J.R. Wilcock - Sexto

  • Published on
    29-Oct-2015

  • View
    83

  • Download
    3

Embed Size (px)

Transcript

<ul><li><p>Juan Rodolfo Wilcock </p><p>S E X T O </p></li><li><p>Hae Puellae 3 </p><p>ONCE SONETOS 5 </p><p>1 6 2 (habla una paloma) 7 3 8 4 9 5 10 6 11 7 12 8 13 9 14 10 15 11 16 </p><p>EL TRIUNFO DEL TIEMPO 17 </p><p>TEMAS 23 </p><p>Despus de la traicin 24 En la orilla 26 * 30 * 32 * 33 * 34 * 35 * 36 Habla Vicente Yez Pinzn 37 Artemisa en la fuente 39 Temas 41 </p><p>EPITALAMIO 44 </p><p>Proemio 45 1. Primer Encuentro 46 2. Pastoral 46 3. Ruego al Azar 48 4. Nocturno 48 5. Jardn Botnico 49 6. Uspallata 50 7. Final 51 </p></li><li><p>HAE PUELLAE </p><p>Como un viajero persa cautivo en tierra escita, ms solo entre los brbaros que Simen Estilita, escucho en la azotea de mi casa el llamado lejano de unos pjaros sobre un cielo dorado que buscan en los juncos del Nilo su alimento; oigo hablar de las Cicladas y no s si es el viento o pies que huyen desnudos al sol sobre la arena entre restos de espuma que el viento desordena. Son ellas, sin embargo, las mujeres del mar que en las calles del centro oigo a veces cantar detrs de las dos Drsenas y de la Costanera, cuando el invierno arrastra sus trapos por la acera; las verdaderas dueas del collar de Teodora, las eternas sopranos, la familia escultora, las santas que escriban Xristo en las catacumbas y adornaban con peces las tapas de las tumbas, las nicas personas que vivieron en Ur, las alegres cretenses que no pisan el Sur; hijas de la memoria con flautas y banderas </p></li><li><p>que en la noche sin trmino recorren las praderas donde los unicornios fornican con leones y las reinas con bestias de grandes proporciones, anotando en cuadernos que la sombra pervierte fragmentos del coloquio del hombre con la muerte; caritides sin manos de las quintas latinas, musas que lame el humo del tiempo entre las ruinas. </p></li><li><p>O n c e S o n e t o s </p></li><li><p>1 </p><p>Iban por el jardn, y l discerna en la fosforescencia circunstante los sentimientos de su acompaante; iban por la avenida ms sombra </p><p>bajo el vapor azul que descenda desde el ramaje azul de la fluctuante noche hmeda de enero sofocante que un relmpago lejos encenda. </p><p>No sumaban treinta aos, y el instinto les dio a entender que era mejor sentarse sobre el declive de un cantero oscuro. </p><p>Y se tocaron, y en el laberinto entraron que no puede devanarse de la repeticin y de lo impuro. </p></li><li><p>2 (HABLA UNA PALOMA) </p><p>En la maana fresca ambulativa sobrevol un islote cenagoso; los olivos brillaban, y en un pozo tres personas flotaban boca arriba. </p><p>Traje una rama a la nauseante estiba; entr posada en un tapir o un oso y con voz de animal clam en el foso: El mvil cueo al Ararat arriba. </p><p>Pronto saldremos bestias navegantes, sin ms recuerdos de esta sociedad que nos produjo tantos ascos antes. </p><p>Como en la crcel, la promiscuidad form lazos que no han de mantenerse cuando el establo en tierra se disperse. </p></li><li><p>3 </p><p>En ti pienso de noche, alma querida; cierro los ojos en la sombra y siento el constelado y fabuloso viento del ter que me arrastra en su cada; </p><p>el ter sideral donde impelida te uniste a mi arbitrario movimiento, alma de tan virtuoso sentimiento, y en todo instante de piedad vestida. </p><p>Pienso: el premio de haberte conocido es por algo que an no he cometido y que un gran dios aguarda con orgullo; </p><p>un dios que remunera de antemano al permitir que sea un mero humano eternamente, eternamente tuyo. </p></li><li><p>4 </p><p>Cmo tarda en llegar la primavera! Quisiera descender por un camino desierto en el silencio vespertino; ir a un ro, sentarme en su ribera. </p><p>Convaleciente en un jardn, quisiera escuchar ese pjaro argentino que repite su canto clandestino bajo las sombras de la enredadera. </p><p>Reconocer entre los parasos palabras de olvidada seduccin