LA GLOSA 89 DEL EM. 60, «EL PRIMER VAGIDO DEL ?· rio de San Millán de la Cogolla en la provisión…

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LA GLOSA 89 DEL EM. 60,EL PRIMER VAGIDO DEL ESPAOLClaudio GARCA TURZAUniversidad de La Rioja1. Al abordar el anlisis del excepcional papel que desempe el escritorio del monaste-rio de San Milln de la Cogolla en la provisin de documentos para el estudio de los orgenesdel espaol, he de reconocer que a estas alturas de mi ya larga dedicacin a la historia, sobretodo, medieval de nuestra lengua y, en no menor intensidad, a la teora de la asombrosa di-mensin humana del lenguaje, mltiples son las ideas que acuden a mi mente y muy variadoslos sentimientos que se agolpan en mi nimo reclamando con viveza su exteriorizacin. Peroentre ellos impone inexorablemente su hegemona la pretensin de enjuiciar de forma objeti-va la tradicional y machacona consideracin del cenobio riojano como el lugar de nacimien-to de nuestra lengua y, ms concretamente, la interpretacin, tambin excesivamente mani-da, de la glosa 89 del clebre cdice emilianense 60 de la Real Academia de la Historia comoel primer vagido del romance espaol.Desde un enfoque ajeno a cualquier propsito cientfico, y conocedor, claro est, del pa-pel imprescindible de la metfora en cualquier proceso del pensamiento humano, comprendosin reluctancia alguna y valoro muy favorablemente la eficacia de estas imgenes naci-miento, vagido para despertar y mantener el inters general hacia una cuestin, en smisma, sugerente y, para muchos, hasta emotiva. Desde un punto de vista acientfico, insisto.Por ello, no me cuesta trabajo entender que las instituciones, particularmente las pblicas, enel desarrollo de diversas actividades culturales y tursticas, aprovechen espontneamente talesrecursos metafricos, de notable eficacia, repito, para la informacin filolgica y cultural de laciudadana. Y tampoco alcanza, en fin, a desabrirme el espritu la comprobacin del empleoasiduo de tales figuras (al lado de otras de similar expresividad, ya generales como la cunadel espaol, balbuceos o, en sentido inverso, estertores; ya ocasionales como la tierraen donde se engendr el idioma, la casa natal del espaol, el lugar que amamant al es-paol, Suso, el primer andar de la lengua, el vascuence, partera en el alumbramiento delromance castellano y nodriza en sus primeros balbuceos, etc., etc.) en el mbito de los estu-dios filolgicos y de creacin literaria, donde, merced a ellas, se ha llegado a conseguir en oca-siones un alto rendimiento esttico. Pero, ya en la exigente y cerebral ladera de la ciencia, laverdad, mi verdad, no admite, en este caso, sustituto til por muy fascinante o subyugador queste se me muestre.Las lenguas naturales, es obvio, no son seres vivos. No son organismos que nacen, cre-cen, se multiplican y mueren. Una lengua particular, en sentido estricto, no nace; en rigor, nisiquiera cambia. Son nicamente los usufructuarios los que la adaptan, modifican, fomentano destruyen al dejar de utilizarla. Son los hombres los que cambian de lengua tal como mu-dan su atuendo o las ideas comentaba con acierto nuestro inolvidable y aorado don Emi-lio Alarcos, aunque cierto es que con menor oportunismo o con ritmo infinitamente mslento que el de las veleidades de la moda o la conveniencia pragmtica. Una lengua parti-cular, tambin es obvio, no tiene un en s; no dispone de, digamos, inseidad. Como toda lacompleja y admirable dimensin humana de lo lingstico, su estatuto interno es, ante todo,inseparable de los variados, y perfectamente jerarquizados, actos cognoscitivos intelectuales,tanto de los operativos (la lengua concreta, la lengua en el hablar) como, sobre todo, de loshabituales (la lengua abstracta o el modo del conocimiento lingstico habitual que llamamoslenguaje).La equiparacin sistemtica de las lenguas con los seres vivos o biologizacin generali-zada de lo lingstico, unida a la consideracin de la historia de un idioma como paralela alproceso de adquisicin del lenguaje por el nio y reforzada, eficazmente, por la frecuentsimareferencia a los ms antiguos testimonios del romance con las figuras mencionadas de pri-meros vagidos o balbuceos de nuestra lengua, entorpece y distorsiona, a mi entender, enlas mentes de los usuarios, de los creadores y de los lingistas el conocimiento cabal de su es-tatuto ontolgico.As, entre las secuelas negativas que derivan de esta desajustada concepcin, se da unano la ms grave, desde luego extraordinariamente extendida (aqu habra que incluir nopocos afectados en el mundo universitario e intelectual), consistente en creer que las lenguasen sus pocas primitivas, en sus estadios conocidos ms arcaicos tienen que ser dbiles, inh-biles, vacilantes, torpes, fragmentarias, imperfectas, mediolenguas. Nada ms lejos, claro est,de la realidad. Como adverta con agudeza poco comn el mismo Alarcos, tan adulta era lalengua que hablaban los sbditos de Fernn Gonzlez o los de Sancho el Mayor como los desu majestad cesrea Carlos V. Los unos y los otros se entendan perfectamente entre s, aunquelos universos de preocupaciones de los siglos X y XI y del siglo XVI fuesen distintos. Pretenderque los romances primitivos eran lenguas todava incipientes, sin hacer, deducindolo de losrestos fragmentarios e inhbiles que han llegado a nosotros, sera tan absurdo como inferir delos materiales machacados de una excavacin arqueolgica que los hombres de aquella cultu-ra antigua se haban