Edicion 07-07-10

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  • Ma- ViernesJuevesMxima:Mnima:

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    15 C4 CNublado parcial Nublado parcialNublado parcial

    Isidoro. Notable muestra foto-grfica en la reinauguracin.

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    Holanda derrot a Uruguay. Fue ayer por 3 a 2. Hoy juegan Espaa y Ale-mania por el otro lugar en la final.

    Pag. 18

    Club Germano. Anunci en una conferencia de prensa los fes-tejos por sus 70 aos. Darn un gran almuerzoel 25 de julio.

    Pg. 14

    Mircoles

    Centro Oralista. Gran xitodel T a beneficio.

    Pgina 6

    Ao II - N 182 - Mircoles 7 de Julio de 2010 - Coronel Surez - Buenos Aires - Argentina / Valor $ 4,00

    Los veteranos de guerra suarenses viajan a Malvinas

    La semana pasada se conmemor el Da del

    Trabajador Social.Todos los 2 de Julio, se conmemora el da delTrabajador Social. Esta fecha fue establecidaen el ao 1961 y elegida por la liturgia cat-lica, dado que ese da se recuerda la Visita-cin de la Virgen Mara; estimndose que ellose relaciona con la influencia de la tradicincatlica de la poca en la formacin profesio-nal.

    Pgina 3

    RESUMEN

    Radicales. Visit nuestra ciudadel Diputado Provincial AldoPedro Mensi. Pgina 4

    Guiso Malvinero. Se venderel viernes el plato que consumiannuestro soldados. Pgina 10

    Municipales: Levantaron el paro.

    La verdadera historia

  • 2 Mircoles 07 de Julio de 2010

    EDITORIAL

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    Pas, para los argentinos, elMundial, se acab, por ahora,la ilusin de la redencin marado-niana. Dur, el sueo, hasta el fa-tdico sbado gracias a algunaspinceladas dejadas al correr de lospartidos y por la electricidad querecorri la pasin futbolera de unpas que ha sabido de triunfos co-losales, de goles inolvidables y defrustraciones memorables que de-jaron sus marcas bien adentro dela memoria y de la sensibilidad.Los sueos compartidos, siempre,se entrelazan con las huellas de lovivido, son la manifestacin deuna extraa alquimia de ilusionesy de realidades. Su potencia tieneque ver con esos orgenes y conesos trazos dejados en la memoriacolectiva por otras circunstancias.Por eso tambin su desvaneci-miento produce un efecto devas-tador, nos deja con el alma en lospies y con la frustracin a cuestassabiendo que la revancha es unconsuelo que queda demasiadolejos. Pero que, de eso tambinalgo sabemos, suele regresarcuando menos la esperamos y nosdevuelve la alegra perdida enmedio de la derrota actual. Nues-tro ftbol, como nuestra historia,est atravesado por esos momen-tos en los que la felicidad y eldolor han dejado marcas imborra-bles.Una pasin que conmueve la vidacotidiana, que altera los nimos yle da forma, muchas veces, al ca-rcter nacional no puede ser la ex-presin de lo rutinario ni asumirla forma burocrtica de quienesno sienten hasta el fondo de susalmas la significacin de un de-porte que es ms que un juego,mucho ms que un entreteni-miento o que la retrica del fairplay; que pone en evidencia lovisceral y lo emotivo, lo racionaly lo imaginativo y que se entre-laza con recuerdos y biografas decada uno de nosotros. Porque,pese a algunos periodistas que seofrecen como sesudos analistasde la derrota, que siempre esajena, a muchos de nosotros el 4a 0 contra Alemania nos atraviesael cuerpo y los sentimientos, noshace retrotraernos a lo ms recn-dito de nuestra memoria futbols-

    Maradona y nosotros Por Ricardo Forstertica y nos pone delante de una his-toria maravillosa all, incluso,donde la frustracin, la cachetadadestemplada, el golpe de nocaut,la humillacin de resultados cala-mitosos, se conjuga con gambetasinigualables, tacos para la historiay triunfos esplndidos de esos quemuy pocos en el mundo puedenofrecer como propios. Las derro-tas tambin dejan sus marcas yasumen la forma del mito, estnall para recordarnos lo que sole-mos olvidar de nosotros mismos.Son parte de lo que somos y de loque podremos ser si no las olvida-mos ni dejamos de aprender desus enseanzas. Los ojos abiertospor el dolor suelen mirar ms in-tensamente que los que nunca loconocieron. Y tambin por eso lasvictorias, como las alegras, sedisfrutan mucho ms. El tcnico,nico e irreemplazable, de nuestraSeleccin sabe algo de todo esto.Lo sabe porque lo vivi en carne

    propia. Y todo eso lleva el nombrede Maradona. El, como ninguno,representa las alturas ms glorio-sas de nuestro ftbol-poesa, hasido el nombre de lo ms entraa-ble que habita la saga de nuestroftbol porque no slo l fue el cre-ador de un gol eterno, el pibe delos cebollitas que como un magosalido de un circo universal mara-villaba con el jueguito intermina-ble que le permita hacercualquier cosa con su mximo ob-jeto de devocin que fue y es unapelota de ftbol. Maradona esVilla Fiorito, los picados del po-brero, la palabra rea, esa que nosha dejado sentencias nicas, aquelque la rompi en la vieja canchade La Paternal, que se convirti,

