El médico y el santero

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    30-Jun-2015

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<p>EL MDICO Y EL SANTERO Jos M ara Dvila</p> <p>a Dvertencia</p> <p>E</p> <p>sto que sigue, que optimistamente esperamos leis, ha querido ser una novela. Quizs el tema (vidas cruzadas o vidas paralelas) sea tan antiguo y tan choteado como la mana de escribir, pero es innegable que, quien se da a estos menesteres, se arriesga a todo con tal de producir un volumen ms o menos o grueso y ms o menos aceptable. Pues bien: decimos que se trata de una novela y confiamos, oh, amable lector, oh, crtico despiadado, en que, considerndola como tal, no le atribuyis al autor ninguno de los juicios, palabras, actos y resultados finales de cualquiera de los personajes. Nos consta que el autor, viejo conocido nuestro, piensa y obra de muy diferente manera, ms mala que lo bueno y ms buena que lo malo de los susodichos personajes. En cuanto al estilo, la pulcritud, el idioma, la calidad literaria y el valor intrnseco del libro, s os creemos con derecho de pensar, decir, publicar y hasta reclamar todo lo que os venga en gana. Varios amigos del autor</p> <p>409</p> <p>El mdico y El santEro</p> <p>PRIMERA PARTE</p> <p>L</p> <p>os dos fueron coetneos y casi vecinos desde su llegada al mundo. Marianito vio, como primera, la luz mortecina de una lamparilla de aceite, encendida para gloria y regocijo de San Joaqun y Santa Ana, y no para ayuda del mdico pueblerino y de la comadrona astrosa, que actuaban confiando ms en los dedos que en los ojos. Si mal no recuerdo, el acontecimiento debe haber tenido lugar all por el ao de gracia de 1876, primero del advenimiento al trono de su cuasi majestad don Porfirio Daz y anterior inmediato al de la promesa inicial de la tan decantada y tan raramente cumplida no reeleccin. Fue un parto natural; demasiado natural. Casi no hubieran sido necesarios los servicios profesionales del galeno, ni el aejo empirismo de la partera. La buena seora que echaba un nuevo ser a este Valle de Lgrimas, no era ni delicada, ni medrosa, ni tierna, ni primeriza. El retoo vena ocupando ms o menos el cuarto o el quinto lugar en escala cronolgica y llegaba con la puntualidad, desparpajo y buen modo con que se presentan a diario los periodistas y los burcratas en las cantinas ms cercanas a sus respectivas oficinas o redacciones. Se trataba de un alumbramiento perfecto: espontneo, de trmino normal, eutcico y natural segn dijera el doctor discpulo de Hipcrates. El futuro colega de ste se presentaba (sin protestar por el chocante apodo de Feto que inmisericordemente le aplicaban) de la mejor manera: sin languidez ni distocia alguna para el acto, en la cmoda postura de vrtice occipitofrontal y bajo el411El mdico y El santEro</p> <p>clsico ritmo de los diez tiempos. Poco dur el quejarse de la parturienta y no se alter un instante la impasible cara del progenitor que, desde su mecedora vienesa, observaba el caso con la misma tranquilidad con que observa el ganadero el parir de sus vacas lecheras. La consulta al calendario del ms antiguo Galvn revel que el intruso traa en su etiqueta un nombre bastante raro, antimnemnico y difcil de pronunciar, y se convino en un prximo bautizo en el que las sacras aguas, los leos, la saliva cural y la sal de Colima, grabaran ms indeleblemente que el mejor tatuaje, uno ms sencillo y normal: Mariano.