servido exclusivamente de vasijas desportilladas.En fin, como consecuencia de esta errnea concepcin de la dimensin de lo lingstico,querramos el acta notarial del nacimiento de nuestra lengua, siendo as que el esfuerzo pordescubrir tal confirmacin objetiva, en el tiempo y, para el espaol, tambin en el espacio te-rritorial, es evidentemente baldo. Fijar un lmite absoluto y preciso entre el modo de hablar ala latina y el modo de hablar a lo romance es esencialmente arbitrario. En la historia de unalengua es imposible la percepcin objetiva de su alumbramiento. Bien lo capt y expresnuestro querido maestro D. Manuel Alvar: Pensamos en las lenguas dice en un lugarcomo si fueran seres biolgicos. Es una concepcin romntica que dura entre las gentes aleja-das de los quehaceres de mi oficio. Y sin embargo, nada ms lejos de la realidad, porque ma-dre, hija no pasan de ser metforas para expresar la idea de evolucin. Pero, un da, hay ya unacriatura diferenciada y el prodigio no se ha sentido, ni siquiera se identifica con precisin;una lengua no nace como un ser biolgico afirma en otro sitio; se taja el cordn umbili-cal y tenemos un ser nuevo. La lengua empieza siglos y siglos atrs, se elabora poco a poco,crece, puede manifestarse, pero ni siquiera entonces es una criatura distinta, pues seguir reci-biendo influjos que siguen conformndola. Pero no importa: la lengua no se lleva al registrocivil para que haya constancia de su ser. No sabemos dnde naci [...], ni cundo (la primeradocumentacin no es el quejido de la criatura alumbrada).CLAUDIO GARCA TURZA3002. El segundo aspecto que me interesa aclarar aqu y que por el tono de lo que antece-de seguramente habr podido ya vislumbrarse en lo esencial tiene que ver con mi habitualdisposicin personal ante los textos ms antiguos conservados, actitud que, a no dudarlo, man-tienen tambin muchos de mis colegas con anlogo perfil investigador. A este respecto co-mienzo por confesar que, al enfrentarme tan a menudo a esas fuentes manuscritas en busca deun conocimiento cientfico ms profundo de su entidad y de sus caractersticas, mi afn pordescubrir en ellas rasgos novedosos se agudiza en extremo habitualmente. Gracias a l se man-tiene encendido el endeble pabilo de mi investigacin. Pero rara vez consiguen desperezar mislnguidas fibras poticas. Reconozco, en efecto, que por su causa no me adviene fcil el asom-bro ni el estremecimiento potico loador, aquel impulso de ilustres fillogos y escritores que,avivado por la fuerza histrica de esos viejos testimonios, ha venido originando tantas pginasy pasajes hermosos de las letras hispnicas.No; yo ante los folios del venerable cdice 60, ante las distintas partes de su texto latinode base y ante sus glosas latinas, vascas y romances, desde hace ya varios lustros, prctica-mente slo alcanzo a ver problemas. Problemas de toda ndole. De los que cautivan y de losque desalientan. Unos, ya irremediables, derivados de la imposibilidad, a veces absoluta, depercibir la escritura de bastantes glosas (ms de una sexta parte de las editadas por MenndezPidal es en la actualidad, por causas naturales o por el empleo desafortunado de antiguas sus-tancias reactivas, parcial o totalmente ilegible). Otros, muy numerosos, se cuecen en el planodecisivo de la identificacin del texto. Destacan, sin embargo, los que afectan a cuestionestambin medulares como la existencia de uno o varios glosadores, el lugar de origen o la fe-cha de las copias (tanto del texto de base como de las glosas), la naturaleza y funcin de stas,su dependencia o autonoma respecto de los glosarios y la caracterizacin del sistema lings-tico que reflejan. Como mis colegas lo comprendern en seguida por sus experiencias perso-nales anlogas, la actitud del investigador ante una obra de esta complejidad es, forzosamen-te, frgida; se encuentra amordazada por las cautelas y hasta un tanto tocada de desengaos.No disponemos, por ejemplo, en el momento actual, a pesar de haber transcurrido ya unosnoventa aos desde su descubrimiento, de argumentos slidos codicolgicos, paleogrficos,histricos, literarios o lingsticos que hagan patente la certeza del lugar exacto en que se es-cribieron estas glosas de procedencia emilianense. As, de acuerdo con las hiptesis mejorfundadas, pudieron redactarse en los siguientes lugares: a) el mismo monasterio de San Mi-lln; b) la regin burgalesa oriental limtrofe con la riojana occidental; c) el solar de Euskale-rra altomedieval (que no excluye, como es bien conocido, zonas del territorio riojano); y d) elterritorio navarro-aragons. O dicho de otro modo, si bien es cierto que hoy por hoy no es po-sible probar de forma contundente que las glosas se escribieran en el escritorio de este monas-terio de la Cogolla, no lo es menos que hasta la fecha nadie ha logrado demostrar convincen-temente que no se copiaran en l.Tampoco sabemos con seguridad la data en que situar su composicin. De hecho, frente ala comnmente aceptada, casi consagrada desde los estudios de Menndez Pidal, de mediadosdel siglo X, hoy, a partir de apoyos paleogrficos e histricos, a veces resbaladizos e inope-rantes, nos inclinamos a aceptar su ubicacin cronolgica dentro del siglo XI. Pero, ntese concunta fluctuacin: ya en los primeros ya en los ltimos decenios de esa centuria.Y renunciando, por razones de espacio, al comentario de otros problemas, antes mencio-nados, qu decir de los innumerables interrogantes lingsticos, sobre todo, fonticos y l-xicos, que, sin