Distrito 12 llamamos un da hueco. Sonesos das en los que da igual lo mucho que te llenes la tripa, porquenunca es suficiente. Como estar en el rbol sin hacer nada empeoralas cosas, decido rendirme. Al fin y al cabo, he perdido mucho peso enel estadio, necesito ms caloras y tener el arco me da confianza enmis posibilidades.Abro lentamente un puado de nueces y me las como; mi ltimagalleta; el cuello del granso, que me viene bien, porque tardo un ratoen dejarlo limpio; despus me trago una ala y el pjaro es historia. Sinembargo, como es un da hueco, a pesar de todo, sueo despierta conms comida, sobre todo con las recetas decadentes que sirven en elCapitolio: el pollo en salsa de naranja, las tartas y el pudin, el pan conmantequilla, los fideos en salsa verde, el estofado de cordero yciruelas pasas. Chupo unas cuantas hojas de menta y me digo quetengo que superarlo; la menta es buena, porque a menudo bebemost con menta despus de la cena, as que sirve para engaar a miestmago y hacerle pensar que ya ha terminado la hora de comer;ms o menos.Colgada del rbol, con el calor del sol, la boca llena de menta, elarco y las flechas a mano..., es el momento ms relajado que hetenido desde que llegu al estadio. Si apareciese Rue y pudiramosmarcharnos... Conforme crecen las sombras, tambin lo hace miinquietud. A ltima hora de la tarde ya he decidido salir en su busca; almenos, puedo pasarme por el lugar en que encendi el tercer fuego yver si encuentro pistas sobre su ubicacin. 150. Antes de irme esparzo algunas hojas de menta alrededor denuestra antigua fogata. Como las recogimos a cierta distancia de aqu,Rue entender que he estado aqu, mientras que para losprofesionales no significara nada. En menos de una hora me encuentro en el lugar dondeacordamos hacer la tercera fogata y noto que algo va mal. La maderaest bien colocada, mezclada de forma experta con yesca, pero no seha encendido. Aunque Rue prepar el fuego, no volvi para prenderlo.En algn momento posterior a la segunda columna de humo que viantes de la explosin, ella se meti en problemas. Tengo que recordarme que sigue viva, o no? A lo mejor elcaonazo que sealaba su muerte son de madrugada, cuando miodo bueno estaba demasiado dolorido para captarlo. Aparecer estanoche en el cielo? No, me niego a creerlo, podra haber un centenarde explicaciones diferentes: se ha perdido, o se ha encontrado conuna jaura de depredadores o con otro tributo, como Thresh, y hatenido que esconderse. Pasara lo que pasara, estoy casi segura deque est por alguna parte, en algn lugar entre el segundo fuego y elque tengo al lado; algo la mantiene encaramada a un rbol. Creo que ir a por ese algo. Es un alivio estar en movimiento despus de pasar toda la tardesentada. Me arrastro en silencio por las sombras, dejando que meoculten, pero no veo nada sospechoso; no hay signos de lucha, niagujas rotas en el suelo. Me paro un momento y lo oigo, aunque tengoque inclinar la cabeza para asegurarme: ah est otra vez, es lameloda de cuatro notas de Rue, cantada por un sinsajo. La melodaque me dice que sigue viva. Sonro y avanzo hacia el pjaro. Otro repite un puado de notasun poco ms all, lo que significa que Rue ha estado cantndoleshace poco; si no, ya habran pasado a otra cancin. Levanto la miradaen busca de la nia, trago saliva y canto la meloda en voz baja,esperando que ella sepa que es seguro reunirse conmigo. Un sinsajola repite y, entonces, oigo el grito. Es un grito infantil, un grito de nia, y en el estadio no puedepertenecer a nadie ms que a Rue. Empiezo a correr sabiendo quepuede ser una trampa, sabiendo que los tres profesionales puedenestar preparados para atacarme, pero no puedo evitarlo. Oigo otrogrito agudo, aunque esta vez es mi nombre: --Katniss, Katniss! --Rue! --respondo, para que sepa que estoy cerca, para que ellos 151. sepan que estoy cerca y, con suerte, la idea de que est cerca la chicaque los ha atacado con rastrevspulas y que ha conseguido un onceque todava no se explican baste para que dejen en paz a la nia--.Rue! Ya voy!Cuando llego al claro, ella est en el suelo, atrapada por una red.Tiene el tiempo justo de sacar la mano a travs de la malla y gritar minombre antes de que la atraviese la lanza._____ 18 _____ El chico del Distrito 1 muere antes de poder sacar la lanza. Miflecha se le clava en el centro del cuello, y l cae de rodillas y reduceel poco tiempo que le queda de vida al sacarse la flecha y ahogarse ensu propia sangre. Yo ya he recargado y muevo el arco de un lado aotro, mientras le grito a Rue: --Hay ms? Hay ms? Tiene que repetirme varias veces que no antes de que la oiga. Rue ha rodado por el suelo con el cuerpo acurrucado sobre lalanza. Aparto de un empujn el cadver del chico y saco el cuchillopara liberarla de la red. Con slo echarle un vistazo a la herida s queest ms all de mis conocimientos de sanadora, y seguramente estms all de los conocimientos de cualquiera. La punta de la lanza seha clavado hasta el fondo en su estmago. Me agacho a su lado ymiro el arma con impotencia; no tiene sentido consolarla con palabras,decirle que se pondr bien, porque no es idiota. Alarga una mano y meaferr a ella como si fuese un salvavidas, como si fuese yo la que semuere, y no Rue. --Volaste la comida en pedazos? --susurra. --Hasta el ltimo trocito. --Vas a ganar. --Lo har. Ahora voy a ganar por las dos --le prometo. Oigo uncaonazo y levanto la vista; debe de ser por el chico del Distrito 1. --No te vayas --me pide, apretndome la mano. --Claro que no, me quedo donde estoy. Me acerco ms a ella y le apoyo la cabeza en mi regazo. Despusle aparto unos tupidos mechones de pelo oscuro de la cara y se losrecojo tras la oreja. --Canta --dice, aunque apenas la oigo. Cantar? --pienso--. Cantar el qu? 152. Me s unas cuantas canciones porque, aunque resulte difcil decreer, en mi hogar hubo msica una vez, msica que yo ayud a crear.Mi padre siempre me animaba con esa voz tan maravillosa que tena,pero no he cantado desde su muerte, salvo cuando Prim se pone muyenferma. Entonces canto las mismas canciones que le gustabancuando era un beb. Cantar. Las lgrimas me han hecho un nudo en la garganta, yestoy ronca por el humo y la fatiga, pero si es la ltima voluntad dePrim, digo, de Rue, tengo que intentarlo, por lo menos. La cancin queme viene a la cabeza es una nana muy sencilla, una que cantamos alos bebs nerviosos y hambrientos para que se duerman. Creo que esmuy, muy antigua, alguien se la invent hace muchos aos, ennuestras colinas; es lo que mi profesor de msica llama un aire demontaa. Sin embargo, las palabras son fciles y tranquilizadoras,prometen un maana ms feliz que este horrible trozo de tiempo en elque nos encontramos. Toso un poco, trago saliva y empiezo: En lo ms profundo del prado, all, bajo el sauce, hay un lecho de hierba, una almohada verde suave; recustate en ella, cierra los ojos sin miedo y, cuando los abras, el sol estar en el cielo. Este sol te protege y te da calor, las margaritas te cuidan y te dan amor, tus sueos son dulces y se harn realidad y mi amor por ti aqu perdurar.Rue ha cerrado los ojos. Todava se le mueve el pecho, pero cadavez con menos fuerza. Dejo que se me deshaga el nudo de lagarganta y fluyan mis lgrimas, pero tengo que terminar la cancinpara ella. En lo ms profundo del prado, bien oculta, hay una capa de hojas, un rayo de luna. Olvida tus penas y calma tu alma, pues por la maana todo estar en calma. Este sol te protege y te da calor, 153. las margaritas te cuidan y te dan amor.Los ltimos versos son apenas audibles: Tus sueos son dulces y se harn realidad y mi amor por ti aqu perdurar. Todo queda en silencio; entonces, de una manera que resulta casiinquietante, los sinsajos repiten mi cancin. Me quedo sentada un momento, viendo cmo mis lgrimas caensobre su cara. Suena el caonazo de Rue, y yo me inclino sobre ella yle doy un beso en la sien. Despacio, como si no quisiera despertarla,dejo su cabeza en el suelo y le suelto la mano. Seguro que quieren que me vaya para poder recoger loscadveres, y ya no hay ninguna razn para que me quede. Pongoboca abajo el cadver del chico del Distrito 1, le quito la mochila y learranco la flecha que le ha quitado la vida. Despus corto las correasde la mochila de Rue, porque s que ella habra querido que me lallevase, pero no le saco la lanza del estmago. Las armas que estndentro de los cadveres se transportan con ellos al aerodeslizador; nonecesito una lanza, as que, cuanto antes desaparezca del estadio,mejor. No puedo dejar de mirar a Rue. Parece ms pequea que nunca,un cachorrito acurrucado en un nido de redes. Me resulta imposibleabandonarla as; aunque ya no vaya a sufrir ms dao, da la impresinde estar completamente indefensa. El chico del Distrito 1 tambinparece vulnerable, ahora que est muerto, as que me niego a odiarlo;a quien odio es al Capitolio por hacernos todo esto. Oigo la voz de Gale; sus desvaros sobre el Capitolio ya no meparecen intiles, ya no puedo hacerles caso omiso. La muerte de Rueme ha obligado a enfrentarme a mi furia contra la crueldad, contra lainjusticia a la que nos someten. Sin embargo, aqu me siento todavams impotente que en casa, pues no hay forma de vengarme delCapitolio, verdad? Entonces recuerdo las palabras de Peeta en el tejado: Perodeseara poder encontrar una forma de... de demostrarle al Capitolioque no le pertenezco, que soy algo ms que una pieza de susjuegos. Por primera vez, entiendo lo que significa. Quiero hacer algo ahora mismo, aqu mismo, algo que los 154. avergence, que los haga responsables, que les demuestre que daigual lo que hagan o lo que nos obliguen a hacer, porque siemprehabr una parte de cada uno de nosotros que no ser suya. Tienenque saber que Rue era algo ms que una pieza de sus juegos, igualque yo misma. A pocos pasos de donde estamos hay un lecho de floressilvestres. En realidad, quiz sean malas hierbas, pero tienen florescon unos preciosos tonos de violeta, amarillo y blanco. Recojo unpuado y regreso con Rue; poco a poco, tallo a tallo, decoro su cuerpocon las flores: cubro la fea herida, le rodeo la cara, le trenzo el pelo devivos colores. Tendrn que emitirlo o, si deciden sacar otra cosa en este precisomomento, tendrn que volver aqu cuando recojan los cadveres, y astodos la vern y sabrn que lo hice yo. Doy un paso atrs y miro a lania por ltima vez; lo cierto es que podra estar dormida de verdad enese prado. --Adis, Rue --susurro. Me llevo los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labiosy despus la apunto con ellos. Me alejo sin mirar atrs. Los pjaros guardan silencio. En algn lugar, un sinsajo silba laadvertencia que precede a un aerodeslizador; no s cmo lo sabe,debe de or cosas que los humanos no podemos. Me detengo y clavola vista en lo que tengo delante, no en lo que sucede detrs de m. Notardan mucho; despus contina el canto de siempre de los pjaros ys que ella se ha ido. Otro sinsajo, con aspecto de ser joven, aterriza en una ramadelante de m y entona la meloda de Rue. Mi cancin y el deslizadoreran demasiado extraos para que este novicio los repitiese, pero hadominado el puado de notas de la nia, las que significan que est asalvo. --Sana y salva --digo al pasar bajo su rama--. Ya no tenemos quepreocuparnos por ella. Sana y salva. No tengo ni idea de qu direccin tomar. Ya se ha desvanecidoaquella vaga sensacin de estar en casa de la que disfrut la nocheque pas con Rue. Mis pies me llevan por donde quieren hasta que sepone el sol, y yo no tengo miedo, ni siquiera estoy alerta, lo que meconvierte en una presa fcil, salvo por el detalle de que matara acualquiera que se me pusiera delante. Sin emocin y sin que metemblasen las manos. El odio que siento por el Capitolio no ha 155. templado en absoluto el odio que siento por mis competidores, sobretodo por los profesionales. Al menos a ellos puedo hacrselas pagarpor la muerte de mi amiga. Sin embargo, nadie aparece. Ya no quedamos muchos en elestadio y, dentro de nada, se inventarn otro truco para juntarnos. Noobstante, ya habrn tenido suficiente sangre por hoy, y quiz nospermitan dormir. Cuando estoy a punto de subir mis mochilas a un rbol paraacampar, un paracadas plateado aterriza a mis pies. Un regalo de unpatrocinador. Por qu ahora? Me va bastante bien con missuministros; quiz Haymitch haya notado mi abatimiento e intenteanimarme un poco. O ser algo para mi odo? Abro el paracadas y encuentro una pequea barra de pan, no delelegante pan blanco del Capitolio, sino hecho con las raciones decereal oscuro, con forma de media luna y cubierto de semillas.Recuerdo la leccin de Peeta en el Centro de Entrenamiento sobre losdistintos panes de los distritos: este pan es del Distrito 11. Lo sostengocon cuidado: todava est caliente. Cunto debe de haberle costadoa la gente del Distrito 11, que ni siquiera tiene con que alimentarse?Cuntas personas tendrn que pasar hambre por haber dado unamoneda para la colecta en la que se ha comprado este pan? Seguroque pensaban drselo a Rue, pero, en vez de retirar el regalo con sumuerte, le han dado autorizacin a Haymitch para drmelo a m. Amodo de agradecimiento? O porque, como a m, no les gusta dejardeudas sin saldar? Sea por lo que sea, es la primera vez que ocurre:nunca antes un distrito le ha dado un regalo a un tributo que no lepertenece. Alzo la cabeza y procuro colocarme en un punto iluminado por losltimos rayos de sol. --Mi agradecimiento a la gente del Distrito 11 --digo. Quiero que sepan que soy consciente de quin me ha hecho elregalo, que he entendido todo lo que significa. Me subo a un rbol y trepo a una altura peligrosa, aunque no porseguridad, sino para alejarme todo lo posible de este da. Mi saco dedormir est bien doblado dentro de la mochila de Rue. Maanaordenar las provisiones; maana decidir un nuevo plan. Sinembargo, esta noche slo soy capaz de amarrarme con el cinturn ydarle mordisquitos al pan. Est bueno. Sabe a casa. El sello no tarda en aparecer, seguido del himno, que slo oigocon el odo derecho. Veo al chico del Distrito 1 y a Rue; nada ms por 156. hoy. Quedamos seis --pienso--. Slo seis. Con el pan todava entre las manos, me quedo dormida deinmediato. A veces, cuando las cosas van especialmente mal, mi cerebro meregala un sueo feliz: una visita a mi padre en el bosque o una hora desol y tarta con Prim. Esta noche me enva a Rue, todava cubierta deflores, subida a un alto mar de rboles, intentando ensearme a hablarcon los sinsajos. No veo ni rastro de sus heridas, ni sangre; slo unania brillante y sonriente. Canta canciones que no he odo nunca conuna voz clara y meldica, una y otra vez, durante toda la noche. Pasopor un periodo intermedio de duermevela en el que oigo las ltimasnotas de su msica, aunque ella ya se ha perdido entre las hojas.Cuando me despierto del todo, me siento reconfortada durante unmomento; intento aferrarme a la sensacin de tranquilidad del sueo,pero se va rpidamente, y me deja ms triste y sola que nunca. Me pesa todo el cuerpo, como si me corriese plomo lquido por lasvenas. He perdido la voluntad necesaria hasta para las tareas mssencillas. Me limito a quedarme donde estoy, contemplando sinparpadear el dosel de hojas. Me paso varias horas sin moverme y,como siempre, es la imagen de la cara de preocupacin de Primvindome en pantalla lo que me saca de mi letargo. Empiezo por una serie de rdenes fciles, como: Ahora tienesque sentarte, Katniss. Ahora tienes que beber agua, Katniss. Sigo lasrdenes con lentos movimientos robticos. Ahora tienes que ordenarlas provisiones, Katniss. En la mochila de Rue est mi saco de dormir, su bota de aguacasi vaca, un puado de nueces y races, un poco de conejo, suscalcetines de recambio y su honda. El chico del Distrito 1 tiene varioscuchillos, dos cabezas de lanza de repuesto, una linterna, un saquitode cuero, un botiqun de primeros auxilios, una botella llena de agua yuna bolsa de fruta desecada. Una bolsa de fruta desecada! De todaslas cosas que podra haber cogido, se le ocurre llevarse esto. Para mes una seal de extrema arrogancia: por qu molestarse en llevarcomida cuando tienes todo un botn en el campamento, cuando matascon tanta rapidez a tus enemigos que puedes estar de vuelta antes deque te entre hambre? Slo espero que los dems profesionalesviajasen igual de ligeros en lo tocante a la comida y ahora no tengannada. 157. Hablando de lo cual, mis suministros tambin empiezan amenguar. Me acabo el pan del Distrito 11 y lo que queda del conejo.Hay que ver lo deprisa que desaparece la comida; slo me quedan lasraces y nueces de Rue, la fruta desecada del chico y una tira dececina. Ahora tienes que cazar, Katniss, me digo. Obedezco y meto las provisiones que me interesan en mi mochila.Despus, bajo del rbol, y escondo los cuchillos y las puntas de lanzadel chico bajo una pila de rocas para que nadie ms pueda usarlas.Me he desorientado con todas las vueltas que di ayer por la noche,pero intento volver en la direccin aproximada del arroyo. S que voypor buen camino cuando me encuentro con la tercera fogata de Rue,la que no lleg a encender. Poco despus descubro una bandada degransos en un rbol y derribo a tres antes de que puedan reaccionar.Vuelvo a la fogata de Rue y la enciendo, sin preocuparme por elexceso de humo. Dnde ests, Cato? --pienso, mientras aso los pjaros y lasraces de Rue--. Te estoy esperando. Quin sabe dnde estarn los profesionales? Demasiado lejospara alcanzarme, demasiado seguros de que les he preparado unatrampa o... Ser posible que les d miedo? Saben que tengo el arcoy las flechas, claro, porque Cato me vio quitrselas a Glimmer, perohabrn sabido unir los puntos? Sabrn que yo hice volar lasprovisiones y mat a su compaero? Seguramente creen que estoltimo lo hizo Thresh. No sera ms probable que l vengase lamuerte de Rue, y no yo, ya que son del mismo distrito? Aunquetampoco pareca muy interesado en ella... Y la Comadreja? Se qued para ver cmo estallaba el alijo?No, cuando la encontr riendo entre las cenizas, a la maanasiguiente, era como si alguien le hubiese dado una bonita sorpresa. Dudo que crean que Peeta encendi las hogueras, porque paraCato es como si estuviera muerto. De repente, se me ocurre que megustara poder contarle a Peeta lo de las flores que coloqu sobreRue, que ya entiendo lo que intentaba decirme en el tejado. Quiz sigana los juegos podr verlo la noche de la victoria, cuando reponganlos mejores momentos de la competicin en una pantalla sobre elescenario en el que hicimos las entrevistas. El ganador se sienta en ellugar de honor de la plataforma, rodeado por su equipo de apoyo. Pero le dije a Rue que yo ganara por las dos y, por algn motivo,me parece ms importante eso que la promesa que le hice a Prim. 158. Ahora creo de corazn que tengo la oportunidad de lograrlo, deganar. No es slo por las flechas o por haber sido ms lista que losprofesionales unas cuantas veces, aunque eso ayuda, sino porquepas algo cuando sostena la mano de Rue, cuando vea cmo se leiba la vida. Estoy decidida a vengarla, a impedir que olviden sumuerte, y slo puedo conseguirlo si gano e impido que me olviden am. Aso demasiado los pjaros, con la esperanza de que aparezcaalguien a quien disparar, pero nada. Quiz los dems tributos estndemasiado ocupados matndose a palos, lo que no me ira mal.Desde el bao de sangre, he aparecido en pantalla ms veces de lasque me gustara. Al final envuelvo la comida y vuelvo al arroyo para recoger agua yalgunas plantas, pero la pesadez de esta maana me ataca de nuevoy, aunque no es ms que ltima hora de la tarde, me subo a un rbol yme preparo para dormir. Mi cerebro empieza a revivir losacontecimientos de ayer: veo a Rue atravesada por la lanza, y miflecha en el cuello del chico. No s por qu debera preocuparme porlo que le hice al chico. Entonces me doy cuenta de que es mi primer asesinato. Junto con las otras estadsticas que se hacen pblicas paraayudar a la gente con sus apuestas, cada tributo tiene una lista deasesinatos. Supongo que, tcnicamente, me habrn apuntado el deGlimmer y el de la chica del Distrito 4, por haberles tirado el nido deavispas. Pero el chico del Distrito 1 ha sido la primera persona a la quehe matado conscientemente. Numerosos animales han muerto a mismanos, pero slo una persona. Oigo decir a Gale: De verdad haytanta diferencia?. El acto en s se parece tanto que resulta sorprendente: tensas elarco y disparas una flecha. Sin embargo, el resultado no tiene nadaque ver; he matado a un chico que no s ni cmo se llama. Susamigos clamarn por mi sangre, quiz tuviese una novia querealmente creyera que volvera a verlo... Pero cuando pienso en el cuerpo inmvil de Rue, consigo apartaral chico de mi mente; al menos, por ahora. Segn el cielo, hoy no ha pasado nada importante, no ha habidomuertes. Me pregunto cunto tardarn en provocar la siguientecatstrofe para unirnos. Si va a ser esta noche, quiero dormir un pocoprimero, as que me tapo la oreja buena para no or el sonido delhimno, aunque despus s oigo las trompetas y me siento de golpe, a 159. la espera.Normalmente, la nica informacin que reciben los tributos delexterior es el recuento diario de muertes. Sin embargo, de vez encuando, tocan las trompetas para hacer un anuncio; lo ms comn esque se trata de una invitacin a un banquete. Cuando la comidaescasea, los Vigilantes llaman a los jugadores para que participen enuna comilona celebrada en un lugar conocido por todos, como laCornucopia, animndolos as a que se renan y luchen. A veces es unbanquete de verdad, mientras que otras se trata de una hogaza depan rancio por la que competir. Yo no ira a por comida, pero podraser el momento ideal para acabar con unos cuantos rivales.La voz de Claudius Templesmith retumba en el cielo,felicitndonos a los seis que quedamos, pero no nos invita a unbanquete, sino que dice algo muy extrao: han cambiado una regla delos juegos. Han cambiado una regla! Por s solo, eso ya es alucinante,porque no tenemos ninguna regla propiamente dicha, salvo que nopodemos salir del crculo inicial hasta pasados sesenta segundos y laregla implcita de no comernos entre nosotros. Segn la nueva regla,los dos tributos del mismo distrito se declararn vencedores si son losltimos supervivientes. Claudius hace una pausa, como si supiera queno lo estamos entendiendo, y repite la regla otra vez.Asimilo la noticia: este ao pueden ganar dos tributos, siempreque sean del mismo distrito. Los dos pueden vivir; los dos podemosvivir.Antes de poder evitarlo, grito el nombre de Peeta. TERCERA PARTE:EL VENCEDOR _____ 19 _____Me tapo la boca, pero ya se me ha escapado el grito. El cielo seoscurece y oigo un coro de ranas que empiezan a cantar.Estpida! --me digo--. Qu estupidez has hecho!Espero, paralizada, a que los bosques se llenen de atacantes,pero despus recuerdo que no queda casi nadie. 