El horror de Dunwich

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    05-Aug-2016

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  • El horror de DunwichH. P. Lovecraft

    Las Gorgonas, las Hidras y las Quimeras, las terrorficas leyendas deCeleno y las Arpas, pueden reproducirse en el cerebro de las mentes supersticiosas...pero ya estaban all desde mucho antes. Son meras transcripciones, tipos; losarquetipos estn dentro de nosotros y son eternos. De lo contrario, cmo podrallegar a afectarnos el relato de lo que sabemos a ciencia cierta que es falso? Serque concebimos naturalmente el terror de tales entes en tanto que pueden infligirnosun dao fsico? No, ni mucho menos! Esos terrores estn ah de antiguo. Seremontan a antes de que existiese el cuerpo humano... No precisan siquiera de l,pues habran existido igualmente... El hecho de que el miedo de que tratamos aqusea puramente espiritual -tan intenso en proporcin como sin objeto en la tierra- yque predomine en el perodo de nuestra inocente infancia, plantea problemas cuyasolucin puede aportarnos una idea de nuestra condicin previa a la venida al mundoo, cuando menos, un atisbo del tenebroso reino de la preexistencia.

    CHARLES LAMB: Witches and Other Night-Fears

    I

    Cuando el que viaja por el norte de la regin central de Massachusetts se equivoca de direccinal llegar al cruce de la carretera de Aylesbury nada ms pasar Deans Corners, ver que se adentra en unaextraa y apenas poblada comarca. El terreno se hace ms escarpado y las paredes de piedra cubiertas demaleza van encajonando cada vez ms el sinuoso camino de tierra. Los rboles de los bosques son all deunas dimensiones excesivamente grandes, y la maleza, las zarzas y la hierba alcanzan una frondosidadrara vez vista en las regiones habitadas. Por el contrario, los campos cultivados son muy escasos yridos, mientras que las pocas casas diseminadas a lo largo del camino presentan un sorprendenteaspecto uniforme de decrepitud, suciedad y ruina. Sin saber exactamente por qu, uno no se atreve apreguntar nada a las arrugadas y solitarias figuras que, de cuando en cuando, se ve escrutar desde puertasmedio derruidas o desde pendientes y rocosos prados. Esas gentes son tan silenciosas y huraas que unotiene la impresin de verse frente a un recndito enigma del que ms vale no intentar averiguar nada. Yese sentimiento de extrao desasosiego se recrudece cuando, desde un alto del camino, se divisan lasmontaas que se alzan por encima de los tupidos bosques que cubren la comarca. Las cumbres tienenuna forma demasiado ovalada y simtrica como para pensar en una naturaleza apacible y normal, y aveces pueden verse recortados con singular nitidez contra el cielo unos extraos crculos formados poraltas columnas de piedra que coronan la mayora de las cimas montaosas.

    El camino se halla cortado por barrancos y gargantas de una profundidad incierta, y los toscospuentes de madera que los salvan no ofrecen excesivas garantas al viajero. Cuando el camino inicia eldescenso, se atraviesan terrenos pantanosos que despiertan instintivamente una honda repulsin, y hastallega a invadirle al viajero una sensacin de miedo cuando, al ponerse el sol, invisibles chotacabrascomienzan a lanzar estridentes chillidos, y las lucirnagas, en anormal profusin, se aprestan a danzar alritmo bronco y atrozmente montono del horrsono croar de los sapos. Las angostas y resplandecientesaguas del curso superior del Miskatonic adquieren una extraa forma serpenteante mientras discurren alpie de las abovedadas cumbres montaosas entre las que nace.

