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    16-Dec-2015

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  • Eduardo HalfonMonasterioTraduccin de Dami Alou

  • Ttulo original: What Happened to Sophie Wilder

    Queda rigurosamente prohibida, sin la autorizacinescrita de los titulares del copyright, bajolas sanciones establecidas en las leyes, la reproduccintotal o parcial de esta obra por cualquier medioo procedimiento, incluidos la reprografa yel tratamiento informtico, y la distribucin deejemplares mediante alquiler o prstamo pblicos.

    Eduardo Halfon, 2014c/o Indent Literary Agencywww.indentagency.com

    de esta edicin: Libros del Asteroide S.L.U.

    Fotografa de cubierta: Library of Congress

    Publicado por Libros del Asteroide S.L.U.Avi Plus Ultra, 2308017 BarcelonaEspaawww.librosdelasteroide.com

    ISBN: 978-84-15625-84-1

  • Depsito legal: B. 10.935-2014Diseo de coleccin y cubierta: Enric Jard

  • Para mi hermana, para mi hermano

  • Una jaula sali en busca de un pjaro.

    FRANZ KAFKA

  • Uno

    Tel Aviv era un horno. Nunca supe si enel aeropuerto Ben Gurin no haba aireacondicionado o si ese da no estabafuncionando o si tal vez alguien habadecidido no encenderlo para que as losturistas nos adaptramos rpido a lapastosa humedad del Mediterrneo. Mihermano y yo estbamos de pie,agotados, desvelados, esperando a quesal ieran nuestras maletas. Era casimedianoche y el aeropuerto ya nopareca un aeropuerto. Me extra ver

  • que algunos pasajeros, tambinesperando sus maletas, habanencendido cigarros, y entonces yotambin saqu uno y lo encend y deinmediato el humo amargo me refrescun poco. Mi hermano me lo arrebat.S o l t un suspiro de humo entreindignado y rabioso y murmur algunainjuria mientras se secaba la frente conla manga de su playera. Ninguno de losdos quera estar all, en Tel Aviv, enIsrael.

    Nuestra hermana menor haba decididocasarse. Nos llam a Guatemala desde

  • un telfono pblico para decir que habaconocido a un judo ortodoxonorteamericano, o ms bien que losrabinos de su yeshiv de Jerusaln lehaban presentado a un judo ortodoxonorteamericano, de Nueva York, deBrooklyn, y que haban tomado ladecisin nunca entend quines, si losrabinos o ellos dos de casarse. Mipap agarr el telfono, grit un rato,intent disuadirla otro rato, y despus,resignado, le pidi o suplic que nosesperara, que bamos en camino.Llevaba ella casi dos aos viviendo y

    estudiando la Tor y otros textosrabnicos en una yeshiv de mujeres en

  • Jerusaln. Al principio todos pensamosque era nada ms una leve fiebresionista o hebraica, un arrebato juvenilpor encontrar manifestaciones msprofundas de la religin de nuestrosabuelos, y que ya se le pasara. Peropronto empez a cambiar su discurso.En cartas, en llamadas, sus palabras yano eran suyas. Su lenguaje se fuetornando, como sucede siempre congente repentinamente devota, en unlenguaje arisco y frvolo, en una prdicanada tolerante. Cambi legalmente sunombre a la versin en hebreo. Empeza enviarnos fotos donde sala tapndosea veces con un pauelo, a veces con

  • una peluca sus hermosos rizos negros:segn las reglas y costumbres judasortodoxas, nos explic, la belleza de unamujer se manifiesta en su cabello, que esuna tentacin para los hombres, y ellas,por tanto, deben esconderlo. Igual con lapiel. Mi hermana, joven y guapa, ya slousaba vestidos flojos, largos, de unapieza, que no mostraran sus hombros, nisu cuello, ni sus brazos, ni mucho menossus piernas. Como si fuese prisionera deun atuendo. Como si la tentacin pudieseocultarse nada ms bajo un vestido flojoy una peluca. Recuerdo que durante esetiempo una sola vez volvi a Guatemala,de visita. Nos advirti con arrogancia