respuesta satisfactoria por el momento, continan alzando estas equivalenciaslatinas, romances y euskeras? En tal sentido, entiendo que, junto a la ayuda prestada, sobretodo, por el cotejo de los textos coetneos de las lenguas iberorromances y romnicas en ge-neral, sera de gran utilidad el conocimiento profundo del sistema paleogrfico de la letra vi-LA GLOSA 89 DEL EM. 60, EL PRIMER VAGIDO DEL ESPAOL 301sigtica en que se escriben las glosas. Es hora ya de que los fillogos, entre nuestras respon-sabilidades especficas, asumamos, con inters al menos anlogo al de los historiadores, el es-tudio cientfico de los fenmenos paleogrficos.Ahora bien, respecto de la caracterizacin dialectal de la lengua de las glosas, a la vista dela proliferacin de etiquetas defendidas en los estudios ms solventes (castellano, riojano,castellano-riojano, navarro, aragons, navarro-aragons?), me veo en la precisin de advertirque en La Rioja altomedieval se hablaba el iberorromance, pero, obviamente, a la riojana. Elloimplica que esta modalidad romnica, generada, en parte, en un medio vascohablante como eldel castellano viejo, tuvo que experimentar en la poca de las glosas, respecto de varios fen-menos, una evolucin coincidente con la de ese dialecto. Y ello significa que al concurrir tam-bin en su evolucin lingstica factores determinantes, histricos y estructurales, anlogos alos de la evolucin del navarro y del aragons, hubo de ofrecer, necesariamente, otros rasgoscoincidentes, a su vez, con estos dialectos orientales. Interesa precisar que la personalidad delas hablas de La Rioja, entonces y despus, no radica en el mantenimiento de una pluralidadde normas lingsticas importadas, segn viene siendo creencia general. El hibridismo lin-gstico riojano no es el resultado de una entremezcla histrica de influencias forneas, co-rrespondientes a las distintas y bien caracterizadas hablas de su entorno. Insisto, La Rioja noes por definicin, segn el tpico que todos conocemos, cruce y entrelazo de influjos externos,mantenimiento ejemplar de la convivencia de castellanismos, vasquismos, navarrismos y ara-gonesismos. Las hablas de La Rioja, en un planteamiento riguroso y ajustado a la realidad his-trica, no tienen un componente castellano viejo, otro navarro-aragons y otro relacionado conel espaol del Pas Vasco, concretamente de lava, y con el propio eusquera. La Rioja, desdeuna densidad demogrfica siempre estimable y una andadura histrica y cultural muy espec-fica, ha presentado y presenta unas evoluciones lingsticas esencialmente autctonas, si biencoincidentes, lgicamente, con las propias de los dialectos y hablas limtrofes. En un plano depropuestas de alternativas argumentales con mayor solidez sostengo que el dialecto riojano esun conjunto de hablas de transicin (bien es verdad que este concepto, transicin, no satisfa-ce, a mi juicio, las exigencias cientficas pertinentes por prestarse a devaluar el objeto consi-derado, tan cargado en cualquier caso de dignidad en s mismo, en aras del protagonismo delos dialectos y hablas circundantes y terminales particularmente, el leons, el castellano y elaragons). Y la transicin lingstica, como las que propician el cambio de las edades de lavida misma, implica obligadamente la convivencia de lo plural autctono.Si he insistido en la necesidad de justificar con precisin el eclecticismo de las hablas deLa Rioja, es porque entiendo que esa misma justificacin clarifica la pluralidad lingstica quecaracteriza a las glosas emilianenses genuinamente romances. Para m es evidente: las glosasatestiguan un modo de hablar a la riojana el iberorromance. En ellas no hay propiamente cas-tellanisnos, navarrismos o aragonesismos. Su sistema lingstico, tan relevante, era uno entretantos de los que constituan el diasistema del espaol. Y por el singular sincretismo debido asu naturaleza de habla de transicin prefigura a esa lengua integradora, nutrida con elementosde la polcroma Hispania, que es el espaol.3. Pero debo centrarme ya, con algo ms de extensin, en el problema, a mi ver, funda-mental: la identificacin de las glosas. Es decir, en aquel que atae a la distincin inequvocade las formas, los significados y tambin, en varias de ellas, el sentido que determina su iden-tidad textual. Todo ello con el propsito ltimo de intentar reobjetivarlas en nuestro intelectotal y como en otro tiempo las articul la presencia mental de cada uno de los glosadores. Novoy a detenerme aqu en la maraa exegtica, todava sin desenredar, que cubre, ya herrum-brosa, a las dos glosas vascas y a otras muchas romances cuya comprensin precisa resulta anCLAUDIO GARCA TURZA302lamentablemente inasible. S atender, en cambio, a la que viene constituyendo el objeto de in-vestigacin ms fecundo y apropiado para adentrarse en el conocimiento del protorromancehispnico, la glosa emilianense 89. Aquella que por obra de Don Dmaso Alonso se viene ca-racterizando de forma casi refleja con la calificacin de el primer vagido de nuestra lengua;aquella primera manifestacin escrita, para Don Alonso Zamora, tmida, acobardada, recelo-sa casi, agazapada entre el prestigio religioso de las palabras latinas, las palabras ungidas porla cultura superior y que, a pesar de ello, dado su contenido, llega a explicarnos ya en los aosdel siglo X a los msticos del XVI y, por el propsito y modo de elaborarla del monge glosador,nos encarrila a comprender la picaresca; prefigura, en suma, la verdadera historia ntima