160. Peeta, que est herido, es ahora mi aliado. Todas las dudas quepudiera haber tenido sobre l se desvanecen, porque, si alguno de losdos hubiese matado al otro, seramos parias a nuestro regreso alDistrito 12. De hecho, s que, de estar viendo los juegos por la tele,habra odiado a cualquier tributo que no intentase de inmediato aliarsecon su compaero de distrito. Adems, tiene sentido que nosprotejamos el uno al otro y, en mi caso (al ser los amantes trgicos delDistrito 12), es un requisito imprescindible si deseo recibir ms ayudade patrocinadores comprensivos.Los amantes trgicos... Peeta debe de haber estado jugndoselaa esa carta desde el principio. Por qu si no habran decidido losVigilantes este cambio sin precedentes en las reglas? Para que dostributos tengan la oportunidad de ganar, nuestro romance debe deser tan popular entre la audiencia que condenarlo al fracaso pondraen peligro el xito de los juegos. Y no es gracias a m, porque lo nicoque he hecho ha sido conseguir no matar a Peeta. No s qu habrhecho l en el estadio, aunque me da la impresin de que haconvencido al pblico de que ha sido para mantenerme con vida.Sacudi la cabeza para evitar que yo me metiese en la Cornucopia;luch contra Cato para permitirme escapar; incluso su unin con losprofesionales tiene que haber sido una tctica para protegerme. Alfinal va a resultar que Peeta nunca ha sido un peligro para m.La idea me hace sonrer. Dejo caer las manos y levanto el rostrohacia la luna, para que las cmaras puedan verlo bien.Entonces, a quin debo temer? A la Comadreja? El chico de sudistrito est muerto y ella trabaja sola, por la noche, y su estrategia haconsistido en evadirse, no en atacar. En realidad, aunque hayaescuchado mi voz, no creo que haga nada, salvo esperar a que otrome mate.Tambin est Thresh. Vale, l es una amenaza real, pero no lo hevisto ni una vez desde que empezaron los juegos. Cuando laComadreja se asust con un ruido en el lugar de la explosin, no sevolvi hacia el bosque, sino hacia lo que hay al otro lado de l, esazona del estadio que se pierde de vista y llega a no s dnde. Estoycasi segura de que la persona de la que hua era Thresh y que se essu dominio. Desde all no puede haberme escuchado y, aunque lohiciera, estoy a demasiada altura para alguien de su tamao.Eso me deja con Cato y la chica del Distrito 2, que seguramenteestarn celebrando la nueva regla. Es la nica pareja que queda, salvoPeeta y yo. 161. Debera huir, por si me han odo llamarlo? No --pienso--, que vengan. Que vengan con sus gafas de visinnocturna y sus pesados cuerpos ruidosos, que se pongan a tiro de misflechas. Sin embargo, s que no lo harn; si no vinieron a la luz del daguiados por mi hoguera, no se arriesgarn a caer en una trampanocturna. Cuando vengan, ser imponiendo sus condiciones, noporque sepan dnde estoy. Qudate aqu y duerme un poco, Katniss --me ordeno, a pesarde que deseara empezar a buscar a Peeta de inmediato--. Maana,maana lo encontrars. Consigo dormirme, pero, por la maana, me comporto con uncuidado extremo, porque, aunque los profesionales podran dudar enatacarme en un rbol, son muy capaces de montar una emboscada.Me aseguro de estar completamente preparada para superar el da(me tomo un buen desayuno, cierro bien la mochila, preparo lasarmas) antes de descender. Todo parece tranquilo y sin cambioscuando llego al suelo. Hoy debo tomar todas las precauciones posibles. Losprofesionales sabrn que estoy intentando localizar a Peeta y puedeque quieran esperar a que lo haga antes de actuar. Si est tanmalherido como cree Cato, me ver en la obligacin de defendernos alos dos sin ayuda. Sin embargo, si est tan incapacitado, cmo haconseguido seguir con vida? Y cmo demonios voy a encontrarlo? Intento pensar en algo que haya dicho Peeta y que puedaservirme de pista para saber dnde se esconde, pero no se me ocurrenada, as que vuelvo al ltimo momento en que lo vi brillando bajo laluz del sol, gritndome que corriera. Despus apareci Cato con laespada en alto y, cuando me fui, hiri a Peeta. Pero cmo escap?Quiz aguant mejor que Cato el veneno de las rastrevspulas. Quizfuera sa la variable que le permiti huir. Sin embargo, a l tambin lehaban picado. Cunto pudo alejarse, estando herido y lleno deveneno? Y cmo ha permanecido vivo todos estos das? Si la heriday las picaduras no lo han matado, la sed tendra que haberlo hecho. Entonces se me ocurre la primera pista sobre su ubicacin: nopodra haber sobrevivido sin agua, lo s por mis primeros das en elcampo de batalla. Tiene que estar escondido en un sitio cerca de unafuente de agua. Est el lago, pero es una opcin poco probable,teniendo en cuenta que se encuentra demasiado cerca delcampamento base de los profesionales. Hay unos cuantos estanquesalimentados por el arroyo, pero ah sera presa fcil. Y est el arroyo, 162. el que sale del campamento donde estuve con Rue, pasa cerca dellago y sigue adelante. Si se ha mantenido cerca del arroyo, habrpodido moverse y estar siempre cerca del agua; podra caminar por lacorriente y borrar sus huellas, e incluso pescar algo. Bueno, en cualquier caso es un buen lugar por donde empezar. Para confundir al enemigo, enciendo una fogata con mucha leaverde. Aunque piensen que es una artimaa, espero que suponganque estoy escondida por aqu, mientras que, en realidad, estarbuscando a Peeta. El sol quema la neblina de la maana casi de inmediato, y me doycuenta de que hoy va a hacer ms calor de lo normal. El agua meresulta fresca y agradable cuando meto los pies descalzos dentro,arroyo abajo. Siento la tentacin de llamar a Peeta conforme avanzo,pero decido que no es buena idea. Tendr que encontrarlo usando losojos y el odo que me queda, pero l sabr que lo busco, no? Esperoque su opinin sobre m no sea tan mala como para pensar que nohar caso de la nueva regla y me quedar sola, verdad? Es unapersona difcil de predecir, lo que resultara interesante en otrascircunstancias; en este momento, slo sirve para aadir otroobstculo. No tardo mucho en llegar al sitio desde el que part alcampamento de los profesionales. No hay ni rastro de Peeta, aunqueno me sorprende, porque he recorrido este lugar tres veces desde elincidente de las avispas. De haber estado cerca, seguro que lo habrasospechado. El arroyo empieza a doblarse hacia la izquierda paraintroducirse en una parte del bosque que no conozco. Una orillaembarrada y cubierta de plantas acuticas enredadas lleva a unasgrandes rocas que aumentan en tamao hasta que empiezo asentirme algo atrapada. Ahora no sera nada fcil escapar del arroyo,ni luchar contra Cato o Thresh mientras subo por este terreno rocoso.De hecho, justo cuando acabo de decidir que voy por el caminoequivocado, que un chico herido no podra entrar y salir de esta fuentede agua, veo el reguero de sangre que rodea una roca. Hace tiempoque se ha secado, pero las manchas que van de un lado al otrosugieren que alguien (alguien que, quiz, no estuviese en plenaposesin de sus facultades mentales) intent limpiarse la sangre. Abrazada a las rocas, me muevo lentamente hacia la sangre,buscndolo. Encuentro ms manchas, una con unos trozos de telapegados, pero ni rastro de l. Me derrumbo y digo su nombre en vozbaja: 163. --Peeta, Peeta!Entonces, un sinsajo aterriza en un rbol raqutico y empieza aimitarme, as que lo dejo, me rindo y vuelvo al arroyo pensando:Tiene que haberse ido ms abajo.Acabo de meter el pie en el agua cuando oigo una voz.--Has venido a rematarme, preciosa?Me vuelvo de golpe; viene de mi izquierda, as que no lo oigo muybien, y la voz es ronca y dbil, aunque tiene que ser Peeta. Qu otrapersona me llamara preciosa en este lugar? Recorro la orilla con lamirada, pero nada, slo barro, plantas y la base de las rocas.--Peeta? --susurro--. Dnde ests? --No me responde. Me lohe imaginado? No, estoy segura de que era real y de que estabacerca--. Peeta? --Me arrastro por la orilla.--Bueno, no me pises.Retrocedo de un salto, porque la voz viene del suelo, pero sigo sinverlo. Entonces abre los ojos, de un azul inconfundible entre el lodomarrn y las hojas verdes. Ahogo un grito y me recompensa con lafugaz visin de sus dientes blancos al rerse.Es lo ltimo en camuflaje; Peeta tendra que haberse olvidado dellanzamiento de pesos y haberse dedicado a convertirse en rbol enplena sesin privada con los Vigilantes. O en canto rodado. O en unaorilla embarrada llena de malas hierbas.--Cierra otra vez los ojos --le ordeno. Lo hace, y tambin la boca,y desaparece por completo. La mayor parte de lo que creo que es sucuerpo est debajo de una capa de lodo y plantas. La cara y losbrazos estn tan bien disfrazados que resultan invisibles. Me arrodilloa su lado--. Supongo que todas esas horas decorando pasteles handado por fin su fruto.--S, el glaseado, la ltima defensa de los moribundos.--No te vas a morir.--Y quin lo dice? --Tiene la voz muy ronca.--Yo. Ahora estamos en el mismo equipo, ya sabes.--Eso he odo --responde, abriendo los ojos--. Muy amable por tuparte venir a buscar lo que queda de m.--Te cort Cato? --le pregunto, sacando la botella para darle unpoco de agua.--Pierna izquierda, arriba.--Vamos a meterte en el arroyo para que pueda lavarte y ver qutipo de heridas tienes.--Primero, acrcate un momento, que tengo que decirte una cosa. 164. --Me inclino sobre l y acerco el odo bueno a sus labios, que mehacen cosquillas cuando me susurra:-- Recuerda que estamoslocamente enamorados, as que puedes besarme cuando quieras. --Gracias --respondo, apartando la cabeza de golpe, pero sinpoder evitar rerme--. Lo tendr en cuenta. Al menos es capaz de bromear. Sin embargo, cuando empiezo aayudarlo a llegar al arroyo, toda la ligereza desaparece. Est a pocoms de medio metro. Tan difcil va a ser? Pues s, porque me doycuenta de que no puede moverse ni un centmetro l solo; est tandbil que su nica ayuda consiste en dejarse llevar. Intento arrastrarlo,pero, a pesar de que s que hace todo lo posible por estarse quieto,se le escapan algunos gritos de dolor. El lodo y las plantas parecenhaberlo atrapado y, al final, tengo que dar un enorme tirn paraarrancarlo de sus garras. Sigue a medio metro del agua, tumbado, conlos dientes apretados y las lgrimas abrindole surcos en la porquerade la cara. --Mira, Peeta, voy a hacerte rodar hasta el arroyo. Aqu es pocoprofundo, vale? --Fantstico --responde. Me agacho a su lado. Pase lo que pase, me digo, no parar hastaque est en el agua. --A la de tres --le aviso--. Una, dos y tres! --Slo consigo queruede una vuelta completa antes de pararme, por culpa de loshorribles sonidos que est haciendo. Ahora est al borde del agua,quiz sea mejor as--. Vale, cambio de planes: no voy a meterte dentrodel todo --le digo. Adems, si lo consigo, quin sabe si despus podrsacarlo. --Nada de rodar? --Nada. Vamos a limpiarte. Vigila el bosque por m, vale? No s por dnde empezar: est tan cubierto de lodo y hojasapelmazadas que ni siquiera le veo la ropa..., si es que la lleva puesta.La idea me hace vacilar un momento, pero despus me lanzo. Loscuerpos desnudos no importan mucho en el estadio, verdad? Tengo dos botellas de agua y la bota de Rue; las apoyo en lasrocas del arroyo para que, mientras dos se llenan, pueda vaciar latercera sobre Peeta. Tardo un rato, pero al final quito el barrosuficiente para encontrar su ropa. Le bajo la cremallera de la chaquetacon mucho cuidado, le desabrocho la camisa y le quito las dos cosas.La camiseta interior est tan pegada a las heridas que tengo quecortarla con mi cuchillo y volver a mojarlo para soltarla. Est muy 165. magullado, tiene una larga quemadura en el pecho y cuatro picadurasde rastrevspula, contando con la de la oreja. Sin embargo, me sientoun poco mejor, porque esas cosas puedo arreglarlas. Decidoocuparme primero de su torso, aliviar parte del dolor antes deencargarme de lo que le haya hecho Cato a su pierna. Como tratarle las heridas no tiene mucho sentido si est tumbadoen un charco de barro, lo apoyo como puedo en un canto rodado. Sequeda ah sentado, sin quejarse, mientras le lavo la tierra del pelo y lapiel. Est muy plido a la luz del sol y ya no parece fuerte ymusculoso. Le saco los aguijones de las picaduras, lo que le arrancauna mueca, pero, en cuanto aplico las hojas, suspira de alivio.Mientras se seca al sol, lavo la camisa y la chaqueta, que estnasquerosas, y las coloco sobre las piedras. Despus le pongo lacrema para las quemaduras en el pecho. Entonces me doy cuenta delo caliente que tiene la piel. La capa de lodo y las botellas de aguahaban ocultado el hecho de que est ardiendo de fiebre. Rebusco enel botiqun de primeros auxilios que le quit al chico del Distrito 1 yencuentro pldoras para reducir la temperatura. Mi madre a veces cedey las compra cuando fallan todos sus remedios caseros. --Trgate esto --le digo, y l se toma la medicina como un chicoobediente--. Debes de tener hambre. --La verdad es que no. Qu raro, llevo das sin tener hambre--responde Peeta. De hecho, cuando le ofrezco granso, arruga la nariz y vuelve lacara. Entonces me doy cuenta de lo enfermo que est. --Peeta, tienes que comer algo --insisto. --Slo servir para que lo devuelva. --Lo nico que consigo esobligarlo a comer unos trocitos de manzana desecada--. Gracias.Estoy mucho mejor, de verdad. Puedo dormir un poco, Katniss? --Dentro de un momentito --le prometo--. Primero tengo quemirarte la pierna. Con todo el cuidado del mundo, le quito las botas, los calcetines ydespus, centmetro a centmetro, los pantalones. Veo el corte que hahecho la espada de Cato en la tela sobre el muslo, pero eso no meprepara de ninguna manera para lo que hay debajo. El profundo tajoinflamado supura sangre y pus, la pierna est hinchada y, lo peor detodo, huele a carne podrida. Quiero huir, desaparecer en el bosque como hice el da en quetrajeron al hombre quemado a nuestra casa, salir a cazar mientras mimadre y Prim se encargan de algo que yo no tengo ni el valor ni la 166. habilidad de curar. Sin embargo, aqu no hay nadie ms que yo;intento imitar el comportamiento tranquilo de mi madre cuando tieneun caso especialmente difcil. --Bastante feo, eh? --dice Peeta, que me observa con atencin. --Regular --respondo, encogindome de hombros como si nofuese gran cosa--. Deberas ver a algunas de las personas que lellevan a mi madre de las minas. --Me contengo para no aadir quesuelo huir de la casa siempre que trata algo ms grave que unresfriado. Bien pensado, ni siquiera me gusta estar cerca de la genteque tose--. Lo primero es limpiarla bien. Le he dejado puestos los calzoncillos porque no tienen mala pintay no quiero pasarlos por encima del muslo herido; bueno, vale, ytambin porque la idea de que est desnudo me incomoda. Es otra delas habilidades de mi madre y Prim: la desnudez no tiene ningnefecto en ellas, no hace que se avergencen. Lo ms irnico es que,en este momento de los juegos, mi hermanita le sera ms til a Peetaque yo. Coloco mi trozo de plstico debajo de l para poder lavarlo deltodo. Con cada botella que le echo encima, peor aspecto tiene laherida. El resto de su mitad inferior est bastante bien, slo unapicadura de rastrevspula y unas cuantas quemaduras pequeas quele trato rpidamente. Por otro lado, el corte de la pierna..., cmodemonios voy a curarlo? --Por qu no lo dejamos un momento al aire y...? --dejo la frasesin acabar. --Y despus lo curas? --responde Peeta. Es como si sintiesepena por m, como si supiese lo perdida que estoy. --Eso. Mientras tanto, cmete esto. Le pongo unas peras secas partidas por la mitad en la mano yvuelvo al arroyo a lavarle el resto de la ropa. Una vez la tengo puesta a secar, examino el contenido delbotiqun; son cosas bastante bsicas: vendas, pldoras para la fiebre,medicinas para el dolor de estmago. Nada del calibre de lo quenecesito para curarlo. --Vamos a tener que experimentar --admito. S que las hojas para las rastrevspulas acaban con la infeccin,as que empiezo por ellas. A los pocos minutos de apretar la sustanciaverde masticada en la herida, el pus empieza a bajarle por la pierna.Me digo que es buena seal y me muerdo con fuerza el interior de lamejilla, porque estoy a punto de echar fuera el desayuno. --Katniss? --dice Peeta. Lo miro a los ojos y s que debo de 167. tener la cara verde--. Y ese beso? --me dice moviendo los labios,pero sin emitir sonido alguno. Me echo a rer, porque todo esto es tanasqueroso que no puedo soportarlo--. Va todo bien? --me pregunta,en un tono ms inocente de lo normal. --Es que..., es que no se me dan bien estas cosas. No tengo niidea de qu estoy haciendo y odio el pus. Puaj! --Me permitoexclamar mientras limpio la primera ronda de hojas y aplico lasegunda--. Puaaaaj! --Cmo puedes cazar? --Creme, matar animales es mucho ms sencillo que esto.Aunque, por lo que s, podra estar matndote. --Puedes darte un poco ms de prisa? --No. Cierra el pico y cmete las peras. Despus de tres aplicaciones y de lo que parece un cubo enterode pus, la herida tiene mejor aspecto. Como la inflamacin ha bajadoun poco, veo la profundidad del corte de Cato: llega hasta el hueso. --Y ahora qu, doctora Everdeen? --pregunta Peeta. --Puedo ponerle un poco de pomada para las quemaduras. Creoque ayudara con la infeccin. Lo vendo? --Lo hago y todo parecemucho ms manejable cuando est cubierto de algodn blanco ylimpio, aunque, comparado con la venda estril, el borde de suscalzoncillos parece sucio y lleno de bacterias. Saco la mochila deRue--. Toma, cbrete con esto y te lavo los calzoncillos. --Oh, no me importa que me veas. --Eres como el resto de mi familia. A m s me importa, vale? Me vuelvo y miro el arroyo hasta que los calzoncillos caen en lacorriente. Debe de sentirse un poco mejor si es capaz de lanzarlos. --Sabes? Para ser una cazadora letal eres un poco aprensiva--dice Peeta mientras le lavo la ropa interior entre dos piedras--. Ojalte hubiese dejado darle la ducha a Haymitch. --Qu te ha enviado hasta ahora? --le pregunto, arrugando lanariz al recordar la escena. --Nada de nada. --De repente, se da cuenta de algo y hace unapausa--. Por qu? A ti s? --La medicina para las quemaduras --respondo, casi con timidez--.Ah, y pan. --Siempre supe que eras su favorita. --Venga ya, si ni siquiera soporta estar en la misma habitacinque yo. --Porque os parecis --murmura Peeta, aunque no le hago caso, 168. porque no es momento para ponerme a insultar a Haymitch, que es miprimer impulso. Dejo que Peeta se adormile mientras se le seca la ropa, pero, altima hora de la tarde, me da miedo que siga, as que le sacudo unpoco el hombro. --Peeta, tenemos que irnos ya. --Irnos? --pregunta, como si estuviese aturdido--. Adonde? --Lejos de aqu. Quizs arroyo abajo, a algn lugar en el quepodamos escondernos hasta que te pongas ms fuerte. --Lo ayudo avestirse y le dejo los pies descalzos para caminar por el agua;despus lo levanto. Se queda plido en cuanto apoya peso en lapierna--. Venga, puedes hacerlo. Pero no puede; al menos, no por mucho tiempo. Recorremoscincuenta metros aguas abajo, l apoyado sobre mi hombro, y me doycuenta de que va a desmayarse. Lo siento en la orilla, le pongo lacabeza entre las rodillas y le doy unas palmaditas torpes mientrasexamino la zona. Aunque est claro que me encantara subirme a unrbol, no puede ser. Por otro lado, la cosa podra estar peor: hayalgunas rocas que forman unas pequeas estructuras similares acuevas. Elijo una que est unos veinte metros por encima del arroyo.Cuando Peeta logra volver a levantarse, lo llevo medio a rastras hastala cueva. La verdad es que me gustara buscar un sitio mejor, perohabr que conformarse con ste, porque mi aliado est rendido: carablanca como la cal, jadeos y, aunque acaba de empezar a refrescar unpoco, l tiembla. Cubro el suelo de la caverna con una capa de agujas de pino,desenrollo el saco de dormir y lo meto dentro. Le doy un par depldoras con agua cuando est despistado, pero se niega a comer, nisiquiera admite la fruta. Despus se queda tumbado y me mirafijamente, y yo fabrico una especie de cortina con vides para ocultar laentrada. El resultado no es satisfactorio; un animal no lo mirara dosveces, pero un humano notara en seguida que es artificial. La rompoen pedazos, frustrada. --Katniss --me llama. Me vuelvo y le aparto el pelo de los ojos--.Gracias por encontrarme. --T lo habras hecho de ser al contrario --respondo. Tiene la frente ardiendo, como si la medicina no tuviese efecto.De repente, sin ms, me asusta que se muera. --S. Mira, si no regreso... --empieza. --No digas eso, no he sacado todo ese pus para nada. 169. --Lo s, pero, por si acaso... --intenta seguir. --No, Peeta, ni siquiera quiero hablar del tema --insisto,ponindole los dedos en los labios para callarlo. --Pero... Siguiendo un impulso, me inclino y lo beso para que deje dehablar. De todos modos, es algo que seguramente tendra que haberhecho ya, puesto que, como bien dijo, se supone que estamoslocamente enamorados. Es la primera vez que beso a un chico eimagino que tendra que causarme alguna impresin, pero slo notoque sus labios tienen una temperatura poco natural por culpa de lafiebre. Me aparto y lo arropo con el borde del saco. --No te vas a morir. Te lo prohibo, vale? --Vale --susurra l. Salgo al fresco aire nocturno justo cuando el paracadas cae delcielo. Deshago rpidamente el nudo con la esperanza de que sea unamedicina de verdad para tratar la pierna de Peeta. Sin embargo, meencuentro con una olla de caldo caliente. Haymitch no poda haberme enviado un mensaje ms claro: unbeso equivale a una olla de caldo. Casi lo oigo gruir: Se supone queests enamorada, preciosa, y el chico se est muriendo. Dame algocon lo que pueda trabajar!. Y tiene razn: si quiero mantener vivo a Peeta debo darle a laaudiencia algo ms por lo que preocuparse. Los amantes trgicosdesesperados por volver juntos a casa..., dos corazones latiendo alritmo de uno..., romance. Como nunca he estado enamorada, va a ser complicado. Piensoen mis padres, en que mi padre siempre le llevaba regalos a mi madrecuando iba al bosque; a mi madre se le iluminaba la cara al or susbotas llegando a la puerta, y estuvo a punto de rendirse cuando lmuri. --Peeta! --exclamo, intentando poner aquel tono especial queusaba mi madre con mi padre. Se ha dormido otra vez, pero lodespierto con un beso, lo que parece sorprenderlo. Despus sonre,como si se alegrara de estar all tumbado y poder mirarme por lossiglos de los siglos. Se le dan bien estas cosas. Yo sostengo la olla enalto--. Peeta, mira lo que te ha enviado Haymitch. 170. _____ 20 _____ Me paso una hora tratando de convencer a Peeta para que setrague el caldo, suplicndole, amenazndole y, s, besndolo, hastaque al final, sorbito a sorbito, vaca la olla. Entonces dejo que sequede dormido y me ocupo de m; me zampo una cena de granso yraces mientras veo el informe diario en el cielo. No hay muertes. Detodos modos, Peeta y yo le hemos ofrecido un da bastanteinteresante a la audiencia, as que, con suerte, los Vigilantes nosconcedern una noche tranquila. La costumbre hace que empiece a buscar un buen rbol paraacurrucarme, antes de caer en la cuenta de que eso se acab, almenos por un tiempo. No puedo dejar a Peeta sin proteccin en elsuelo. No toqu nada en el lugar de su ltimo escondite junto al arroyo(cmo iba a ocultar nada?), y estamos a cuarenta y cinco metrosescasos de all, aguas abajo. Me pongo las gafas, preparo las armas yme dispongo a montar guardia. La temperatura baja rpidamente y, en pocos minutos, estoyhelada como un polo. Al final me doy por vencida y me meto en elsaco de dormir con Peeta. Est calentito y me acurruco con gustohasta que me doy cuenta de que est algo ms que calentito: es unhorno, porque el saco est reflejando la fiebre de Peeta. Le pongo la mano en la frente y compruebo que est ardiendo yseca. No s qu hacer. Lo dejo en el saco y espero a que el excesode calor lo haga sudar la fiebre? Lo saco y espero a que el airenocturno lo refresque? Acabo humedeciendo una venda ycolocndosela en la cabeza. Parece poca cosa, pero no me atrevo atomar ninguna decisin drstica. Me paso la noche medio sentada, medio tumbada al lado dePeeta, refrescando la venda e intentando no pensar en que soy msvulnerable ahora que me he aliado con l que cuando estaba sola.Anclada en el suelo, en guardia, con un enfermo a mi cargo. Sinembargo, saba que estaba herido y, a pesar de ello, vine a por l.Tengo que confiar en que el instinto que me hizo ir a buscarlo fueseacertado. Cuando el cielo adquiere un tinte rosado, veo la capa de sudorsobre el labio de Peeta y descubro que le ha bajado la fiebre, no hastala temperatura normal, pero s varios grados. Como la noche anterior,cuando recoga vides, me encontr con uno de los arbustos de bayasque me haba enseado Rue, salgo a recoger la fruta y la aplasto en la 171. olla del caldo, mezclndola con agua fra. --Me despert y no estabas --me dice Peeta, intentandolevantarse, cuando llego a la cueva--. Estaba preocupado por ti. --Que t estabas preocupado por m? --pregunto, sin poderevitar la risa, mientras lo tumbo otra vez--. Te has echado un vistazoltimamente? --Crea que Cato y Clove te haban encontrado. Les gusta cazarde noche --sigue diciendo l, todava muy serio. --Clove? Quin es? --La chica del Distrito 2. Sigue viva, no? --S. Estamos ellos, nosotros, Thresh y la Comadreja. Es el apodode la chica del 5. Cmo te sientes? --Mejor que ayer. Esto es mucho mejor que el lodo: ropa limpia,medicinas, un saco de dormir... y t. Ah, vale, volvemos al tema del romance. Le toco la mejilla, y l mecoge la mano y se la lleva a los labios. Recuerdo que eso mismo hacami padre con mi madre y me pregunto dnde lo habr visto Peeta,porque seguro que no ha sido entre su padre y esa bruja con la que secas. --Se acabaron los besos hasta que comas --le digo. Lo ayudo a apoyar la espalda en la pared y l se tragaobedientemente las cucharadas de papilla de bayas que le doy,aunque otra vez se niega a probar el granso. --No has dormido --me dice. --Estoy bien --respondo, a pesar de que me encuentro agotada. --Duerme un poco. Yo vigilar. Te despierto si pasa algo. Katniss--sigue diciendo, al verme vacilar--, no puedes estar despierta parasiempre. En eso tiene razn, en algn momento tendr que dormir, y mejorhacerlo ahora que Peeta est relativamente alerta y tenemos la luz delsol a nuestro favor. --Vale, pero slo unas cuantas horas; despus me despiertas. Ahora hace demasiado calor para el saco de dormir, as que locoloco sobre el suelo de la cueva y me tumbo encima, con el arcocargado en una mano, por si tengo que disparar en cuestin desegundos. Peeta se sienta a mi lado, apoyado en la pared, con lapierna mala estirada delante de l y los ojos clavados en el mundoexterior. --Durmete --me dice en voz baja, y me aparta los mechones depelo que me caen sobre la frente. A diferencia de los besos y caricias 172. de mentira que nos hemos dado hasta ahora, este gesto resultanatural y tranquilizador. No quiero que se pare, y l no lo hace; mesigue acariciando el pelo hasta que me quedo dormida. Demasiado, he dormido demasiado. Lo s en cuanto abro los ojosy veo que ya no es por la tarde. Peeta est a mi lado, en la mismaposicin. Me incorporo, sintindome algo a la defensiva, aunque llevodas sin encontrarme tan bien. --Peeta, se supona que ibas a despertarme en un par de horas. --Para qu? Aqu no ha pasado nada. Adems, me gusta vertedormir; no frunces el ceo, lo que mejora mucho tu aspecto. Obviamente, eso me hace fruncir el ceo, y l sonre. Entoncesme doy cuenta de lo secos que tiene los labios. Le toco la mejilla yest tan caliente como una estufa de carbn. Me asegura que haestado bebiendo, pero a m me parece que los contenedores estnllenos. Le doy ms pldoras para la fiebre y me quedo a su ladomientras se bebe primero un litro de agua y despus otro. Le curo lasheridas leves, las quemaduras y las picaduras, que tienen mejoraspecto. A continuacin me preparo mentalmente y le quito la venda ala pierna. Se me cae el alma a los pies, porque est peor, mucho peor. Yano hay pus al aire, pero se ha hinchado ms, y la piel, tirante yreluciente, est inflamada. Entonces veo las lneas rojas que leempiezan a subir por la pierna: septicemia. Si no recibe atencinmdica, morir; las hojas masticadas y la pomada no cambiarn nadaen absoluto, necesitamos medicinas fuertes para la infeccin,medicinas del Capitolio. No tengo ni idea de cunto podra costar algotan potente; si Haymitch recoge las donaciones de todos lospatrocinadores, ser suficiente? Lo dudo. Los regalos suben deprecio cuanto ms duran los juegos; lo que sirve para comprar unacomida completa en el primer da, slo da para una galleta salada enel decimosegundo. Y la clase de medicamento que necesita Peeta escara desde el principio. --Bueno, est ms hinchado, pero no hay pus --digo, con voztemblorosa. --S lo que es la septicemia, Katniss, aunque mi madre no seasanadora. --Simplemente significa que vas a tener que sobrevivir a los otros,Peeta. Te curarn en el Capitolio, cuando ganemos. --S, buen plan --responde, pero me da la impresin de que lohace por m. 173. --Tienes que comer y mantenerte fuerte. Voy a hacerte una sopa. --No enciendas un fuego, no merece la pena. --Ya veremos. Cuando meto la olla en el arroyo, me asombra el calor brutal quehace. Jurara que los Vigilantes estn subiendo la temperatura poco apoco por el da y bajndola al mximo por la noche. Sin embargo, elcalor de las piedras cocidas al sol junto al arroyo me da una idea;quiz no haga falta encender una hoguera. Me coloco sobre una gran roca plana, a medio camino entre elarroyo y la cueva. Despus de purificar media olla de agua, la colocoal sol y aado varias piedras calientes del tamao de huevos. Soy laprimera en reconocer que no valgo mucho como cocinera, pero, comola sopa consiste, bsicamente, en echarlo todo dentro de una olla yesperar, es una de mis especialidades. Pico el granso hasta que espoco ms que papilla y aplasto algunas de las races de Rue. Porsuerte, las dos cosas se haban asado antes, as que slo hay quecalentar. Gracias al sol y las rocas, el agua est ya caliente. Echodentro la carne y las races, cambio las rocas fras por otras calientes yvoy en busca de alguna verdura que le d un poco de sabor. No tardoen descubrir unos cebollinos que crecen en la base de unas rocas.Perfecto. Los pico y los meto en la olla, vuelvo a cambiar las rocas, lepongo la tapa y dejo que todo se cueza. No he visto muchas presas por aqu, pero no me siento cmodadejando a Peeta solo mientras cazo, as que coloco una docena detrampas de lazo y espero tener suerte. Me pregunto cmo les ir a losdems tributos sin su principal fuente de alimentacin. Al menos tresde ellos, Cato, Clove y la Comadreja, dependan de ella, aunqueseguramente Thresh no. Tengo la sensacin de que comparte algunosde los conocimientos de Rue sobre cmo alimentarse de la tierra.Estarn luchando entre ellos? Buscndonos? Quiz uno nos hayalocalizado y est esperando el momento oportuno para atacar. La ideahace que vuelva a la cueva. Peeta est tumbado sobre el saco de dormir, a la sombra de lasrocas. Aunque se anima un poco cuando entro, est claro que sesiente fatal. Le pongo una tela fresca en la cabeza, pero se calienta encuanto le toca la piel. --Quieres algo? --le pregunto. --No, gracias. Espera, s: cuntame un cuento. --Un cuento? Sobre qu? No soy una gran cuentacuentos, se parece mucho a cantar. Sin 174. embargo, de vez en cuando, Prim me saca alguno. --Uno que sea alegre. Cuntame el da ms feliz que puedasrecordar. Dejo escapar un sonido, mezcla de suspiro y exasperacin. Quele cuente algo alegre? Me va a costar ms trabajo que hacer la sopa.Me devano los sesos en busca de buenos recuerdos, pero la mayorason sobre Gale y yo cazando en el bosque, y, por algn motivo, meparece que no les gustaran ni a Peeta ni a la audiencia. Eso me dejaa Prim. --Te he contado alguna vez cmo consegu la cabra de Prim?