que se alejan, aromas imprecisos; </p><p>y hundiendo el rostro en una flor dorada sentir cmo renace la estacin, vacilante, amarilla, apasionada. </p></li><li><p>5 </p><p>Una prvula luna, un cielo raso se hunden con lentitud al ras del viento, mientras la niebla gris en movimiento entre el mar de las frondas se abre paso. </p><p>Solo y tranquilo junto al fuego escaso que ilumina de rosa el aposento, miro subir la noche al firmamento como un pjaro que huye del ocaso. </p><p>Y miro descender en m la calma en esta hora que habla a los sentidos slo de cosas que hacen bien al alma: </p><p>del gran silencio, y de mi amor distante que es como el resplandor que a los perdidos </p><p>(el ltimo verso falta en la edicin impresa) </p></li><li><p>6 </p><p>Ramajes de la noche susurrante, flores violetas del jacarand, palmeras, no desaparecer vuestra forma, ni el cielo de este instante. </p><p>Perduraris, oh cspedes; radiante vuestra imagen que el tiempo eludir ser ms verde; este paisaje est en el mbito inscripto de un diamante. </p><p>Plumaje de las drades, morada de diminutos pjaros dispersos, para siempre os invocan estos versos: </p><p>Permaneced, jardines, deleitad ramas el aire, flores la mirada, adornando esta altiva soledad. </p></li><li><p>7 </p><p>Es el fondo del mar, es un cristal azulado y fluctuante en cadenciosas ondas oscuras de hojas y de rosas que oscilan en el aire inmaterial. </p><p>Y la luna desciende a un manantial; el roco, las aves silenciosas, las cintas olvidadas por las diosas entre la hierba, oh noche espiritual, </p><p>hondo techo de estrellas, firmamento sobre la vaguedad del universo, mbito donde nace el pensamiento! </p><p>Confundido en las sombras soy un alma; acostado en la tierra me disperso en las ondulaciones de la calma. </p></li><li><p>8 </p><p>Casi no s de quin son estas manos, las manos que acarician tus mejillas; son las que en otras tardes amarillas arrancaban la flor de los manzanos, </p><p>las que en los mediodas suburbanos se hundan en las hmedas gramillas, las de un joven absorto en las orillas del Tigre ante unos lamos, mis manos? </p><p>En este ntimo nimbo que es la espuma de Venus verde y rosa entre la bruma s que stas son las manos de tu amante; </p><p>pero no s cmo unir este instante en que me siento agudamente vivo con las horas de un Wilcock primitivo. </p></li><li><p>9 </p><p>En las llamas del sol las mariposas rutilan sobre el agua iluminada que fluye de la fuente a la explanada bajo el ardor del cielo y de las rosas. </p><p>De las enredaderas luminosas desdeando la sombra delicada, ves de una nube azul que se traslada la forma diseada en las baldosas. </p><p>Y entre las ondas del follaje infiero oh ngel inaccesiblemente rosa del jardn de la luz del mes de enero </p><p>que el laberinto de tus movimientos y la tarde traslcida y sinuosa se esfuman al influjo de los vientos. </p></li><li><p>10 </p><p>Canta en el sol detrs de las persianas un mirlo entre guirnaldas abstrado como la intermitencia del sonido del mar sobre las playas suburbanas. </p><p>Silenciosas, simtricas maanas y tardes de un calor desconocido, con qu insidia despus que alguien se ha ido persisten las bellezas cotidianas! </p><p>Me exilar en el rayo solitario que penetra el cristal de tu retrato con su fulgor de flor en un santuario, </p><p>junto al ngel ausente, prisionero del furor exterior verde e insensato del mar y el aire de oro de febrero. </p></li><li><p>11 </p><p>Dnde estarn las fuentes divergentes de los verdes Jardines Suspendidos, los cien puales de metal perdidos que usaron las Danaides impacientes? </p><p>Qu fue del rey Atila y sus sirvientes en un mismo sepulcro sumergidos? Dnde ruedan los mrmoles rodos de Atlntida, sus templos transparentes? </p><p>Las manzanas doradas de la Hesperia, la ctara de Orfeo persuasiva, no se han trocado en polvo y en miseria? </p><p>Todo se lleva el tiempo en su victoria; y el pensamiento, como la materia, se