El Chicho Allende Carlos Jorquera Tolosa

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    07-Jul-2016

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  • El Chicho Allende Carlos Jorquera Tolosa

  • Desde el golpe militar del 11 de septiembre de 1973 se han escrito numerosos artculos, ensayos, intentos de biografas e incluso novelas sobre el ex Presidente Salvador Allende. Hasta ahora, sin embargo, no se haba trazado un perfil tan ntimo del Chicho. Esta es una crnica entraable pero puntillosa en el afn de no distorsionar la real personalidad del dirigente socialista que llen medio siglo de la historia poltica de Chile.

    Primera edicin, 1990

    Segunda edicin, 1993

    1990 Carlos Jorquera Tolosa

    Inscripcin legal N 74.429

    de esta edicin

    Ediciones BAT

    Antonio Varas 1480, Providencia

    Telfono Fax: 2230668

    Santiago de Chile

    I.S.B.N 956-7022-07-K

    Diseo de portada: Patricio Andrade

    Impresor: Alborada S.A.

    Impreso en Chile / Printed in Chile

    Noviembre de 1993

    Tirada de esta segunda edicin: 1.000 ejemplares

  • Carlos Jorquera, es periodista, punto.

    Reportero de vocacin irresistible, escribi en algunos de los peridicos y revistas ms recordados de Chile: Las Noticias Grficas, Las Noticias de ltima Hora, Ercilla y Punto Final. En televisin hizo famoso su programa de entrevistas A ocho columnas. Pero su principal ocupacin, en la mayor parte de su vida adulta, consisti en asesorar al senador y luego Presidente Salvador Allende, a quien acompa hasta el final en el palacio de La Moneda. Despus del golpe militar estuvo dos aos preso en la isla Dawson y en distintos lugares de reclusin. En 1975 sali al exilio y permaneci en Venezuela, trabajando como editor de El Diario de Caracas. Retorn a Chile apenas le fue levantada la prohibicin de ingreso, en 1988.

    Un retrato a la vez irreverente y entraable del amigo, el lder, el estadista y el gran orador a quien su padre llam Chicho porque de nio vacilaba al pronunciar su nombre: Salvadorcito, Salvador Allende.

  • UNO

    . . . Y ENTONCES, ME SUICIDE.

    Y fue cierto: el Negro Jorquera, despus de pasar por todo lo que pas en La Moneda, ese 11 de septiembre, se suicid. As, tal como suena.

    A un periodista viejo como el Negro, muchas cosas se le tienen que haber esfumado de la memoria, pero nunca un hecho como su propio suicidio.

    Tambaleando entre sus recuerdos, ahora no le queda ms camino que reconocer la verdad, a prueba de desmentidos, como sentencia el catecismo del oficio.

    Y reflexiona:

    No llevo la cuenta de los suicidios que me ha tocado reportear. Y siempre pens que el principal problema, para nosotros, los periodistas, consiste en que los suicidas no pueden declarar a la prensa despus de muertos. Y eso le quita a la noticia una dosis importante de veracidad, la cual habitualmente se suple recurriendo al melodrama; es decir, imaginando lo que seguramente debi haber ocurrido. Hay suicidas que dejan cartas, es cierto. Pero esas nunca sirven de mucho; alo ms, para conformar, en algo siquiera, a los familiares y ahorrarle trabajo a la polica. Yo haba reporteado fusilamientos, como el de Carreo Meneses, en La Ligua, y aun algo peor: una notificacin judicial de la pena de muerte: al Criollito. No dir que sean mejores o peores que suicidarse; precisamente por eso: porque los muertos no hablan. Puedo asegurar, en cambio, que si suicidarse con eficiencia ya es bastante malo, ello no significa que sea tan bueno intentarlo y resultar frustrado. Me parece recordar, a propsito, que el Cdigo Penal no castiga al suicida chasqueado. Con razn, porque con el ridculo es suficiente. Pero s pena a quien colabore con l. En el caso mo, deberan haber juzgado a Osvaldo Puccio. l me proporcion la cpsula que tragu para quitarme la vida, convencido de que era una decisin poltica convenida por los colaboradores de Chicho Allende, que estbamos sobreviviendo a su muerte. Es decir: acompaarlo hasta el Ms All. Creo que pocas veces he sido polticamente ms responsable que cuando tragu la cpsula y me tend en un camastro en uno de los stanos del Ministerio de Defensa esperando que la muerte me llegara; ojal sin tanto alboroto, no como lo estuviera haciendo durante toda esa maana imposible de olvidar.