delpueblo espaol, significa un anuncio trascendente del ademn espaol ante el mundo, nuestrosentido integral de la existencia, una mezcla extraa y absurda de dignidad y satanismo, debondad generosa y de roosera inequvoca; aquella glosa que en la imaginacin de uno denuestros ms renombrados escritores, Antonio Gala, se estamp como el indeciso botn de larosa de Castilla y que, en fin, ha llegado a ser considerada por especialistas del prestigio deDaz y Daz como el primer texto escrito en romn paladino. Me detendr en ella sin omi-tir, claro est, las alusiones imprescindibles a las dificultades inherentes a los distintos niveleslingsticos que conlleva su exgesis.3.1. Para facilitar el entendimiento de mis estimaciones, adelanto a continuacin mi edi-cin paleogrfica, muy fiel al original, de la glosa y del fragmento latino paralelo, que se ha-llan en el folio 72r del cd. emilianense 60:Cono alutorio . < de > nuestr < o >dueno . dueno christo . duenosalbatore . qual duenoget ena honore . equalduenno tienet . elamandatjone . conopatre cono spiritu sanctoenos sieculos . delosieculos . facanos deus omnipotenstal serbitjo fere . kedenante ela sua facegaudioso segamus . AmemdominoAdlubante domino nostro lhesu christo cui estcui domino estqui k e cum kehonor et lmperium cum patre et spirituln ke corumsancto ln secula seculorum . Amen3.2. Pues bien, en primer lugar, conviene advertir que este texto tan socorrido y admira-do se viene editando la mayora de las veces para alguno de sus fenmenos pertinentes, entodas las versiones conocidas con no pocas deficiencias ecdticas. As, por ejemplo, no sesuele distinguir la i corta de tienet con la j baja de mandatjone y serbitjo, que palataliza y asi-bila a la t precedente convirtindola en una africada alveolo-dental. Tambin con frecuenciaLA GLOSA 89 DEL EM. 60, EL PRIMER VAGIDO DEL ESPAOL 303deja de sealarse en las ediciones la haplografa o fusin consonntica de de lo(s) sieculos ygaudioso(s) segamus, que no escasea en otras glosas, emilianenses (ansiosu segamus, n 39; etu Iras texto latino: et tu Ibis, n 103, etc.) o silenses (donatu siegan texto latino: tra-dantur, n 172; labatu siegan texto latino: expurgentur, n 330, etc.) y que abunda tan-to en los glosarios (por ejemplo, en el cd. Em 46: auctori sermo 96r 25 / auctoris sermo (BNP1296, 116r), concaui saxis 145v 14 / concauis saxis (BNP 1296, 190v), etc. Nadie ha repara-do, adems, que tras de lo(s) sieculos figura un punto (cuyo valor ms prximo a la puntuacinactual sera el de una coma) y que, consecuentemente, facanos se encabeza con f- minscula.Este detalle luego volver sobre ello encierra un notable inters exegtico. Tampoco eshabitual patentizar en las ediciones la sobreposicin de la partcula de en el sintagma Conoalutorio nuestr dueno, siendo as que, seguramente, la composicin originaria noincluira esta preposicin (como prueba de la verosmil intervencin de una mano distinta,hago notar que el astil de esta abreviatura sobrevolada remata con lineola, lo que no ocurre conel resto de los casos de esa misma letra d en la glosa, cuyo astil culmina siempre sin ese pe-queo travesao). Todo lo cual conlleva, muy probablemente, la existencia en el origen de unexcelente testimonio de resto sintctico de caso oblicuo sin preposicin (comp. Cum con-senso marito meo Gegino, ao 890, Cartul. S. Vicente de Oviedo, pg. 6 citado por Lape-sa; Privigna: filia sua muliere, Glosas Silenses, 219; y las construcciones anlogas, msfrecuentes, del francs antiguo: Pro Deo amur, comienzo romance de los Juramentos de Es-trasburgo, o lo Deo menestier, de la Secuencia de Santa Eulalia) y, en consecuencia, acon-seja no incluir este testimonio (Cono alutorio de nuestro dueno) entre los que demuestran lasustitucin del genitivo por la construccin con de en el habla antigua. En fin, en segamus eluso del semicolon con forma de s volada no autoriza a desarrollar la terminacin -mos, comoalgunos errneamente leen, sino slo -mus, segn la preceptiva paleogrfica de la letra visig-tica. Es muy conveniente, a este respecto, advertir que en la escritura visigtica del cd. Em.60, las abreviaturas de ese tipo de letra operan con idntico valor no slo en el texto latino sinotambin en el de las glosas romances (cfr. q en fot = quien fot, 1 la q con astil partido por l-nea diagonal) o en el de las vascas (Izioq dugu = Izioqui dugu, 31).3.3. En segundo lugar, son tantas y, muchas veces, tan diferentes las explicaciones quelos especialistas vienen ofreciendo en relacin con los fenmenos del texto correspondientesa los distintos niveles lingsticos, que podramos afirmar, sin temor a hiperbolizar, que casininguna palabra de tan clebre secuencia se halla exenta de graves dificultades al someterla alanlisis cientfico.3.3.1. Si nos fijamos en el aspecto fontico y morfofonolgico, donde, como es muy bienconocido, no basta con aceptar sin ms el testimonio grfico sino que hay que interpretarlocuidadosamente, aparecen mltiples interrogantes en que habr que seguir profundizando. Porejemplo, en gaudioso(s), hay o no monoptongacin de au?, el grupo -d + yod- equivale a /y/(como en el aragons goyo gozo documentado en textos literarios, pero conservando las gra-fas latinas) o estamos, como cree DCECH, s. v. gozo, ante un escueto romanceamiento de unaforma del bajo latn espaol (comp. gozosos, en Berceo, Duelo 65b, variante popular y muyusada en todas las pocas)? El subjuntivo con encltico facanos, se pronunciaba con la aspi-racin, digamos, criolla