</p> <p>El otro no arrib tan fcilmente. Trajo consigo dolores y peligros, lgrimas y gastos, desesperacin y sangre. Pero en cambio, todas las parientas y comadres de la mam que, moqueando y jeremiqueando daban ms pena que la sufrida seora, estaban acordes en decir y profetizar que el mueco tendra la gran suerte, puesto que haba cado parado!. Parado, s. Haba nacido con mil dificultades y despus de presentar el hombro, las nalgas y un brazo; pero tras de cien manipulaciones, posturas, cortadas, consultas y desesperos, vino a salir descaradamente de pie. Amoratado, casi negro, sin respiracin y con el cordn umbilical anudado al cuello, fue un milagro que el doctor le salvara la vida a fuerza de nalgadas y movimientos bruscos. Vivi, y en cuanto sus primeros vagidos anunciaban el triunfo de la ciencia y del esfuerzo, ya estaba sobre l el seor cura (llamado in artculo mortis y pronto a sustituir por los menesteres bautismales los ociosos leos de la extremauncin) trocando el fnebre y desolado requiescant in pace por el prometedor pheta! Aqu s parece que no hubo premeditacin al aplicar el nombre; tal vez la urgencia del caso hizo olvidar el consabido rengln de un futuro directorio telefnico, mudando la simple y usual estructura de un Juan, un Pedro, un Luis o un Manuel, por el onomstico que en el calendario de pared se lea bajo el terrible apodo de: Rufiniano; perteneciente a alguno de los tres bienaventurados</p> <p>Jos mara dvila</p> <p>412</p> <p>que el santoral menciona y que, en el caso de nuestro pequeo Rufis, como despus se le llam, no sabemos si corresponda al reverendo obispo de la Iglesia de Bayeux (tierra del famoso aguardiente de naranja) o al mrtir del siglo IV, o al hijo del rey de Libia (antes de Wavell, Rommel y Auschinleck). Marianito y Rufis entraron a la vida; uno en Aguascalientes, Barrio de San Marcos, y otro en San Luis Potos, Barrio de Tequisquipam. El primero, encomendado a los cuidados de un hombrachn corpulento, bigotudo, mal hablado, atezado por los soles reverberantes de las yermas estepas zacatecanas en su profesin arriesgada y viril: la de comerciante-arriero, que haca los servicios de transporte y compraventa de mercaderas entre las regiones vecinas de Los Altos, en Jalisco, las de Silao y Len, en Guanajuato, y las de San Luis, Zacatecas y su hidroclida residencia; hombrachn que era nada menos que su padre, y a la cariosa atencin de la mam: seora en toda la extensin de la palabra, descendiente inconfundible de las puras razas vascongadas que haban dejado impolutas las caractersticas de estatura, blancura de la piel, azul oscuro de los ojos y vigor fsico que casi igualaba al del cnyuge. El medio social de esta familia no era, ni la aristocracia que empezaba a formarse con la ranciedad y vacuidad que an se nota entre la cursilera de nuestras provincias, ni el de las clases pobres que, hoy como entonces, se aglomeran en las vecindades y se tropiezan en las callejuelas de los mercados o en las puertas de las pulqueras y tendajones. Dueo de una gran recua mular y de no pocos carros y guayines, el jefe de la familia de Marianito posea tambin un casern inmenso, frente a frente del hermoso jardn sanmarqueo y cerca de la iglesia que anualmente serva y sigue sirviendo de pretexto, con su benvolo patronato incluso, a los ms dismbolos y menos honestos regocijos, que ponen en peligro la salvacin eterna del pueblo santurrn. Un casern colonial que ocupaba casi media manzana, construido tal vez a fines del siglo XVII, en los tiempos en que brillaban los pinceles de Andrs Lpez y de Jos de Alzbar, en el estilo macizo, pesado y ostentoso, aunque achaparrado y vulgarn, con que los ricachos mineros de la poca pretendan imitar, sin los consejos sabios del arquitecto, las construcciones que los franciscanos</p> <p>413</p> <p>El mdico y El santEro</p> <p>haban erigido, o los edificios que albergaban a las autoridades del gobierno o a la casa de moneda. Fachada de piedra rosa de las canteras vecinas, de un solo cuerpo; ocho o diez ventanas, gruesamente enrejadas desde el nivel de la acera; canalones tambin de piedra y, a guisa de caones, para drenar las extensas azoteas y un inmenso portaln, con portillo y torno, tallado a pura azuela de