--pregunto, y l sacude la cabeza y espera, ilusionado, as queempiezo, aunque con precaucin, porque mis palabras se van a orpor todo Panem. Est claro que la gente ha sumado dos ms dos y sabe de micaza furtiva, pero no quiero buscarles problemas a Gale, Sae laGrasienta, la carnicera y los agentes de la paz de casa que mecompran la carne, y eso es justo lo que hara si anunciasepblicamente que ellos tambin infringen la ley. sta es la verdadera historia de cmo consegu el dinero para lacabra de Prim, Lady. Un viernes de mayo por la noche, el da antes deldcimo cumpleaos de Prim, Gale y yo nos fuimos al bosque encuanto acab el colegio, porque yo quera recoger lo suficiente paracomprarle un regalo a mi hermana. Pensaba en una tela nueva paraun vestido o en un cepillo para el pelo. Nuestras trampas haban funcionado bien y el bosque estabarepleto de verduras, pero no ms que cualquier otra noche de viernes.Decepcionada, regresamos a casa, aunque Gale deca que nos iramejor al da siguiente. Estbamos descansando un momento junto aun arroyo cuando lo vimos: un joven ciervo, probablemente de un ao,por su aspecto; empezaban a salirle los cuernos, pequeos y cubiertosde terciopelo. Estaba preparado para huir, pero dudaba de nosotros,porque no estaba acostumbrado a los humanos. Era precioso. Quiz dej de ser tan precioso cuando recibi los dos flechazos,uno en el cuello y el otro en el pecho: Gale y yo habamos disparado ala vez. El ciervo intent correr, pero tropez y el cuchillo de Gale lecort el cuello antes de que el animal supiese lo que pasaba. Por unmomento sent una punzada de dolor ante la muerte de algo tan joveny tierno, aunque despus me gru el estmago al pensar en todaaquella carne joven y tierna. 175. Un ciervo! Gale y yo slo habamos cazado tres en total. Elprimero era una hembra que tena una pata herida, as que casi nocontaba. Sin embargo, de aquella experiencia habamos aprendido ano llevar la presa a rastras hasta el Quemador, porque haba sido elcaos: compradores pujando por las piezas e intentando arrancarlasellos mismos. Sae la Grasienta haba intervenido y nos haba enviadocon la cierva a la carnicera, pero el animal estaba destrozado, lehaban quitado trozos de carne y tena la piel llena de agujeros.Aunque todos pagaron lo justo, la presa perdi valor.Por eso, cuando cazamos el ciervo, esperamos a que oscureciesepara meternos por el agujero de la alambrada que estaba ms cercade la carnicera. A pesar de que todos supieran que cazbamos, no erabuena cosa que nos vieran arrastrar un ciervo de sesenta y ocho kilospor las calles del Distrito 12 a plena luz del da, como si se lorestregsemos en las narices a los funcionarios.La carnicera, una mujer bajita y regordeta llamada Rooba, abri lapuerta trasera cuando llamamos. Con Rooba no se regatea: ella te daun precio y t lo tomas o lo dejas; pero es un precio justo. Aceptamossu oferta por el ciervo y ella aadi un par de filetes de venado quepodramos recoger despus de que lo despiezase. Incluso dividiendoel dinero entre los dos, ni Gale ni yo habamos tenido tanto junto ennuestra vida. Decidimos guardarlo en secreto y sorprender a nuestrasfamilias con la carne y el dinero a la noche siguiente.En realidad, as es como consegu el dinero para la cabra, pero aPeeta le dije que vend un antiguo medalln de plata de mi madre. Esono le hace mal a nadie. Despus sigo con la historia a partir de la tardedel cumpleaos de Prim.Gale y yo fuimos al mercado de la plaza a comprar telas para elvestido de Prim. Mientras acariciaba un trozo de grueso algodn azul,algo me llam la atencin. Al otro lado de la Veta viva un anciano conun pequeo rebao de cabras; no s su verdadero nombre, pero todoslo llaman el hombre de las cabras. Tiene las articulaciones hinchadasy retorcidas en extraos ngulos, adems de una tos seca quedemuestra que trabaj muchos aos en las minas. Pero es un tipo consuerte: en algn momento consigui ahorrar lo suficiente para comprarlas cabras, y ahora tiene algo que hacer en su vejez, en vez demorirse de hambre poco a poco. Aunque es sucio e impaciente, suscabras estn limpias y su leche es buena, si tienes dinero parapagarla.Una de las cabras, una blanca con manchas negras, estaba 176. tumbada en un carro y no resultaba difcil averiguar por qu: algo,probablemente un perro, le haba mordido la paletilla, y se le habainfectado. Estaba mal, el hombre de las cabras tena que levantarlapara ordear, pero se me ocurri que conoca a la persona perfectapara curarla. --Gale --susurr--, quiero esa cabra para Prim. Tener una cabra poda cambiarte la vida en el Distrito 12; esosanimales se alimentan de casi cualquier cosa, la Pradera es un lugarperfecto para darles de comer, y pueden proporcionar casi cuatro litrosde leche al da: para beber, para hacer queso y para vender. Nisiquiera va contra la ley. --Est malherida --dijo Gale--. Ser mejor que le echemos unvistazo ms de cerca. Nos acercamos y compr una taza de leche para compartir;despus nos pusimos delante de la cabra, como si sintisemoscuriosidad y no tuvisemos nada mejor que hacer. --Dejadla en paz --dijo el hombre. --Slo estamos mirando --respondi Gale. --Bueno, pues mirad deprisa. Va directa a la carnicera. Casi nadiecompra su leche y, si la compran, pagan la mitad. --Qu te da la carnicera por ella? --le pregunt. --Espera a ver --contest el hombre, encogindose de hombros.Me volv y vi que Rooba se acercaba a nosotros--. Qu bien queaparezcas --le dijo el hombre de las cabras cuando lleg--. Esta chicade aqu le ha echado el ojo a tu cabra. --No, si ya est apalabrada --repuse, intentando sonardespreocupada. --No lo est --dijo Rooba, mirndome de arriba abajo; despusmir hacia la cabra con el ceo fruncido--. Mira esa paletilla, seguroque la mitad del bicho estar tan podrido que no me valdr ni parasalchichas. --Qu? Tenamos un trato. --Tenamos un trato por un animal con unas cuantas marcas dedientes, no por esto. Vndesela a la chica, si es lo bastante tonta paracomprarla. Antes de alejarse, vi que Rooba me guiaba un ojo. El hombre de las cabras estaba enfadado, pero segua queriendoquitarse la cabra de encima. Tardamos media hora en acordar unprecio, y ya tenamos a nuestro alrededor a una multitud deespectadores deseosos de dar su opinin. Era un trato excelente si la 177. cabra viva, pero un robo si se mora. Todos queran llevar razn,mientras yo me limitaba a llevarme la cabra. Gale se ofreci a cargar con ella; creo que quera ver la cara dePrim tanto como yo. En un momento de absoluta felicidad, compr unlazo rosa y se lo at al cuello, y despus corrimos a mi casa. La reaccin de Prim cuando entramos con la cabra fue para verla;hay que recordar que es la misma chica que llor hasta que logrsalvar a aquel horroroso gato viejo, Buttercup. Estaba tan emocionadaque empez a llorar y a rer a la vez; mi madre no estaba tan segura,al ver la herida, pero las dos se pusieron a trabajar con ella,aplicndole hierbas y engatusando al animal para que se tragase susbrebajes. --Suenan como t --dice Peeta. Casi se me haba olvidado queestaba conmigo. --Oh, no, Peeta, ellas saben hacer magia. Esa cosa no podrahaberse muerto ni queriendo --respondo, aunque me muerdo lalengua, porque me doy cuenta de lo que le parecer mi afirmacin al, que se muere en mis incompetentes manos. --No te preocupes, que no quiero --bromea--. Termina la historia. --Bueno, eso es todo. Slo que recuerdo que aquella noche Priminsisti en dormir con Lady en una manta junto al fuego y que, justoantes de dormirse las dos, la cabra le lami la mejilla, como si le dieseun beso de buenas noches o algo as. Ya estaba loca por ella. --Todava llevaba puesto el lazo rosa? --Creo que s. Por qu? --Intento imaginrmelo --responde, pensativo--. Ahora entiendopor qu fue un da feliz. --Bueno, saba que esa cabra era una mina de oro. --S, claro que me refera a eso, no a la inmensa alegra que lediste a tu hermana, a la que quieres tanto que ocupaste su lugar en lacosecha --dice Peeta, en tono irnico. --La cabra se ha amortizado con creces --insisto, con aire desuperioridad. --Bueno, no se atrevera a lo contrario, teniendo en cuenta que lesalvaste la vida. Pretendo hacer lo mismo. --De verdad? Y cunto decas que me has costado? --Muchos problemas. No te preocupes, te lo pagar con intereses. --No dices ms que tonteras --respondo, y le toco la frente. Lafiebre no hace ms que subir--. Aunque ests un poco ms fresco. 178. El sonido de las trompetas me sorprende; me pongo en pie de unsalto y me asomo corriendo a la entrada de la cueva; no quieroperderme ni una slaba. Es mi nuevo mejor amigo, ClaudiusTemplesmith, y, como esperaba, nos invita a un banquete. Bueno, notenemos tanta hambre y, literalmente, descarto su propuestamoviendo la mano con indiferencia, hasta que dice: --Una cosa ms: puede que algunos estis ya rechazando miinvitacin, pero no se trata de un banquete normal. Cada uno devosotros necesita una cosa desesperadamente. --S que necesito algodesesperadamente, algo para curar la pierna de Peeta--. En laCornucopia, al alba, encontraris lo que necesitis en una mochilamarcada con el nmero de vuestro distrito. Pensadlo bien antes dedescartarlo. Para algunos, ser vuestra ltima oportunidad. Se acab, slo quedan sus palabras, flotando en el aire. Peeta mecoge de los hombros por detrs y me asusta. --No --me dice--. No vas a arriesgar la vida por m. --Y quin ha dicho que piense hacerlo? --Entonces, no vas? --Claro que no voy, por quin me tomas? Crees que voy ameterme en una barra libre con Cato, Clove y Thresh? No seasestpido --respondo, ayudndolo a volver a la cama--. Dejar queluchen entre ellos y veremos quin sale en el cielo maana por lanoche; despus pensaremos en un plan. --Qu mal mientes, Katniss, no s cmo has sobrevivido tantotiempo. --Empieza a imitarme--. Saba que esa cabra era una minade oro. Ests un poco ms fresco. Claro que no voy. --Sacude lacabeza--. Ser mejor que no te dediques a las cartas, porqueperderas hasta la camisa. --Vale, s que voy, y no puedes detenerme! --exclamo, con lacara roja de rabia. --Puedo seguirte, al menos un trecho. Quiz no llegue a laCornucopia, pero, si voy detrs de ti gritando tu nombre, seguro quealguien me encuentra. As morir, y punto. --No podras recorrer ni cien metros con esa pierna. --Entonces, me arrastrar. Si t vas, yo voy. Es lo bastante cabezn y, quiz, lo bastante fuerte para hacerlo,para salir aullando por el bosque detrs de m. Aunque no lo encuentreun tributo, podra hacerlo otra cosa, y l no puede defenderse. Siquiero ir sola, voy a tener que emparedarlo aqu dentro. Adems,quin sabe el dao que podra hacerle el esfuerzo? 179. --Y qu se supone que debo hacer? Sentarme a verte morir?--digo, porque tiene que saber que no es una opcin, que la audienciame odiara y, sinceramente, yo tambin me odiara si ni siquiera lointentara. --No me morir, te lo prometo, si t me prometes que no irs. Estamos en tablas. S que no puedo convencerlo de esto, as queno lo intento y finjo aceptarlo a regaadientes. --Entonces tendrs que hacer lo que te diga, beberte el agua,despertarme cuando te lo pida y comerte toda la sopa, aunque estasquerosa! --De acuerdo. Est ya? --Espera aqu. El aire se ha vuelto fro, aunque el sol no se ha puesto. Yo tenarazn, los Vigilantes estn jugando con la temperatura. Me pregunto siuno de los tributos necesitar desesperadamente una buena manta.La sopa sigue calentita en su olla de hierro y, de hecho, tampoco esttan asquerosa. Peeta se la come sin quejarse, e incluso rebaa la olla parademostrar su entusiasmo. Divaga sobre lo deliciosa que est, lo quedebera animarme, de no ser porque s lo que le hace la fiebre a lagente. Es como escuchar a Haymitch antes de que el alcohol lo dejedel todo incoherente. Le doy otra dosis de la medicina para la fiebreantes de se le vaya por completo la cabeza. Cuando me acerco al arroyo para lavarme, slo puedo pensar enque morir si no acudo al banquete. Lo mantendr con vida un par dedas y despus la infeccin le llegar al corazn, al cerebro o a lospulmones y acabar con l. Y yo me quedar aqu sola, otra vez,esperando a los dems. Estoy tan perdida en mis pensamientos que casi me pierdo elparacadas, aunque flota delante de mis narices. Salto a cogerlo, losaco del agua y arranco la tela plateada para conseguir el frasco.Haymitch lo ha conseguido! Ha conseguido la medicina, no s cmo,habr convencido a un grupo de romnticos idiotas para quevendieran sus joyas. Puedo salvar a Peeta! Sin embargo, es un frascomuy pequeo, debe de ser muy fuerte para curar a alguien tanenfermo. Empieza a corroerme la duda, as que destapo el frasco y lohuelo; se me cae el corazn a los pies cuando me llega el aromadulzn. Para asegurarme, me echo una gota en la punta de la lengua:no cabe duda, es jarabe somnfero. Es una medicina comn en elDistrito 12, barata para ser medicina, aunque muy adictiva. Casi todos 180. han tomado una dosis en algn momento. Nosotras tenemos un pocoen casa, y mi madre se la da a los pacientes histricos, de modo quese duerman y ella pueda coser una herida fea, tranquilizarlos o slomitigar su dolor durante la noche. Slo hace falta un poquito, un frascode este tamao podra tumbar a Peeta durante un da entero, pero dequ me sirve eso? Me pongo tan furiosa que estoy a punto de tirar alarroyo el ltimo regalo de Haymitch, hasta que caigo en la cuenta: unda entero? Es ms de lo que necesito. Aplasto un puado de bayas para que no se note tanto el sabor yaado algunas hojas de menta, por si acaso. Despus, regreso a lacueva. --Te he trado un regalo. He encontrado otro arbusto de bayas unpoco ms abajo. Peeta abre la boca sin vacilar para tragarse el primer bocado,pero, acto seguido, frunce un poco el ceo. --Estn muy dulces. --S, son almezas; mi madre las utiliza para hacer mermelada.Es que no las habas probado antes? --pregunto, metindole lasiguiente cucharada en la boca. --No --responde l, casi perplejo--, pero me suena el sabor.Almezas? --Bueno, no es fcil encontrarlas en el mercado, son silvestres--respondo; otra cucharada dentro, slo me queda una. --Son tan dulces como el jarabe --dice l, tomndose la ltima--.Jarabe. Peeta abre mucho los ojos al darse cuenta de la verdad, pero yole tapo con fuerza la boca y la nariz, obligndolo a tragar en vez de aescupir. l intenta vomitar la papilla, pero es demasiado tarde: yaempieza a perder la conciencia. Mientras se va, leo en sus ojos que nome lo perdonar nunca. Me echo atrs, en cuchillas, y lo miro con una mezcla de tristeza ysatisfaccin. Se ha manchado la barbilla con una de las bayas, as quese la limpio. --Quin era la que no poda mentir, Peeta? --digo, aunque sque no puede orme. Da igual: el resto de Panem s puede. 181. _____ 21 _____ En las horas que quedan para que anochezca me dedico arecoger rocas y hacer todo lo posible por camuflar la abertura de lacueva. Es un proceso lento y arduo, pero, despus de mucho sudar ymover cosas de sitio, me siento satisfecha: ahora la cueva pareceformar parte de una pila de rocas de mayor tamao, como muchas delas que tenemos cerca. Todava puedo llegar hasta Peeta a travs deun pequeo agujero, pero no se ve desde el exterior. Eso es bueno,porque esta noche tendremos que compartir saco de nuevo. Adems,si no regreso del banquete, Peeta estar escondido, aunque no deltodo atrapado. En cualquier caso, dudo que pueda aguantar muchoms sin medicinas. Si muero en el banquete, es muy probable que elDistrito 12 no tenga vencedor este ao. Me como unos cuantos pececillos de esta parte del arroyo, quetienen un montn de espinas, lleno todos los contenedores de agua yla purifico, y limpio mis armas. Me quedan nueve flechas en total.Medito si debo dejarle a Peeta el cuchillo para que tenga algunaproteccin mientras no est con l, pero no tiene sentido. El chicoestaba en lo cierto: su ltima defensa es el camuflaje. Sin embargo, am s podra servirme el cuchillo. Quin sabe con qu me encontrar? Estoy bastante segura de algunas cosas; por ejemplo, de queCato, Clove y Thresh, como mnimo, estarn cerca cuando empiece elbanquete. No estoy segura de qu har la Comadreja, ya que laconfrontacin directa no es ni su estilo, ni su punto fuerte. Es mspequea que yo y va desarmada, a no ser que haya conseguidoalguna arma despus. Probablemente se quedar en algn lugarcercano y esperar a ver qu puede rapiar. Sin embargo, los otrostres... Voy a tener las manos llenas. La habilidad para matar desdelejos es mi mayor ventaja, pero s que tendr que entrar en el meollopara conseguir esa mochila, la que tiene el nmero 12, segn dijoClaudius Templesmith. Observo el cielo con la esperanza de contar con un adversariomenos al alba, pero no aparece nadie. Maana habr rostros aharriba, porque los banquetes siempre tienen vctimas. Me arrastro hasta el interior de la cueva, me coloco las gafas y meacurruco al lado de Peeta. Por suerte, esta noche he podido dormirbien; tengo que quedarme despierta. Aunque en realidad no creo quenos ataquen esta noche, tengo que estar despierta al alba. Esta noche hace fro, muchsimo fro, como si los Vigilantes 182. hubiesen introducido una corriente de aire helado en el estadio,suposicin que puede ser correcta. Me tumbo junto a Peeta dentro delsaco e intento absorber todo el calor que le provoca la fiebre. Resultaextrao estar tan cerca de forma fsica de alguien que estmentalmente tan lejos. El chico ahora mismo podra estar en elCapitolio o en el Distrito 12, incluso en la luna, por lo que a mrespecta. No me haba sentido tan sola desde que entr en los juegos. Tienes que aceptar que ser una mala noche, ya est, me digo. Aunque intento no hacerlo, no puedo evitar pensar en mi madre yPrim, preguntarme si lograrn dormir un poco esta noche. A estasalturas de los juegos, con un acontecimiento tan importante como elbanquete, seguramente habrn cancelado las clases. Mi familia puedeverlo en ese cacharro lleno de esttica que tenemos en casa o unirsea la multitud en la plaza, para verlo en las ntidas pantallasgigantescas. En casa tendr intimidad, pero en la plaza recibirnapoyo, los vecinos les dedicarn palabras amables y les darn algo decomida, si pueden. Me pregunto si el panadero las habr buscado,sobre todo ahora que Peeta y yo formamos equipo, y habr cumplidosu promesa de procurar que mi hermana tenga el estmago lleno. En el Distrito 12 deben de estar bastante contentos, porque casinunca nos quedan participantes cuando el juego est tan avanzado.Seguro que todos estn emocionados con Peeta y conmigo, sobretodo desde nuestro reencuentro. Si cierro los ojos, me imagino cmole gritan a las pantallas, animndonos; veo sus caras vitorendonos, lade Sae la Grasienta, la de Madge e incluso las de los agentes de lapaz que me compran la carne. Y Gale. Lo conozco, l no estar gritando y lanzando vtores, sinoque observar cada momento y cada detalle, e intentar hacermevolver a casa a fuerza de voluntad. Estar deseando que Peetatambin lo consiga? Gale no es mi novio, pero lo sera si le abrieseesa puerta? Habl de huir juntos. Era una idea prctica paraaumentar nuestras probabilidades de supervivencia fuera del distrito?O era algo ms? Me pregunto qu pensar de tanto besuqueo. A travs de una grieta en las rocas veo la luna avanzar por elcielo. Cuando calculo que faltan unas tres horas para el alba, empiezoa prepararme. Procuro dejarle a Peeta cerca el agua y el botiqun deprimeros auxilios; lo dems no le servir de nada si no regreso, y nisiquiera estas cosas podrn mantenerlo vivo mucho tiempo. Despusde pensarlo un poco, le quito la chaqueta y me la pongo encima de la 183. ma. l no la necesita, ya que est dentro del saco y con la fiebre muyalta; adems, durante el da, si no estoy con l para quitrsela, seasar vivo con ella. Ya tengo las manos entumecidas por el fro, asque cojo el par de calcetines de reserva de Rue, les hago agujerospara los dedos y me los pongo. Ayuda un poco. Lleno su mochilita decomida, una botella de agua y vendas, me meto el cuchillo en elcinturn, y cojo el arco y las flechas. Cuando estoy a punto de irme,recuerdo la importancia de mantener la rutina de amantes trgicos yme inclino sobre Peeta para darle un largo beso. Me imagino lossuspiros llorosos del Capitolio y finjo que me enjugo las lgrimas.Despus me meto por la abertura de las rocas y salgo a la noche.Mi aliento forma nubculas blancas al entrar en contacto con elaire; hace tanto fro como en una noche de noviembre en casa, unanoche en los bosques, linterna en mano, en la que corro a reunirmecon Gale en un lugar previamente acordado para acurrucamos juntosbebiendo una infusin, envueltos en mantas, con la esperanza de quepase por all alguna presa conforme se acerque la maana.Oh, Gale --pienso--, si estuvieras aqu para guardarme lasespaldas...Me muevo todo lo deprisa que me atrevo. Las gafas sonextraordinarias, aunque sigo echando mucho de menos el uso de miodo izquierdo. No s qu hizo la explosin, pero creo que haestropeado algo de forma irreparable. Da igual, si vuelvo a casa sertan asquerosamente rica que podr pagar a alguien para que oiga porm.El bosque siempre parece distinto por la noche; incluso con lasgafas, todo tiene un ngulo desconocido, como si los rboles, flores ypiedras del da se hubiesen ido a dormir y hubiesen enviado comosustitutos a unas versiones ms siniestras. No intento nada peligroso,como escoger una nueva ruta, sino que vuelvo al arroyo y sigo elmismo recorrido de vuelta al escondite de Rue, cerca del lago. Por elcamino no veo ni rastro de los dems tributos, ni una nube de vaho, niuna rama movindose. O soy la primera o los otros se buscaron unsitio ayer por la noche. Cuando me meto en la maleza para esperar aque empiece a correr la sangre, todava queda ms de una hora, quizdos, para que amanezca.Mastico un par de hojas de menta: mi estmago no da para ms.Por suerte, tengo la chaqueta de Peeta adems de la ma; si no,habra tenido que moverme para entrar en calor. El cielo adquiere untono de maana gris brumosa y sigue sin haber ni rastro de los dems. 184. La verdad es que no me sorprende, ya que todos han destacado porsu fuerza, capacidad asesina o astucia. Supondrn que llevo a Peetaconmigo? Dudo que la Comadreja y Thresh sepan que est herido, loque me viene bien, porque quiz as crean que l me cubre cuandovaya a por la mochila. Pero dnele la han puesto? El estadio ya est lo bastanteiluminada para quitarme las gafas. Oigo los cantos de los pjarosdiurnos, no es ya la hora? Durante un segundo me entra el pnico deestar en el sitio equivocado. Sin embargo, no, recuerdo bien queClaudius Templesmith habl de la Cornucopia, y aqu est. Y aquestoy. Entonces, dnde est mi banquete? Justo cuando el primer rayo de sol se refleja en la Cornucopia deoro, noto movimiento en el llano. El suelo delante de la boca delcuerno se divide en dos y surge una mesa redonda con un mantelblanco como la nieve. En la mesa hay cuatro mochilas, dos negrasgrandes con los nmeros 2 y 11, una mediana verde con el nmero 5,y una diminuta naranja (lo cierto es que podra llevarla colgada de lamueca) que debe de tener un 12. A los pocos segundos de or el clic de la mesa al encajar en elsuelo, una figura sale corriendo de la Cornucopia, agarra la mochilaverde y se aleja a toda prisa. Es la Comadreja! Ella era la nicacapaz de salir con una idea tan genial y arriesgada! Los demsseguimos colocados alrededor del llano, analizando la situacin, y ellaya tiene su mochila. Adems, nos ha atrapado, porque nadie quiereperseguirla, no con las otras mochilas sobre la mesa, vulnerables. LaComadreja debe de haber dejado all las otras a propsito, porquesaba que robar una con otro nmero hara que alguien la persiguiese.sa tendra que haber sido mi estrategia! Mientras yo experimentosorpresa, admiracin, rabia, celos y, por ltimo, frustracin, su mata depelo rojizo ya ha desaparecido entre los rboles, fuera del alcance demi arco. Ummm. Siempre temo a los otros, pero quiz sea laComadreja la verdadera contrincante. Encima, me ha costado tiempo, porque ahora queda claro quetengo que ser la siguiente. Si alguien llega a la mesa antes que yo, nole costar llevarse mi paquete y largarse. Sin vacilar, salgo corriendohacia la mesa y noto el peligro antes de verlo. Por suerte, el primercuchillo se dirige a mi lado derecho, as que lo oigo y soy capaz dedesviarlo con el arco. Me vuelvo, tenso la cuerda y lanzo una flechadirecta al corazn de Clove. Ella se vuelve lo justo para evitar unblanco mortal, pero la punta le agujerea el antebrazo izquierdo. 