Wilcock Juan Rodolfo - El Caos

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    30-Nov-2015

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El caos El caos, publicado por primera vez en espaol por Sudamericana en 1974, resulta fundamental para conocer y apreciar la obra de J. R. Wilcock: es su ltimo libro argentino y su primer libro de relatos. En El caos aparecen muchas de las obsesiones temticas a las que Wilcock dar continuidad en los cuentos y novelas que escribir despus y, en germen o ya desarrollados, los recursos que hacen de l uno de esos escritores a quien se debe consultar frecuentemente para detectar o sospechar los vnculos entre el arte narrativo y la magia. Si bien hay motivos y argumentos que relacionan este libro con la mejor tradicin de la literatura fantstica, en El caos despunta tambin un modo de tratarlos absolutamente personal y admirable. En el estilo narrativo de Wilcock se dan cita una imaginacin vehemente y un gusto por la exactitud verbal casi manitico, cuyo punto de ajuste son tal vez esas transiciones alevosamente prosaicas, coloquiales o descriptivas entre pasajes de gran intensidad lrica. La irona y el humor de quien reconoci que construa sus libros corrigiendo textos mediocres, escritos por m revelan contrastes que slo un escritor muy atento a los menores matices de la palabra poda advertir. Gracias a esta nueva edicin de El caos, al cuidado de Ernesto Montequin, quien ha proporcionado notas a todos los cuentos y traducido e incorporado dos inditos Recuerdos de juventud y La Nube de Ross, un aspecto secreto o evasivo de J. R. Wilcock queda en evidencia: el escritor reverenciado por sus pares italianos era, antes de cambiar de idioma, un talento legtimo de la literatura argentina, que, aficionada a los desdenes, no le hizo ningn favor. Ttulo original: El caos Juan Rodolfo Wilcock Traduccin: Ernesto Montequin (Apndice) Editor original: Ninguno (v1.0) ePub base v2.0 El caosLa tendencia natural de las cosas es el desorden.Erwin Schrdinger Desde muy chico me atrajo la filosofa. Debo confesar que padezco de algunos impedimentos fsicos por ejemplo en una mano tengo tres dedos y en la otra, por desgracia la derecha, solamente dos, lo que entre otras cosas me impidi aprender el piano, como hubiera sido mi deseo y que esta circunstancia, si bien por un lado contribuy a que mi infancia y mi adolescencia fueran algo menos movidas que las de la mayora de los jvenes, lo que por suerte me permita disponer de ms tiempo para el estudio, por otro lado constitua una seria traba para mi perfeccionamiento espiritual, ya que estos impedimentos mos me dejaban, por as decir, a la merced del mundo exterior. A pesar de todo, mis investigaciones filosficas se caracterizaban en esa poca por una asiduidad y una seriedad poco comunes. Mi verdadera pasin ha sido siempre la metafsica. ltimo descendiente de una familia que otrora fue la ms ilustre del pas, el rido y sobre todo tortuoso sendero de esta ciencia era en efecto el camino que mi natural aristocracia haba elegido para reafirmar con nuevas conquistas espirituales el predominio de nuestra estirpe, jams discutido hasta ahora en los dems campos. Aunque no basta decir que me ocupaba de metafsica para definir el carcter de mis preocupaciones, ya que la metafsica abarca demasiadas ramas de estudio, demasiados problemas, demasiadas posibilidades. En realidad, a partir de cierta edad podra decirse que slo un problema me interes, y a l decid dedicar toda mi actividad filosfica. Me refiero al viejo problema teleolgico: cul es el verdadero sentido y cul la finalidad del universo? Hubiera podido, es cierto, conformarme provisionalmente con alguna de las tantas hiptesis que sobre este problema y sobre otros con l relacionados han formulado los filsofos, sin duda numerosos, que de ellos se han ocupado; pero las teoras que yo conoca no me satisfacan, y hurgar en los libros buscando otras teoras no me resultaba tarea fcil, por una serie de circunstancias que sera largo enumerar; basta recordar, para no abundar en detalles, que soy extremadamente bizco de nacimiento, lo que me obliga a leer de costado, es decir, con el libro casi al nivel de las sienes, y en esa posicin como cualquiera puede comprobarlo haciendo la prueba el puente de la nariz constituye un obstculo a menudo insalvable para la lectura. Las cosas habran sido muy diferentes para m, tal vez mi vida habra seguido muy distinto curso, si en vez de ser bizco para adentro lo hubiera sido para afuera. Por otra parte, debo aclarar que este molesto defecto fsico, el estrabismo, no es en m tan marcado como podra suponerse, ya que afecta uno solo de mis ojos, el derecho. El izquierdo lo perd cuando nio, mientras jugaba al histrico juego de Guillermo Tell y la manzana con el prncipe mi padre, que segn dicen descenda del famoso guerrillero suizo. Una prdida de todos modos sin importancia, si consideramos que el ojo en cuestin no se encontraba, perdonando la expresin, donde Dios manda, sino mucho ms abajo, y adems casi pegado a la nariz, lo que privaba