o conservaba an la f- inicial? Y con relacin al valor fonolgico queoculta el grafema de la c, la pronunciacin era [k], como en vascuence; [g] o, acaso, [s], comodebi de ser en el iberorromance muy temprano *fao (comp. la glosa silense 45: por fere kefaciat omiciero), o como fue en el portugus y sardo antiguos fao, fazo, formas derivadas re-gularmente? Ms problemas de esta naturaleza: qu se esconde con exactitud detrs de la re-CLAUDIO GARCA TURZA304 CLAUDIO GARCA TURZAduccin de nn a n en cono o ena, enos: la amalgama anterior de n -con o en- y l -lo o la, los-dio [kno] o [ko], [na] o [a]?, se pronunciaba la -e final de salbatore, honore, manda-tjone, fere y face?, la g de segamus equivala a una yod; representaba el fonema palatal /y/, elprepalatal /z/ o, lo que parece menos verosmil, tena el valor velar de /g/?, la inmovilidadgrfica oculta el cambio -T- > -d- en alutorio, salbatore y patre o refleja la conservacin de lasconsonantes oclusivas intervoclicas, como es general en el espacio vasco?, haba o no sn-copa en sieculos?, etc., etc.3.3.2. Tambin en la sintaxis se dan fenmenos de no poca complejidad interpretativa.As, el pleonasmo de la segunda lnea del texto, dueno dueno, obedece, como en las repeti-ciones del sintagma qual duen(n)o y de la amalgama cono (cono patre cono spiritu sancto) auna redaccin enftica, esto es, se explica como producto de la amplificatio, molde retricomuy frecuente en la Edad Media? En tal caso, el segundo dueno, coherentemente explicitadopor el nfasis, actuara como ncleo sintctico de la aposicin christo (y de salbatore). Se tra-ta, quiz, de una formulacin gramatical del texto al comentarlo? Entonces la exteriorizacindel segundo dueno, como obedecera, en realidad, a razones pedaggicas (aprender o ensearlatn), sera una simple reconstruccin artificiosa (cfr. infra). Representa, tal vez, un caso ex-cepcional de refuerzo o recurso intensificador del ttulo masculino domnus por el procedi-miento de la repeticin, es decir, se emplea el primer dueno como designacin con el sentidopleno de seor y el segundo como mera forma de tratamiento: nuestro Seor Seor Cristo,como en el empleo moderno el seor don Luis? o participa, en el segundo miembro, del va-lor de san a semejanza o por influencia directa del vascuence, donde se genera a partir delprstamo latino DOMINUS (comp. el vasco Donostia San Sebastin o Doneztebe Santestebany la glosa emilianense 137, don Pablo apostolo San Pablo apstol)? Visto desde otra pers-pectiva, fijando nuestra atencin en la lectura correcta de la secuencia, forma parte el pleo-nasmo de un mismo grupo fnico (nuestro dueno dueno christo; comp. Berceo, Sacrificio168c: Nuestro Seor don Christo, la cena acabada o una frmula de confesin umbra del si-glo XI: Confessu so ad mesenior Dominideu) o, ms bien, cada una de sus partes pertenecea grupos fnicos distintos (nuestro dueno / dueno christo)? Por otro lado, la estructura con ende get ena honore, as como la construccin factitiva o causativa con hacer, facanos... fere(comp. la glosa silense 45, ya citada, por fere ke faciat omiciero texto latino de base: ad ho-micidium faciendum) y el orden de palabras (el verbo en posicin final) que sta (faca-nos...fere) y la ltima oracin (...segamus. Amem) ofrecen, representan calcos de otras tantasfrmulas anlogas en vascuence, donde los tres fenmenos son bien conocidos, o, simple-mente, son pensables desde el mismo latn? A este respecto, conviene hacer notar que recien-temente se ha llegado a poner en cuestin la naturaleza romance misma de la sintaxis de estaglosa 89 y, consecuentemente, se ha reivindicado su adscripcin al sistema latino con igualdadde derechos que al del romance. El hecho de que el esquema latino esse + dativo se viertade manera muy similar en el sintagma qual dueno get ena honore y de que la estructura bbli-ca in saecula saeculorum se imite con el mismo patrn, enos sieculos de lo(s) sieculos (en lu-gar de por los sieculos... por los siglos...; comp. con esto por Ihesu Christo al que es gloriaen los sieglos de los sieglos del Nuevo Testamento escurialense del siglo XIII), fundamentaratan trascendental interrogante.3.3.3. La lexicologa y la semntica han de analizar, as mismo, con redoblada dedica-cin bastantes cuestiones que presenta el texto, algunas de ellas de muy difcil respuesta si nose acompaa el estudio con slidos conocimientos, en particular, de las mentalidades y de lasinstituciones medievales. Porque, adems de comprobar la ocurrencia del latinismo crudoLA GLOSA 89 DEL EM. 60, EL PRIMER VAGIDO DEL ESPAOL 305deus omnipotens y de las formas cultas alutorio, mandatjone y gaudioso(s), tan alejadas, porsu forma y por su empleo, de lo que entendemos por romn paladino o seglar lenguage(denominaciones ambas atestiguadas en la obra de Berceo), cul es aqu el significado preci-so de alutorio?, pues nadie ignora que no vale lo mismo el genrico ayuda que los especfi-cos subsidio o favor (equivalencia esta ltima documentada, por cierto, en los glosarios:fauore adiutorio CGLV548,5). Y qu significa aqu exactamente la honore?: honor,honra, gloria, segn las distintas versiones modernas?, poder patrimonial o seorial?,patrimonio o predio obtenido por concesin de un princeps? o distrito administrativo con-ferido por el princeps a un magnate o senior para su gobierno [as en el reino de Pamplona yAragn]? Finalmente, cul es el significado propio de mandatjone en este contexto?: po-testad, mando, mandato, poder, podero, como