185. Aunque es una pena que no sea zurda, me basta para frenarla duranteunos segundos, ya que tiene que sacarse la flecha del brazo yexaminar la gravedad de la herida. Yo me sigo moviendo y coloco otraflecha de forma automtica, como slo sabe hacer alguien que llevamuchos aos cazando. Ya he llegado a la mesa, cojo la mochilita naranja, meto la manoentre las correas y me la pongo en el brazo, porque es demasiadopequea para encajar en cualquier otra parte de mi anatoma. Mevuelvo para disparar de nuevo cuando el segundo cuchillo me da en lafrente. Me hace un corte encima de la ceja derecha, me ciega un ojo yme llena la boca de sangre. Me tambaleo y retrocedo, pero consigolanzar la flecha que tengo preparada hacia mi atacante, ms o menos.En cuanto sale, s que no acertar; entonces Clove se me echaencima, me derriba boca arriba y me sujeta los hombros contra elsuelo con las rodillas. Se acab, pienso, y, por el bien de Prim, espero que searpido. Sin embargo, ella quiere saborear el momento, incluso cree tenertiempo. Sin duda, Cato est cerca, protegindola, esperando a Threshy, posiblemente, a Peeta. --Dnde est tu novio, Distrito 12? Sigue vivo? --me pregunta. --Est aqu al lado, cazando a Cato --respondo; bueno, mientrashablemos, seguir viva. Grito a todo pulmn--: Peeta! Clove me da un puetazo a la altura de la trquea, lo que sirve ala perfeccin para callarme. Sin embargo, mueve la cabeza de uno aotro lado, por lo que entiendo que, durante un instante, ha pensadoque le estaba diciendo la verdad. Como no aparece ningn Peeta parasalvarme, se vuelve de nuevo hacia m. --Mentirosa --dice, sonriendo--. Est casi muerto, Cato sabe biendnde cort. Seguramente lo tienes atado a la rama de un rbolmientras intentas que no se le pare el corazn. Qu hay en esamochilita tan mona? La medicina para tu chico amoroso? Qu penaque no la vaya a ver. --Clove se abre la chaqueta y veo que estforrada con una impresionante coleccin de cuchillos. Selecciona conparsimonia uno de aspecto casi delicado, con una cruel hoja curva--.Le promet a Cato que, si me dejaba acabar contigo, le dara a laaudiencia un buen espectculo. --Me retuerzo para intentardesequilibrarla, pero no lo consigo. Pesa demasiado y me tiene biencogida--. Olvdalo, Distrito 12, vamos a matarte, igual que a tulamentable aliada..., cmo se llamaba? La que iba saltando por los 186. rboles? Rue? Bueno, primero Rue, despus t y despus creo quedejaremos que la naturaleza se encargue del chico amoroso. Qu teparece? Bien, por dnde empiezo? Me limpia con la manga de la chaqueta la sangre de la herida, sinmucha delicadeza. Me observa la cara durante un momento,volvindola a un lado y otro, como si fuese un bloque de madera yestuviese decidiendo qu diseo tallar. Intento morderle la mano, peroella me coge el pelo de la parte de arriba de la cabeza y me obliga aapoyarla en el suelo. --Creo... --Parece tan contenta que slo le falta ronronear--. Creoque empezar con tu boca. Aprieto los dientes mientras ella traza, burlona, el perfil de mislabios con la punta del cuchillo. No voy a cerrar los ojos. El comentario sobre Rue me ha puestofuriosa, lo bastante furiosa como para morir con alguna dignidad, creo.Mi ltimo acto de desafo ser mirarla a los ojos hasta que no puedaseguir viendo, lo cual no ser mucho, pero lo har. No gritar, moririnvicta, a mi discreta manera. --S, creo que ya no te hacen mucha falta los labios. Quieresenviarle un ltimo beso al chico amoroso? --me pregunta. Renosangre y saliva en la boca, y se lo escupo todo a la cara. Ella se poneroja de rabia--. De acuerdo, vamos a empezar. Me preparo para el atroz dolor que se avecina, pero, cuandosiento que la punta del cuchillo me hace el primer corte en el labio, unafuerza terrible arranca a Clove de mi cuerpo; la oigo gritar. Al principioestoy demasiado aturdida para entender qu ha pasado. Ha venidoPeeta a salvarme, de algn modo? Acaso los Vigilantes han enviadoun animal salvaje para aumentar la diversin? Es que unaerodeslizador se la ha llevado por los aires? Entonces me apoyo en los brazos dormidos para levantarme yveo que no es nada de eso: Clove cuelga de los brazos de Thresh, atreinta centmetros del suelo. Dejo escapar un grito ahogado al verloas, erguido sobre m, sosteniendo a Clove como si fuese una muecade trapo. Recordaba que era grande, pero es enorme, mucho mspoderoso de lo que crea. Incluso parece haber ganado peso en elestadio. Le da la vuelta a Clove y la tira al suelo. Cuando grita, doy un salto, porque nunca lo haba odo levantar lavoz, siempre hablaba en susurros. --Qu le has hecho a la niita? La has matado? Clove est retrocediendo a cuatro patas, como un insecto 187. desesperado, demasiado atnita para acordarse de llamar a Cato. --No! No, no fui yo! --Has dicho su nombre, te he odo. La has matado? --Otra ideahace que se le retuerza la cara de rabia--. La cortaste en trocitoscomo ibas a cortar a esta chica? --No! No, yo no... --Clove ve la piedra que tiene Thresh en lamano, del tamao de una pequea barra de pan, y pierde el control--.Cato! --chilla--. Cato! --Clove! --oigo gritar a Cato, pero calculo que est demasiadolejos para ayudarla. Qu estaba haciendo? Intentaba atrapar a la Comadreja o aPeeta? O esperaba a que apareciese Thresh y se ha equivocado porcompleto con su ubicacin? Thresh estrella con fuerza la roca en la sien de Clove. No sangra,pero veo la marca en el crneo y s que est perdida; sin embargo, lequeda algo de vida, porque veo que se le mueve rpidamente el pechoy deja escapar un gemido. Cuando Thresh se vuelve hacia m con la piedra levantada, sque no me servira de nada correr; adems, no tengo ninguna flechapreparada en el arco, puesto que la ltima sali volando en direccin aClove. Estoy atrapada en la ira de sus extraos ojos castao dorado. --Qu quera decir? Qu era eso de que Rue era tu aliada? --Yo..., yo..., nosotras formamos un equipo. Volamos en pedazoslas provisiones. Intent salvarla, de verdad, pero l lleg primero.Distrito 1 --respond. Quiz si sabe que ayud a Rue decida utilizar un mtodo menoslento y sdico para acabar conmigo. --Y lo mataste? --S, lo mat, y a ella la cubr de flores. Y cant hasta que sedurmi. Se me llenan los ojos de lgrimas; me abruman Rue, el dolor decabeza, el miedo a Thresh y los gemidos de la chica moribunda, queest a unos metros. --Hasta que se durmi? --pregunta Thresh, con voz spera. --Hasta que se muri, cant hasta que se muri. Vuestro distrito...me envi pan. --Levanto la mano, pero no para coger la flecha quenunca alcanzara, sino para limpiarme la nariz--. Hazlo deprisa, vale,Thresh? Veo emociones contradictorias en el rostro de Thresh, que baja laroca y me apunta con el dedo, casi como si me acusara. 188. --Te dejo ir slo esta vez, por la niita. T y yo estamos en paz.No nos debemos nada, entiendes?Asiento, porque entiendo lo de las deudas, lo de odiar. Entiendoque, si Thresh gana, tendr que volver a casa y enfrentarse a undistrito que ya ha roto todas las reglas para darme las gracias, y lahora rompe las reglas para drmelas tambin. Y entiendo que, porahora, Thresh no me va a aplastar el crneo.--Clove!La voz de Cato est mucho ms cerca; s, por el dolor que refleja,que ya ha visto a la chica en el suelo.--Ser mejor que corras, chica de fuego --dice Thresh.No hace falta que me lo diga dos veces: me vuelvo y huyo deThresh, Clove y el sonido de la voz de Cato. Cuando llego al bosque,miro atrs durante un segundo; Thresh y las dos mochilas grandesdesaparecen por el llano hacia la zona que todava no he visto. Catose arrodilla al lado de Clove, lanza en mano, suplicndole que sequede con l. Dentro de nada se dar cuenta de que es intil, de queno puede salvarla. Me meto entre los rboles, limpindome sin parar lasangre que me tapa el ojo, huyendo como la criatura salvaje y heridaque soy. Al cabo de unos minutos, oigo el caonazo y s que Clove hamuerto y que Cato estar siguindonos la pista a Thresh o a m. Estoyaterrada, dbil por la herida en la cabeza y trmula. Cargo una flechaen el arco, pero Cato puede alcanzar la misma distancia con la lanzaque yo con la flecha.Lo nico que me calma es que Thresh tiene la mochila de Catocon la cosa que necesita desesperadamente. Si tuviese que apostarpor alguien, dira que Cato va a por Thresh, no a por m. De todosmodos, no freno cuando llego al agua, me meto dentro con las botaspuestas y avanzo arroyo abajo. Me quito los calcetines de Rue queestaba usando como guantes y me los pongo en la frente para intentarcortar el flujo de sangre; sin embargo, se empapan en pocos minutos.No s cmo, pero consigo llegar a la cueva; me meto entre lasrocas y, a la escasa luz, me quito la mochilita naranja del brazo, cortoel cierre y tiro el contenido al suelo: una caja delgada con una agujahipodrmica. Sin vacilar, le meto la aguja a Peeta en el brazo ypresiono el mbolo poco a poco.Me llevo las manos a la cabeza y las dejo caer sobre el regazo,resbaladizas por la sangre.Lo ltimo que recuerdo es una polilla verde y plateada, de bellezaexquisita, que aterriza en la curva de la mueca. 189. _____ 22 _____ El sonido de la lluvia sobre el tejado de nuestra casa me devuelveel conocimiento. No obstante, lucho por volver a dormirme, envueltaen un clido capullo de mantas, a salvo en mi hogar. Soy vagamenteconsciente de que me duele la cabeza, quiz tenga la gripe y por esome dejan quedarme en la cama, aunque me da la impresin de quellevo mucho tiempo dormida. La mano de mi madre me acaricia lamejilla y yo no la aparto, como hubiese hecho de estar despierta,porque no quiero que sepa lo mucho que necesito ese contacto suyo,lo mucho que la echo de menos, aunque siga sin confiar en ella.Entonces me llega una voz, la voz equivocada, no la de mi madre, yme asusto. --Katniss --dice--. Katniss, me oyes? Abro los ojos y se desvanece la sensacin de seguridad. No estoyen casa, no estoy con mi madre; estoy en una cueva oscura y fra, conlos pies descalzos helados a pesar del saco, y en el aire noto uninconfundible olor a sangre. La cara demacrada y plida de un chicoentra en mi campo de visin y, despus de un sobresalto inicial, mesiento mejor. --Peeta. --Hola. Me alegro de volver a verte los ojos. --Cunto tiempo llevo inconsciente? --No estoy seguro. Me despert anoche y estabas tumbada a milado, en medio de un charco de sangre aterrador. Creo que por fin hasdejado de sangrar, aunque ser mejor que no te sientes ni nada. Me llevo la mano a la cabeza con precaucin: me la ha vendado.Ese gesto tan simple me hace sentir dbil y mareada. Peeta meacerca una botella a los labios y bebo con ganas. --Ests mejor? --le pregunto. --Mucho mejor. Lo que me inyectaste en el brazo hizo efecto. Estamaana ya no tena la pierna hinchada. No parece enfadado conmigo por haberlo engaado, drogado eido al banquete. Quiz ahora est demasiado destrozada y espere adespus para decrmelo, cuando est ms fuerte. Sin embargo, por elmomento es todo amabilidad. --Has comido? --le pregunto. --Siento decir que me tragu los tres trozos de granso antes dedarme cuenta de que podramos necesitarlo para despus. No tepreocupes, vuelvo a seguir una dieta estricta. 190. --No, no pasa nada. Tienes que comer. Ir a cazar pronto.--No demasiado pronto, vale? Deja que te cunde un poco.La verdad es que no me queda otra opcin. Peeta me da paracomer trocitos de granso y pasas, y me hace beber mucha agua. Merestriega los pies para calentarlos y los envuelve en su chaqueta antesde subirme el saco de dormir hasta la barbilla.--Todava tienes las botas y los calcetines mojados, y el tiempo noayuda --dice.Oigo un trueno y veo los relmpagos iluminar el cielo a travs deuna abertura en las rocas. La lluvia entra en la cueva por variosagujeros en el techo, aunque Peeta ha construido una especie detoldo sobre mi cabeza y la parte superior de mi cuerpo metiendo elcuadrado de plstico entre las rocas que tengo encima.--Qu habr provocado la tormenta? Es decir, quin es elobjetivo? --pregunta Peeta.--Cato y Thresh --digo, sin pensar--. La Comadreja estar en suguarida, donde sea, y Clove..., ella me cort y despus... --No puedoterminar la frase.--S que Clove est muerta, la vi en el cielo por la noche. Lamataste t?--No, Thresh le aplast el crneo con una roca.--Qu suerte que no te cogiese a ti tambin.--Lo hizo, pero me dej marchar --respondo.Al recordar lo sucedido durante el banquete se me revuelven lastripas. Por supuesto, no me queda ms remedio que contrselo todo,las cosas que me call porque l estaba demasiado enfermo parapreguntarlas y las que no estaba lista para revivir, como la explosin,mi odo, la muerte de Rue, el chico del Distrito 1 y el pan. Todo eso melleva a lo que pas con Thresh y en cmo haba pagado su deuda, poras llamarla.--Te dej ir porque no quera deberte nada? --pregunta Peeta,sin poder crerselo.--S. No espero que lo entiendas. T siempre has tenido lonecesario, pero, si vivieras en la Veta, no tendra que explicrtelo.--Y no lo intentes. Est claro que soy demasiado tonto parapillarlo.--Es como lo del pan. Parece que nunca consigo pagarte lo que tedebo.--El pan? Qu? De cuando ramos nios? --pregunta--. Creoque podemos olvidarlo. Es decir, acabas de revivirme. 191. --Pero no me conocas. No habamos hablado nunca. Adems, elprimer regalo siempre es el ms difcil de pagar. Ni siquiera estaraaqu para salvarte si t no me hubieses ayudado entonces. De todosmodos, por qu lo hiciste?--Por qu? Ya lo sabes --responde Peeta, y yo sacudo un pocola cabeza, aunque me duele--. Haymitch deca que costara muchoconvencerte.--Haymitch? Qu tiene que ver con esto?--Nada. Entonces, Cato y Thresh, eh? Supongo que sera muchopedir que se matasen entre ellos.Sin embargo, esa idea slo sirve para entristecerme.--Creo que Thresh nos hubiese cado bien, y que en el Distrito 12podramos haber sido amigos.--Entonces, esperemos que Cato lo mate, para no tener quehacerlo nosotros --responde Peeta, en tono lgubre.No me gustara nada que Cato matase a Thresh; de hecho, noquiero que muera nadie ms, pero no es el tipo de cosa que losvencedores van diciendo por el estadio. A pesar de que hago todo loposible por evitarlo, noto que se me llenan los ojos de lgrimas.--Qu te pasa? --me pregunta Peeta, mirndome con cara depreocupacin--. Te duele mucho?Le doy otra respuesta que, aun siendo cierta, puede interpretarsecomo un breve momento de debilidad, en vez de algo ms radical.--Quiero irme a casa, Peeta --le digo en tono lastimero, como unania pequea.--Te irs, te lo prometo --responde l, y se inclina para darme unbeso.--Quiero irme ahora.--Vamos a hacer una cosa: durmete y suea con casa; antes deque te des cuenta, estars all de verdad, vale?--Vale --susurro--. Despirtame si necesitas que monte guardia.--Yo estoy bien y descansado, gracias a Haymitch y a ti. Adems,quin sabe cunto durar esto?A qu se refiere? A la tormenta? Al breve respiro que nos da?A los juegos en s? No lo s, pero estoy demasiado cansada y tristepara preguntar.Cuando Peeta me despierta, ya es de noche. La lluvia se haconvertido en un aguacero que convierte las goteras de antes enautnticos ros. Peeta ha colocado la olla del caldo para recoger lopeor y ha cambiado de posicin el plstico para evitar que me caiga 192. demasiada agua. Me siento un poco mejor, puedo sentarme sinmarearme mucho y estoy muerta de hambre, igual que Peeta. Estclaro que esperaba a que me despertase para comer, por lo que estdeseando ponerse a ello. No queda mucho: dos trozos de granso, un pequeo revoltijo deraces y un puado de fruta seca. --Deberamos racionarlo? --me pregunta. --No, mejor nos lo terminamos. De todos modos, el granso se estponiendo malo, y slo nos faltara acabar enfermos por comer carneen mal estado. Divido la comida en dos pilas iguales e intentamos comrnosladespacio, pero tenemos tanta hambre que acabamos en un par deminutos y mi estmago no se siente muy satisfecho. --Maana ser da de caza --digo. --No podr servirte de mucha ayuda. No he cazado nunca. --Yo cazar y t cocinars. Tambin puedes recolectar verduras. --Ojal hubiese una especie de arbusto del pan por aqu--comenta Peeta. --El pan que me enviaron del Distrito 11 todava estaba caliente--respondo, suspirando--. Toma, mastica esto --aado, pasndole unpar de hojas de menta y metindome unas cuantas en la boca. Resulta difcil ver la proyeccin en el cielo con la tormenta, peroes lo bastante clara para saber que hoy no ha muerto nadie, as queCato y Thresh todava no se han encontrado. --Adnde fue Thresh? Es decir, qu hay al otro lado delcrculo? --le pregunto a Peeta. --Un campo; hasta donde alcanza la vista no hay ms que hierbasque llegan a la altura de los hombros. No lo s, quizs algunas tengangrano. Hay zonas de distintos colores, pero no se ven caminos. --Seguro que algunas tienen grano y seguro que Thresh sabecules. Entraste? --No, nadie tena muchas ganas de perseguir a Thresh por lahierba. Ese sitio tena un aire siniestro. Cada vez que miraba al campono haca ms que pensar en cosas escondidas: serpientes, animalesrabiosos y arenas movedizas. Ah podra haber cualquier cosa. No se lo digo, pero las palabras de Peeta me recuerdan a cuandonos advertan que no fusemos ms all de las alambradas del Distrito12. Durante un instante no puedo evitar la comparacin con Gale, quevera el campo como una posible fuente de comida, adems de comouna amenaza. Thresh tambin lo vea as, no caba duda. No es que 193. Peeta sea lo que se dice blando, y ha demostrado que no es uncobarde; sin embargo, supongo que hay cosas que no se ponen enduda cuando tu casa siempre huele a pan recin hecho, mientras queGale se lo cuestiona todo. Qu pensara Peeta de las irreverentesbromas que nos gastamos todos los das mientras incumplimos la ley?Se asombrara de las cosas que decimos sobre Panem? De lasdiatribas de Gale contra el Capitolio?--Quizs haya un arbusto del pan en ese campo --digo--. Quizpor eso Thresh parece mejor alimentado ahora que cuandoempezaron los juegos.--O eso, o tiene unos patrocinadores muy generosos --respondePeeta--. Me pregunto qu tendramos que hacer para que Haymitchnos enviase un poco de pan.Arque las cejas antes de recordar que l no sabe nada delmensaje que nos envi Haymitch hace un par de noches: un besoequivale a una olla de caldo. Tampoco es algo que pueda soltar sinms, porque decirlo en voz alta hara al pblico sospechar que nosinventamos nuestro romance para granjearnos sus simpatas, y eso nonos dara nada de comer. Tengo que volver a poner las cosas en susitio de un modo que resulte creble. Algo sencillo, para empezar. Leestrecho una mano.--Bueno, probablemente gast muchos recursos para ayudarme adejarte fuera de combate --comento, en tono travieso.--S, en cuanto a eso --responde l, entrelazando sus dedos conlos mos--, no se te ocurra volver a hacerlo.--O qu?--O..., o... --No se le ocurre nada bueno--. Espera, dame unminuto.--Hay algn problema? --pregunto, sonriendo.--El problema es que los dos seguimos vivos, lo que, en tucabeza, refuerza la idea de que hiciste lo correcto.--S que hice lo correcto.--No! No lo hagas, Katniss! --Me aprieta la mano con fuerza,hacindome dao, y noto por su voz que est enfadado de verdad--.No mueras por m. No me haras ningn favor, de acuerdo?--Quiz tambin lo hice por m, Peeta --respondo; aunque mesorprende su intensidad, entiendo que es una oportunidad excelentepara conseguir comida, as que intento seguirle el rollo--. Quiz lo hicepor m, Peeta, se te haba ocurrido pensarlo? Quiz no eres el nicoque..., que se preocupa por... qu pasara si... 194. Estoy mascullando, las palabras no se me dan tan bien como aPeeta, y, mientras hablo, la idea de perderlo de verdad vuelve agolpearme y me doy cuenta de lo mucho que me dolera su muerte.No es slo por los patrocinadores, no es por lo que pasara al volver acasa y no es que no quiera estar sola; es l, no quiero perder al chicodel pan. --Qu pasara si qu, Katniss? --me pregunta, en voz baja. Ojal pudiera cerrar las compuertas, bloquear este momento yponerlo fuera del alcance de los entrometidos ojos de Panem, aunquesignificara perder comida. Lo que yo sienta es asunto mo. --sa es la clase de tema que Haymitch me dijo que evitara--respondo, a la evasiva, aunque Haymitch nunca me haya dicho nadaparecido. De hecho, seguramente me est maldiciendo a voces porsoltar la pelota en un momento con tanta carga emotiva. Pero, dealgn modo, Peeta recoge la pelota. --Entonces tendr que rellenar los huecos yo solo --dice,acercndose. Es el primer beso del que ambos somos plenamente conscientes.Ninguno est debilitado por la enfermedad o el dolor, ni tampocodesmayado; no nos arden los labios de fiebre ni de fro. Es el primerbeso que de verdad hace que se me agite algo en el pecho, algoclido y curioso. Es el primer beso que me hace desear un segundo. Sin embargo, el segundo beso no llega. Bueno, s, pero no esms que un besito en la punta de la nariz, porque Peeta se hadistrado con algo. --Creo que tu herida vuelve a sangrar. Venga, tmbate. De todosmodos, es hora de dormir. Ya tengo los calcetines bastante secos, as que me los pongo yobligo a Peeta a ponerse de nuevo su chaqueta, porque es como si elfro hmedo se me metiese en los huesos y l debe de estar helado.Adems, insisto en hacer el primer turno de guardia, aunque ningunode los dos creemos que alguien aparezca con este tiempo. Noobstante, l slo acepta a condicin de que yo tambin me meta en elsaco, y tiemblo tanto que no tendra sentido negarme. A diferencia dehace dos noches, cuando notaba que Peeta estaba a varios kilmetrosde m, ahora mismo me abruma su proximidad. Cuando nostumbamos, l me baja la cabeza para que use su brazo de almohada,mientras me pone encima el otro brazo, como si deseara protegerme,incluso dormido. Hace mucho tiempo que nadie me abraza as; desdeque mi padre muri y dej de confiar en mi madre, ningn brazo me ha 195. hecho sentir tan a salvo. Con la ayuda de las gafas, me quedo mirando las gotas de aguacaer en el suelo de la caverna. Son rtmicas y tranquilizadoras, y doyunas cuantas cabezadas que me hacen despertar de golpe, consentimiento de culpa y enfadada por mi debilidad. Despus de tres ocuatro horas no puedo aguantarlo ms y despierto a Peeta, porque seme cierran los ojos. A l no parece importarle. --Maana, cuando todo est ms seco, buscar un lugar muy altoen los rboles para que los dos podamos dormir en paz --le prometojusto antes de dormirme. Sin embargo, el tiempo no mejora. El diluvio contina, como si losVigilantes intentaran ahogarnos a todos. Los truenos son tan fuertesque parecen sacudir el suelo, y Peeta sopesa la idea de salir a buscarcomida, de todos modos, pero le digo que, con esta tormenta, no tienesentido. No podra ver lo que tiene delante de sus narices y acabarchorreando como recompensa. Sabe que tengo razn, aunqueempieza a dolemos el estmago. El da se arrastra hasta convertirse en noche y el tiempo sigueigual. Haymitch es nuestra nica esperanza, pero no nos llega nada,ya sea por falta de dinero (todo costar ya una suma exorbitante) oporque no est satisfecho con nuestra actuacin. Probablemente losegundo. Soy la primera que reconoce que hoy no hemos estado loque se dice fascinantes: muertos de hambre, dbiles por las heridas,intentando no reabrirlas. Estamos acurrucados juntos, envueltos en elsaco, s, pero sobre todo para calentarnos. Lo ms emocionante quehemos hecho es dormir. No s bien cmo darle un empujoncito al romance. Aunque elbeso de anoche estuvo bien, tengo que pensarme con detenimientoqu hacer para conseguir el siguiente. En la Veta, y tambin entre loscomerciantes, hay chicas que saben cmo manejarse en estos temas,pero nunca he tenido mucho tiempo para esto, ni tampoco ganas. Encualquier caso, un solo beso ya no basta; de ser as, anochehabramos conseguido comida. Mi instinto me dice que Haymitch nobusca slo afecto fsico, que quiere algo ms personal, el tipo decosas que intentaba que contase sobre m en las prcticas para laentrevista. Se me da fatal, pero a Peeta no. Quizs el mejor enfoquesea hacer que hable l. --Peeta --digo, como si nada--, en la entrevista dijiste que estsenamorado de m desde que tienes uso de razn. Cundo empez 196. esa razn? --Bueno, a ver... Supongo que el primer da de clase. Tenamoscinco aos y t llevabas un vestido de cuadros rojos y el pelo..., el pelorecogido en dos trenzas, en vez de una. Mi padre te seal cuandoesperbamos para ponernos en fila. --Tu padre? Por qu? --Me dijo: Ves esa niita? Quera casarme con su madre, peroella huy con un minero. --Qu? Te lo ests inventando! --No, es completamente cierto. Y yo respond: Un minero? Porqu quera un minero si te tena a ti?. Y l respondi: Porquecuando l canta... hasta los pjaros se detienen a escuchar. --Eso es verdad, lo hacen. Es decir, lo hacan --digo. Pensar en el panadero dicindole eso a Peeta me desconcierta y,ante mi sorpresa, me emociona. Me parece que mi renuencia a cantar,la forma en que rechazo la msica no se debe en realidad a que loconsidere una prdida de tiempo. Podra ser porque me recuerdademasiado a mi padre. --As que, ese da, en la clase de msica, la maestra preguntquin se saba la cancin del valle. T levantaste la mano como unabala. Ella te puso de pie sobre un taburete y te hizo cantarla paranosotros. Te juro que todos los pjaros de fuera se callaron. --Venga ya --repuse, rindome. --No, de verdad. Y, justo cuando termin la cancin, lo supe:estaba perdido, igual que tu madre. Despus, durante los once aossiguientes, intent reunir el valor suficiente para hablar contigo. --Sin mucho xito. --Sin mucho xito. As que, en cierto modo, el que saliese minombre en la cosecha fue un golpe de buena suerte. Durante un instante siento una alegra casi absurda y despus noentiendo nada, porque se supone que estamos inventndonos estascosas, fingiendo estar enamorados, no estndolo de verdad. Pero lo que cuenta Peeta suena a verdad: la parte sobre mi padrey los pjaros, y es cierto que cant el primer da del colegio, aunqueno recuerdo la cancin. Y ese vestido de cuadros rojos... exista, lohered Prim y acab tan desgastado que qued hecho trizas despusde la muerte de mi padre. Eso tambin explicara otra cosa: por qu Peeta se arriesg a unapaliza por darme el pan aquel horrible da. Entonces, si todos losdetalles son ciertos..., podra serlo lo dems? 197. --Tienes una... memoria asombrosa --comento, vacilante. --Lo recuerdo todo sobre ti --responde l, ponindome un mechnsuelto detrs de la oreja--. Eras la nica que no se daba cuenta. --Ahora s. --Bueno, aqu no tengo mucha competencia. Quiero retirarme, cerrar de nuevo las compuestas, pero s que nopuedo, es como si oyese a Haymitch susurrndome al odo: Dilo,dilo!. As que trago saliva y me arranco las palabras. --No tienes mucha competencia en ninguna parte. Esta vez, soy yo la que se inclina para besarlo. Apenas se han tocado nuestros labios cuando el estruendo delexterior nos sobresalta. Saco el arco, con la flecha lista para disparar,pero no se oye nada ms. Peeta se asoma entre las rocas y da unsalto; antes de que pueda detenerlo, sale a la lluvia y me pasa algo, unparacadas plateado atado a una cesta. La abro de inmediato y dentrohay un banquete: panecillos recin hechos, queso de cabra,manzanas y, lo mejor, una sopera llena de aquel increble estofado decordero con arroz salvaje, el mismo plato del que le habl a CaesarFlickerman cuando me pregunt por lo que ms me habaimpresionado del Capitolio. --Supongo que Haymitch por fin se ha hartado de vernos morir dehambre --comenta Peeta al meterse en la cueva, con el rostroiluminado como el sol. --Supongo. Sin embargo, en mi cabeza oigo las palabras engredas, aunqueligeramente exasperadas, de Haymitch: S, eso es lo que busco,preciosa._____ 23 _____ --Ser mejor que nos tomemos el estofado con calma, recuerdasla primera noche en el tren? La comida pesada me hizo vomitar, y nisiquiera estaba murindome de hambre por aquel entonces. --Tienes razn. Podra tragrmelo entero de un bocado!