  • que ya no poda tocar a ningn hombreal saludarlo; que sus comidas laspreparara ella misma en las dos vajillasque traa desde Israel, una para lcteos yotra para carnes; que en las veinticuatrohoras que dura el shabt tenamosprohibido montarnos a un auto, trabajar,leer, echar agua en todos los inodorosde la casa excepto uno ni idea de porqu, encender cualquier lmparasalvo aquellas que, estratgicamente,ella haba dejado encendidas desde elocaso del viernes previo y debanmantenerse encendidas hasta el ocasodel sbado. En algn momento,recuerdo, sentados los cinco alrededor

  • del comedor de la casa de mis padres,mi hermana nos anunci tajante que,segn ella, segn sus nuevos maestros yrabinos ortodoxos, nosotros cuatro noramos judos. Mi pap peg un par dealaridos. Mi mam se puso de pie y semarch llorando, y mi hermano se fuetras ella. Vaya, le respond a mihermana, al menos en eso s estamos deacuerdo.

    El carrusel negro segua inmvil.Llevbamos casi una hora esperandoque salieran las maletas. Aunque mihermano refunfuaba de cuando en

  • cuando, ningn otro pasajero parecamuy molesto, tampoco muy sorprendido.Quizs porque todos sabamos que lasmedidas de seguridad en Israel sonmayores. Quizs porque despus detantas horas de vuelo uno nada msagradece ya no estar metido en su mediometro de avin.Cunto es de aqu al hotel?, me

    pregunt mi hermano. Todava nosfaltaba el trayecto en taxi a Jerusaln.Mis paps haban llegado unos dasantes para no s qu preparativos de laboda y nos haban dicho que al salir delaeropuerto tomramos un taxi al hotelKadima, en Jerusaln, que no era ms de

  • media hora de viaje, que all nosestaran esperando. Iba a contestarle ami hermano que aproximadamente mediahora, cuando de pronto me encandil unbatalln de aeromozas de Lufthansa.Eran cinco o seis chicas, todas vestidasc o n sus relucientes uniformes deLufthansa y con sus gorritas amarillas deLufthansa y sonriendo sus enormessonrisas de Lufthansa. Nosotroshabamos volado en Lufthansa, vaFrankfurt, donde el avin, primeroestacionado en la puerta de embarque yluego en su recorrido lento hacia eldespegue, fue vigilado y escoltado pordos patrullas de la polica alemana y una

  • tanqueta militar.Las cinco o seis aeromozas se

    dirigieron juntas hacia un pasajero queestaba fumando recostado contra unenorme cartel de cerveza. Yo deinmediato me sent culpable y machaqumi cigarro en el suelo. El seor, un tipode tal vez cincuenta aos, calvo, gordo,plido, sudoroso, en pantaln corto ysandalias de hule, les mostr supasaporte y su boleto y al mismo tiempoempez a discutir recio con ellas, quizsen hebreo o en rabe. Una de las chicasse qued con los documentos del seory, por sus muecas y ademanes, parecaestar dicindole que las acompaara a

  • alguna parte. Pero el seor slo gritabay gesticulaba cada vez ms recio. Dealgn lado salieron dos soldadosvestidos de verde y sosteniendoametralladoras y se colocaron a amboslados del seor. Uno de los soldadosinsista en quitarle su mochila, pero elseor la tena aferrada contra el pecho ypareca estar gritndole que no estabadispuesto a cederla vivo o, cuandomenos, sin una buena pelea. Habaempezado a girar el carrusel negro yacon las primeras maletas. A ningnpasajero le import. Todos mirbamosal seor con una mezcla de curiosidad ymiedo y algo de expectativa. Incluso

  • varios pasajeros se haban acercado,por metiches, por si acaso, por si lasaeromozas necesitaban ayuda o apoyo.Pero de pronto, en un movimientoexperto y premeditado, los dos soldadossujetaron al seor, lo botaron al suelo,lo esposaron, y luego, mientras l seguagritando en hebreo o en rabe, se lollevaron medio arrastrado. As de fcil.As de rpido.Varias aeromozas de Lufthansa tambin

    se marcharon. Pero dos se quedaronparadas en el mismo sitio, hablando ensusurros y tambin tranquilizando avarios de los pasajeros. Mi hermano memiraba con los ojos muy abiertos