    A medida que el viajero va acercndose a las montaas, repara ms en sus frondosas vertientesque en sus cumbres coronadas por altas piedras. Las vertientes de aquellas montaas son tan escarpadasy sombras que uno deseara que se mantuviesen a distancia, pero tiene que seguir adelante pues no haycamino que permita eludirlas. Pasado un puente cubierto puede verse un pueblecito que se encuentraagazapado entre el curso del ro y la ladera cortada a pico de Round Mountain, y el viajero se maravillaante aquel puado de techumbres de estilo holands en ruinoso estado, que hacen pensar en un perodoarquitectnico anterior al de la comarca circundante. Y cuando se acerca ms no resulta nadatranquilizador comprobar que la mayora de las casas estn desiertas y medio derruidas y que la iglesia-con el chapitel quebrado- alberga ahora el nico y destartalado establecimiento mercantil de toda laaldea. El simple paso del tenebroso tnel del puente infunde ya cierto temor, pero tampoco hay manerade evitarlo. Una vez atravesado el tnel, es difcil que a uno no le asalte la sensacin de un ligero hedoral pasar por la calle principal y ver la descomposicin y la mugre acumuladas a lo largo de siglos.Siempre resulta reconfortante salir de aquel lugar y, siguiendo el angosto camino que discurre al pie delas montaas, cruzar la llanura que se extiende una vez traspuestas las cumbres montaosas hasta volver

  • a desembocar en la carretera de Aylesbury. Una vez all, es posible que el viajero se entere de que hapasado por Dunwich.

    Apenas se ven forasteros en Dunwich, y tras los horrores padecidos en el pueblo todas lasseales que indicaban cmo llegar hasta l han desaparecido del camino. No obstante ser una regin desingular belleza, segn los cnones estticos en boga, no atrae para nada a artistas ni a veraneantes. Hacedos siglos, cuando a la gente no se le pasaba por la cabeza rerse de brujeras, cultos satnicos osiniestros seres que poblaban los bosques, daban muy buenas razones para evitar el paso por la localidad.Pero en los racionales tiempos que corren -silenciado el horror que se desat sobre Dunwich en 1928 porquienes procuran por encima de todo el bienestar del pueblo y del mundo- la gente elude el pueblo sinsaber exactamente por qu razn. Quiz el motivo de ello radique -aunque no puede aplicarse a losforasteros desinformados- en que los naturales de Dunwich se han degradado de forma harto repulsiva,habiendo rebasado con mucho esa senda de regresin tan comn a muchos apartados rincones de NuevaInglaterra. Los vecinos de Dunwich han llegado a constituir un tipo racial propio, con estigmas fsicos ymentales de degeneracin y endogamia bien definidos. Su nivel medio de inteligencia es increblementebajo, mientras que sus anales despiden un apestoso tufo a perversidad y a asesinatos semiencubiertos, aincestos y a infinidad de actos de indecible violencia y maldad. La aristocracia local, representada por losdos o tres linajes familiares que vinieron procedentes de Salem en 1692, ha logrado mantenerse algo porencima del nivel general de degeneracin, aunque numerosas ramas de tales linajes acabaron por sumirsetanto entre la srdida plebe que slo restan sus apellidos como recordatorio da origen de su desgracia.Algunos de los Whateley y de los Bishop siguen an enviando a sus primognitos a Harvard yMiskatonic, pero los jvenes que se van rara vez regresan a las semiderruidas techumbres de estiloholands bajo las que tanto ellos como sus antepasados nacieron y crecieron.

    Nadie, ni siquiera quienes conocen los motivos por los que se desat el reciente horror, puededecir qu le ocurre a Dunwich, aunque las viejas leyendas aluden a idoltricos ritos y cnclaves de losindios en los que invocaban misteriosas figuras provenientes de las grandes montaas rematadas enforma de bveda, al tiempo que oficiaban salvajes rituales orgisticos contestados por estridentescrujidos y fragores salidos del interior de las montaas. En 1747, el reverendo Abijah Hoadley, recinincorporado a su ministerio en la iglesia congregacionalista de Dunwich, predic un memorable sermnsobre la amenaza de Satans y sus demonios que se cerna sobre la aldea en el que, entre otras cosas,dijo:

    No puede negarse que semejantes monstruosidades integrantes de un infernal cortejo de demonios sonfenmenos harto conocidos como para intentar negarlos. Las impas voces de Azazel y de Buzrael, de Belceb y deBelial, las oyen hoy saliendo de la tierra ms de una veintena de testigos de toda confianza. Y hasta yo mismo, nohar ms de dos semanas, pude escuchar toda una alocucin de las potencias infernales detrs de mi casa. Loschirridos, redobles, quejidos, gritos y silbidos que all se oan no podan proceder de nadie de este mundo, eran deesos sonidos que slo pueden salir de recnditas simas que nicamente a la magia negra le es dado descubrir y aldiablo penetrar.

    No haba pasado mucho tiempo desde la lectura de este sermn cuando el reverendo Hoadleydesapareci sin que se supiera ms de l, si bien sigue conservndose el texto del sermn, impreso enSpringfield. No haba ao en que no se oyese y diese cuenta de estrepitosos fragores en el interior de lasmontaas, y an hoy tales ruidos siguen sumiendo en la mayor perplejidad a gelogos y fisigrafos.

    Otras tradiciones hacen referencia a ftidos olores en las inmediaciones de los crculos derocosas columnas que coronan las cumbres montaosas y a entes etreos cuya presencia puede detectarsedifusamente a ciertas horas en el fondo de los grandes barrancos, mientras otras leyendas tratan deexplicarlo todo en funcin del Devils Hop Yard, una ladera totalmente balda en la que no crecen nirboles, ni matorrales ni hierba alguna. Por si fuera poco, los naturales del lugar tienen un miedo cerval ala algaraba que arma en las clidas noches la legin de chotacabras que puebla la comarca. Afirman quetales pjaros son psicopompos* que estn al acecho de las almas de los muertos y que sincronizan alunsono sus pavorosos chirridos con la jadeante respiracin del moribundo. Si consiguen atrapar el almafugitiva en el momento en que abandona el cuerpo se ponen a revolotear al instante y prorrumpen endiablicas risotadas, pero si ven frustradas sus intenciones se sumen poco a poco en el silencio.

    Claro est que dichas historias ya no se oyen y no hay quien crea en ellas, pues datan de tiemposmuy antiguos. Dunwich es un pueblo increblemente viejo, mucho ms que cualquier otro en treintamillas a la redonda. Al sur an pueden verse las paredes del stano y la chimenea de la antiqusima casade los Bishop, construida con anterioridad a 1700 en tanto que las ruinas del molino que hay en lacascada, construido en 1806, constituyen la pieza arquitectnica ms reciente de la localidad. Laindustria no arraig en Dunwich y el movimiento fabril del siglo XIX result ser de corta duracin en lalocalidad. Con todo, lo ms antiguo son las grandes circunferencias de columnas de piedra toscamentelabradas que hay en las cumbres montaosas, pero esta obra se atribuye por lo general ms a los indiosque a los colonos. Restos de crneos y huesos humanos, hallados en el interior de dichos crculos y en

    * Conductores de almas al reino de los muertos. (N del T.)

  • torno a la gran roca en forma de mesa de Sentinel Hill, apoyan la creencia de que tales lugares fueron enotras pocas enterramientos de los indios pocumtuk, aun cuando numerosos etnlogos, obviando laprctica imposibilidad de tan disparatada teora, siguen empeados en creer que se trata de restoscaucsicos.