--comento, pesarosa, aunque no lo hago. Nos comportamos conbastante sensatez; cogemos un panecillo cada uno, media manzana, yuna racin de estofado y arroz del tamao de un huevo. Me obligo acomer el estofado en cucharaditas diminutas (nos han enviado hastacubiertos y platos), saboreando cada bocado. Cuando terminamos, me 198. quedo mirando el plato con anhelo--. Quiero ms. --Yo tambin. Vamos a hacer una cosa: esperamos una hora y, sino lo echamos, nos servimos ms. --De acuerdo. Va a ser una hora muy larga. --Quiz no tanto --responde l--. Qu estabas diciendo justoantes de que llegase la comida? Algo sobre no tener... competencia...,que soy lo mejor que te ha pasado... --No recuerdo haber dicho eso ltimo --digo, esperando que aquest demasiado oscuro para que las cmaras recojan mi rubor. --Ah, es verdad, eso era lo que estaba pensando yo. Ven aqu, meestoy helando. Le hago sitio dentro del saco y nos sentamos con la espaldaapoyada en la pared de la cueva, yo con la cabeza sobre su hombro,l rodendome con los brazos. Noto cmo si Haymitch me diese uncodazo para que siga con la actuacin. --Entonces, ni siquiera te has fijado en las otras chicas desdeque tenamos cinco aos? --Me fijaba en casi todas, pero t eras la nica que me dejabahuella. --Seguro que a tus padres les encantaba que te gustase una chicade la Veta. --No mucho, pero no me importaba nada. De todos modos, sivolvemos, ya no sers una chica de la Veta, sers una chica de laAldea de los Vencedores. Es cierto, si ganamos nos darn una casa a cada uno en la partede la ciudad reservada para los vencedores de los Juegos delHambre. Hace tiempo, cuando empezaron los juegos, el Capitolioconstruy una docena de casas elegantes en cada distrito. En elnuestro, obviamente, slo una estaba ocupada; en la mayora nohaba vivido nadie. En ese momento, se me ocurre una ideainquietante. --Entonces... nuestro nico vecino ser Haymitch! --Ah, ser maravilloso --responde Peeta, abrazndome confuerza--: Haymitch, t y yo. Y muy acogedor: picnics, cumpleaos,largas noches de invierno junto al fuego recordando viejas historias delos Juegos del Hambre... --Te lo dije, me odia! --exclamo, pero no puedo evitar rerme dever a Haymitch convertido en mi nuevo amigo. --Slo a veces. Cuando est sobrio, no lo he odo decir ni unacosa negativa sobre ti. 199. --Si nunca est sobrio! --Claro, en qu estara pensando? Ah, s, es Cinna el que tequiere, ms que nada porque no intentaste huir cuando te prendifuego. Por otro lado, Haymitch... Bueno, si fuera t, lo evitara en todomomento. Te odia. --Crea que habas dicho que yo era su favorita. --A m me odia todava ms. No creo que la gente, en general,sea lo suyo. S que al pblico le gustar que nos divirtamos a costa deHaymitch. Lleva tanto tiempo en los juegos que es casi como un viejoamigo para algunos espectadores y, despus de su cada delescenario en la cosecha, todos lo conocen. Seguro que ya lo hansacado de la sala de control para entrevistarlo sobre nosotros. Notengo ni idea de qu mentiras se habr inventado, aunque est endesventaja, porque casi todos los mentores tienen un compaero, otrovencedor para ayudarlos, mientras que l tiene que estar listo paraentrar en accin en cualquier momento. Ms o menos como yo cuandoestaba sola en el estadio. Me pregunto cmo lo llevar con la bebida,la atencin y la tensin de intentar mantenernos con vida. Es curioso: Haymitch y yo no nos llevamos bien en persona, peroquiz Peeta tenga razn en que somos parecidos, porque parececapaz de comunicarse conmigo mediante los regalos. Como cuandosupe que estaba cerca del agua porque l no me la enviaba, que elsomnfero no era slo para aliviar el dolor de Peeta, y ahora, quetenemos que vivir el romance. En realidad, no se ha esforzado muchopor conectar con Peeta. Quiz crea que un cuenco de caldo no es msque un cuenco de caldo para Peeta, mientras que yo ver lo queconlleva. Se me ocurre algo, y me asombra que haya tardado tanto ensurgir, quiz sea porque hasta ahora Haymitch no me haba provocadoninguna curiosidad. --Cmo crees que lo hizo? --pregunto. --Quin? El qu? --Haymitch. Cmo crees que gan los juegos? Peeta se lo piensa un rato antes de responder. Haymitch esfuerte, pero no una maravilla fsica como Cato o Thresh. Tampoco esespecialmente guapo, no tanto como para que le lloviesen los regalos;y es tan hosco que resulta difcil imaginar que alguien formase equipocon l. Slo pudo ganar de una forma, y Peeta lo dice justo cuando yomisma llego a la conclusin. 200. --Fue ms listo que los dems. Asiento y dejo el tema, pero, en secreto, me pregunto si Haymitchpermaneci sobrio lo bastante para ayudarnos a Peeta y a m porquepensaba que quiz tuviramos el ingenio suficiente para sobrevivir.Quiz no siempre fuera un borracho; quiz, al principio, intentaraayudar a los tributos, pero al final le result insoportable. Debe de serhorrible guiar a dos nios y verlos morir, ao tras ao. Entonces medoy cuenta de que, si salgo de aqu, se ser mi trabajo, convertirmeen mentora de la tributo del Distrito 12. La idea es tan repulsiva queme la quito de la cabeza. Pasa media hora y decido que tengo que comer otra vez. Peetatiene tanta hambre que no se resiste. Mientras me sirvo dosracioncitas ms de estofado de cordero y arroz, omos el himno. Peetase asoma a la grieta de las rocas para mirar el cielo. --Esta noche no habr nada --le digo, ms interesada en elestofado que en el cielo--. Si hubiera pasado algo, habra sonado uncaonazo. --Katniss --dice Peeta en voz baja. --Qu? Quieres que compartamos tambin un panecillo? --Katniss --repite, pero no quiero hacerle caso. --Voy a partir uno, y guardar el queso para maana --insisto; veoque Peeta me mira--. Qu? --Thresh ha muerto. --No puede ser. --Habrn disparado el can durante los truenos y no lo omos. --Ests seguro? Es decir, est lloviendo a cntaros, no s cmoves algo. Lo aparto de las rocas y me asomo al cielo oscuro y lluvioso.Durante diez segundos veo de refiln una foto de Thresh y despusnada. As de simple. Me dejo caer hasta quedar sentada junto a las rocas, olvidandopor un momento nuestro objetivo. Thresh est muerto. Deberaalegrarme, no? Un tributo menos al que enfrentarse, y uno poderoso.Sin embargo, no lo estoy, slo puedo pensar en que Thresh me dej ir,me dej huir por Rue, que muri con una lanza clavada en elestmago... --Ests bien? --me pregunta Peeta. Me encojo de hombros, evasiva, y me sujeto los codos con lasmanos para pegrmelos ms al cuerpo. Tengo que enterrar elverdadero dolor, porque quin va a apostar por un tributo que no deja 201. de lloriquear cuando muere uno de sus contrincantes? Lo de Rue fuedistinto: ramos aliadas y ella era tan joven..., pero nadie entenderami pena por el asesinato de Thresh. La palabra me hace parar enseco: asesinato! Por suerte, no lo he dicho en voz alta, eso no meganara ningn punto en el estadio. En vez de eso, digo: --Es que..., si no hubisemos ganado nosotros..., quera que lohiciese Thresh, porque me dej ir y por Rue. --S, ya lo s, pero esto significa que estamos un paso ms cercadel Distrito 12. --Me pone un plato de comida en las manos--. Come,todava est caliente. Le doy un mordisco al estofado para que todos vean que deverdad no me importa, pero es como comer pegamento y me cuestamucho tragar. --Tambin significa que Cato estar buscndonos. --Y que vuelve a tener provisiones --aade Peeta. --Seguro que est herido. --Por qu lo dices? --Porque Thresh no se habra rendido sin luchar. Es muy fuerte...;es decir, era muy fuerte. Y estaban en su territorio. --Bien. Cuanto ms herido est Cato, mejor. Me pregunto cmo leir a la Comadreja. --Bah, seguro que le va bien --digo, malhumorada. Sigo enfadadaporque ella pens en esconderse en la Cornucopia y yo no--. Esprobable que nos cueste menos coger a Cato que a ella. --Quiz se cacen entre ellos y nosotros podamos irnos a casa--dice Peeta--, aunque ser mejor que pongamos especial cuidado enlas guardias. Me he quedado dormido unas cuantas veces. --Yo tambin, pero esta noche no. Terminamos de comer en silencio y Peeta se ofrece para laprimera guardia. Yo me escondo en el saco de dormir a su lado y mecubro la cara con la capucha para que las cmaras no la vean. Slonecesito unos momentos de intimidad para poder sentir lo que quierasin que nadie lo sepa. Bajo la capucha le digo adis en silencio aThresh y le agradezco que me dejara seguir viva; le prometorecordarlo y, si puedo, hacer algo por ayudar a su familia y a la deRue, en caso de que gane. Despus me escapo al mundo de lossueos con la tranquilidad que me dan el estmago lleno y la clidapresencia de Peeta a mi lado. Cuando me despierta ms tarde, lo primero que noto es el olor a 202. queso de cabra. Tiene en la mano medio panecillo untado con elqueso cremoso y cubierto de rodajas de manzana. --No te enfades --me dice--. Es que tena que comer otra vez.Toma tu mitad. --Oh, bien --respondo de inmediato, dndole un gran bocado. Elfuerte queso grasiento sabe igual que el que hace Prim, y lasmanzanas estn dulces y crujientes--. Ummm. --En la panadera hacemos tarta de queso de cabra y manzana. --Seguro que es cara. --Demasiado para que se la coma mi familia, a no ser que se hayapuesto muy rancia. Casi todo lo que comemos est rancio, claro--aade Peeta, arropndose con el saco de dormir. En menos de unminuto est roncando. Vaya, siempre supuse que los tenderos vivan la buena vida, y escierto que Peeta nunca ha tenido problemas para comer, pero resultadeprimente vivir de pan rancio, de las barras duras y secas que nadiequiere. Como yo llevo la comida a casa todos los das, nosotras casisiempre comemos cosas frescas, tanto que hay que asegurarse deque no salgan corriendo. En algn momento de mi turno deja de llover, pero no poco apoco, sino de golpe. El aguacero termina y slo quedan las gotasresiduales del agua de las ramas y el torrente del arroyo que tenemosdebajo, que estar a rebosar. Sale una luna llena preciosa y veo elexterior sin necesidad de ponerme las gafas. No s si la luna es real ouna proyeccin de los Vigilantes; recuerdo que hubo luna llena justoantes de irme de casa, porque Gale y yo la vimos salir mientrascazbamos hasta entrada la noche. Cunto tiempo llevo fuera? Supongo que hemos estado unasdos semanas en el estadio, adems de la semana de preparacin enel Capitolio. Quiz la luna haya completado su ciclo. Por alguna razn,deseo desesperadamente que sea mi luna, la misma que veo desde elbosque del Distrito 12; eso me dara algo a lo que aferrarme en elsurrealista mundo del campo de batalla, donde hay que dudar de laautenticidad de todo. Quedamos cuatro. Por primera vez me permito pensar en serio en la posibilidad devolver a casa, de volver famosa y rica a mi propia casa de la Aldea delos Vencedores. Mi madre y Prim se iran a vivir conmigo, y ya nohabra que temer al hambre. Un nuevo tipo de libertad, pero,despus... qu? Cmo ser mi vida cotidiana? Antes dedicaba casi 203. todo mi tiempo a conseguir comida; si me quitan eso, no estoy muysegura de quin soy, ni de cul es mi identidad. La idea me asusta unpoco. Pienso en Haymitch y en todo su dinero. En qu se convirti suvida? Vive solo, sin esposa ni hijos, se pasa la mayor parte del daborracho. No quiero acabar as. --Pero no estars sola --susurro para mis adentros. Tengo a mi madre y a Prim. Bueno, por ahora. Y despus... Noquiero pensar en despus, cuando Prim crezca y mi madre muera. Sque nunca me casar, no pienso arriesgarme a traer un hijo al mundo,porque si hay algo que no te garantizan como vencedor es laseguridad de tus hijos. Los nombres de mis nios entraran en lasurnas de la cosecha con los de todo el mundo, y juro que no dejarque eso suceda. El sol sale al fin, y su luz entra por las grietas e ilumina la cara dePeeta. En quin se transformar si volvemos a casa? Quin sereste asombroso buenazo que miente tan bien que todo Panem creeque est loco de amor por m? Reconozco que hay momentos en queyo tambin me lo creo. Al menos, seremos amigos, pienso. Nadacambiar el hecho de que aqu nos hemos salvado la vida el uno alotro y, adems, siempre ser el chico del pan. Buenos amigos. Sinembargo, cualquier cosa que vaya ms all de eso... Siento cmo losgrises ojos de Gale me observan desde el Distrito 12 mientras observoa Peeta. Como me siento incmoda, tengo que moverme; me acerco aPeeta y le sacudo el hombro. l abre los ojos con aire sooliento y,cuando se fijan en m, me acerca para darme un largo beso. --Estamos perdiendo tiempo de caza --digo cuando por fin mesuelto. --Yo no dira que esto sea perder el tiempo --asegura; se levanta yse estira con ganas--. Entonces, cazamos con el estmago vacopara estar ms alerta? --Nosotros no. Nosotros nos atiborramos para tener ms energa. --Cuenta conmigo --responde l, aunque veo que le sorprendeque divida el resto del estofado con arroz y le pase un plato lleno--.Todo esto? --Lo repondremos hoy --le aseguro, y los dos nos lanzamos sobrela comida. Aunque est fra, sigue siendo una de las mejores recetasque he probado. Dejo el tenedor y apuro las ltimas gotas de salsacon el dedo--. Es como si viese a Effie Trinket escandalizndose pormis modales. 204. --Eh, Effie, mira esto! --exclama Peeta. Tira el tenedor por encimadel hombro y, literalmente, limpia el plato a lametones dejandoescapar ruiditos de satisfaccin. Despus le sopla un beso y grita:--Te echamos de menos, Effie!--Para! --digo, tapndole la boca, aunque rindome--. Cato podraestar ah fuera.--Qu ms me da? --asegura, cogindome la mano yacercndome a l--. Te tengo a ti para protegerme.--Venga --insisto, impaciente, librndome de su abrazo, pero nosin antes ganarme otro beso.Despus de guardarlo todo y salir de la cueva, nos ponemosserios. Es como si los ltimos das, bajo el cobijo de las rocas, la lluviay la obsesin de Cato con Thresh, hubiesen sido un respiro, unaespecie de vacaciones. Ahora, aunque el da est soleado y hacecalor, los dos sentimos que hemos vuelto a los juegos. Le paso aPeeta mi cuchillo, ya que perdi las armas que tuviera, y l se lo meteen el cinturn. Mis ltimas siete flechas (de las doce que tenasacrifiqu tres en la explosin y dos en el banquete) estn demasiadosolas en el carcaj. No puedo permitirme perder ms.--Ya nos estar buscando --dice Peeta--. Cato no es de los que sesientan a esperar a que aparezca la presa.--Si est herido...--Da igual. Si puede moverse, estar de camino.Con la lluvia, el arroyo se ha desbordado varios metros por ambasorillas. Nos detenemos a reponer agua y compruebo las trampas quedej hace algunos das: vacas. No es de extraar, teniendo en cuentael tiempo que ha hecho. Adems, no he visto muchos animales nihuellas de ellos por aqu.--Si queremos comida, ser mejor que regresemos a mi anteriorterritorio de caza.--T decides, slo tienes que decirme qu debo hacer.--Mantente alerta --le digo--. Qudate en las rocas todo lo posible,no tiene sentido dejar un rastro. Y escucha por los dos.Llegados a este punto, est claro que la explosin me dej sordadel odo izquierdo.Caminara por el agua para borrar del todo nuestras huellas, perono s bien si la pierna de Peeta podra soportar la corriente. Aunquelas medicinas han curado la infeccin, sigue estando bastante dbil. Apesar del dolor en la frente por culpa del corte del cuchillo, he dejadode sangrar despus de tres das. Llevo una venda en la cabeza, por si 205. acaso el ejercicio fsico abre la herida de nuevo.Al avanzar arroyo arriba, pasamos por el lugar en que Peeta secamufl entre las hierbas y el lodo. Lo bueno es que, entre el aguaceroy las orillas inundadas, no queda nada de su escondite. Eso significaque, en caso de necesidad, podemos volver a la cueva; de locontrario, no me arriesgara, con Cato buscndonos.Los cantos rodados se convierten en rocas que, poco a poco,pasan a ser guijarros y despus, para mi alivio, volvemos a las agujasde pino y la suave inclinacin de la tierra del bosque. Por primera vezme doy cuenta de que tenemos un problema: caminar por terrenosrocosos con una pierna mala... Bueno, tienes que hacer ruido; peroPeeta hace ruido incluso en el blando lecho de agujas de pino. Ycuando digo ruido, quiero decir ruido de verdad, como si fuese dandopisotones o algo as. Me vuelvo para mirarlo.--Qu? --me pregunta.--Tienes que hacer menos ruido. Olvdate de Cato; estsespantando a todos los conejos en quince kilmetros a la redonda.--De verdad? Lo siento, no lo saba.As que empezamos otra vez y lo hace un poquito mejor, pero,incluso con una sola oreja funcionando, me sobresalta.--Puedes quitarte las botas? --le sugiero.--Aqu? --pregunta, sin poder crerselo, como si le hubiesepedido que caminase descalzo sobre brasas o algo parecido.Tengo que recordarme que no est acostumbrado al bosque, quees un lugar aterrador y prohibido al otro lado de las alambradas delDistrito 12. Pienso en Gale y sus pies de terciopelo. Es espeluznantelo silencioso que llega a ser, incluso cuando est todo lleno de hojascadas y resulta complicado moverse sin espantar a los animales.Seguro que se est partiendo de risa en casa.--S --le explico con paciencia--. Yo tambin me las voy a quitar,as iremos los dos en silencio --aseguro, como si yo tambin estuviesehaciendo ruido.As que los dos nos quitamos las botas y los calcetines y, aunquela cosa mejora un poco, jurara que se esfuerza por partir todas lasramas con las que nos encontramos.Huelga decir que, a pesar de que tardamos varias horas en llegaral viejo campamento de Rue, no he disparado ni una flecha. Si elarroyo se calmara podra pescar, pero la corriente sigue siendodemasiado fuerte. Cuando nos detenemos a descansar y beber agua,intento pensar en una solucin. Lo ideal sera dejar a Peeta con una 206. tarea sencilla de recogida de races y largarme a cazar, aunque as sequedara solo y con un cuchillo para defenderse, contra la superioridadfsica y las lanzas de Cato. Lo que en realidad me gustara es intentaresconderlo en algn lugar seguro, irme de caza y volver pararecogerlo; me da la sensacin de que su ego no va a aceptar lasugerencia.--Katniss, tenemos que separarnos. S que estoy espantando alos animales.--Slo porque tienes la pierna mal --respondo con generosidad,porque, la verdad, eso no es ms que parte del problema.--Lo s, pero por qu no sigues t? Ensame qu plantas tengoque recoger y as los dos resultaremos tiles.--No, si Cato viene y te mata.Intent decirlo en tono amable, pero ha sonado como si pensaraque es un debilucho.--Puedo manejar a Cato --responde, sorprendindome con surisa--. Ya he luchado antes contra l, no?S, y sali estupendamente, acabaste medio muerto en el barrode la orilla.Es lo que quiero decirle, pero no puedo, porque, al fin y al cabo, larriesg la vida por salvarme de Cato. Pruebo otra tctica.--Y si trepas a un rbol y haces de viga mientras cazo?--pregunto, intentando que parezca un trabajo muy importante.--Y si me enseas qu puede comerse por aqu y t te vas aconseguir un poco de carne? --responde, imitndome--. Pero no tealejes mucho, por si necesitas ayuda.Suspiro y le ense qu races puede desenterrar. Est claro quenecesitamos comida, porque una manzana, dos panecillos y un trozode queso del tamao de una ciruela no nos van a durar mucho. Mequedar cerca y rezar por que Cato est muy lejos.Lo enseo a silbar (no una meloda, como la de Rue, sino unsilbido sencillo de dos notas) para que podamos decirnos queseguimos vivos. Por suerte, se le da bien, as que lo dejo con lamochila y me voy.Me siento como si volviera a tener diez aos y estuviese atada noslo a la seguridad de la alambrada, sino tambin a Peeta; me permitodelimitar entre seis y diez metros de zona de caza. Sin embargo, alalejarme de l los bosques se llenan de sonidos de animales. Con latranquilidad de orlo silbar de vez en cuando, me alejo un poco ms ypronto tengo dos conejos y una ardilla gorda. Decido que con eso 207. basta; puedo poner algunas trampas y quiz pescar algo, lo que,sumado a las races de Peeta, nos valdr por ahora. Al volver sobre mis pasos me doy cuenta de que llevamos un ratosin intercambiar seales. Cuando silbo y veo que no recibo respuesta,echo a correr y llego a la mochila y el montn de races en unsegundo. Ha puesto el cuadrado de plstico en el suelo y, encima,bajo el sol, una capa de bayas. Pero dnde est? --Peeta! --grito, presa del pnico--. Peeta! Me vuelvo al or un movimiento de arbustos y estoy a punto deensartarlo con una flecha. Por suerte, aparto el arco en el ltimosegundo y la flecha se clava en el tronco de un roble, a su izquierda.l retrocede de un salto y lanza por los aires un puado de bayas. --Qu ests haciendo? --exclamo, porque mi miedo saleconvertido en rabia--. Se supone que tienes que estar aqu, nocorriendo por el bosque! --Encontr unas bayas arroyo abajo --responde; est claro que noentiende mi enfado. --Silb. Por qu no respondiste? --No lo o, supongo que el agua hace demasiado ruido. Se acerca y me pone las manos en los hombros. Entonces medoy cuenta de que estoy temblando. --Crea que Cato te haba matado! --le digo, casi a gritos. --No, estoy bien. --Me rodea con sus brazos, pero no respondo--.Katniss? --Si dos personas acuerdan una seal, tienen que quedarsedentro de su alcance --insisto, apartndolo, intentando ordenar missentimientos--. Porque si uno de los dos no responde, es que tieneproblemas, vale? --Vale! --Vale, porque eso es lo que le pas a Rue... y la vi morir! --Ledoy la espalda, me acerco a la mochila y abro una botella de aguanueva, aunque todava me queda en la ma. Sin embargo, no estoypreparada para perdonarlo. Veo la comida: no han tocado lospanecillos y las manzanas, pero alguien ha estado picoteando elqueso--. Y has comido sin m! La verdad es que no me importa, slo quiero tener otra cosa porla que enfadarme. --Qu? No, yo no he sido. --Oh, entonces supongo que las manzanas se han comido elqueso. 208. --No s qu se ha comido el queso --responde Peeta,pronunciando las palabras despacio y con cuidado, como si intentaseno perder los nervios--, pero no fui yo. He estado en el arroyo,recogiendo bayas. Quieres unas pocas? No me importara, aunque no quiero rendirme tan pronto. En todocaso, me acerco a mirarlas; no las haba visto nunca... S, s las hevisto antes, pero no en el estadio. No son las bayas de Rue, pormucho que lo parezcan; tampoco coinciden con las que nosensearon en el entrenamiento. Me inclino, cojo unas pocas y lasmuevo entre los dedos. Recuerdo la voz de mi padre: stas no, Katniss, nunca. Sonjaulas de noche, estaras muerta antes de que te llegaran alestmago. Justo en ese instante, suena el caonazo. Me vuelvorpidamente, temiendo ver a Peeta en el suelo, pero l se limita aarquear las cejas. El aerodeslizador aparece a unos noventa metros:est llevndose lo que queda del demacrado cuerpo de la Comadreja.Veo un destello de pelo rojo a la luz del sol. Tendra que haberlo supuesto en cuanto vi que faltaba queso... Peeta me coge del brazo y me empuja hacia un rbol. --Trepa, llegar en un segundo. Tendremos ms posibilidadesluchando desde arriba. --No, Peeta. La has matado t, no Cato --lo detengo, sintindomemuy tranquila de repente. --Qu? Ni siquiera la haba vuelto a ver desde el primer da.Cmo iba a matarla? Le enseo las bayas a modo de respuesta._____ 24 _____ Tardo un rato en explicarle la situacin a Peeta, que la Comadrejaestaba robando de la pila de suministros antes de que yo la hicieseestallar, que haba intentado llevarse lo suficiente para sobrevivir sinllamar la atencin, que no se habra planteado la seguridad decomerse unas bayas que estbamos preparando para nosotros. --Me pregunto cmo nos encontr --comenta Peeta--. Es culpama, supongo, si soy tan ruidoso como dices. ramos tan difciles de seguir como una manada de reses, peroprocuro ser amable. 