    Chicho ya estaba muerto. De lo contrario, yo me hubiera ganado una "allendada", por ineficiente: no slo no me mor, sino que, gracias a esa cpsula, comenc a sentirme un poco ms aliviado.

    Puccio (Secretario Privado de Chicho), finalizando su libro. Un Cuarto de Siglo con Allende, relata as esta escena:

    De pronto lleg el compaero Carlos Jorquera, que haba estado en La Moneda. Estaba fsicamente destrozado y arrastraba una pierna. A pesar de que vena escoltado por soldados y dos oficiales, le pregunt a Jorquera: "Negro! Y cmo est el Chicho?" Carlos quiso contestarme. Lo empujaron violentamente hacia la otra punta de la pieza. El oficial dijo: "Su Chicho se est pudriendo. Se lo estn comiendo los gusanos. Dos metros bajo tierra".

    El oficial que mandaba el piquete orden a los soldados abandonar la pieza y se qued a solas con el Negro. Lo trat de "seor", algo que al Negro se le qued grabado para el resto de sus das... Menos mal, al fin era seor. Ms vale tarde que nunca.

  • Voy a tener que allanarlo de nuevo, seor Jorquera.

    Se qued mirando la placa del funcionario de la Presidencia: La voy a guardar como recuerdo.

    Cuidado, mire que parece que trae mala suerte.

    En seguida, el oficial observ con ms calma a su prisionero: Puchas que est jodido. Quiere ir al bao?

    Sera bueno: estoy tan mojado, por fuera...

    Y entonces una rpida visita a un bao vecino y a la pieza otra vez.

    Qu ms necesita, seor Jorquera? Un cigarrito.

    Yo no fumo, pero voy a ir a buscarle uno por ah. Ah, y le voy a conseguir un par de aspirinas, a ver si as puede empezar a bajar ese brazo... Son dolores neurlgicos.

    Osvaldo Puccio poda contemplar esta escena porque estaba sentado sobre una mesita ubicada en un pasillo que enfrentaba a la pieza.

    Cuando el oficial sali, Puccio hizo un movimiento con su brazo derecho, como si fuera a sobarse la espalda, y lanz la cpsula que cay en la cama de Jorquera. Este le hizo una pregunta con los ojos y Puccio la respondi con un gesto aprobatorio, grave y compungido: el ltimo adis entre dos viejos amigos.

    El Negro Jorquera asegura:

    Haba ledo muchas historias acerca de quienes, luego de una derrota, o para evitar las torturas, andan con veneno encapsulado y se lo toman cuando ven que ya todo est perdido. Los alemanes, por ejemplo, haban perfeccionado mucho este sistema y hasta algunos de los procesados en Nuremberg eludieron el castigo tragndose una cpsula. Yo cre que as era la cosa y que ahora me tocaba a m. Acert, eso s, en la nacionalidad de la cpsula: era alemana. El embajador de la RDA se las traa especialmente a Osvaldo, para normalizarle su propensin a los infartos.

    Reapareci el oficial con el cigarrillo encendido y los analgsicos. Le estrech la mano al Negro Jorquera, dicindole:

    Hasta aqu no ms puedo llegar. Lo dems es cuestin de suerte. Yo me voy muy contento de haberle salvado la vida. Espero que alguna vez volvamos a encontramos. Yo s cmo se llama usted pero usted no sabe cmo me llamo yo. No importa, cuando sea necesario lo va a saber. Adis y... buena suerte. Qu haba ocurrido? Los recuerdos de Jorquera registran lo siguiente, contado mal y pronto:

    Ya estbamos tirados en la otra vereda, la del garage de La Moneda, absolutamente inmviles, porque cada uno tena tres o cuatro soldados con sus metralletas pegadas a nuestros cogotes, esperando el menor movimiento para disparar.