en gran parte de su utilidad. En el hueco que me qued prefer hacerme colocar un hermoso ojo falso, de moderno material plstico (celeste, porque el verdadero que es negro no me ha gustado nunca mucho), cuya pupila ciega, siempre fija en el vaco, me permite mirar en cualquier direccin (con el otro ojo) sin que nadie lo advierta; ventaja de la cual habra podido sacar partido como corresponda en mis aos mozos, cuando todava herva en mi sangre el calor de la adolescencia, si no hubiera sido por mi natural discreto y retirado especialmente en esos aos que me mantena constantemente apartado de lo que yo entonces llamaba las frivolidades del mundo material. Sin contar que desde la edad de nueve aos he perdido casi completamente el uso del odo, lo que tambin contribua a mi aislamiento. Sera una vana concesin al placer de la memoria entrar en una explicacin detallada de mis estudios metafsicos. Me reducir a decir que despus de mucho cavilar, durante aos, sobre las ms contradictorias hiptesis (o por lo menos sobre lo que de ellas haba podido entrever, lateralmente, en el curso de mis trabajosas lecturas), me vi obligado no dir a aceptar pero s a examinar hasta qu punto eran vlidas ciertas teoras modernas, en el sentido de que la investigacin solitaria no puede revelarnos el enigma del universo, y que slo a travs de la comunicacin con nuestros semejantes nos ser permitido entender lo poco que nos es dado entender del mundo que nos rodea. Ahora bien, nadie podra negar que, por una serie de circunstancias, algunas ya mencionadas y otras que sera demasiado largo referir, mi contacto con la gente haba sido hasta el momento mnimo. Basta decir que sufro de frecuentes ataques de epilepsia (durante los cuales los ojos se me ponen en blanco, la lengua se me sale de la boca, todo el cuerpo se me cubre de manchas violceas, y hasta en algunos casos se me quedan las manos, durante das y das, torcidas para adentro); y que este pequeo inconveniente, por otra parte nada excepcional, no solamente me ha impedido asistir a los grandes bailes que una vez al mes organizaban mis primas las duquesas, lo que en s no revesta mucha importancia, sino que adems me ha obligado a mantenerme siempre alejado de la universidad y dems academias donde los jvenes suelen encontrarse con otros jvenes de su edad. Pero una vez decidido a derribar esta barrera de aislamiento que me protega, lo mejor que poda hacer era lanzarme en medio de la muchedumbre y de ese modo comprobar, de la manera ms violenta pero tambin ms eficaz posible, si era cierto o no que slo por medio de la comunicacin con mis semejantes me sera dado llegar a alguna especie de verdad. Y para ello eleg una noche de Carnaval. No se trataba, debo aclarar, del Carnaval descolorido y desanimado de nuestros das, sino de uno de aquellos carnavales frenticos, licenciosos y avasalladores de antes, cuando la tradicin no se haba todava replegado sobre s misma, para refugiarse en los mseros clubes de barrio, o peor todava, en los cinematgrafos populares transformados en pista de baile. Las avalanchas de provincianos que para la ocasin se volcaban sobre la capital, convertan las calles en un verdadero caldero de ebullicin, un vertiginoso remolino donde todas las edades y las clases sociales se confundan. Estruendo de petardos, guirnaldas de serpentinas, bandas de mscaras, hoy todo eso ha desaparecido; hasta los fuegos artificiales que inundaban de color el cielo de la noche han desaparecido, y lo ms curioso de todo es que han desaparecido por culpa ma. Impulsado, como he dicho, por esa impaciencia intelectual que es despus de todo mi ms simptica caracterstica, me hice transportar una noche en mi literita a la ciudad vieja, un laberinto de callejuelas que la gente de mi clase muy pocas veces visitaba, pero que en ocasin de los carnavales se transformaba en el centro mismo de la animacin popular. Llegar a la plaza de la Catedral no fue tarea fcil; mis lacayos deban abrirse paso entre las mscaras enloquecidas, tropezaban con los cuerpos de los borrachos tendidos sin recato y a menudo sin conocimiento en las alcantarillas de las estrechas callejas medievales, y a duras penas conseguan deshacerse de los impdicos abrazos de las criaditas disfrazadas de mariposa o de odalisca. El estruendo deba ser tan ensordecedor que yo casi lo oa; por lo menos una especie de zumbido me oprima las sienes, como una vez que por un capricho se me haba ocurrido sentarme debajo de la Catarata del Arcoiris, en el hueco que la naturaleza ha formado entre la roca y la lmina de agua de la cascada. Por fin llegamos: pero una vez en la plaza era tal la confusin, que apenas hubieron depositado los lacayos mi sillita en un nicho de la fachada de la Catedral, para que desde all gozara como pudiera del colorido espectculo, empec a preguntarme si despus de todo no habra sido mejor quedarse en el palacio, tranquilamente sentado en un balcn, mirando las pocas mscaras que por casualidad pasaban por los alrededores. En efecto, la tumultuosa visin de toda esa gentuza que a la luz de innmeras