mano en dura madera de mezquite. Transpuesto este portaln y rebasado el ancho cubo del zagun, se desembocaba a un patio rodeado por tres lados de imponente arquera, cuyas dimensiones lo hacan parecer ms una plaza pblica que tranquila residencia de familia modesta. Este patio y el corraln del fondo, que usualmente albergaba a las cansadas mulas en sus tardos regresos, eran rengln semestral de renta para la familia de Marianito, cuyo padre los arrendaba, tanto en las ferias de Navidad como en las de San Marcos, del 23 de abril al 10 de mayo, estas ltimas, para establecer el palenque de gallos, que haca figurar sus peleas como nmero principal de las paganas y, al mismo tiempo, religiosas festividades. En este latifundio rosa y gris empez a crecer nuestro futuro doctor. Sus primero pasos oyeron el tropel de la mulada esperada con ansia que se volva fervorosa alegra cuando, tras del alud de bestias alazanas, bayas, retintas y zainas, llegaba orgulloso el patrn en su caballo alteo, puro de sangre como el jinete, de incuestionables ancestros rabes que se revelaban en la cabeza amplia e inteligente, el pelo suave y corto, los ojos grandes, anchos los ollares, delgado el cuello, sedosas las crines, arqueada la cola, las patas finas y las pezuas pequeas y duras. Caballo tordillo que, no obstante ser criollo legtimo de Arandas o de San Miguel, hubiera sido la envidia, no diremos del marqus de Guadalupe, sino hasta del ms atrevido y vagabundo berebere. Y cuando no eran estas escenas de montera las que destruan el montono rosa-gris del casern, eran los festejos consabidos: la feria, que traa consigo una abigarrada y absurda multitud de charros, galleros, cantadoras, tahres, vendedores, policas, muchachas bonitas, limosneros, curas y Dios sabe qu ms. El patio se barra, se regaba y se emparejaba; desapareca el polvo removido por los cascos de la recua, se alejaba un poco el olor perenne a estircol y a heno podrido, se daban vacaciones al sol,</p> <p>Jos mara dvila</p> <p>414</p> <p>ocultndolo con extensa lona, percudida y remendada y se construan, con tablas rsticas, cuerdas y soga de ixtle y sillas de tule, las graderas que rodearan el palenque de los gallos, cuidadosamente trazado en crculo, con las clsicas medidas, precisamente en el centro del local. El corraln posterior se destinaba a las galleras y a los pastores. Desde ocho das antes del comienzo de cada feria, el barrio entero despertaba con el nutrido quiquiriquear de los varios centenares de arrogantes gallinceos. El viejo deporte al que los griegos llamaban alectromachia, preparaba sus gladiadores con cuidados escrupulosos, en los que intervenan, desde la desconfianza del gallero que ocultaba cuidadosamente sus tapados, hasta la supersticin de las bendiciones y las novenas para que el giro, el cenizo o el blique, resultaran invictos. Trajn con que el nio empez a familiarizarse y que esperaba con ms ansiedad que el regalo de los Santos Reyes en la Epifana. Ruido agradable de msica, de gritos, de malas razones, de cantar de gallos y de mujeres, de chiflidos montaraces y hasta de uno que otro balazo en noches agitadas, en que la borrachera superaba a la lealtad en las apuestas. El da de las primeras peleas de compromiso era maravilloso: el coronel jefe del batalln enviaba la banda militar a tocar a la entrada del zagun desde poco despus de medioda; el gobernador haba anunciado su presencia y ya se le tena reservada una buena silla, prstamo urgente de la sacrista, en el mejor lugar del anillo, junto al asiento, entre el juez de plaza y el coronel, que vena a cobrar con chapuzas e imposiciones el alquiler de la banda. La Gran Plaza de Gallos de San Marcos se adornaba a todo lujo: candiles de aceite y mecheros de brea se alistaban por doquiera; quinqus y velas se preparaban para las peleas nocturnas; la