figura en las traducciones modernas?,tenencia o poder de mando, poder poltico y potestas iudicandi ostentados por delegacindel princeps? o distrito administrativo sometido al gobierno de un senior, magnate o tenen-te para ejercer el imperium en l [como en el reino asturleons]?4. Ahora bien, es en la cuestin nuclear del esclarecimiento de la tipologa a que perte-nece esta invocacin piadosa donde ms que de problemas y de discrepancias interpretativasdebemos hablar de ignorancias. De m puedo decir que mis ya largas indagaciones a este res-pecto en el vasto campo de la liturgia mozrabe altomedieval no han dado an todos los frutospretendidos. Permtaseme, con todo, apuntar alguna breve aportacin personal.4.1. Una visin de conjunto, por un lado, del texto romance en su integridad; por otro, dela ubicacin de ste en el folio 72r (entre el final de una pltica de Cesreo de Arles y el co-mienzo de otra de San Agustn); y finalmente, del texto latino que recoge esa misma pgina(Set potens est deus orantibus uobis qui [...] et nobis concedat [...] lmplere posse quod dici-mus. Adlubante domino nostro lhesu christo cui est honor et lmperium cum patre et spiritusancto ln secula seculorum . Amen), nos lleva a pensar que no estamos ante dos piezas demuy distinta naturaleza, como siempre se ha dicho (la primera, desde Cono alutorio hasta delo(s) sieculos, una glosa romance o versin parafraseada del correspondiente texto latino queempieza en Adlubante y termina en seculorum. Amen; y la segunda desde facanos hasta elfinal, una devota apostilla personal, nacida ex imo cordis de un glosador que necesitaba sa-car afuera la luz del corazn; el primer texto espaol propiamente dicho, la primera realizacinpotica, no traducida, que se conoce en romance), sino ante una clusula nica, un texto uni-tario, que configura una deprecacin religiosa, posiblemente de uso habitual, culminada con lapreceptiva aclamacin amem, ratificatoria de la oracin.Entre otros argumentos que actualmente estoy considerando, los paleogrficos importanmucho, a mi juicio, para sostener firmemente este planteamiento innovador. El texto se nosmuestra sin la menor vacilacin tanto en su estructura como en su redaccin, lo que mueve ainterpretarlo como una especie de versin en limpio. Comienza con mayscula (Cono...),como debe ser (comp. Dixit qui diabolus..., 27v, lns. 10-13). Tras de lo(s) sieculos, segn losealamos antes, slo hay un punto que probablemente indicara una pausa (lo que hoy repre-sentaramos por una coma) y el lugar de la anticadencia de toda la unidad fontica (el frag-mento abunda, ya se habr visto, en este tipo de puntuacin, cuyo papel consista seguramen-te en separar grupos fnicos). La aclamacin amem, como queda tambin dicho, no figura enese lugar, tras de lo(s) sieculos, de acuerdo con el texto latino paralelo. Y la expresin que en-cabeza la segunda parte, facanos, presenta f- minscula inicial, lo que constituye, a mi enten-der, el argumento de mayor peso a la hora de descartar la ampliamente aceptada interpretacinbimembre y, tambin, de suscribir la unitaria que aqu defiendo. En fin, debo insistir en ello,CLAUDIO GARCA TURZA306el desiderativo amem, en consonancia con la estructura de cualquier clase de plegaria autno-ma, cierra la piadosa invocacin.4.2. Ahora bien, esta oracin, as como la del modelo latino, no tiene, a mi ver, la es-tructura interna de doxologa que se le atribuye generalmente. Sus rasgos doxolgicos, de ala-banza a la Trinidad que, obviamente, s estn presentes, son claramente complementa-rios. La naturaleza de este texto romance corresponde ms bien a la propia de una oracinunitaria, insisto, a la de una peticin, ante quien es el Omnipotente, de la concesin de llevara buen trmino, con intencin recta, una obra o servicio, mediante la ayuda concreta, el subsi-dio especial de Jesucristo, que con el Padre y el Espritu Santo est investido de gloria y po-der. Una especie, en suma, de splica laudatoria.4.3. El principal problema que encierra esta clusula atae a la naturaleza textual de esaprimera parte tradicionalmente considerada como la doxologa. Cabe, en efecto, interpretarlaas se viene haciendo mayoritariamente de dos formas radicalmente distintas. Para mu-chos especialistas, vendra a ser un ejercicio de traduccin y parfrasis de la deprecacin lati-na que cierra el sermn de Cesreo, una estudiada amplificacin debida al inters enfatizador;aquella tcnica expresiva que constituy un molde muy socorrido en la labor traductora y glo-sadora de la Edad Media y, particularmente, en la elaboracin de los textos de la liturgia cris-tiana. Para otros, se tratara, ms bien, de una traduccin adulterada o, mejor an, inconscien-temente viciada; aquella que, merced al hbito mental adquirido por el glosador, secontaminara de los recursos propios de la tcnica del traductor y originara, en consecuencia,varias frases romances artificiosas. Frases que no se corresponden, segn ellos, con ningunarealidad lingstica genuina sino que, al reconstruir factores que el uso normal y correcto dejatcitos, configuran en realidad una especie de jerga pseudopedaggica. El mejor ejemplo aeste respecto, para los defensores de esta interpretacin, lo proporcionan las dos oraciones derelativo coordinadas qual dueno get ena honore equal duenno tienet ela mandatjone. En ellasese hbito de explicitar referentes, que, con el propsito fundamental de la ejercitacin en lalengua latina, ya haba dejado su huella, en su