209. --Y es muy lista, Peeta. Bueno, lo era, hasta que t la superaste.--No fue a propsito. No me parece justo. Es decir, si ella no sehubiese comido primero las bayas, nosotros dos estaramos muertos.--Entonces, se corrige--. No, claro; t las reconociste, verdad?--Las llamamos jaulas de noche --respondo, asintiendo.--Hasta el nombre suena peligroso. Lo siento, Katniss, crea queeran las mismas que recogiste t.--No te disculpes. Esto significa que estamos un paso ms cercade casa, no?--Me deshar del resto --responde Peeta.Recoge el plstico azul procurando que queden todas dentro y lastira en el bosque.--Espera! --exclamo. Busco el saquito de cuero del chico delDistrito 1 y lo lleno de bayas--. Si engaaron a la Comadreja, quizengaen a Cato. Si nos est persiguiendo o algo, podemos hacercomo si se nos cayera la bolsa y, si se las come...--Estaramos en el Distrito 12.--Eso es --respondo, colgndome el saquito del cinturn.--Ahora sabr dnde estamos. Si estaba cerca y vio elaerodeslizador, sabr que la hemos matado y vendr a por nosotros.Peeta tiene razn: podra ser la oportunidad que esperaba Cato.Sin embargo, aunque huyamos ahora, tenemos que cocinar la carne ynuestra hoguera ser otro indicio de nuestro paradero.--Vamos a hacer un fuego ahora mismo --digo, empezando arecoger ramas y arbustos.--Ests lista para enfrentarte a l?--Estoy lista para comer. Ser mejor que cocinemos mientraspodamos. S, sabe que estamos aqu, pues lo sabe, pero tambinsabe que somos dos y seguramente supone que hemos cazado a laComadreja. Eso significa que ests recuperado, y el fuego le dice queno nos escondemos, que lo invitamos a venir. T vendras?--Quiz no.Peeta es un mago de las hogueras y consigue hacer prender lamadera hmeda. En un momento tenemos los conejos y la ardillaasndose, y las races envueltas en hojas cocindose en las ascuas.Nos turnamos para recoger vegetales y estar pendientes de laaparicin de Cato, aunque, como yo supona, no aparece. Cuando setermina de hacer la comida, la empaqueto casi toda y nos quedamoscon una pata de conejo cada uno, para ir comindonosla por elcamino. 210. Quiero meterme ms en el bosque, trepar a un buen rbol yacampar, pero Peeta se resiste. --No soy capaz de trepar como t, Katniss, sobre todo con mipierna, y no creo que pudiera quedarme dormido a quince metros delsuelo. --No es seguro quedarse en campo abierto, Peeta. --No podemos volver a la cueva? Est cerca del agua y es fcildefenderla. Suspiro. Una caminata (o, mejor dicho, un estruendo) de variashoras por el bosque para llegar a una zona que tuvimos queabandonar por la maana para cazar. Por otro lado, Peeta no pidemucho; ha obedecido mis instrucciones durante todo el da y estoysegura de que, si la situacin fuese la inversa, no me hara pasar lanoche en un rbol. Caigo en la cuenta de que hoy no he sido muyamable con l: me he quejado porque hace mucho ruido y le hegritado por desaparecer. El romance picaro de la cueva hadesaparecido al salir al exterior, bajo el sol caliente, con la amenazade Cato acechndonos. Seguro que Haymitch est harto de m y, encuanto a la audiencia... Me acerco y le doy un beso. --Claro, vamos a la cueva. --Bueno, no ha sido tan difcil --responde l, contento y aliviado. Saco mi flecha del roble procurando no estropearla. Estas flechassignifican comida, seguridad y la vida misma. Echamos un puado de lea al fuego, de modo que siga echandohumo unas cuantas horas, aunque dudo que Cato suponga nada aestas alturas. Cuando llegamos al arroyo, veo que el agua ha bajadomucho y se mueve a su pausado ritmo de siempre, as que sugierocaminar por ella. Peeta accede encantado y, como hace mucho menosruido dentro del agua que en tierra, acaba siendo una buena idea porpartida doble. No obstante, el camino de vuelta a la cueva es largo, apesar de ir cuesta abajo, a pesar de habernos comido el conejo. Losdos estamos agotados despus de la excursin de hoy y todava nosfalta alimento. Mantengo el arco cargado, tanto por Cato como por lospeces que pueda ver, aunque, curiosamente, el arroyo parece vaco. Cuando llegamos a nuestro destino, estamos arrastrando los piesy el sol ha bajado mucho en el horizonte. Llenamos las botellas deagua y subimos la pequea cuesta a nuestra guarida. No es grancosa, pero aqu, en la naturaleza, es lo ms parecido que tenemos aun hogar. Adems, har ms calor que subidos en un rbol, porque 211. nos protege del viento que ha empezado a soplar con fuerza desde eloeste. Preparo una buena cena, pero, a la mitad, Peeta empieza acabecear. Despus de varios das de inactividad, la caza se hacobrado su precio, as que le ordeno que se meta en el saco de dormiry aparto el resto de su comida para cuando se despierte. l se duermeen un segundo, y yo lo tapo hasta la barbilla y le doy un beso en lafrente, no para el pblico, sino para m, porque me siento muyagradecida de que siga aqu y no muerto junto al arroyo, como crea.Me siento muy agradecida por no tener que enfrentarme a Cato yosola.El brutal y sanguinario Cato, que puede partir cuellos con unmovimiento de su brazo, que cuenta con la fuerza necesaria paraacabar con Thresh, que la tiene tomada conmigo desde el principio.Probablemente me odia desde que lo super en la puntuacin delentrenamiento. Un chico como Peeta puede asimilarlo sin problemas,pero me da la impresin de que a Cato lo obsesiona, lo que no es tandifcil. Pienso en su ridcula reaccin al descubrir que las provisioneshaban volado por los aires. Los dems estaban enfadados, claro, perol estaba completamente desquiciado. Me pregunto si Cato no estarun poco loco.El cielo se ilumina con el sello, y veo a la Comadreja brillar ydesaparecer del mundo para siempre. Aunque no lo ha dicho, creoque Peeta no se siente bien por haberla matado, por muy esencial quefuese. No puedo fingir que la echar de menos, pero s la admiro. Creoque si nos hubiesen puesto algn tipo de examen, ella habrademostrado ser la ms lista de todos los tributos. De hecho, si lehubisemos puesto una trampa, seguro que la habra intuido y no sehabra comido las bayas. Ha sido la ignorancia de Peeta lo que haacabado con ella. Me he pasado tanto tiempo asegurndome de nosubestimar a mis contrincantes que se me haba olvidado quesobrestimarlos es igual de peligroso.Eso me recuerda de nuevo a Cato, pero, aunque creo quecomprenda a la Comadreja, quin era y cmo funcionaba, ese chicome resulta ms escurridizo. Es fuerte y est bien entrenado, pero eslisto? No lo s. No es tan listo como ella y le falta el autocontrol quedemostr la Comadreja. Creo que Cato podra perder el juicio en unarranque de ira. En ese punto no me siento superior, porque recuerdoel momento en que atraves la manzana del cerdo con una flecha porculpa de la rabia que senta. Quiz entienda a Cato mejor de lo quecreo. 212. A pesar del cansancio, tengo la mente despierta, as que dejo quePeeta duerma un poco ms de lo que le corresponde. De hecho, elcielo ha empezado a teirse de un gris suave cuando le sacudo elhombro. l se despierta, casi sobresaltado. --He dormido toda la noche. No es justo, Katniss, deberashaberme despertado. --Dormir ahora. Despirtame si pasa algo interesante --respondo,estirndome y metindome en el saco. Al parecer no sucede nada interesante, porque, cuando abro losojos, la ardiente luz de la tarde entra a travs de las rocas. --Alguna seal de nuestro amigo? --pregunto. --No, no se est dejando ver, y eso resulta inquietante. --Cunto tiempo crees que nos queda hasta que los Vigilantesnos obliguen a juntarnos? --Bueno, la Comadreja muri hace casi un da, as que laaudiencia ha tenido tiempo de sobra para hacer apuestas y aburrirse.Supongo que podra suceder en cualquier momento. --S, tengo la sensacin de que ser hoy --respondo; despus mesiento y contemplo el pacfico paisaje--. Me pregunto cmo lo harn.--Peeta guarda silencio. La verdad es que no hay respuesta posible--.Bueno, hasta que lo hagan, no tiene sentido desperdiciar un da decaza, aunque deberamos comer todo lo posible, por si nos metemosen problemas. Peeta empaqueta nuestro equipo mientras yo preparo una grancomida: el resto de los conejos, races, verduras, los panecillos con elltimo trocito de queso. Lo nico que dejo en reserva es la ardilla y lamanzana. Cuando terminamos, slo queda una pila de huesos de conejo.Tengo las manos grasientas, lo que no hace ms que aadirse a misensacin general de suciedad. Puede que en la Veta no nosbaemos todos los das, pero solemos estar ms limpios de lo que yolo he estado ltimamente. Una capa de mugre me cubre todo elcuerpo, salvo los pies, que han caminado por el arroyo. Dejar la cueva es como cerrar un captulo; no s por qu, perocreo que no pasaremos otra noche en el estadio. De una forma u otra,vivos o muertos, me da la impresin de que saldr de aqu hoy mismo.Me despido de las rocas con una palmadita y nos dirigimos al arroyopara lavarnos. La piel me pica, deseando meterse en el agua fresca;puede que me peine el pelo y me lo trence mojado. Me pregunto si 213. podremos darle un fregado rpido a nuestra ropa cuando lleguemos alarroyo... o a lo que antes era el arroyo. Ahora es un lechocompletamente seco. Lo toco. --Ni siquiera un poco hmedo, tienen que haberlo drenadomientras dormamos --digo. Empiezo a asustarme al pensar en la lengua agrietada, el cuerpodolorido y la mente embotada de mi anterior deshidratacin. Tenemosbastante llenas las botellas y la bota, aunque, al ser dos personas yhacer tanto calor, no tardaremos en vaciarlas. --El lago --dice Peeta--. Ah quieren que vayamos. --Quiz en los estanques tengan algo de agua. --Podemos mirar --responde l, pero s que lo hace para darmeesperanzas. Yo tambin lo hago por eso, porque s lo que encontrarcuando regresemos al lago en el que me empap la pierna: un agujeropolvoriento y vaco. Sin embargo, vamos hasta all de todos modos,slo para confirmar lo que ya sabamos. --Tienes razn, nos llevan al lago --reconozco. Un sitio donde note puedes esconder, donde tendrn garantizada una lucha sangrientaa muerte sin nada que les tape la vista--. Quieres ir directamente oesperar a que nos quedemos sin agua? --Vmonos ahora que estamos descansados y hemos comido.Acabemos con esto de una vez. Asiento. Tiene gracia, es como si volviese a ser el primer da delos juegos, como si estuviese en la misma posicin. A pesar de que yahan muerto veintin tributos, sigo teniendo que matar a Cato y, a decirverdad, no ha sido l siempre el objetivo? Ahora los otros tributos meparecen slo obstculos menores, distracciones que nos apartaban dela verdadera batalla de los juegos: Cato y yo. Sin embargo, tambin est el chico que espera a mi lado, el queme rodea con sus brazos. --Dos contra uno. Debera estar chupado --me dice. --La prxima vez que comamos, ser en el Capitolio. --Seguro que s. Nos quedamos quietos un momento, abrazados, sintiendonuestros cuerpos, el sol y el murmullo de las hojas a nuestros pies.Despus, sin decir palabra, nos separamos y nos dirigimos al lago. Ya no me importa que las pisadas de Peeta hagan correr a losroedores y volar a los pjaros, porque tenemos que luchar contra Catoy me da igual hacerlo aqu o en la llanura. Por otro lado, dudo quetengamos alternativa: si los Vigilantes nos quieren en campo abierto, 214. all nos tendrn.Nos detenemos unos momentos bajo el rbol en el que me atrapCato. El cascarn vaco del nido de rastrevspulas, hecho trizas por laslluvias y secado despus al ardiente sol, confirma nuestra situacin. Lotoco con la punta de la bota y se disuelve en un polvo que la brisa selleva rpidamente. No puedo evitar levantar la mirada hacia el rbol enel que se ocultaba Rue, esperando para salvarme la vida.Rastrevspulas; el cuerpo hinchado de Glimmer, las terrorficasalucinaciones...--Sigamos --digo, deseando huir de la oscuridad que rodea estelugar.Peeta no pone objeciones.Como nos ponemos en marcha tarde, llegamos a la llanura aprimera hora de la noche. No hay ni rastro de Cato, ni de nada que nosea la Cornucopia dorada brillando bajo los ltimos rayos de sol. Por siCato decide hacernos un truco a lo Comadreja, rodeamos laCornucopia para asegurarnos de que est vaca. Despus,obedientes, como si siguisemos instrucciones, nos acercamos al lagoy llenamos los contenedores de agua.--No nos viene bien luchar contra l a oscuras --comento,frunciendo el ceo--. Slo tenemos unas gafas.--Quiz est esperando por eso --responde Peeta, echando concuidado las gotas de yodo en el agua--. Qu quieres hacer? Volvera la cueva?--O eso o subirnos a un rbol, pero vamos a darle otra media horao as. Despus, nos escondemos.Nos sentamos junto al lago, a plena vista; no tiene sentidoocultarse ahora. En los rboles a la orilla de la llanura veo revolotear alos sinsajos; se lanzan melodas los unos a los otros como si fueranpelotas de colores. Abro la boca y canto la cancin de cuatro notas deRue. Noto que se callan, curiosos al or mi voz, y esperan a que cantealgo ms. Repito las notas. Un primer sinsajo imita la meloda,despus otro y, finalmente, todo el bosque se llena del mismo sonido.--Igual que tu padre --dice Peeta.--Es la cancin de Rue --respondo, tocndome la insignia quellevo prendida a la camisa--. Creo que la recuerdan.La msica sube de volumen y reconozco su genialidad; alsolaparse las notas, se complementan entre s formando una armonacelestial y encantadora. Gracias a Rue, aqul era el sonido queenviaba a casa a los trabajadores de los huertos del Distrito 11 cada 215. noche. Repetir alguien este sonido despus de su muerte? Durante un momento me limito a cerrar los ojos y escuchar,hipnotizada por la belleza de la cancin. Entonces, algo interrumpe lamsica, la meloda se rompe en lneas irregulares e imperfectas, yunas notas discordantes se entremezclan con ella. Las voces de lossinsajos se convierten en un chillido de advertencia. Nos ponemos en pie de un salto, Peeta con el cuchillo en la manoy yo preparada para disparar, y Cato sale de los rboles y corre haciadonde estamos. No tiene lanza; de hecho, lleva las manos vacas,pero va directo a por nosotros. Mi primera flecha le da en el pecho e,inexplicablemente, rebota en l. --Tiene alguna clase de armadura! --le grito a Peeta. Y se lo grito justo a tiempo, porque tenemos a Cato encima. Mepreparo, pero l se estrella contra nosotros sin intentar frenar antes.Por los jadeos y el sudor que le cae de la cara amoratada, s que llevamucho tiempo corriendo, pero no hacia nosotros, sino huyendo dealgo. De qu? Examino el bosque justo a tiempo de ver cmo la primera criaturaentra en la llanura de un salto. Mientras me vuelvo, veo que se le unenotras seis. Despus salgo corriendo a ciegas detrs de Cato sinpensar en nada que no sea salvar el pellejo. _____ 25 _____Mutaciones, no cabe duda. Nunca haba visto a estos mutos, perono son animales de la naturaleza. Aunque parecen lobos enormes,qu lobo aterriza de un salto sobre las patas traseras y se quedasobre ellas? Qu lobo llama al resto de la manada agitando la patadelantera, como si tuviese mueca? Veo todo eso de lejos; estoysegura de que encontrar otras caractersticas ms amenazadorascuando estn cerca.Cato ha salido pitando hacia la Cornucopia, as que lo sigo sinplantermelo. Si l cree que es el lugar ms seguro, quin soy yopara decir lo contrario? Adems, aunque pudiera llegar a los rboles,Peeta no podra correr ms que ellos con la pierna mala... Peeta!Acabo de tocar el metal del extremo puntiagudo de la Cornucopiacuando recuerdo que formo parte de un equipo. Peeta est unoscatorce metros por detrs de m, cojeando lo ms deprisa que puede;los mutos lo estn alcanzando. Lanzo una flecha haca la manada y 216. uno cae, pero hay muchos para ocupar su lugar. --Vete, Katniss, vete! --me grita, sealando el cuerno. Tiene razn, no puedo protegernos desde el suelo. Empiezo atrepar, a escalar la Cornucopia con pies y manos. La superficie de oropuro ha sido diseada para parecer el cuerno tejido que llenamosdurante la cosecha, as que hay pequeas crestas y costuras a las queagarrarse, pero, despus de un da bajo el sol del campo de batalla, elmetal est tan caliente que me salen ampollas en las manos. Cato est tumbado de lado en lo alto del cuerno, unos seis metrospor encima del suelo, jadeando para recuperar el aliento mientras seasoma al borde, sintiendo arcadas. Es mi oportunidad para acabar conl; si me detengo a media subida y cargo otra flecha... Sin embargo,justo cuando estoy a punto de disparar, Peeta grita. Me vuelvo y veoque acaba de llegar a la punta del cuerno, aunque los mutos le pisanlos talones. --Trepa! --chillo. Peeta empieza a subir con dificultad, no slo por culpa de lapierna, sino del cuchillo que lleva en la mano. Disparo una flecha quele da en el cuello al primer muto que pone las patas sobre el metal. Almorir, la criatura se estremece y, sin querer, hiere a varios de suscompaeros. Entonces le puedo echar un buen vistazo a las uas:diez centmetros y afiladas como cuchillas. Peeta llega a mis pies, as que lo cojo del brazo y lo subo.Entonces recuerdo que Cato est esperando arriba y me vuelvorpidamente, pero sigue tirado en el suelo, con retortijones y, alparecer, ms preocupado por los mutos que por nosotros. Tose algoininteligible; los ruidos de bufidos y gruidos de las mutaciones no meayudan. --Qu? --le grito. --Ha preguntado si pueden trepar --responde Peeta, haciendo quele preste atencin de nuevo a la base del cuerno. Los mutos empiezan a reagruparse. Al unirse, se levantan y seyerguen fcilmente sobre las patas traseras, lo que les da un aspectohumano. Todos tienen un grueso pelaje, algunos de pelo liso y suave,y otros rizado; los colores varan del negro azabache a algo que slopodra describirse como rubio. Hay algo ms en ellos, algo que haceque se me erice el vello de la nuca, aunque no logro identificarlo. Meten el hocico en el cuerno, olisqueando y lamiendo el metal,araando la superficie con las patas y lanzndose gaidos agudos.Debe de ser su medio de comunicacin, porque la manada retrocede, 217. como si quisiera dejar espacio; entonces, uno de ellos, un muto debuen tamao con sedosos rizos de vello rubio, toma carrerilla y saltasobre el cuerno. Sus patas traseras tienen una fuerza increble, porqueaterriza a tres metros escasos de nosotros y estira los rosados labiospara ensearnos los dientes. Se queda ah un momento y, en esepreciso instante, me doy cuenta de qu es lo que me inquieta de losmutos: los ojos verdes que me observan con rabia no son como los delos lobos o los perros, no se parecen a los de ningn canino queconozca; son humanos, sin lugar a dudas. Justo cuando empiezo aasimilarlo, veo el collar con el nmero 1 grabado con joyas y entiendotoda esta horrible situacin: el pelo rubio, los ojos verdes, el nmero...Es Glimmer. Dejo escapar un chillido y me cuesta sostener la flecha en su sitio.Estaba esperando para disparar, muy consciente de mi menguantereserva de flechas; esperaba a ver si las criaturas podan trepar. Sinembargo, ahora, aunque el perro ha empezado a resbalarse haciaatrs, incapaz de agarrarse al metal, aunque oigo el lento chirrido delas garras como si fuesen uas en una pizarra, disparo al cuello. Elanimal se retuerce y cae al suelo con un golpe sordo. --Katniss? --noto que Peeta me coge del brazo. --Es ella! --Quin? Muevo la cabeza de un lado a otro para examinar la manada,tomando nota de tamaos y colores. La pequea del pelo rojo y losojos color mbar..., la Comadreja! Y all est el pelo ceniza y los ojoscolor avellana del chico del Distrito 9 que muri luchando por lamochila! Y, lo peor de todo, veo al muto ms pequeo, el de relucientepelaje oscuro, enormes ojos castaos y un collar de paja trenzada quedice 11; ensea los dientes, rabioso. Rue... --Qu pasa, Katniss? --insiste Peeta, sacudindome por loshombros. --Son ellos, todos ellos. Los otros. Rue, la Comadreja y... todoslos dems tributos --respondo, con voz ahogada. --Qu les han hecho? --pregunta Peeta al reconocerlos,horrorizado--. Crees..., crees que son sus ojos de verdad? Sus ojos son la menor de mis preocupaciones. Y sus cerebros?Tienen algn recuerdo de los tributos originales? Los hanprogramado para odiar especialmente nuestras caras porque nosotroshemos sobrevivido y ellos han muerto asesinados sin piedad? Y losque matamos de verdad..., creen que estn vengando sus propias 218. muertes? Antes de poder decir nada, los mutos inician un nuevo asalto alcuerno. Se han dividido en dos grupos en los laterales y estn usandosus fuertes patas traseras para lanzarse sobre nosotros. Un par dedientes se cierran a pocos centmetros de mi mano y oigo gritar aPeeta; siento el tirn de su cuerpo, el peso de chico y mutoarrastrndome hacia el borde. De no ser por mi brazo, l habraacabado en el suelo, pero, tal como est la cosa, necesito toda mifuerza para mantenernos a los dos en el extremo curvo del cuerno; yvienen ms tributos. --Mtalo, Peeta, mtalo! --le grito y, aunque no veo qu pasaexactamente, s que tiene que haber atravesado a la criatura, porqueno tiran tanto de m. Logro subirlo de nuevo al cuerno y nos arrastramos a la parte alta,donde nos espera el menos malo de nuestros problemas. Cato todava no se ha puesto en pie, aunque respira con mscalma y pronto estar lo bastante recuperado para atacarnos ylanzarnos al suelo para que nos maten. Cargo una flecha en el arco,pero acaba derribando a un animal que slo puede ser Thresh. Quinsi no iba a saltar tan alto? Siento alivio por un instante, porque pareceque por fin estamos fuera del alcance de los mutos. Voy a volvermepara enfrentarme a Cato cuando alguien aparta a Peeta de mi lado;estoy convencida de que la manada lo ha cogido, hasta que su sangreme salpica la cara. Cato est delante de m, casi al borde del cuerno, y tiene a Peetaagarrado con una llave por el cuello, ahogndolo. Peeta araa el brazode Cato, pero sin fuerzas, porque no sabe si es ms importanterespirar o intentar cortar la sangre que le sale del agujero que una delas criaturas le ha abierto en la pantorrilla. Apunto con una de mis ltimas dos flechas a la cabeza de Cato,sabiendo que no tendra ningn efecto ni en el tronco ni en lasextremidades; ahora veo que lleva encima una malla ajustada de colorcarne, algn tipo de armadura de gran calidad del Capitolio. Era esolo que contena su mochila en el banquete? Una armadura paradefenderse de mis flechas? Bueno, pues se les olvid incluir unamscara blindada. --Disprame y l se cae conmigo --dice Cato, rindose. Tiene razn, si lo derribo y cae sobre los mutos, Peeta morir conl. Estamos en tablas: no puedo disparar a Cato sin matar tambin aPeeta; l no puede matar a Peeta sin ganarse una flecha en el 219. cerebro. Nos quedamos quietos como estatuas, buscando una salida. Tengo los msculos tan tensos que podran saltar en cualquiermomento y los dientes tan apretados que podran romperse. Lascriaturas guardan silencio y lo nico que oigo es la sangre que me lateen la oreja buena. A Peeta se le ponen los labios azules; si no hago algo pronto,morir ahogado y lo perder, y entonces Cato usar su cadver comoarma contra m. De hecho, estoy segura de que se es el plan deCato, porque, aunque ha dejado de rerse, esboza una sonrisa triunfal. Como si se tratase de un ltimo esfuerzo, Peeta levanta losdedos, que chorrean sangre, hacia el brazo de Cato. En vez deintentar liberarse, desva el ndice y dibuja una equis en el dorso de lamano de Cato. El otro se da cuenta de lo que significa un segundodespus que yo, lo s por la forma en que pierde la sonrisa. Sinembargo, llega tarde por un segundo, porque, para entonces, ya le heatravesado la mano con la flecha. Grita y suelta a Peeta, que se lanzasobre l. Durante un horrible instante me da la impresin de queambos caern al suelo; salto y cojo a Peeta justo antes de que Cato seresbale sobre el cuerno lleno de sangre y acabe en el llano. Omos el golpe, el aire al salirle del cuerpo con el impacto y elruido del ataque de las criaturas. Peeta y yo nos abrazamos,esperando a que suene el caonazo, esperando a que acabe lacompeticin, esperando a que nos liberen, pero no pasa nada, todavano. Porque ste es el punto culminante de los Juegos del Hambre y laaudiencia quiere espectculo. Aunque no miro, s oigo los gruidos, los ladridos, y los aullidos dehumanos y animales mientras Cato se enfrenta a la manada. Noentiendo cmo puede seguir vivo hasta que recuerdo la armadura quelo protege de los tobillos al cuello y me doy cuenta de que esta nochepodra ser muy larga. Cato debe de tener tambin un cuchillo, unaespada o lo que sea, algo ms escondido en la ropa, porque, de vezen cuando, se oye el ltimo lamento de un muto o el sonido de metalcontra metal que produce la hoja al dar en el cuerno dorado. Elcombate se mueve alrededor de la Cornucopia y s que Cato estintentando la nica maniobra que podra salvarle la vida: volver alextremo puntiagudo del cuerno y unirse a nosotros de nuevo. Sinembargo, al final, a pesar de lo notables que resultan su fuerza y sushabilidades, son demasiados para l. No s cunto tiempo ha pasado, puede que una hora, cuandoCato cae al suelo y omos cmo lo arrastran los mutos al interior de la 220. Cornucopia. Ahora lo rematarn, pienso, pero no se oye ningncaonazo. Cae la noche y suena el himno, y la imagen de Cato no sale en elcielo; nos llegan los dbiles gemidos a travs del metal que tenemosdebajo. El aire helado que sopla por la llanura me recuerda que losjuegos no han terminado y que puede que tarden mucho tiempo enacabar; seguimos sin tener garantizada la victoria. Me vuelvo hacia Peeta y veo que la pierna le sangra ms quenunca. Todos nuestros suministros y mochilas siguen junto al lago,donde las dejamos cuando huimos de la manada. No tengo vendas, ninada con lo que taponar el flujo de sangre de su pantorrilla. Aunqueestoy temblando de fro, me arranco la chaqueta, me quito la camisa yme vuelvo a colocar la chaqueta lo antes posible. Han sido unossegundos, pero el fro hace que me castaeteen los dientes sin quepueda controlarlos. Peeta tiene la cara gris a la plida luz de la luna. Lo obligo atumbarse antes de tocarle la herida; no bastar con una venda. Hevisto a mi madre poner torniquetes unas cuantas veces, as queintento imitarla. Corto una manga de la camisa, se la enrollo dos vecesjusto por debajo de la rodilla y ato un medio nudo. Como no tengoningn palo, cojo mi ltima flecha y la introduzco en el nudo,apretndolo todo lo que me atrevo. Es arriesgado, porque Peetapodra perder la pierna, pero comparado con el peligro de perder lavida, qu otra opcin me queda? Vendo la herida con el resto de micamisa y me tumbo a su lado. --No te duermas --le digo. Aunque no s bien si es el protocolo mdico correcto, meaterroriza que se duerma y no vuelva a despertarse. --Tienes fro? --me pregunta. Se baja la cremallera de la chaqueta y me meto dentro con l. Asse est un poco mejor, compartimos el calor de nuestros cuerposdentro de mi doble capa de chaquetas, pero la noche es joven y latemperatura seguir descendiendo. Todava puedo sentir cmo laCornucopia se congela, a pesar de que arda cuando subimos. --Puede que Cato acabe ganando --le susurro a Peeta. --No digas eso --responde, subindome la capucha, aunque ltiembla an ms que yo. Las horas siguientes son las peores de mi vida, lo que, si una separa a pensarlo, ya es decir. El fro de por s ya es bastante tortura,pero la verdadera tortura es or a Cato gemir, suplicar y, por ltimo, 221. gimotear mientras los mutos se divierten con l. Al cabo de un rato yano me importa quin es o qu haya hecho, slo quiero que deje desufrir.