  • mientras mova la cabeza. Quizspensando: linda bienvenida. O quizspensando: a dnde mierdas nos hantrado. Alc los hombros. Qu mspoda decirle.Nos acercamos despacio al carrusel de

    maletas que segua crujiendo yrechinando, pero crujiendo y rechinandocon garbo, con donaire, como unaopulenta reliquia. No s por qu volv lamirada una vez ms hacia las dosaeromozas de Lufthansa. Y tampoco spor qu acaso influy el brillo de suuniforme amarillo haba tardado tantoen reconocerla.No puede ser, le dije emocionado a mi

  • hermano, agarrndolo fuerte del brazo.Qu pasa? Mire, le dije. Mire qu?All, le dije, la aeromoza, le dijesealando con la mirada. Creo que esella, le dije. Cree que es quin? Quizslos uniformes amarillos de Lufthansaan lo tenan medio deslumbrado, oquizs no la recordaba, o quizs nuncala conoci y yo slo le haba contado deella. La aeromoza, le dije sealando denuevo con la mirada. Ya, la veo, y qupasa con la aeromoza? Lo solt y mequed vindola unos segundos, inseguroo temeroso. Creo que es Tamara, le dije.Es quin? Tamara, le repet un pocosorprendido de haber recordado su

  • nombre despus de tanto tiempo, unnombre que de pronto me son sublime,ajeno, hasta inventado.Mi hermano la observ unos segundos

    mientras tambin haca un esfuerzo porretroceder todos esos aos en sumemoria y ubicarse en el pasado yprocesar aquellas empolvadas imgenes.Pero usted est loco, me dijo, eso esimposible, cmo puede ser la misma?Es ella, le dije y me qued estudiando unpoco sus ojos y sus labios y sus mejillasplidas y pecosas y su pelo colorcastao cobre y apenas salpimentado decanas y tiene ahora el pelo ms corto ycanoso, le dije a mi hermano, pero es

  • Tamara, le dije ya casi convencido ycaminando lentamente en esa direccin.Oiga, adnde va?, le o decir detrs dem, si ya estn saliendo todas lasmaletas. Era posible? Era Tamara? M e reconocera despus de tantosaos? Se acordara de m? Me daraun abrazo o un beso o a lo mejor unabofetada? No lo haga, me grit mihermano por encima del chirrido delcarrusel, no es ella.Tamara?, tocndole el hombro.

    Era la una de la maana cuando por finsalimos mi hermano y yo a la acera del

  • aeropuerto. Haba varios taxis, dealgunas compaas, de mltiplescolores. Sin pensarlo mucho nosacercamos a una furgoneta roja y blancaque pareca ms formal y le dijimos alconductor que al hotel Kadima, enJerusaln. El tipo, deprisa y comoenojado, nos dijo yes, yes, Kadima,Yerushalayim, y seal con la manohacia atrs. Abrimos las dos puertastraseras, guardamos nuestras maletas,luego dimos la vuelta y entramos por lapuerta lateral. En la primera fila habauna pareja de turistas franceses que,supuse, tambin iban al hotel Kadima deJerusaln. Los saludamos mientras nos

  • tumbbamos detrs de ellos, en lasegunda fila, exhaustos.Y entonces?, me volvi a preguntar mi

    hermano con impaciencia. El taxistaestaba gritndole a alguien por radio.Empez a parecerme extrao que nocerrara su puerta, que no arrancara elmotor de la furgoneta para marcharnos.Me va a contar o no?, pregunt mihermano con los ojos medio cerrados ytono bravucn y yo recost la cabeza enel respaldo del asiento. Escarlata, ledije.Antes de verla sonrer con pudor, antes

    incluso de verla abrir un poco ms sumirada azul mediterrnea, supe que

  • Tamara finalmente me haba reconocidoal ver desaparecer, en un repentinotorrente escarlata, las minsculas pecasde sus mejillas. Pero despus todo fuetorpeza. Nos abrazamos con torpeza.Nos preguntamos y respondimos cosascon torpeza, con clich, con el caos quegenera la emocin y el temor de unreencuentro en medio de pasajeros ymaletas y el bochorno del aeropuerto yla evidente gravedad de su uniforme deLufthansa: interrumpindonos ytropezndonos por querer resumir tantosaos en unos cuantos segundos. Luegocallamos con la misma torpeza, ambosquizs pensando en un encuentro breve y