    Y, de pronto, se escucha una voz muy potente:

    Vulvanse "chuchasdesumadre" para verles las caras. Poco a poco los cados empezaron a cumplirla orden. Cuando el oficial que la haba dado iba frente al Negro, lo mir con ms detenimiento y dijo:

    Este es Jorquera. Ya, arriba!

    Y le hizo un gesto con la mano, para que el Negro se levantara. Pero cuando ste iba a medio camino, algunos de los soldados parece que tenan una idea contraria porque hicieron ademn de dispararle. Entonces el oficial se regres rpidamente y ayud al Negro a

  • levantarse. Luego cruz con l la calle Morand y lo dej de pie, apoyado en la muralla de La Moneda. Le recomend:

    No haga ningn movimiento. Porque apenas se mueva le van a disparar.

    Y cinco soldados, con sus inquietas ametralladoras, hicieron un semicrculo en tomo al prisionero. El oficial termin su recorrido de inspeccin y volvi donde Jorquera.

    Ya, vamos andando.

    El, en la vanguardia; al medio, el Negro; y los cinco soldados apuntando, en la retaguardia. En el Ministerio de Defensa, los uniformados se le cuadraron respetuosamente al oficial y el grupo entr, sin dificultades, hasta esa pieza pequea del stano, frente a la cual estaba Osvaldo Puccio y donde el Negro qued en depsito hasta que lo sacaron para llevarlo a la Escuela Militar, junto con otros prisioneros importantes. A partir de ah, ascendi de "seor"a "jerarca".

    Y, en un quinto piso de uno de los edificios de la Escuela Militar, los presos destinaron los primeros minutos a intercambiar sus propias experiencias. Todas tristes, por supuesto. Es probable que la del negro Jorquera haya sido una de las que aparecieran ms inverosmiles.

    A poco de llegar a Caracas exiliado, luego de dos aos de prisin, ms o menos pas por ah Eugenio Velasco Letelier. Almorzaron juntos, en el hotel donde el Negro Jorquera se hospedaba. La pregunta de rigor: Cmo te pudiste salvar?

    El periodista cont su versin, la nica que tena. Result notorio que el hombre de leyes, y gran luchador por los derechos humanos, no fue mucho lo que le crey. Ms bien pareci atribuirlo a un desajuste mental de los que, comprensiblemente, suelen adolecer quienes empiezan a respirar de nuevo aires de libertad.

    Meses despus, fue el propio Eugenio Velasco el que lleg exiliado a Caracas. Al encontrarse nuevamente con su amigo periodista, exclam:

    Negro, y era verdad lo que me contaste.

    Claro, ya se haba celebrado en Santiago la Asamblea de Cancilleres de la OEA, con la presencia del mismsimo Henry Kissinger. Algunos asilados en diversas sedes diplomticas trataron de aprovechar la oportunidad para denunciar atropellos a los derechos humanos.

    Hubo uno que no alcanz a asilarse en la Embajada de Italia. Solamente pudo llegar hasta la Cancillera italiana (que estaba en otro edificio) y ah se guareci con su esposa y su hijo de cinco aos. Eso fue el 3 de septiembre de 1975.

    Le envi un mensaje a Eugenio Velasco pidindole que fuera a visitarlo. Velasco fue y sostuvo una larga conversacin con ese exoficial de Inteligencia, que llegara a ser el "decano" de los asilados en Santiago. Tuvo que pasar mucho tiempo antes que las autoridades militares chilenas accedieran a darle el salvoconducto. No porque haya salvado al Negro Jorquera, que eso no tena la menor importancia, sino porque "saba demasiado".