--Por qu no lo matan y ya est? --le pregunto a Peeta.--Ya sabes por qu --responde, acercndome ms a l.Y es cierto: ahora ningn telespectador podr despegarse de lapantalla. Desde el punto de vista de los Vigilantes, esto es lo ltimo enespectculos.La cosa sigue y sigue, y, al final, me llena la cabeza borrandorecuerdos y esperanzas de sobrevivir, borrndolo todo salvo elpresente, que empieza a parecerme eterno. Nunca existir otra cosaque no sea este fro, este miedo y los atroces sonidos del chico que semuere dentro del cuerno.Peeta empieza a adormecerse y, cuando cabecea, me pongo achillar su nombre cada vez ms alto, porque, si se muere y me dejasola, s que me volver completamente loca. Est esforzndose,seguramente ms por m que por l, y le resulta difcil, porquedesmayarse sera su forma de huir. Sin embargo, el subidn deadrenalina que me corre por el cuerpo me impedira dormirme, as queno puedo dejar que lo haga l. No puedo.La nica seal del paso del tiempo est en el cielo, en el sutilmovimiento de la luna. Peeta me la seala e insiste en que observe suavance y, a veces, por un momento, siento una chispa de esperanzaantes de que la desesperacin de la noche me envuelva de nuevo.Al final lo oigo susurrar que el sol est saliendo. Abro los ojos yveo que las estrellas se difuminan a la plida luz del alba. Adems,veo lo plida que est la cara de Peeta, el poco tiempo que le queda, ys que tengo que llevarlo de vuelta al Capitolio.En cualquier caso, no se ha odo el caonazo. Pego la oreja alcuerno y distingo la dbil voz de Cato.--Creo que est ms cerca. Katniss, puedes dispararle?Si est cerca de la entrada, quiz lo consiga; llegados a estepunto, sera un acto de piedad.--Mi ltima flecha est en tu torniquete.--Pues aprovchala bien --responde l, bajndose la cremallerade la chaqueta para que salga.As que suelto la flecha, vuelvo a atar el torniquete lo ms fuerteque mis helados dedos me permiten y me froto las manos paraintentar recuperar la circulacin. Cuando me arrastro hasta el bordedel cuerno y me asomo, noto que Peeta me sujeta para que no me 222. caiga. Tardo unos segundos en encontrar a Cato en la penumbra, en lasangre. Despus, el desollado pedazo de carne que antes era mienemigo emite un sonido y veo dnde tiene la boca. Creo que laspalabras que intenta decir son por favor. La compasin y no la venganza es lo que gua mi flecha a sucabeza. Peeta me sube de nuevo y all me quedo, arco en mano, conel carcaj vaco. --Le has dado? --me susurra. El caonazo le responde--.Entonces, hemos ganado, Katniss --aade, sin emocin. --Bien por nosotros --consigo decir, aunque en mi voz no se notala alegra por la victoria. En ese momento se abre un agujero en la llanura y, como sisiguieran rdenes, los mutos que quedan vivos saltan en l,desaparecen en el interior y la tierra vuelve a cerrarse. Esperamos a que llegue el aerodeslizador para llevarse los restosde Cato, a que suenen las trompetas de la victoria, pero nada. --Eh! --grita Peeta al aire--. Qu est pasando? --La nicarespuesta es el parloteo de los pjaros al despertarse--. Quiz sea porel cadver, quiz tengamos que apartarnos. Intento recordar si hay que apartarse del ltimo tributo muerto.Tengo el cerebro demasiado embrollado para estar segura, pero quotra cosa podra ser? --Vale, crees que puedes llegar hasta el lago? --le pregunto. --Creo que ser mejor que lo intente. Bajamos poco a poco por el extremo del cuerno y caemos alsuelo. Si yo tengo las extremidades tan rgidas, cmo puede moversePeeta? Me levanto la primera, y doblo y agito brazos y piernas hastaencontrarme en condiciones de ayudarlo a levantarse. Conseguimosllegar al lago, aunque no s cmo, y recojo un poco de agua fra paraPeeta; yo tambin bebo. Un sinsajo emite un largo silbido bajo y se me llenan los ojos delgrimas cuando aparece el aerodeslizador y se lleva a Cato. Ahoravendrn a por nosotros, y podremos irnos a casa. Sin embargo, sigue sin haber respuesta. --A qu estn esperando? --pregunta Peeta dbilmente. Entre la prdida del torniquete y el esfuerzo que nos habasupuesto llegar al lago, se le haba abierto la herida. --No lo s. No s a qu se deber el retraso, pero no soporto seguir vindolo 223. perder sangre. Me levanto para buscar un palo, pero encuentrorpidamente la flecha que rebot en la armadura de Cato; servir tanbien como la otra flecha. Cuando voy a cogerla, la voz de ClaudiusTemplesmith retumba en el estadio.--Saludos, finalistas de los Septuagsimo Cuartos Juegos delHambre. La ltima modificacin de las normas se ha revocado.Despus de examinar con ms detenimiento el reglamento, se hallegado a la conclusin de que slo puede permitirse un ganador.Buena suerte y que la suerte est siempre de vuestra parte.Un pequeo estallido de esttica y se acab. Me quedo mirando aPeeta con cara de incredulidad hasta que asimilo la verdad: nunca hantenido intencin de dejarnos vivir a los dos. Los Vigilantes lo hanplaneado todo para garantizar el final ms dramtico de la historia, ynosotros, como idiotas, nos lo hemos tragado.--Si te paras a pensarlo, no es tan sorprendente --dice Peeta envoz baja.Lo observo ponerse en pie a duras penas. Se mueve hacia m,como a cmara lenta, sacndose el cuchillo del cinturn...Antes de ser consciente de lo que hago, tengo el arco cargado yapuntndole al corazn. Arquea las cejas y veo que su mano yaestaba camino de tirar el cuchillo al lago. Suelto las armas y doy unpaso atrs, con la cara ardiendo de vergenza.--No --me detiene--, hazlo.Peeta se acerca cojeando y me pone las armas de nuevo en lasmanos.--No puedo. No lo voy a hacer.--Hazlo, antes de que enven otra vez a esos animales o a otracosa. No quiero morir como Cato.--Pues disprame --respondo, furiosa, devolvindole las armascon un empujn--. Disprame, vete a casa y vive con ello!Mientras lo digo, s que la muerte aqu, ahora mismo, sera msfcil que seguir viviendo.--Sabes que no puedo --dice l, tirando las armas--. Vale, detodos modos yo ser el primero en morir.Se inclina y se arranca la venda de la pierna, eliminando la ltimabarrera entre su sangre y la tierra.--No, no puedes suicidarte!Me pongo de rodillas e intento pegarle la venda en la herida,desesperada.--Katniss, es lo que quiero. 224. --No vas a dejarme sola --insisto, porque, si muere, en realidadnunca volver a casa, me pasar el resto de mi vida en este campo debatalla, intentando encontrar la salida. --Escucha --me dice, ponindome en pie--. Los dos sabemos quenecesitan a su vencedor. Slo puede ser uno de nosotros. Por favor,acptalo, hazlo por m. Y sigue hablando sobre lo mucho que me quiere, sobre cmosera su vida sin m, pero yo ya no lo escucho, porque sus anteriorespalabras han quedado atrapadas dentro de mi cabeza y estn ah,dando vueltas. Los dos sabemos que necesitan a su vencedor. S, lo necesitan. Sin vencedor, a los Vigilantes les estallara todoen la cara: fallaran al Capitolio, puede que incluso los ejecutasen dealguna forma lenta y dolorosa, en directo para todas las pantallas delpas. Si morimos Peeta y yo, o si pensaran que vamos a... Me llevo las manos al saquito del cinturn y lo desengancho.Peeta lo ve y me coge la mueca. --No, no te dejar. --Confa en m --susurro. l me mira a los ojos durante un buenrato, pero me suelta. Abro el saquito y le echo un puado de bayas enla mano; despus cojo unas cuantas para m--. A la de tres? --A la de tres --responde Peeta, inclinndose para darme un besomuy dulce. Nos ponemos de pie, espalda contra espalda, cogidos confuerza de la otra mano--. Ensalas, quiero que todos lo vean. Abro los dedos y las oscuras bayas relucen al sol. Le doy unltimo apretn de manos a Peeta para indicarle que ha llegado elmomento, para despedirme, y empezamos a contar. --Uno. --Quiz me equivoque--. Dos. --Quiz no les importe quemuramos los dos--. Tres! Es demasiado tarde para cambiar de idea. Me llevo la mano a loslabios y le echo un ltimo vistazo al mundo. Justo cuando las bayasentran en la boca, las trompetas empiezan a sonar. La voz frentica de Claudius Templesmith grita sobre nosotros: --Parad! Parad! Damas y caballeros, me llena de orgullopresentarles a los vencedores de los Septuagsimo Cuartos Juegosdel Hambre: Katniss Everdeen y Peeta Mellark! Les presento a... lostributos del Distrito 12! 225. _____ 26 _____ Escupo las bayas y me limpio la lengua con el borde de la camisapara asegurarme de que no quede nada. Peeta tira de m hacia ellago, donde los dos nos enjuagamos la boca y nos abrazamos, sinfuerzas. --No te has tragado ninguna? --le pregunto. --Y t? --responde l, sacudiendo la cabeza. --Supongo que no, porque sigo viva. Veo que mueve los labios para contestar, pero no lo oigo con elrugido de la multitud del Capitolio, que sale en directo por losaltavoces. El aerodeslizador aparece sobre nosotros y de l caen dosescaleras, slo que no pienso soltar a Peeta, de ninguna manera. Lorodeo con un brazo para ayudarlo a subir, y los dos ponemos un pieen el primer travesano. La corriente elctrica nos paraliza, de lo cualme alegro, porque no estoy segura de que Peeta pudiese quedarsecolgado todo el viaje. Al subir estaba mirando hacia abajo, as que veoque, aunque nuestros msculos estn inmviles, nada corta el flujo desangre de su pierna. Como caba esperar, se desmaya en cuanto lapuerta se cierra detrs de nosotros y la corriente elctrica se detiene. Todava tengo agarrada la parte de atrs de su chaqueta contanta fuerza que, cuando se lo llevan, se rompe, y me deja con unpuado de tela negra. Unos mdicos vestidos con batas, mscaras yguantes blancos esterilizados ya estn preparados para trabajar, paraentrar en accin. Peeta est tan plido y quieto sobre la mesaplateada, lleno de tubos y cables por todas partes, que, por unmomento, olvido que hemos salido de los juegos y veo a los mdicoscomo una amenaza ms, otra manada de mutos diseados paramatarlo. Petrificada, me lanzo a salvarlo, pero me retienen y meempujan al interior de otro cuarto, con una puerta de cristal entre losdos. Nadie me hace caso, salvo un ayudante del Capitolio queaparece detrs de m y me ofrece una bebida. Me dejo caer en el suelo, con la cara contra la puerta, mirando elvaso de cristal que tengo en la mano sin entender nada. Est helado,lleno de zumo de naranja, con una pajita de borde decorado. Parececompletamente fuera de lugar en mi mano sucia y ensangrentada, allado de las cicatrices y las uas llenas de tierra. Se me hace la bocaagua con el olor, pero la dejo con cuidado en el suelo, sin confiar ennada tan limpio y bonito. 226. A travs del cristal veo cmo los mdicos trabajan sin parar enPeeta; fruncen el ceo, concentrados. Veo el flujo de lquidos quebombean por los tubos, y una pared llena de cuadrantes y luces queno significan nada para m. No estoy segura, pero creo que se le parael corazn dos veces. Es como estar en casa cuando traen a una persona destrozadasin remedio en el estallido de una mina, a una mujer en su tercer dade parto o a un nio malnutrido que lucha contra la neumona; en esasocasiones, mi madre y Prim suelen tener la misma expresin que losmdicos. Ha llegado el momento de huir al bosque y escondermeentre los rboles hasta que el paciente haya desaparecido y, en otraparte de la Veta, los martillos se encarguen del atad. Sin embargo,estoy aqu, atrapada no slo por las paredes del aerodeslizador, sinotambin por la misma fuerza que ata a los seres queridos de losmoribundos. A menudo los he visto reunidos en torno a la mesa denuestra cocina y he pensado: Por qu no se van? Por qu sequedan a mirar?. Y ahora lo s: porque no les queda otra alternativa. Doy un salto cuando noto que alguien me mira a pocoscentmetros, y me doy cuenta de que es mi reflejo en el cristal: ojosenloquecidos, mejillas huecas, pelo enredado; rabiosa, salvaje, loca.No es de extraar que todos se mantengan a una distancia prudencialde m. Lo siguiente que s es que hemos aterrizado en el tejado delCentro de Entrenamiento y que se llevan a Peeta, aunque a m medejan donde estoy. Me lanzo contra el cristal, chillando, y creodistinguir un atisbo de pelo rosa (tiene que ser Effie, Effie viene alrescate), cuando alguien me pincha por detrs con una aguja. Cuando despierto me da miedo moverme. Todo el techo brilla conuna suave luz amarilla, lo que me permite ver que estoy en unahabitacin en la que slo est mi cama; ni puertas, ni ventanas a lavista. El aire huele a algo fuerte y antisptico. Del brazo derecho mesalen varios tubos que se meten en la pared que tengo detrs. Estoydesnuda, pero la ropa de cama me reconforta. Saco con precaucin lamano derecha de la colcha: no slo est limpia, sino que hanarreglado las uas en valos perfectos y las cicatrices de lasquemaduras se notan menos. Me toco la mejilla, los labios, la cicatrizarrugada sobre la ceja y, cuando empiezo a pasarme los dedos por mipelo de seda, me quedo helada. Me muevo el pelo con aprensin por 227. encima de la oreja izquierda; no, no me lo he imaginado: puedo or denuevo.Intento sentarme, pero algn tipo de correa de sujecin me rodeala cintura y slo me deja levantarme unos centmetros. La restriccinfsica hace que me entre el pnico, y me pongo a tirar y a retorcer lascaderas para librarme de la correa; entonces se desliza una parte dela pared, como si fuese una puerta, y por ella entra la chica avoxpelirroja con una bandeja. Al verla me calmo y dejo de forcejear.Quiero hacerle un milln de preguntas, aunque me da miedo que unexceso de confianza le cause problemas, porque est claro que mevigilan de cerca. Deja la bandeja sobre mis muslos y aprieta algo queme coloca en posicin sentada. Mientras me arregla las almohadas,me atrevo a preguntarle algo; lo digo en voz alta, tan claro como me lopermite mi voz oxidada, para que no parezca que le cuento secretitos.--Ha sobrevivido Peeta?Ella asiente y, cuando me pone una cuchara en la mano, noto queme la aprieta como una amiga.Supongo que, al fin y al cabo, no quera verme muerta. Y Peeta loha logrado; claro que lo ha logrado, con todo el equipo caro que tienenaqu. Sin embargo, no estaba segura hasta ahora.Cuando se va la chica, la puerta se cierra sin hacer ruido detrsde ella y yo me vuelvo, hambrienta, hacia la bandeja: un cuenco decaldo claro, una pequea racin de compota de manzana y un vaso deagua. Ya est?, pienso, enfurruada. No debera ser mi comidade bienvenida un poco ms espectacular? Al final descubro queapenas soy capaz de terminar lo poco que me han puesto. Es como siel estmago se me hubiese reducido al tamao de una castaa, y mepregunto cunto tiempo llevo inconsciente, porque la ltima maanaque pas en el estadio no me cost nada comerme un desayunoconsiderable. Normalmente pasan unos das entre el final de lacompeticin y la presentacin del vencedor, de modo que puedanvolver a convertir a un tributo muerto de hambre, herido y destrozadoen una persona. Cinna y Portia andarn por aqu, creando nuestrovestuario para las apariciones pblicas. Haymitch y Effie estarndisponiendo el banquete para los patrocinadores y revisando laspreguntas de las ltimas entrevistas. En casa, en el Distrito 12, estarninmersos en el caos de organizar las celebraciones de bienvenida paraPeeta y para m, sobre todo porque las ltimas fueron hace casi treintaaos.En casa! Prim y mi madre! Gale! Incluso la imagen del viejo 228. gato zarrapastroso de Prim me hace sonrer. Pronto estar en casa! Quiero salir de esta cama, ver a Peeta y Cinna, descubrir qu haestado pasando. Y por qu no? Me siento bien. Sin embargo, cuandoempiezo a salir de la correa, noto que un lquido fro sale de uno de lostubos y se introduce por una de mis venas; pierdo la conciencia deforma casi inmediata. Lo mismo sucede una y otra vez durante un periodo indefinido:me despierto, me alimentan y, aunque resisto el impulso de intentarescapar de la cama, me vuelven a dejar sin sentido. Es como estar enun extrao crepsculo continuo. Slo tomo nota de unas cuantascosas: la chica avox no ha vuelto desde que me dio de comer laprimera vez, mis cicatrices desaparecen y... me lo he imaginado o heodo de verdad los gritos de un hombre? No con el acento delCapitolio, sino con la tosca cadencia de mi distrito. No puedo evitartener la vaga sensacin de que alguien cuida de m, y eso mereconforta. Entonces, por fin, llega un momento en que me despierto y notengo nada clavado en el brazo derecho. Tambin me han quitado lacorrea de la cintura y soy libre para moverme a mi gusto. Empiezo alevantarme, pero me detiene la visin de mis manos: la piel estperfecta, suave y reluciente. No slo han desaparecido sin dejar rastrolas cicatrices del campo de batalla, sino tambin las que habaacumulado con los aos de cazadora. Me toco la frente y parece desatn; cuando intento buscar la quemadura de la pantorrilla, noencuentro nada. Saco las piernas de la cama, con los nervios de no saber sisoportarn bien mi peso, y compruebo que estn fuertes y preparadas.Al pie de la cama encuentro un traje que me hace estremecer, elmismo que llevbamos todos los tributos en el estadio. Me quedomirndolo hasta que recuerdo que, obviamente, es lo que tengo queponerme para saludar a mi equipo. Me visto en menos de un minuto y toqueteo la pared, donde sque est la puerta aunque no la vea, hasta que, de repente, se abre.Salgo a un pasillo amplio y vaco que no parece tener ms puertas. Noobstante, debe de haberlas, y detrs de una de ellas tiene que estarPeeta. Ahora que estoy consciente y en movimiento, mi preocupacinpor l aumenta por segundos. Si no estuviera bien, la avox me lohabra dicho, pero necesito verlo por m misma. --Peeta! --lo llamo, ya que no hay nadie a quien preguntar. Oigo que alguien responde gritando mi nombre, aunque no es su 229. voz, sino una que me provoca primero irritacin y despusimpaciencia: Effie. Me vuelvo y los veo a todos esperando en una gran sala al finaldel pasillo: Effie, Haymitch y Cinna. Salgo corriendo hacia ellos sinvacilar. Es posible que los vencedores deban ser ms comedidos, msarrogantes, sobre todo cuando sabes que te estn mirando, pero meda igual. Corro hacia ellos y me sorprendo a m misma abrazandoprimero a Haymitch. Cuando me susurra al odo buen trabajo,preciosa, no suena sarcstico. Effie est algo llorosa y no deja dedarme palmaditas en el pelo y de hablar sobre cmo le deca a todo elmundo que ramos perlas. Cinna se limita a abrazarme con fuerza yno dice nada. Entonces veo que Portia no est y tengo un malpresentimiento. --Dnde est Portia? Con Peeta? Peeta est bien, no? Quierodecir, que est vivo, verdad? --Est bien, pero quieren que os encontris en directo durante laceremonia --responde Haymitch. --Ah, vale --respondo, y el horrible momento de temer que Peetaestuviese muerto se pasa de nuevo--. Supongo que es lo que yoquerra ver. --Ve con Cinna. Tiene que ponerte a punto --dice Haymitch. Es un alivio estar a solas con Cinna, sentir su brazo protectorsobre los hombros y alejarnos de las cmaras, recorrer algunospasillos y llegar a un ascensor que nos conduce al vestbulo del Centrode Entrenamiento. Eso quiere decir que el hospital est en el stano,incluso debajo del gimnasio en el que los tributos practicbamoshaciendo nudos y tirando lanzas. Las ventanas del vestbulo estnoscurecidas y un puado de guardias lo vigilan todo. Nadie ms nosve llegar al ascensor de los tributos. Se oye el eco de nuestras pisadasen el vaco. Cuando subimos a la duodcima planta, me pasan por lacabeza las caras de todos los tributos que nunca regresarn y noto unnudo en la garganta. Entonces se abren las puertas, y Venia, Flavius y Octavia measaltan hablando tan deprisa y con tanta alegra que no consigoentender lo que dicen, aunque el sentido est claro: estn realmenteencantados de verme, y lo mismo me pasa a m con ellos, aunque meemocion mucho ms ver a Cinna. Esto es ms como alegrarse de vera un tro de mascotas cariosas al final de un da muy difcil. Me llevan al comedor y me dan una comida de verdad (rosbif conguisantes y panecillos), aunque las raciones siguen estando 230. controladas, porque, cuando pido repetir, me dicen que no. --No, no y no. No quieren que lo eches todo en el escenario--responde Octavia, pero me da un panecillo ms sin que nadie lo vea,por debajo de la mesa, para hacerme saber que est de mi parte. Volvemos a mi habitacin y Cinna desaparece durante un ratomientras el equipo de preparacin me arregla. --Oh, te han hecho un buen trabajo de pulido --dice Flavius conenvidia--. No tienes ni un defecto en la piel. Sin embargo, cuando me miro desnuda en el espejo slo veo lodelgaducha que estoy. Bueno, seguro que estaba peor cuando sal delcampo de batalla, pero puedo contarme las costillas sin ningnproblema. Seleccionan los ajustes de la ducha por m y empiezan aarreglarme el pelo, las uas y el maquillaje cuando termino. Charlansin parar, as que apenas tengo que decir nada; eso est bien, porqueno me siento muy habladora. Tiene gracia porque, aunque parloteensobre los juegos, sus comentarios versan acerca de dnde estaban,qu hacan o cmo se sentan cuando sucedi algo en concreto:Todava estaba en la cama!, Acababa de teirme las cejas!,Os juro que estuve a punto de desmayarme!. Todo gira en torno aellos, no tiene nada que ver con los chicos que moran en el estadio. En el Distrito 12 no nos regodeamos as en los juegos, sino queapretamos los dientes, miramos por obligacin e intentamos volver anuestras cosas lo antes posible en cuanto acaban. Para no odiar alequipo de preparacin, consigo bloquear la mayor parte de su charla. Cinna entra con lo que parece ser un vestido amarillo muy simple. --Ya te has aburrido del tema de la chica en llamas? --Dmelo t --responde, y me lo mete por la cabeza. Al instantenoto que ha rellenado la parte del pecho para aadir las curvas que elhambre me ha robado del cuerpo. Me llevo las manos a los senos yfrunzo el ceo--. Ya lo s --dice Cinna antes de que pueda protestar--,pero los Vigilantes queran modificarte quirrgicamente. Haymitch tuvouna gran pelea con ellos y sta fue la solucin de compromiso. --Medetiene antes de que pueda mirarme en el espejo--. Espera, no teolvides de los zapatos. Venia me ayuda a ponerme un par de sandalias de cuero planas yme vuelvo hacia el espejo. Sigo siendo la chica en llamas: la fina tela del vestido despideun ligero brillo; el ms leve movimiento del aire crea ondas. Encomparacin con ste, el traje del carro parece estridente, y el de la 231. entrevista, demasiado artificial; ahora doy la impresin de habermevestido con la luz de una vela. --Qu te parece? --Creo que es el mejor que has hecho hasta ahora. Cuando consigo apartar la mirada de los destellos de la tela, meencuentro con una sorpresa: llevo el cabello suelto y echado atrs conuna sencilla cinta; el maquillaje redondea y rellena mis ahoraangulosas facciones; me han puesto esmalte transparente en lasuas; el vestido sin mangas est recogido a la altura de las costillas,no de la cintura, de modo que el relleno no afecta demasiado a mifigura; el borde me llega justo a las rodillas; al no llevar tacones, tengomi estatura real. En resumidas cuentas, parezco una chica, una chicajoven, de catorce aos como mucho, inocente e inofensiva. S, mesorprende que Cinna haya decidido sacar esto, teniendo en cuentaque acabo de ganar los juegos. Se trata de una imagen muy estudiada, porque Cinna nunca dejanada al azar. Me muerdo el labio, intentando averiguar sus motivos. --Crea que sera algo ms... sofisticado --le digo. --Supuse que a Peeta le gustara ms esto --responde l, conprecaucin. Peeta? No, no es por Peeta. Es por el Capitolio, los Vigilantes yla audiencia. Aunque no entiendo todava el diseo de Cinna, merecuerda que los juegos todava no han terminado por completo.Adems, noto una advertencia debajo de su benvola respuesta. Meadvierte sobre algo que no puede mencionar ni siquiera delante de supropio equipo. Bajamos en el ascensor hasta la planta donde nos entrenamos.La costumbre es que el vencedor y su equipo de preparacin salgan alescenario en una plataforma elevada. Primero el equipo depreparacin, seguido por el acompaante, el estilista, el mentor y,finalmente, el vencedor. Como este ao somos dos vencedores quecomparten acompaante y mentor, han tenido que reorganizarlo todo.Me encuentro en una parte mal iluminada bajo el escenario. Haninstalado una nueva plataforma de metal para elevarme; todava seven pequeos montoncitos de serrn y huele a pintura fresca. Cinna yel equipo