    para todo el pueblo napolitano, enun semidios, aquel que redimi alos pobres del sur italiano contralos siempre triunfadores habitan-tes del norte; fue el de las lgri-mas de bronca en la final del 90,el de los tobillos reventadosdando su ltimo esfuerzo, elamado por los humildes y elodiado por los dueos del nego-cio. Tambin fue el de la cada, elde una vida privada saqueada porla brutalidad amarillista de losmedios de comunicacin, el deuna adiccin que le robaba su pa-labra y le ofreca el rostro espan-toso de la desolacin. Fue eso ymucho ms. El triunfo deparado alos olmpicos, a los elegidos delos dioses y el que pag el precioterrible de ser quien fue y quienes. Maradona lleva a cuestas elpeso de ser Maradona y, eso creo,lo hace con una dignidad que muypocos tienen; lo hace con la inte-gridad de los que han conocido el

    cielo y el infierno, las mximasalturas del xito y de los elogiosrutilantes y su contracara, la cadaen abismo, la soledad, la ven-ganza de los mediocres que nuncahan dejado de maltratar a Mara-dona en sus momentos de inquie-tante debilidad o en circunstanciassignadas por la derrota, la futbo-lera y, peor todava, la de la vida.Maradona ha sido el del milagroque le permiti reconstruirse, esemismo que desminti a los agore-ros que se solazaban con su de-rrumbe. En l, en su travesaextrema y extraordinaria por unacancha de ftbol y por el laberintode la vida, metaboliz lo impen-sado de quien ha sabido revertirsus propias ausencias. Hay algo

    de todos nosotros en el zigzagueomaradoniano, algo de ese juegocon los extremos que ha venidomarcando la vida argentina desdesiempre. Una gramtica del ex-ceso, un fervor por el que se pagaun altsimo precio cuando llega lahora de la derrota, pero que nos hapermitido disfrutar con una inten-sidad nica cuando llegaron losdas del jbilo. Arrepentirse deesa trama profunda que nos cons-tituye me resulta algo vacuo, in-sustancial e indeseable. Somos,qu duda cabe, la ilusin y la frus-tracin, el empeo por hacernoscargo de lo mejor de una historiapigmentada por sueos a veces in-alcanzables y la imperiosa necesi-dad de hacernos cargo de nuestrasimposibilidades.Algo de lo extremo, de eso quesiempre acompa a Diego, pa-rece dar cuenta de nuestras vicisi-tudes, como si no nos convinieranel equilibrio ni el consenso. Todoo nada. El itinerario de Maradonase entrelaza con el del pas, juegaen espejo y nos muestra imgenesde nosotros mismos. Sus xitos ysus derrotas no parecen ser muydistintas a las que nos acompaa-ron a lo largo de la historia. Supi-mos de momentos esplndidos, demundos populares alcanzandocotas de equidad, que dejaron sushuellas en lo ms profundo de lamemoria colectiva (y el Mara-dona de los suburbios populares,el amasado en los potreros del po-brero, el del lenguaje reo, el quesiempre estuvo ms cerca de Ga-rrincha que de Pel representa unaparte no menor de esa memoria deun pasado mejor); supimos, tam-bin, de descensos al infierno, dehorrores dictatoriales y de masi-vas destrucciones de nuestros sue-os en distintas circunstancias denuestra travesa como nacin. Co-nocimos la esperanza y supimosdel desencanto, tocamos los resor-tes ms ntimos de la ilusin y nosdescubrimos en medio de la pesa-dilla. Como pas tuvimos, y tene-mos, algo maradoniano,imposible, loco, entraable, ines-perado que no sabe de puertos in-termedios, de maquinarias quesiempre funcionan de la mismamanera. Conocimos la improvisa-cin genial y el desastre de la im-provisacin. Jugamos en equipo ynos embelesamos ante la apari-cin del genio que, l solo, resol-va partidos. Tal vez nuestroproblema radique en no lograrque se crucen ms y mejor amboscaminos. Tal vez se fue el errorde Maradona en este Mundial:imaginar que Messi era como l,

    que los mitos se repiten y que lasepopeyas estn a la vuelta de laesquina. A Messi, como a la his-toria argentina, le pesa la sombradel mito, el recuerdo de lo mara-villoso perdido que, sin embargo,sigue insistiendo. Todos, sabin-donos portadores de una vana ilu-sin, sobamos el sbado enmedio de lo que pareca un desas-tre, con la jugada maradonianahecha por Messi, con esa gambetaincreble reproducida 24 aosdespus. Claro, descubrimos quelos acontecimientos inolvidablesson nicos y no se repiten o, almenos, no cuando los esperamos.Messi no es Maradona, no puedeserlo. Su vida, el itinerario que lollev, siendo un chico, desde suRosario natal hacia Barcelona notiene nada que ver con los pasosseguidos por Diego. En Maradonahay todava un resto de otro pas,la saga mutilada de viejas histo-rias populares, el camino desde lapobreza hacia la cumbre, la fide-lidad a los orgenes que siemprese denuncia en sus momentos dearrebato, all donde suele cincelarfrases filosas y memorables comoaquella que para siempre nos re-cord que la pelota no se man-cha. Messi, que es un buenchico, humilde pese a ser quienes, tiene ms que ver con el futbolespectculo, con Europa, con lascanchas armnicas y prolijas, deesas que parecen mesas de billary que nada tienen que ver con lasnuestras (muchas veces impresen-tables y salpicadas por la violen-cia