  • pasado que creamos haber dejado atrspero que de pronto volva y explotabacon la potencia de un volcn. Mepregunt en ingls cunto tiempo estaraen Israel, y le balbuce que unos das,que pocos das, slo para la boda de mihermana menor, y s, una boda ortodoxa,y s, en Jerusaln, y s, en el hotelKadima. Su compaera de Lufthansa lallam, como apurndola, y Tamara lerespondi algo en hebreo. Luego sac unpedacito de papel y escribi su nmerode telfono y me dijo que por favor lallamara, que viva muy cerca del hotelKadima, que poda pasar a buscarme yllevarme a conocer algunos sitios. De

  • acuerdo, Eduardo?, pronunciando minombre como si no fuera mi nombre ocomo si fuera una versin de mi nombreslo para ella, y lanzndome fugazmentehacia un bar escocs y unas cuantascervezas y una boca en forma de corazny pezones que se muerden duro o semuerden suave, todo depende. Deacuerdo?, y se acerc. Me entreg elpapel. Puso su mejilla escarlata ypecosa contra la ma y la dej all y porfavor llama, susurr, ahora sin torpezaalguna y susurrndome mucho ms queesas tres llanas palabras. Me gustsentir el contraste entre su aliento tibio ysu mejilla helada. Me gust reconocer su

  • olor. Dobl el papel y lo guard en elbolsillo de mi camiseta. Llamars?,retrocediendo unos pasos. Le dije queseguro, que esta vez s, que contaraconmigo, y una ligera sonrisa, y entoncesTamara me dijo algo en hebreo, quizshasta luego, quizs ms te vale, y semarch con su compaera de Lufthansa.Llamar?, me pregunt mi hermano,

    quien llevaba ms de una horadurmindose y despertndose ymaldicindome a m, al taxista, a losvestigios militares puestos comodecoracin a lo largo de la autopista, alos turistas franceses, a la eterna ylaberntica odisea nocturna hacia nuestro

  • hotel de Jerusaln. No s, le dijenegando con la cabeza vanamente en laoscuridad de una furgoneta vaca, ya sinms pasajeros: uno de los cincopasajeros, un joven israel volviendodel Per, nos haba explicado enespaol que aquello era un tipo de taxicolectivo, llamado sherut. Guardsilencio, recordando el rostro sonrojadode Tamara, recordando con placer elolor a lavanda de Tamara, y recordandode pronto el anillo de oro blanco en suanular izquierdo.Llevaba puesto un anillo de oro

    blanco? Se lo haba visto o me loestaba imaginando ahora, en el silencio

  • de una furgoneta vaca? Se habacasado?Cuando por fin nos detuvimos en la

    entrada del hotel eran las tres de lamadrugada.

    Siempre duermo mal en los hoteles. Leped al recepcionista, como hagosiempre, una habitacin en el ltimopiso, que no diera hacia la calle ruidosa,lo ms alejada posible del ascensor, ys in puerta interna que comunicara a lahabitacin contigua. Pero por algnerror o malentendido, nos explic elviejo de mala gana en su psimo ingls,

  • le quedaba una sola habitacindisponible, con cama matrimonial.Ambos estbamos demasiado cansadospara alegarle. Nada ms le recibimos lallave en silencio, y subimos en unascensor pequeo, arcaico, que apenasfuncionaba.Todo en la habitacin me pareci

    gastado y mugriento: el bao, lassbanas, la alfombra gruesa e insonora yllena de manchas misteriosas, lascortinas de manta verde olivo. Antes deacostarnos desenchuf el televisor,desconect la alarma en la mesa denoche, y tap cualquier grieta o franja deluz (siempre viajo con un rollo de cinta

  • adhesiva). Pero igual, echado al lado demi hermano, dorm mal. En algnmomento de la madrugada medespertaron unos gritos o gemidos, comolos de un beb llorando, o como los deuna mujer en pleno orgasmo. No supe sivenan de afuera o de una habitacinvecina o si yo los estuve soando. Amedioda finalmente me ba, me vestmi hermano dorma profundo, ybaj a desayunar al lobby.El restaurante estaba vaco. Lleg el

    mismo viejo de la recepcin que noshaba recibido a las tres de la maana yque haba tenido que soportar, a las tresde la maana, mis neurosis y exigencias

  • de habitacin silenciosa. Luca fatal.Ms desvelado que yo. Su camisablanca arrugada, sucia, medio fuera. Surostro verdoso y sin afeitar. Sus pocashebras de pe...