    II

    Fue en el trmino municipal de Dunwich, en una granja grande y parcialmente deshabitadalevantada sobre una ladera a cuatro millas del pueblo y a una media de la casa ms cercana, donde eldomingo 2 de febrero de 1913, a las 5 de la maana, naci Wilbur Whateley. La fecha se recuerdaporque era el da de la Candelaria, que los vecinos de Dunwich curiosamente observan bajo otro nombre,y, adems, por el fragor de los ruidos que se oyeron en la montaa y por el alboroto de los perros de lacomarca que no cesaron de ladrar en toda la noche. Tambin cabe hacer notar, aunque ello tenga menosimportancia, que la madre de Wilbur perteneca a la rama degradada de los Whateley. Era una albina detreinta y cinco aos de edad, un tanto deforme y sin el menor atractivo, que viva en compaa de suanciano y medio enloquecido padre, de quien durante su juventud corrieron los ms espantosos rumoressobre actos de brujera. Lavinia Whateley no tena marido conocido, pero siguiendo la costumbre de lacomarca no hizo nada por repudiar al nio, y en cuanto a la paternidad del recin nacido la gente pudo -yas lo hizo- especular a su gusto. La madre estaba extraamente orgullosa de aquella criatura de tezmorena y facciones de chivo que tanto contrastaba con su enfermizo semblante y sus rosceos ojos dealbina, y cuentan que se la oy susurrar multitud de extraas profecas sobre las extraordinariasfacultades de que estaba dotado el nio y el impresionante futuro que le aguardaba.

    Lavinia era muy capaz de decir tales cosas, pues de siempre haba sido una criatura solitaria aquien encantaba correr por las montaas cuando se desataban atronadoras tormentas y que gustaba deleer los voluminosos y aejos libros que su padre haba heredado tras dos siglos de existencia de losWhateley, libros que empezaban a caerse a pedazos de puro viejos y apolillados. En su vida haba ido ala escuela, pero saba de memoria multitud de fragmentos inconexos de antiguas leyendas populares queel viejo Whateley le haba enseado. De siempre haban temido los vecinos de la localidad la solitariagranja a causa de la fama de brujo del viejo Whateley, y la inexplicable muerte violenta que sufri sumujer cuando Lavinia apenas contaba doce aos no contribuy en nada a hacer popular el lugar. Siempresolitaria y aislada en medio de extraas influencias, Lavinia gustaba de entregarse a visiones alucinantesy grandiosas, a la vez que a singulares ocupaciones. Su tiempo libre apenas se vea reducido por loscuidados domsticos en una casa en que ni los menores principios de orden y limpieza se observabandesde haca tiempo.

    La noche en que Wilbur naci pudo orse un grito espantoso, que retumb incluso por encimade los ruidos de la montaa y de los ladridos de los perros, pero, que se sepa, ni mdico ni comadronaalguna estuvieron presentes en su llegada al mundo. Los vecinos no supieron nada del parto hasta pasadauna semana, en que el viejo Whateley recorri en su trineo el nevado camino que separaba su casa deDunwich y se puso a hablar de forma incoherente al grupo de aldeanos reunidos en la tienda de Osborn.Pareca como si se hubiera producido un cambio en el anciano, como si un elemento subrepticio nuevose hubiese introducido m su obnubilado cerebro transformndole de objeto en sujeto de temor, aunque, adecir verdad, no era persona que se preocupase especialmente por las cuestiones familiares. Con todo,mostraba algo de orgullo que ltimamente haba podido advertirse en su hija, y lo que dijo acerca de lapaternidad del recin nacido sera recordado aos despus por quienes entonces escucharon sus palabras.

    -Me trae sin cuidado lo que piense la gente. Si el hijo de Lavinia se parece a su padre, ser biendistinto de cuanto puede esperarse. No hay razones para creer que no hay otra gente que la que se ve porestos aledaos. Lavinia ha ledo y ha visto cosas que la mayora de vosotros ni siquiera sois capaces deimaginar. Espero que su hombre sea tan buen marido como el mejor que pueda encontrarse por esta partede Aylesbury, y si supierais la mitad de cosas que yo s no desearais mejor casamiento por la iglesia niaqu ni en ninguna otra parte. Escuchad bien esto que os digo: algn da oiris todos al hijo de Lav...