dispersa en el viento de la historia. </p></li><li><p>E l t r i u n f o d e l t i e m p o </p></li><li><p>El aire se llen de hojas desiertas; un vaho penetrante y conocido vuelve ms hondo y mrbido el sonido del viento que desciende de las huertas, el ruido de estos pasos apagados en los viejos senderos mal cuidados. </p><p>Esta es la ltima vez, la ltima vez, preciados laberintos de una quinta, que ocultaris nuestra pasin extinta con ramas de eucalipto y de ciprs; no llorar en otro lugar: prometo que mi dolor ser vuestro secreto. </p><p>Luego dividiremos nuestras almas; pero hoy, que todava estn reunidas, discurramos por estas avenidas oscuras en la sombra de las palmas; antes de separarnos como extraos, hablemos de este triunfo de los aos. </p><p>Antes de ser dos almas solitarias que guardan una flor desvanecida en el libro inconcluso de su vida, y que en las lentas tardes sedentarias aspiran un perfume que no existe sobre su texto oscuramente triste. </p><p>Hablemos de esos das custodiados </p></li><li><p>por las estatuas de las galeras y las primeras lilas; de esos das con firmamentos aterciopelados donde yo exttico e inmortal vea tu rostro semejante a la armona. </p><p>Cmo me conmova tu belleza que hoy enciende el crepsculo rosado! Oh amor, mi amor, por qu habrs clausurado mis ojos con un sello de tristeza para que nunca vuelva a contemplarte, ciego en la luz, frentico de amarte! </p><p>Por qu no se enlazaron nuestros pasos como estas huellas dobles en la arena que el pie de los amantes encadena con imborrables, permanentes trazos; por qu no fuimos en un mundo breve lo nico que nunca se conmueve? </p><p>No pasearemos ms por las veredas desiertas en la noche y perfumadas, no se unirn las sombras alargadas de nuestras manos en las alamedas que un oscuro temblor estremeca. Oh amor, qu hiriente es la melancola! </p><p>El mundo pudo ser tan diferente si me hubieras amado. Nunca ms </p></li><li><p>en un jardn te reconocers, ni en el agua ondulada de una fuente; no admirars los das desiguales, ni el rastro de la lluvia en los cristales. </p><p>yo no alzar ms la cara al cielo; no podr contemplarlo, si no me amas; intilmente se unirn las ramas y movern sus sombras sobre el suelo. No existirn sus sombras vacilantes cuando t ests besando a otros amantes. </p><p>Ves, la tarde me ofrece sus colores para aureolar la imagen que me queda de tu rostro a travs de la arboleda; as te evocar junto a estas flores, y as, donde te he amado tiernamente, persistirs en tu esplendor presente. </p><p>Pero esta mano, al sol ms luminosa que el vivido follaje transparente, nunca ms sentir lo que ahora siente junto a la tuya; no, ni en una rosa de ptalos abiertos, ni en un ro que fluye lentamente en el esto. </p><p>Y nunca ms mis labios entreabiertos ante las ruinas de mi adoracin, sabrn reproducir otra versin </p></li><li><p>de esos atardeceres inexpertos, de esas conversaciones frente a un piano en las noches tranquilas de verano. </p><p>La luna morir y renacer tantas veces en vano ante mi puerta, y una terraza encontrar desierta donde tu nombre sin embargo est, entre la hiedra, en un lugar oscuro, escrito con un lpiz sobre el muro. </p><p>S, los amores no son nunca eternos, son breves como vnculos mortales; pero nosotros, tan espirituales, debimos como el fnix desprendernos de lo perecedero y renacer con el mismo fervor y el mismo ser. </p><p>De los hombres el paso inmemorable no dejar una huella que los vientos no consigan borrar; sus movimientos son la trama del aire inapresable; no quedarn sus diarios pormenores, sus retratos, sus voces, sus temores. </p><p>Apenas de esa furia soolienta donde ruedan los reinos y el honor, a veces queda el rostro del amor como un fantasma sobre la tormenta, </p></li><li><p>que nada material mueve ni apura porque est hecho de algo que perdura. </p><p>Pero t, que entre rayos irisados me muestras tu belleza primordial, no quisiste mirar ese cristal