opinin, en la reconstruccin cui (domino) esthonor et (cui domino est) Imperium, surte efectos tambin en la configuracin de unas frmu-las romances con estructura similar.Ahora bien, a mi entender, la secuencia doxolgica en cuestin, por los argumentos, so-bre todo, paleogrficos que he expuesto antes, no obedece a ningn propsito glosador, de tra-duccin o de ejercitacin en el aprendizaje del latn. Esta problemtica frmula, y con mayorrazn el texto restante de la acotacin romance, no es propiamente una glosa ni un testimoniode la metodologa empleada en la enseanza de la lengua latina. Es sencillamente, a mi juicio,una simple copia, elaborada, eso s, con decisin, regularidad, limpieza y hasta cierto pruritoortogrfico, de la primera parte de una plegaria. Plegaria, al parecer, bien conocida en el m-bito monstico y que podra explicarse como resultado, a su vez, de una traduccin parafrsti-ca cuya gnesis y evolucin desconocemos. Plegaria que bien podra haber sido una oracinde ofrecimiento de una obra concreta, habitual en el recinto del claustro, suscitada por las pa-labras finales de una pltica ante el comienzo de la copia inmediata de otra (hace al caso estaantigua amonestacin: En el comieno de cada obra, segund la opinin de los antiqussimose christianssimos doctores e de los modernos, el auxilio diuino se deue pedir, por que la obrao intinin buena con que se haze se protraygua a buen fin, ca syn este adjutorio [el subraya-do es mo] del sumo bien ninguna rrazn se entiende. a. 1500 NEZ FERRN TractadoAmiiia (1906) 37, apud DHLE, s. v. adjutorio), o, lo que parece ms probable, un tipo debendicin hecha sobre los fieles, o sobre los monjes, por el predicador al finalizar el sermn.LA GLOSA 89 DEL EM. 60, EL PRIMER VAGIDO DEL ESPAOL 307Pero conviene subrayarlo: son cosas esencialmente distintas, sobre todo, un ejercicio detraduccin adulterado por toda suerte de ardides pedaggicos propios de un escolar (maestroo discpulo) y una frmula ritual eclesistica. En el primer caso, estaramos ante un excepcio-nal ejemplo de jerga de principiantes, un texto de notable inters en el estudio de la historia dela enseanza gramatical, pero lingsticamente trastrocado desde el momento en que las pro-pias tcnicas de la traduccin habran adquirido dimensin textual en el fragmento traducido.Y en el segundo, en cambio, nos hallaramos en presencia del primer texto romance amplio,enhebrado en sentido, bien meditado y asumido en mayor o menor grado por los hablantes dela poca, el primer testimonio relativamente extenso y rico de un registro real del espaol.5. Un registro real del espaol. Subrayo estas palabras. Pero en modo alguno, la lenguavulgar materna, el seglar lenguaje, como dira Berceo. No, vista en su conjunto, la glosaemilianense 89, el primer vagido del espaol, no es el mejor testimonio antiguo del romnpaladino (de nuevo, Berceo), de aquel en qual suele el pueblo fablar con so vecino. Me fal-tan conocimientos y argumentacin slida para decidirme por una explicacin determinada dela gnesis y el desarrollo de este texto tan complejo en todos los planos, incluido el lingsti-co. Y por ello, me parece que lo ms prudente por el momento es evitar el adentrarme en el te-rreno resbaladizo de las conjeturas. Pero lo que s constituye una evidencia es que en esta ple-garia conviven fenmenos abiertamente populares e innovadores junto a otros de uso msrestringido y conservadores. Romn paladino son las soluciones fonticas de tienet, nuestro,duen(n)o, qual y tal. Al romn paladino pertenecen los resultados morfofonolgicos cono, ela,ena, get, facanos, fere, ke y denante. Especfico de esa misma lengua funcional es la elimina-cin del genitivo latino saeculorum por la construccin con de, delosieculos, y el orden de pa-labras que hallamos en los sintagmas Cono alutorio nuestro dueno (en otros lugares del Em 60figura la expresin latina correspondiente cum dei adlutorio), tienet ela mandatjone o get enahonore. Y en especial, roman paladino es la determinacin con el artculo (*lo, *los en lasamalgamas cono, enos; *la en la correspondiente ena; ela y elos o los en delosieculos), la co-rrelacin sintctica tal...ke, con la cual se expresa la subordinacin consecutiva y el importan-te desplazamiento del sujeto del infinitivo nos a la rbita sintctica del verbo principal, fca-nos, con funcin de objeto indirecto. No es poco, y para quienes nos dedicamos a la bsquedade las inconmensurables minucias del espaol primitivo, hay aqu un manadero excepcional,nico, de conocimientos.Pero tambin toda una siembra de formas y expresiones diferentes, en mayor o menor gra-do, de las propias del habla popular. As, ninguno de mis colegas ha logrado probar an quelas soluciones grficas de alutorio, salbatore, patre, spiritu sancto, sieculos y gaudioso(s) res-pondan, sin duda, a la pronunciacin de las gentes llanas de aquel tiempo. Adems, como yalo hemos comentado antes, hay quien considera que los sintagmas get ena honore y enos sie-culos de los sieculos, por su similitud con el esquema e s s e + dativo, en el primer caso, y porel empleo de la preposicin en en lugar de por, en el segundo, presentan una estructuracin la-tina y no romnica. Por otra parte, quin se opondra a rechazar el testimonio de resto sintc-tico de caso oblicuo sin preposicin, aIutorio nuestro dueno, y la doble amplificacin ex-presiva, qual dueno...equal duenno y cono patre cono spiritu sancto, como manifestacionespropias de un registro popular? Pero hay