    Cuando estaba en la Cancillera de la Embajada de Italia, se las arregl para hacerle llegar una carta a Carlos Morales Abarza (exdiputado y expresidente del Partido Radical, exiliado en Caracas). Un prrafo de esa carta, dice textualmente as:

    "Tengo entendido que Carlos Jorquera, el exAgregado de Prensa de Allende, se encuentra asilado en Venezuela. Dile que todava tengo su placa de la Presidencia (...) yo perteneca a la dotacin del Ministerio y no de los regimientos que eran los encargados de los detenidos. As es que revis a los que estaban tendidos boca abajo en la vereda y le dije

  • a Jorquera (quien no saba que de all partiran a ser fusilados) que se levantara. Me dijo:'No puedo', pues tena el brazo derecho contrado por efectos de la tensin nerviosa del bombardeo. Le ayud a levantarse y le dije: 'Vamos al Ministerio' e inmediatamente le dije: 'Hicieron puras cagadas; l me respondi: 'Hicimos lo mejor que pudimos'. Yo le contest: 'Qu lo iban a hacer bien si tenan a la CIA metida hasta en las narices!' Una vez en el Ministerio lo llev al subterrneo, donde tom agua y orin en el lavatorio; en seguida, le prepar una cama para que descansara y le traje 3 mejorales para que se le quitara la neuralgia que no le permita mover el brazo. Todo fue en el ms cordial dilogo. Siempre admir su programa en la televisin, antes de que subiera Allende. Despus no supe ms de l, pero su vida estaba a salvo. El nunca supo cul era su destino si yo no lo hubiera, "bajo mallete", llevado al Ministerio. Hoy estara bajo una acacia. Ahora deseo queme devuelva la mano..."

    En ese da del golpe militar, cualquier expresin de "realismo mgico" qued plida ante tantas historias autnticas ocurridas en un plazo tan breve.

    Por lo pronto, la carta en cuestin es una prueba testimonial del caso de un periodista que le debe la vida a su oficio. Al Negro Jorquera lo salv el recuerdo de su programa de televisin A Ocho Columnas. Por lo menos, as lo asegura el remitente de dicha misiva cuya identificacin, ahora que es l quien est a salvo, ya puede revelarse: El Oficial de Inteligencia de la Fuerza Area de Chile, Rafael Gonzlez Verdugo, Serie 27759.

    Copias fotostticas de la carta en cuestin fueron distribudas entre personalidades extranjeras. Y su original est en los archivos de la Comisin de Derechos Humanos de Naciones Unidas.

    Finalmente, Gonzlez Verdugo logr vencer la resistencia oficial y lleg a Estados Unidos. Aseguran, quienes han estado con l, que tuvo una participacin muy valiosa en la confeccin del guin de una de las pelculas ms laureadas de las ltimas dcadas: Missing (Desaparecido), basada en el caso real del norteamericano Gorman, que fuera fusilado en Santiago durante los das inmediatamente posteriores al golpe. Gonzlez Verdugo parece que conoca todos los detalles de esa dramtica historia que, de paso, sirvi para que Jack Lemmon conquistara nuevas glorias como uno de los mejores actores del cine mundial.

    As son las circunstancias que van determinando las vidas. En otras palabras, las vidas son eso: sucesin de circunstancias. Todo loque fue pudo no haber sido, pero fue. Y desde ah tiene que partir un periodista que pretenda describir un suceso. Con mayor razn cuando fue una vida la que se convirti en un suceso histrico. Es decir, que trascendi a su tiempo y se instal en el futuro.

    Ese fue el caso del Chicho Allende.

    Desde sus primeros pasos, las circunstancias lo fueron determinando para que pudiera culminar su existencia cumpliendo el rol que con tanta pasin anhel. Y que lo domicili para siempre en la. Historia.

    Es claro que l colabor bastante con sus propias circunstancias. Y con tanta porfa lo hizo que, en el balance final, stas solamente aparecen como un aporte de menor cuanta en la construccin de su personalidad. La cuota ms relevante provino de l mismo; fundamentalmente, de su increble tenacidad para volver a transitar lo ya recorrido, para saber detectar una centella de optimismo cuando todo pareca sin remedio derrumbado. Y, muy especialmente, para no dejarse contaminar por la mediocridad.

    Por sobre todas las interpretaciones que puedan surgiry de hecho ya han surgido muchsimas acerca de quin fue y cmo fue Salvador Allende, hay una conclusin en la que coinciden todos los que lo conocieron en la intimidad: fue lo ms alejado que pueda

  • concebirse de un mediocre... a pesar de los distinto...