linternas y antorchas se entregaba al desenfreno, dando rienda suelta a los instintos contenidos durante todo un ao, no era en verdad tan placentera como mis amigas me haban asegurado; aunque tal vez contribuyera a mi malestar el hecho de no or absolutamente nada de sus cantos ni sus msicas, los cuales como ya he dicho se convertan en la delicada caja de resonancia de mi crneo en un indistinto zumbido. Lo cierto es que despus de unos minutos de trabajosa contemplacin, me decid a dar a mis lacayos la orden de volver a casa. En ese momento advert con horror que mis lacayos haban desaparecido: tal vez arrastrados por el incontenible empuje de la multitud, tal vez por su propia y desconsiderada voluntad; el hecho es que me haban dejado solo, sentado en mi sillita estilo Imperio, expuesto en un nicho de la Catedral a las miradas curiosas, y tal vez a los comentarios insolentes, de la plebe enloquecida. No es fcil para m, como ya he explicado, mirar en ms de una direccin a la vez, y as como los lacayos se haban alejado de mi angosto campo visual sin que yo lo advirtiera, as podan volver en cualquier momento; quiz estaban a dos pasos de m, quiz se haban refugiado en uno de los prticos de la iglesia. Lo mejor que poda hacer, por el momento, era llamarlos y as lo hice: Felpino! Toscok! Felpino! Toscok!; un poco avergonzado sin embargo de tener que gritar delante de toda esa gente nombres tan ridculos. Ni Felpino ni Toscok acudieron a mi llamado; mientras tanto, se iba formando a mi alrededor un grupito de curiosos, que despus de un rato de muda contemplacin empezaron a aclararme, o tal vez a gritarme improperios; no era fcil, en realidad, deducir de sus viles expresiones qu diablos estaban gritando. En pocos minutos el grupo se convirti en una multitud; los que estaban ms cerca de la iglesia, tomndose por las manos, se pusieron de pronto a cantar, con horribles manifestaciones de alegra, una cancin probablemente alusiva. Sin duda esta cancin les gustaba sobremanera, ya que poco despus toda la multitud se balanceaba rtmicamente, hombres y mujeres, todos abriendo la boca de par en par y al mismo tiempo. La escena me recordaba un extrao relato que una vez me haba ledo el profesor de ingls, acerca de un hombre que desciende al fondo del mar en un batiscafo, y all se queda prisionero, suspendido sobre las ruinas de una antigua ciudad sumergida, poblada de inmundos seres verdosos que lo observan balancendose rtmicamente como las algas de las profundidades. No recuerdo qu le ocurre despus al hombre del batiscafo, pero recuerdo perfectamente lo que me ocurri a m. Por ms que me esforzaba en mirar en otra direccin, hacindome el distrado, la gente de la plaza segua agolpndose en semicrculo alrededor de m. Quiz lo hacan sencillamente impedidos por la curiosidad, quiz no haban visto nunca tan de cerca una persona de mi rango; de todos modos, ya empezaba a sentirme nervioso, cuando un joven disfrazado de limpiachimeneas se trep al friso de piedra que me circundaba, y con una especie de plumero todo sucio de holln me refreg la cara; el pblico, naturalmente, se ech a rer a carcajadas. Ms esfuerzos haca yo, impedido como estaba de descender del nicho, por limpiarme la nariz con el pauelo de seda, ms se rean los espectadores, o en todo caso ms grande abran la boca, mostrando unos dientes cariados y negros, tan distintos de los mos que por lo menos son falsos. En ese momento, y por primera vez en mi vida, agradec al destino que me costara tanto trabajo verlos. Apenas haba bajado del nicho el limpiachimeneas, cuando ya se haba trepado otro individuo, vestido de jugador de ftbol, para colocarme en la cabeza un gorro adornado con cascabeles, y sobre los hombros un manto de tela ordinaria, a rombos rojos y verdes, con lo cual sin duda crean conferirme un gran honor. Resignado a aceptar el grosero homenaje de esos patanes irrespetuosos, ya me dispona a rogarles que trataran de encontrar a mis lacayos Felpino y Toscok, cuando un joven ms atrevido que los anteriores se subi al nicho para volcarme sobre la cabeza el contenido de un tarro de miel, y a continuacin todas las plumas de un almohadn. Quin sabe dnde o cmo se lo haba procurado; recuerdo que me llam bastante la atencin la idea de que alguien saliera a pasear por la plaza de la Catedral con un almohadn de plumas. Pero era Carnaval, y todas las locuras estaban permitidas. En cambio no recuerdo tan bien lo que ocurri despus. S que me golpearon, tal vez sin querer; s que me hicieron bajar del nicho y que al ver que no poda caminar, dos muchachos se apoderaron del cmico manto que me haban atado al cuello, cada uno de una punta, y as tirando me arrastraron por toda la plaza, con grandes muestras de hilaridad; s que a continuacin me echaron en la pileta de la fuente del Reloj, y all seguramente perd el sentido, porque cuando volv en m me encontr en un lugar completamente desconocido, suspendido a medio metro del suelo en una posicin tan ridcula como nueva para m, aunque conjeturo que para un joven de baja condicin social la cosa habra sido h...