donde alguien nos vera reflejados sobre todas las ruinas de los hombres uniendo en una cinta nuestros nombres. </p><p>T rechazaste la inmortalidad; siempre sers, junto a esa balaustrada la inspiracin que pasa innominada entre mis versos a la eternidad; y en los ciclos del tiempo ignorarn quin fuiste, las personas que vendrn. </p><p>Slo yo que contemplo tu hermosura en esta tarde rosa feneciente, y que as me arrodillo, de repente, como un antiguo amante en su escultura, como Tristn cuando miraba el mar, slo yo podr verte sin cambiar. </p><p>Ven: ya se ha puesto el sol entre esas casas, y la humedad desciende lentamente; ven a evocar nuestra pasin ausente, los dilogos pausados en las plazas, la sombra de las hojas en tu cara. Como si nada an nos separara. </p></li><li><p>T e m a s </p></li><li><p>DESPUS DE LA TRAICIN </p><p>Recuerdas, mi alma, ese rbol favorito? Verdes eran las tardes a su lado; mralo ahora en polvo trasformado por los relmpagos de tu delito. </p><p>Recuerdas a tu amante en las perfectas penumbras del jardn iridiscente? Ya no murmurars trmulamente en sus labios tus frases predilectas. </p><p>Ah nunca ms la voz con que cautivas ser veraz para el desposedo, ni tu arrepentimiento fementido lo enlazar en sus ondas persuasivas! </p><p>Lejos del aire de oro que respiras, lejos del cielo que estars creando, morir como un nio, preguntando por qu lo traicionaron con mentiras. </p></li><li><p> Y se besaban en la boca, audaces! Junto a mis libros, junto a mi retrato celebraban su ertico contrato, tal vez desnudos, y tal vez locuaces! </p><p>Quiero irme por cerleas galeras en un barco, entre ros constelados, quiero alejarme de esos depravados, hundirme en grutas hmedas y umbras; </p><p>y aprender a olvidar, mientras inscribo en las arenas por el mar lavadas o en paredes de conchas incrustadas este falso epitafio acusativo: </p><p>Aqu muri un amante traicionado; aqu, donde la aurora tornasola las piedras y la espuma de la ola, en la entrada del antro, est enterrado. </p></li><li><p>EN LA ORILLA </p><p>Reclinando la cabeza sobre una piedra amarilla miras el agua que brilla, y yo miro tu belleza, mientras la sombra progresa de una nube sobre el ro; yo soy el hombre sombro que siempre te adorar, no en vano enlazado est tu destino con el mo. </p><p>Como un rey enamorado que admira el vuelo insumiso de un ave del paraso en un parque abandonado, como un dios que ha resignado su poder por un diamante donde el perfil de su amante aparece en la penumbra, </p></li><li><p>as mi alma se deslumbra frente a tu rostro cambiante. </p><p>Vrgenes transfiguradas, princesas con aureolas que viajan entre las olas, relmpagos, llamaradas de ciudades incendiadas, ramajes de verde palma dibujados en la calma de los crepsculos rojos, es lo que veo en tus ojos como una imagen de tu alma. </p><p>Esta soledad preciosa que me otorga tu presencia en toda su iridiscencia infantil y luminosa, como una nica rosa se despliega bajo el cielo; yo estoy sentado en el suelo mientras miro lentamente tu mirada transparente, tu frente pura y tu pelo. </p><p>Qu hacamos separados cuando no nos conocamos y en silencio discurramos por jardines clausurados? </p></li><li><p>Yo buscaba en todos lados una voz como tu voz; </p><p>dnde estbamos los dos, cuando todo nos reuna, esperando la tarda condescendencia de Dios? </p><p>Qu oscuras admiraciones vertan en mi existencia una ociosa somnolencia, y calmaban mis pasiones con errneas seducciones? Lejos de la verdadera divinidad slo era feliz como un animal, y la luz espiritual no penetraba en mi esfera. </p><p>A esa regin rutilante que hay detrs de tu mirada, mi exaltacin me traslada: djame entrar, soy tu amante, soy tu igual, tu semejante; y t eres firmamento, en cuyo etreo elemento se confunde la armona de la antigua poesa con la msica del viento. </p></li><li><p>Dulces, dulces son tus manos enlazadas con las mas; dulces son las galeras de l...</p></li></ul>