de preparacin se van para ponerse sus trajes y colocarseen su sitio, as que me quedo sola. En la penumbra veo una paredimprovisada a unos nueve metros de m; supongo que Peeta estardetrs. El rugido de la multitud es tan ensordecedor que no me doy 232. cuenta de la llegada de Haymitch hasta que me toca el hombro y doyun bote, sobresaltada; supongo que parte de m sigue en el estadio. --Tranquila, soy yo. Deja que te eche un vistazo --dice. Levantolos brazos y doy una vuelta--. No est mal. --Pero? --pregunto, porque no ha sido un gran cumplido. --Pero nada. Qu tal un abrazo de buena suerte? --responde l,despus de examinar mi mohoso lugar de espera y tomar unadecisin. Vale, es una peticin extraa viniendo de l, pero, al fin y al cabo,hemos ganado; quizs un abrazo sea lo ms apropiado. Sin embargo,cuando le rodeo el cuello con los brazos, me encuentro atrapada porlos suyos y me empieza a hablar muy deprisa y muy bajito al odo, conlos labios ocultos por mi pelo. --Escucha, tienes problemas. Se dice que el Capitolio est furiosopor la manera en que los habis dejado en ridculo en el estadio. Sihay algo que no soportan es que se ran de ellos, y ahora son elhazmerrer de Panem --me dice Haymitch. Siento que el miedo me corre por las venas, pero me ro como sime dijese algo encantador, porque no tengo nada que me oculte laboca. --Y qu? --Tu nica defensa sera que estuvieses tan loca de amor que nofueses responsable de tus acciones. --Haymitch se aparta y mearregla la cinta del pelo--. De acuerdo, preciosa? Podra estar hablando de cualquier cosa. --De acuerdo. Se lo has dicho a Peeta? --No hace falta. l lo tiene claro. --Pero crees que yo no? --pregunto, aprovechando laoportunidad para enderezar la pajarita de color rojo intenso que Cinnadebe de haberle obligado a llevar. --Y desde cundo importa lo que yo crea? Ser mejor queocupemos nuestros puestos. --Me conduce al crculo de metal--. Es tunoche, preciosa, disfrtala. Me da un beso en la frente y desaparece en la penumbra. Me tiro de la falda deseando que fuese ms larga para tapar lomucho que me chocan las rodillas. Entonces me doy cuenta de que notendra sentido, porque todo el cuerpo me tiembla como una hoja. Consuerte, lo atribuirn a la emocin. Al fin y al cabo, es mi noche. El olor a humedad y moho que hay debajo del escenario amenazacon ahogarme. Noto un sudor fro y pegajoso en la piel y no puedo 233. evitar la sensacin de que las tablas que tengo encima estn a puntode derrumbarse, de enterrarme viva debajo de los escombros.Despus de salir del campo de batalla, despus de las trompetas, sesupona que estara a salvo para siempre, para el resto de mi vida. Sinembargo, si lo que dice Haymitch es cierto (y no tiene razones paramentir), nunca he corrido tanto peligro como ahora. Es mucho peor que la caza del estadio, porque all poda morir yya est, fin de la historia. Aqu podran castigar a Prim, a mi madre, aGale, a la gente del Distrito 12, a todas las personas que me importan,si no consigo hacer creble el escenario de chica-loca-de-amor queHaymitch ha sugerido. Bueno, an tengo una oportunidad. Qu curioso, cuando saqulas bayas en el estadio slo pensaba en ser ms lista que losVigilantes, no en lo mal que hara quedar al Capitolio con misacciones. Pero los Juegos del Hambre son su arma y se supone queno puedes vencerlos, as que ahora el Capitolio actuar como sihubiese controlado la situacin desde el principio, como si lo dirigiesetodo, suicidio doble incluido. Claro que, para que eso funcione, tengoque seguirles el juego. Y Peeta... Peeta tambin sufrir si la actuacin no sale bien. Peroqu ha respondido Haymitch cuando le he preguntado si se lo habaexplicado a Peeta, que tena que fingir estar loco de amor por m? No hace falta, l lo tiene claro. Tiene claro lo que est pasando, como siempre, y es muyconsciente del peligro que corremos? O... tiene claro que est locode amor por m? No lo s, ni siquiera he empezado a ordenar lo quesiento por Peeta, es demasiado complicado. No s qu hice comoparte de los juegos, qu hice por odio al Capitolio, qu hice para que lovieran en el Distrito 12, qu hice porque era lo correcto y qu hiceporque este chico me importa. Son preguntas que debo resolver en casa, en la tranquilidad y elsosiego del bosque, cuando no me vea nadie, pero no aqu, con todoslos ojos del pas clavados en m. Sin embargo, no disfrutar de eselujo durante vete a saber cunto tiempo y, ahora mismo, la parte mspeligrosa de los Juegos del Hambre est a punto de empezar._____ 27 _____El himno me retumba en los odos y despus oigo a Caesar 234. Flickerman saludar a la audiencia. Sabe lo crucial que es decir lapalabra correcta a partir de ahora? Seguro, querr ayudarnos. Lamultitud rompe en aplausos cuando presenta al equipo depreparacin. Me imagino a Flavius, Venia y Octavia dando saltitos yhaciendo reverencias ridculas; creo que puedo decir sin temor aequivocarme que no tienen ni idea de lo que est pasando. Despuspresenta a Effie. Cunto tiempo lleva esperando este momento;espero que lo disfrute, porque, por muy despistada que sea, tiene unbuen instinto para algunas cosas y, por lo menos, debe de intuir quealgo va mal. Portia y Cinna reciben grandes vtores, por supuesto, yaque han estado geniales, despus de un debut tan deslumbrante.Ahora entiendo por qu Cinna me eligi este vestido: tengo queparecer todo lo inocente e infantil que pueda. La aparicin deHaymitch se saluda con grandes pisotones en el suelo durante cincominutos, como mnimo. Bueno, ha conseguido lo nunca visto almantener vivos no slo a un tributo, sino a dos. Y si no me hubieseadvertido a tiempo? Habra actuado de otra forma? Le habrarestregado al Capitolio por la cara el momento de las bayas? No, nocreo, pero s que podra haber resultado mucho menos convincente delo necesario en estos momentos..., en estos precisos momentos,porque noto que la plataforma se eleva hacia el escenario. Luces cegadoras. Un rugido ensordecedor que hace vibrar elmetal que tengo bajo los pies. Entonces veo a Peeta a pocos metrosde m. Parece tan limpio, sano y guapo que apenas lo reconozco. Sinembargo, su sonrisa es la misma, ya est cubierto de barro o en elCapitolio, y, al verla, doy unos tres pasos y me lanzo en sus brazos. lse tambalea hacia atrs, a punto de perder el equilibrio, y entonces medoy cuenta de que el artilugio metlico y delgado que lleva en la manoes una especie de bastn. Se endereza y nos abrazamos mientras laaudiencia se vuelve loca. l me besa y yo no puedo dejar de pensar:Lo sabes? Sabes el peligro que corremos?. Despus de diez minutos as, Caesar Flickerman le da ungolpecito en el hombro para poder seguir con el espectculo, peroPeeta lo aparta sin mirarlo siquiera. El pblico pierde la cabeza. Losepa o no, Peeta, como siempre, sabe cmo manejar a la audiencia. Al final, Haymitch nos interrumpe y nos da un empujn cariosohacia el silln de los vencedores. Lo normal es que sea un solo sillnmuy recargado desde el que el tributo ganador observa la pelcula delos mejores momentos de los juegos, pero, como somos dos, losVigilantes nos han puesto un lujoso sof de terciopelo rojo. Es 235. pequeo; creo que mi madre lo llamara confidente. Me siento tancerca de Peeta que estoy prcticamente sobre su regazo, aunquebasta echarle un vistazo a Haymitch para saber que no es suficiente,as que me quito las sandalias, subo los pies al sof y apoyo la cabezaen el hombro de Peeta. l me rodea con un brazo automticamente, yyo me siento como si estuviera de nuevo en la cueva, acurrucada a sulado, intentando entrar en calor. Su camisa est hecha con la mismatela amarilla que mi vestido, pero Portia le ha puesto unos pantaloneslargos negros. Tampoco lleva sandalias, sino un par de robustas botasnegras que no levanta del suelo. Ojal Cinna me hubiese puesto algoparecido, porque me siento muy vulnerable con este vestido tan ligero.Supongo que sa era la idea. Caesar Flickerman hace algunos chistes y pasa al espectculo.Durar exactamente tres horas y es de visin obligatoria para todoPanem. Cuando reducen la intensidad de las luces y aparece el selloen la pantalla, me doy cuenta de que no estoy preparada para esto, deque no quiero ver morir a mis veintids compaeros. Ya vi bastante laprimer vez. Empieza a latirme el corazn con fuerza y siento elimpulso de huir. Cmo se han podido enfrentar a esto solos los otrosvencedores? Durante los mejores momentos suelen mostrar lareaccin del ganador en un cuadrito de una esquina de la pantalla.Pienso en los aos anteriores... Algunos parecan encantados,alzaban los puos y se golpeaban el pecho. Casi todos parecanaturdidos. Slo s que lo nico que me mantiene en este confidente esPeeta: su brazo sobre mi hombro, su otra mano entre las mas. Porsupuesto, los anteriores ganadores no tenan al Capitolio planeandocmo destruirlos. Resumir varias semanas en tres horas es toda una hazaa, sobretodo teniendo en cuenta la cantidad de cmaras que funcionaban a lavez. El que monta esto debe tener claro qu historia desea contar.Este ao, por primera vez, cuenta una historia de amor. S que Peetay yo hemos ganado, pero nos dedican una cantidad de tiempodesproporcionada desde el principio. De todos modos, eso me alegra,porque apoya la excusa de la locura de amor como defensa por eldesafo al Capitolio, adems de evitarme el regodeo en las muertes. La primera hora o as se centra en los sucesos anteriores alestadio: la cosecha, el paseo en carro por el Capitolio, lasclasificaciones del entrenamiento y las entrevistas. Una banda sonoraanimada hace que parezca el doble de horrible porque, claro, casitodos los que aparecen en pantalla estn muertos. 236. Una vez en el campo de batalla se ofrece una detallada coberturadel bao de sangre y despus, bsicamente, los realizadores alternanimgenes de los tributos muriendo e imgenes nuestras. Sobre todo,imgenes de Peeta, en realidad, porque est claro que l lleva el pesodel romance sobre los hombros. Ahora veo lo que vio la audiencia,cmo enga a los tributos profesionales sobre m, cmo se queddespierto toda la noche bajo el rbol de las rastrevspulas, cmo luchcontra Cato para dejarme escapar e, incluso tumbado en la orillaembarrada, cmo susurraba mi nombre en sueos. En comparacin,yo parezco un tmpano de hielo (esquivo bolas de fuego, dejo caernidos y hago estallar las provisiones) hasta que voy a por Rue.Ensean su muerte al completo, la lanza, mi intento de rescate fallido,mi flecha en el cuello del chico del Distrito 1, el ltimo aliento de Rueen mis brazos y la cancin. Canto todas y cada una de las notas de lacancin. Algo dentro de m se cierra y me quedo demasiadoentumecida para sentir nada. Es como ver a unos completosdesconocidos en otros Juegos del Hambre, aunque noto que omiten laparte en la que la cubr de flores. Claro, porque hasta eso apesta a rebelin. Las cosas mejoran para m cuando anuncian que los dos tributosdel mismo distrito pueden sobrevivir, y grito el nombre de Peeta y metapo la boca. Si hasta el momento me haba mostrado indiferente conl, a partir de ah lo compenso al buscarlo, devolverle la salud con misatenciones, ir al banquete a por la medicina y dispensar mis besos conmucha generosidad. Veo los mutos y la muerte de Cato desde unpunto de vista objetivo; s que son tan horribles como siempre, pero,de nuevo, es como si le pasase a gente que no conozco. Entonces llega el momento de las bayas. Oigo que el pblico pidesilencio: no quieren perderse nada. Me siento llena de gratitud hacialos realizadores cuando veo que no acaban con el anuncio de nuestravictoria, sino conmigo aporreando la puerta de cristal delaerodeslizador, gritando el nombre de Peeta mientras intentanreanimarlo. En trminos de supervivencia, es mi mejor momento de toda lanoche. Vuelve a sonar el himno y nos levantamos cuando el presidenteSnow en persona sale a escena, seguido de una niita con el cojnque sostiene la corona. Sin embargo, slo hay una corona, y se nota laperplejidad de la multitud (para quin ser?), hasta que el presidenteSnow la gira y la divide en dos. La primera mitad la coloca sobre la 237. frente de Peeta con una sonrisa. Sigue sonriendo cuando me coloca lasegunda, pero en sus ojos, que estn a pocos centmetros de losmos, veo que ser implacable como una serpiente.Entonces s que, aunque los dos nos hubisemos comido lasbayas, soy yo la culpable, porque yo tuve la idea. Soy la instigadora, laque debe recibir el castigo.Despus hay muchas reverencias y vtores. Tengo el brazo apunto de carseme de tanto saludar cuando Caesar Flickerman por finse despide de los espectadores y les recuerda que vuelvan maanapara las ltimas entrevistas. Como si les quedase alternativa.A Peeta y a m nos llevan a la mansin del presidente para elbanquete de la victoria, donde tenemos muy poco tiempo para comermientras los funcionarios del Capitolio y los patrocinadores msgenerosos se pelean por hacerse una foto con nosotros. Por nuestrolado pasa una cara sonriente tras otra, cada vez ms borrachasconforme avanza la noche. De vez en cuando le echo un vistazo aHaymitch, que resulta reconfortante, o al presidente Snow, que resultaaterrador, pero sigo riendo, dando las gracias a todos y sonriendo paraque me hagan fotos. Lo nico que no hago ni un momento es soltar lamano de Peeta.El sol empieza a asomar por el horizonte cuando volvemos muydespacio a la duodcima planta del Centro de Entrenamiento. Creaque por fin podra hablar a solas con Peeta, pero Haymitch le dice quevaya a ver a Portia para escoger algo apropiado para la entrevista yme acompaa en persona hasta mi puerta.--Por qu no puedo hablar con l? --le pregunto.--Tendrs mucho tiempo para hablar cuando volvamos a casa.Vete a la cama. Saldrs en la tele a las dos.A pesar de las continuas interferencias de Haymitch, estoydecidida a ver a Peeta en privado. Despus de dar vueltas en la camadurante unas cuantas horas, salgo al pasillo. Lo primero que pienso esmirar en el tejado, pero est vaco. Incluso las calles de la ciudadestn desiertas despus de la celebracin de anoche. Regreso a lacama un rato y despus decido ir directamente a su dormitorio. Sinembargo, cuando intento girar el pomo, descubro que ha cerrado lapuerta con pestillo desde dentro. Al principio sospecho de Haymitch,aunque despus tengo el insidioso temor de que el Capitolio puedaestar vigilndome y encerrndome. No he podido escapar desde elinicio de los Juegos del Hambre, pero esto parece distinto, mucho mspersonal, como si me hubiesen encarcelado por un delito y estuviese 238. esperando mi sentencia. Vuelvo corriendo a mi cama y finjo dormirhasta que Effie Trinket viene a avisarme de que ya empieza otro damuy, muy, muy importante!.Me dan unos cinco minutos para comerme un cuenco de cerealescalientes y estofado antes de que baje el equipo de preparacin. Lonico que necesito decir para no tener que volver a hablar durante lassiguientes dos horas es: El pblico os adora!. Cuando entra Cinna,los echa y me pone un vestido de gasa blanca y zapatos rosa.Despus me maquilla personalmente hasta que parezco irradiar unbrillo suave y sonrosado. Charlamos de todo un poco, pero temopreguntarle cosas importantes despus del incidente de la puerta,porque no puedo quitarme de encima la sensacin de que me vigilanconstantemente.La entrevista se realiza bajando un poco por el pasillo, en el saln.Han vaciado un espacio y han colocado el confidente, rodeado dejarrones de rosas rojas y rosas. Slo hay un puado de cmaras paragrabar el acontecimiento; al menos, no tendr pblico delante.Caesar Flickerman me da un clido abrazo cuando entro.--Enhorabuena, Katniss, cmo te encuentras?--Bien. Nerviosa por la entrevista.--No lo ests, vamos a pasarlo maravillosamente --responde,dndome una palmadita tranquilizadora en la mejilla.--No se me da bien hablar sobre m.--Nada de lo que digas puede estar mal.Y yo pienso: Ay, Caesar, ojal fuese cierto. Sin embargo, elpresidente Snow puede estar planeando algn tipo de "accidente" param mientras hablamos.Entonces entra Peeta, muy guapo vestido de rojo y blanco, y meaparta a un lado.--Apenas he podido verte. Haymitch parece decidido amantenernos separados.De hecho, Haymitch est decidido a mantenernos con vida, perohay demasiadas personas escuchndonos, as que me limito a decir:--S, ltimamente est muy responsable.--Bueno, slo queda esto antes de irnos a casa. Despus nopodr vigilarnos todo el rato.Noto un escalofro por el cuerpo y no tengo tiempo paraanalizarlo, porque ya estn preparados para atendernos. Nossentamos de manera algo formal en el confidente, pero Caesar dice:--Oh, adelante, acurrcate a su lado si quieres. Queda muy dulce. 239. As que pongo los pies en el asiento, a un lado, y Peeta meacerca a l.Alguien inicia la cuenta atrs y, sin ms, salimos en directo paratodo el pas. Caesar Flickerman est estupendo; hace bromas, lanzapullas y se ahoga de risa cuando se presenta la ocasin. Peeta y l yatenan su dinmica desde la noche de la primera entrevista, aquellasbromas fciles, as que yo slo sonro e intento hablar lo menosposible. Es decir, tengo que hablar un poco, pero, en cuanto puedo,dirijo la conversacin a Peeta.Sin embargo, al final Caesar empieza a plantear preguntas queexigen respuestas ms completas.--Bueno, Peeta, por vuestros das en la cueva ya sabemos quepara ti fue amor a primera vista desde los... cinco aos? --pregunta.--Desde el momento en que la vi.--Pero, Katniss, menuda experiencia para ti. Creo que laverdadera emocin para el pblico era ver cmo te enamorabas de l.Cundo te diste cuenta de que lo amabas?--Oh, es una pregunta difcil...Dejo escapar una risita dbil y entrecortada, y me miro las manos.Ayuda.--Bueno, yo s cundo me di cuenta: la noche que gritaste sunombre desde aquel rbol --dice l.Gracias, Caesar!, pienso, y sigo con su idea.--S, supongo que s. Es decir, hasta ese momento intentaba nopensar en mis emociones, la verdad, porque era muy confuso, y sentiralgo por l slo serva para empeorar las cosas. Pero, entonces, en elrbol, todo cambi.--Por qu crees que fue?--Quiz... porque, por primera vez... tena la oportunidad deconservarlo.Veo que Haymitch resopla con alivio detrs de un cmara y sque he dicho lo correcto. Caesar saca un pauelo y se toma unmomento, porque est conmovido. Noto que Peeta apoya la frente enmi sien y me pregunta:--Entonces, ahora que me tienes, qu vas a hacer conmigo?--Ponerte en algn sitio en el que no puedan hacerte dao--respondo, volvindome hacia l. Cuando me besa, la gente delcuarto deja escapar un suspiro, de verdad.Caesar aprovecha el momento para pasar al dao sufrido en elestadio, desde quemaduras hasta picaduras, pasando por heridas. Sin 240. embargo, hasta que no llegamos a los mutos no me olvido de queestamos delante de las cmaras. Es cuando Caesar le pregunta aPeeta cmo le va con su pierna nueva. --Pierna nueva? --pregunto, y no puedo evitar subirle la perneradel pantaln--. Oh, no --susurro al ver el dispositivo de metal y plsticoque ha reemplazado a su carne. --No te lo haba dicho nadie? --pregunta Caesar con amabilidad,y yo sacudo la cabeza. --No he tenido ocasin de hacerlo --dice Peeta, encogindose dehombros. --La culpa es ma, por usar aquel torniquete. --S, por tu culpa sigo vivo --responde Peeta. --Tiene razn --asegura Caesar--. Seguro que se habradesangrado sin el torniquete. Supongo que es cierto, pero no puedo evitar entristecerme porello hasta el punto de tener ganas de llorar; entonces recuerdo quetodo el pas me mira, as que oculto el rostro en la camisa de Peeta,que tarda un par de minutos en convencerme de que salga, porque seest mejor en su camisa, donde nadie me ve. Cuando levanto lacabeza al fin, Caesar deja de preguntarme hasta que me recupero. Dehecho, me deja bastante en paz hasta que surge el tema de las bayas. --Katniss, s que has sufrido una conmocin, pero tengo quepreguntrtelo. Cuando sacaste aquellas bayas, qu pasaba por tucabeza? Hago una larga pausa antes de responder, intentando organizarmis pensamientos. Es el momento crucial en el que se decide si ret alCapitolio o me volv tan loca de amor ante la idea de perder a Peetaque no se me puede culpar por mis acciones. Debera dar un discursolargo y dramtico, pero slo consigo articular una frase casi inaudible: --No lo s, es que... no poda soportar la idea de... vivir sin l. --Peeta, algo que aadir? --No, creo que eso vale para los dos. Caesar se despide y todo se termina. La gente se re, llora y seabraza, aunque sigo sin estar segura hasta que llego a Haymitch. --Vale? --pregunto, susurrando. --Perfecto. Vuelvo a mi cuarto para recoger algunas cosas y descubro que lonico que quiero llevarme es la insignia de sinsajo que me dio Madge.Alguien lo volvi a poner en mi dormitorio despus de los juegos. Nosllevan por las calles en un coche con ventanillas tintadas y el tren nos 241. espera. Apenas podemos despedirnos de Cinna y Portia, aunque losveremos dentro de unos meses, cuando hagamos la gira por losdistritos para una ronda de ceremonias triunfales. As el Capitoliorecuerda al pueblo que los Juegos del Hambre nunca desaparecen deltodo. Nos darn un montn de placas intiles y el pueblo tendr quefingir que nos adora.El tren empieza a moverse y nos introducimos en la noche hastasalir del tnel, momento en que respiro libre por primera vez desde lacosecha. Effie nos acompaa, al igual que Haymitch, por supuesto.Nos comemos una enorme cena y guardamos silencio delante deltelevisor para ver la entrevista en diferido. Conforme nos alejamos delCapitolio empiezo a pensar en casa, en Prim y en mi madre, y enGale. Me disculpo para ir a quitarme el vestido, y ponerme una camisay unos pantalones ms sencillos. Mientras me limpio con esmero elmaquillaje de la cara y me trenzo el pelo, empiezo a transformarme denuevo en m, en Katniss Everdeen, una chica que vive en la Veta, quecaza en los bosques, que comercia en el Quemador. Me miro en elespejo intentando recordar quin soy y quin no. Cuando me uno a losdems, la presin del brazo de Peeta sobre los hombros me resultaextraa.El tren hace una breve pausa para repostar, y nos dejan salir arespirar aire fresco. Peeta y yo caminamos por el andn de la mano, yyo no s qu decir ahora que estamos solos. Se detiene a recoger unramo de flores silvestres para m; me lo da y hago todo lo posible porparecer contenta, porque l no sabe que estas flores rosas y blancasson la parte superior de las cebollas silvestres, y que me recuerdan lashoras que he pasado recogindolas con Gale.Gale. La idea de que ver a Gale apenas dentro de unas horashace que note mariposas en el estmago. Por qu? No puedoexplicrmelo del todo; slo s que me siento como si hubiese estadoengaando a una persona que confiaba en m. O, para ser msexacta, a dos personas. Me he librado hasta el momento por losjuegos, pero no habr juegos en los que esconderse cuandolleguemos a casa.--Qu pasa? --me pregunta Peeta.--Nada.Seguimos caminando hasta dejar atrs la cola del tren, en unpunto en el que hasta yo creo que no hay cmaras escondidas detrsde los arbustos del andn. Sin embargo, sigo sin encontrar laspalabras. 242. Haymitch me sorprende ponindome una mano en la espalda.Incluso ahora, en medio de ninguna parte, baja la voz. --Gran trabajo, chicos. Seguid as en el distrito hasta que se vayanlas cmaras. Todo debera ir bien. Lo veo volver al tren, evitando mirar a Peeta a los ojos. --De qu habla? --me pregunta Peeta. --Del Capitolio. No les gust nuestro truco de las bayas --le suelto. --Qu? Qu quieres decir? --Pareca demasiado rebelde, as que Haymitch ha estadoayudndome estos das para que no lo empeorase. --Ayudndote? Pero a m no. --l saba que eras lo bastante listo para hacerlo bien. --No saba que hubiese que hacer bien algo. Entonces, me estsdiciendo que lo de estos ltimos das y, supongo..., lo del estadio..., noera ms que una estrategia que habais diseado? --No. Es decir, ni siquiera poda hablar con l en el estadio, no?--balbuceo. --Pero sabas lo que quera que hicieses, verdad? --mepregunta, y me muerdo el labio--. Katniss? --Me suelta la mano y doyun paso, como para recuperar el equilibrio--. Fue todo por los juegos.Una actuacin. --No todo --respondo, agarrando las flores con fuerza. --Entonces, cunto? No, olvdalo, supongo que la verdaderapregunta es qu quedar cuando lleguemos a casa. --No lo s. Cuanto ms nos acercamos al Distrito 12, msdesconcertada me siento --respondo. l espera a que se lo explique, pero no lo hago. --Bueno, pues hzmelo saber cuando lo sepas. El dolor que desprende su voz es palpable. S que se me han curado los odos porque, incluso con el rumordel motor, oigo todos y cada uno de los pasos que da hacia el tren.Cuando subo a bordo, l ya se ha acostado, y tampoco lo veo a lamaana siguiente. De hecho, no aparece hasta que estamos entrandoen el Distrito 12. Me saluda con un gesto de cabeza, inexpresivo. Quiero decirle que no est siendo justo; que ramosdesconocidos; que hice lo necesario para seguir viva, para que los dossiguisemos vivos en el estadio; que no puedo explicarle cmo son lascosas con Gale porque no lo s ni yo misma; que no es buenoamarme porque, de todos modos, no pienso casarme y l acabaraodindome tarde o temprano; que, aunque sienta algo por l, da igual, 243. porque nunca podr permitirme la clase de amor que da lugar a unafamilia, a hijos. Y cmo puede permitrselo l? Cmo puededespus de lo que acabamos de pasar? Tambin quiero decirle lo mucho que ya lo echo de menos, perono sera justo por mi parte. As que nos quedamos de pie, en silencio, observando cmoentramos en nuestra mugrienta estacioncita. A travs de la ventanillaveo que el andn est hasta arriba de cmaras. Todos estndeseando presenciar nuestra vuelta a casa. Por el rabillo del ojo veo que Peeta me ofrece la mano y lo miro,vacilante. --Una ltima vez? Para la audiencia? --me dice, no en tonoenfadado, sino hueco, lo que es mucho peor. El chico del pan empieza a alejarse de m. Lo cojo de la mano con fuerza, preparndome para las cmaras ytemiendo el momento en que no me quede ms remedio que dejarlomarchar. Final!! Volumen 1

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