carpa, el patio y hasta los arcos que ya pertenecan a la vivienda familiar, se llenaban de banderolas, oriflamas, estandartes, pendones, gallardetes y gonfalones de papel de china en todos los colores, pero especialmente en verde, blanco y rojo; se tejan y extendan guirnaldas de hojas frescas, de paxtle y de palma tierna; se regaba serrn teido de almagre y azarcn en el hmedo y aplanado piso y se abasteca la cantina interior de toda clase de bebidas: coac, champaa, manzanilla, tequila, mezcal, cerveza, pulque y el rico colonche de la</p> <p>415</p> <p>El mdico y El santEro</p> <p>tuna recin exprimida que, en hondas tinas de madera, espumaba sabroso, abriendo el apetito con su color de sangre fresca, apenas desvanecido por las rebanadas de pltano y el polvo de canela con que se perfumaba. En la parte trasera del palenque se levantaba un tablado para las cantadoras: guapas hembras tapatas, de falda de seda, blusa de lino bordada, rebozo de Santa Mara y zapatillas de charol, como la Chinaca, de Nervo, empuando cada una, al igual que sus acompaantes, la guitarra, el requinto, el bajo o el guitarrn, que armonizaban las valonas, los corridos, los jarabes y los valses de moda. La funcin no poda empezar sino hasta la llegada del seor gobernador que, cuando menos para estos menesteres, no era del todo impuntual. Modorro an de la breve siesta, descenda de su coche milord de capota tirada, acompaado por el coronel y por uno o dos compadres de los que ahora son conocidos como lambiscones. Gobernador y coronel revelaban a las leguas su origen soldadesco, rstico e improvisado. El primero vesta de negro, aunque en las altas y pequeas solapas el luto se destea con la presencia de impertinentes manchas de mole, de caldo de pollo o de pulque curado; un grueso bastn de puo de plata haca recordar a quien lo viera, por asociacin inmediata de ideas, la espada del oficial chinaco o ms remotamente el machete del campesino; tal era la forma en que lo manejaba. La cara morena y rugosa encuadrada bien sobre el cuello alto y tieso, que haca destacar el contraste de los bigotes y la perilla bien ralos y la corbata de plastrn. El coronel no se apeaba el uniforme y le costaba trabajo saber cundo deba dejar descansar su cabeza de cepillo del aplastado quep, que pareca un aditamento irremovible a su personalidad. Sin ceremonias entraban al palenque, la banda cesaba de tocar, pues los msicos tambin reclamaban el derecho de ver y apostar en las peleas, el juez de plaza sonaba una rajada campanilla y el gritn anunciaba el programa: Doce peleas de compromiso entre Len y Lagos, con quinientos pesos y quinientos reales; tantos a la balanza tantos tapados no hay quin retape? Va a comenzar la primera pelea, seores: aqust un gallo, traigan l otro!. Y mientras la complicada intervencin de galleros, jueces, corredores y apostadores preparaba la</p> <p>Jos mara dvila</p> <p>416</p> <p>pelea, otro gritn se lanzaba al ruedo con cuatro naipes en la mano para anunciar la rifa: Se va a rifar un bonito sarape de Saltillo al color: diez pesos el palo Coronel: pa ust guard as de espadas Noms queda el oro, qun quere el oro?. Las cantadoras hacan su nmero: un jarabe zapateado sobre el tapanco, que llenaba el ambiente de polvo, de ruido y de olores a hembra perfumada y a sudor ertico, opacando las melodas del canto y las armonas del guitarrn y las vihuelas. Luego se haca la pelea: gritones y corredores ayudaban a dejar solo el ruedo que, simblicamente, se divida con un dimetro aproximado hecho con la punta del bastn del mismsimo gobernador: la raya. De un lado se colocaba don Chendo, el gallero maoso, terror de todas las ferias y conocido en todos los rincones donde se jugaba algo o se haca algn negocio torcido. Don Chendo ensalivaba la navaja de su gallo retinto, le arrancaba plumas de la goli...</p>