ms, bastantes ms fenmenos que deforman el per-fil idiomtico de un romance que querramos genuinamente paladino. Ntese la presenciade la h- inicial de honore, que ya desde el latn clsico no representaba sonido alguno y cuyaprdida constituye precisamente una de las caractersticas especficas de los textos hispanosaltomedievales. Represe as mismo en la desinencia latina -mus de la forma verbal segamus,que necesariamente debe reproducirse as (cfr. supra), y en el latinismo crudo deus omnipo-CLAUDIO GARCA TURZA308tens (o deus omnipotes, variante admisible tambin a partir de la abreviatura). Pero, sobretodo, debemos valorar en su dimensin inequvocamente latinizante, por un lado, la coloca-cin del verbo al fin de la oracin (lo que ocurre dos veces: como pieza terminal de la cons-truccin causativa, facanos...fere, y en posicin final absoluta de la plegaria, gaudioso sega-mus) y, por otro, la presencia relevante de alutorio, mandatjone y gaudioso(s), tres cultismoscrasos o tres latinismos de honda raigambre en el bajo latn espaol levemente alterados por eluso oral en un contexto romance.6. Quemo enospillu noke non quemo eno uello como la imagen reflejada en el espejo,fielmente; y no como la figura que reflecta la pupila, deformadamente, as deseamos conocerlos diferentes aspectos, tan interesantes como problemticos, que presentan las glosas y losglosarios emilianenses. Nos anima, seguramente, un deseo anlogo al que debi de acompa-ar en lo profundo de sus querencias intelectuales al creador de la glosa emilianense 115 (pa-radigma destacado, a su vez, de dificultades de lectura e interpretativas) que acabo de trans-cribir. Y puesto que el propsito del saber iluminado por la objetividad, sin especiessucedneas nacidas de la fascinacin sentimental, ha de gobernar toda actividad genuinamen-te cientfica, el estudio de los glosarios y de las glosas de la Cogolla, de alcance efectivo y sim-blico tan relevantes en el conocimiento de la poca inicial de la lengua espaola, habr demantenerse en alerta constante para evitar las sombras de la tergiversacin y de la reduccinfenomenolgica que tanto pueden daar a la investigacin cientfica. Tal fue el principio querigi ininterrumpidamente las pretensiones de mi hermano Javier y las mas propias al editar,estudiar y valorar el cdice emilianense 46 de la RAH de Madrid, glosario de origen inequ-vocamente riojano, terminado de transcribir el 13 de junio del ao 964, y que, precisamentepor esa antigedad, por su contenido y por su misma naturaleza lexicogrfica, recoge los pri-meros testimonios de un registro popular del romance hispnico, conscientemente contra-puesto a otro ms culto o menos usual. Y tal es la pauta que intentamos seguir en la investiga-cin del manuscrito emilianense 31 de la RAH, de inters incluso superior para la filologaespaola y romnica en general, que muy pronto daremos a la luz.La publicacin en los ltimos aos de teoras enfrentadas y la proliferacin de conjeturas,mejor o peor fundamentadas, sobrecargan de dosis enigmticas a numerosos aspectos impor-tantes de estas perlas lingsticas ante nuestra perplejidad y limitacin cientficas. Todo ello,conviene subrayarlo, unido a la necesidad, todava apremiante, de estudios verdaderamenteprofundos y realmente interdisciplinarios. Comenzando por el Em. 60 (en concreto, as lo te-nemos programado, abordaremos por vez primera en detalle la paleografa de la totalidad deltexto latino de base. Texto latino que tambin contiene, por cierto, alguna preciosa adherenciaromnica. Acabo de descubrir, por ejemplo, en el folio 79v el importante eslabn vulgar com-mere, antecedente inmediato del verbo, slo ibrico, comer: Nemo In conuibio suo cogat[incite] alterum bibere aut commere plus quam oportet, ne per ebrietatem, suam et illius ani-mam perdat. A partir de ahora, en los diccionarios etimolgicos, habr que liberar del pre-ceptivo asterisco a la variante hipottica *comere, as como ponderar la originalidad e intersde la versin hispana del sermn XIII de San Cesreo). Muchos son los caminos cientficos quellevan al principio de la realidad. En nuestro caso, de la verdadera realidad histrica del mo-nasterio emilianense y de su produccin filolgica. Tantos como enfoques. Y precisamente laconjuncin de las diferencias aspectuales facilita, en lo humano, una adecuacin del conoci-miento ms ajustada a esa realidad que se analiza.Con sinceridad, hoy por hoy necesitamos ms certezas y menos ganga conjetural. Comocientficos, conscientes de la existencia de tantas fuentes inditas o inexploradas, de tanto te-rreno sin roturar, no deben bastarnos los indicios y las verosimilitudes (pienso especialmenteLA GLOSA 89 DEL EM. 60, EL PRIMER VAGIDO DEL ESPAOL 309en los cdices con glosas de todos los escritorios riojanos, cuya edicin y estudio se est yaelaborando dentro de los distintos proyectos filolgicos de la Fundacin San Milln de la Co-golla, que yo mismo dirijo. En el Vigilano de Albelda, por ejemplo, he descubierto reciente-mente y muy en breve las publicar varias glosas romnicas, tan antiguas, al menos,como las emilianenses). Hemos de aspirar a la confirmacin objetiva de las hiptesis. Y paraello, se precisan, insisto, estudios monogrficos e interdisciplinarios. En el fondo, filologa,autntica filologa. Sin ella resulta imposible conocer y fijar bien nuestros ricos y complejostextos hispnicos. Y no slo los emilianenses ni los riojanos.CLAUDIO GARCA TURZA310

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