27. Horror en El Museo - Hazel Heald

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    18-Jan-2016

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<p>Horror en el museo.The horror in the museum.H.P. Lovecraft (1890-1937)Hazel Heald.</p> <p>Fue una desganada curiosidad lo que llev en un principio a Stephen Jones al Museo de Rogers. Alguien le haba comentado algo acerca del extrao establecimiento subterrneo de la calle Southwark, cruzando el ro, donde haba estatuas de cera mucho ms horribles que las peores efigies expuestas en el museo de Madame Tussaud, y se haba acercado all uh da de abril para ver cunta decepcin poda causarle. Extraamente, no fue as. Haba algo diferente y peculiar all, despus de todo. Por supuesto, no faltaban los truculentos tpicos: Landr, el doctor Crippen, Madame Demers, Rizzio, Lady jane Grey, interminables vctimas mutiladas de la guerra y la revolucin, y monstruos del tipo de Gilles de Rais y el Marqus de Sade; pero tambin haba otros seres que aceleraron su respiracin y le hicieron quedarse hasta que son la campanilla de cierre. El hombre que haba diseado tal coleccin no poda ser un vulgar saltimbanqui. Haba imaginacin, incluso genio enfermizo, en algunos de sus trabajos. Ms tarde, haba indagado acerca de George Rogers. El hombre haba estado en el equipo del Tussaud, pero algn problema haba hecho que lo abandonara. Se comentaban maledicencias acerca de su estado mental y chismes sobre su enloquecida forma de trabajar en secreto, aunque, posteriormente, la prosperidad de su propio museo subterrneo haba embotado el filo de algunas crticas, al tiempo que afilado las insidiosas puntas de otras. La teratologa e iconografa de pesadilla eran sus pasiones, e incluso l haba tenido el tacto de emplazar algunas de sus peores efigies en una sala especial reservada a los adultos. sa era la estancia que tanto fascinara a Jones. Haba bastardas entidades hbridas que slo la fantasa poda incubar, modeladas con diablica pericia y coloreadas con una horrible semejanza de vida.</p> <p>Algunas eran las figuras de los mitos habituales: gorgonas, quimeras, dragones, cclopes y todos sus tenebrosos congneres. Otras estaban extradas de ciclos de soterradas leyendas ms oscuras y que se mencionaban en un tono ms furtivo; el negro e informe Tsathoggua, el multitentaculado Cthulhu, el proboscdeo Chaugnar Faugn y otras blasfemias insinuadas en prohibidos libros, tales como el Necronomicn, el Libro de Eibon, o los Unaussprechlicben Kulten de Von Junzt. Pero lo peor de todo eran aquellos seres: completamente nuevos para Rogers, y mostrando figuras que ningn relato de la antigedad os jams siquiera insinuar. Algunas eran odiosas parodias de formas de vida orgnicas conocidas mientras que otras parecan extradas de febriles sueos sobre otros planetas o galaxias. Las extraas pinturas de Clark Asthon Smith podran sugerir algo de eso... pero nada poda insinuar el efecto de punzante, espantoso terror provocado por el gran tamao y el trabajo diablicamente hbil, as como las infernales e ingeniosas condiciones de luz bajo las que se exhiban. Stephen Jones, como ocioso degustador de la extravagancia en el arte, haba visitado al propio Rogers en su sombra oficina o taller, ms all de la estancia abovedada del museo... una cripta que causaba espanto a la vista, alumbrada dbilmente por polvorientas ventanas emplazadas cmo troneras horizontales en la pared de ladrillo, al nivel de los antiguos adoquines de un patio interior. Era all donde se restauraban las imgenes... all, tambin, era donde se elaboraban. Brazos, piernas, cabezas y torsos de cera yacan en grotesca mescolanza sobre varios bancos de trabajo, mientras que en altas estanteras se entremezclaban indiscriminadarnente pelucas enmaraadas, dientes de aspecto hambriento y ojos de cristal de mirada fija. Vestidos de todas clases pendan de ganchos y, en una estancia, haba grandes pilas de cera color carne, as como estantes colmados con botes de pintura y pinceles de todos tipos. En el centro de la habitacin haba un gran horno usado para preparar la cera para su moldeado, con el hogar cubierto por un inmenso recipiente de hierro con bisagras, con un cao que permita verter la cera fundida mediante el simple toque de un dedo.</p> <p>Otras cosas en la deprimente cripta eran menos descriptibles: solitarias partes de problemticas entidades cuyas formas completas eran los fantasmas del delirio. En otro extremo haba una puerta de pesadas planchas de madera asegurada con un candado inslitamente grande y un smbolo muy curioso pintado en su superficie. Jones, que haba tenido acceso, en cierta ocasin, al temible Necronomicn, se estremeci involuntariamente al reconocerlo. Este empresario, reflexion, deba ser sin duda una persona de erudicin desconcertantemente amplia en campos oscuros y dudosos. Tampoco le defraud la conversacin de Rogers. El hombre era alto, delgado y bastante desaliado, con grandes ojos negros que relumbraban en un semblante plido y habitualmente cubierto por una barba de varios das. No le molest la intrusin de Jones, antes al contrario, pareci dar la bienvenida a la oportunidad de desahogarse con alguien interesado. Su voz era singularmente profunda y resonante, y albergaba una especie de refrenada intensidad que bordeaba lo febril. Jones no se asombr de que muchos le consideraran un demente. Mediante sucesivas preguntas y las que en semanas sucesivas se convertiran en algo parecido a un hbito-, Jones haba encontrado a Rogers progresivamente comunicativo y abierto. Desde el principio, hubo indicios de extraas creencias y prcticas por parte del empresario, y, ms tarde, tales insinuaciones se convirtieron en relatos abiertos cuya extravagancia a pesar de una pocas fotografas de prueba era casi cmica; Fue un da de junio, una noche que Jones haba llevado una botella de buen whisky, cuando replic a su anfitrin algo libremente que los relatos resultaban verdaderamente demenciales. Previamente, hubo salvajes narraciones sobre misteriosos viajes al Tbet, al interior de frica, al desierto de Arabia, al valle del Amazonas, Alaska y algunas islas poco conocidas del Pacfico Sur, adems de jactancias de haber ledo algunos libros monstruosos y casi mticos, tales como los prehistricos fragmentos Pnakticos y los cnticos del Dhol, atribuidos a la maligna e inhumana Leng; pero nada de todo esto haba sido tan inconfundiblemente demencial como lo que haba salido a relucir aquella tarde de junio bajo el influjo del whisky. Para ser sinceros, Rogers comenz haciendo vagos alardes de haber descubierto ciertos seres en la naturaleza que nadie encontrara antes y haber vuelto con pruebas tangibles de tales descubrimientos. Segn su perorata etlica, haba llegado ms lejos que nadie en la interpretacin de los oscuros y primordiales libros que estudiara, siendo encaminado por ellos a algunos remotos lugares donde se ocultaban extraos supervivientes... supervivientes de eones y ciclos vitales anteriores a la humanidad, en algunos casos conectados con otras dimensiones y mundos; una comunicacin que era frecuente en los olvidados das prehumanos. Jones se maravill de las fantasas que tales ideas podan conjurar y se pregunt tambin cul sera el historial mental de Rogers. Habra sido su trabajo entre los enfermizos espantajos del Madame Tussaud el inicio de tales vuelos de la imaginacin o, por el contrario, era una tendencia innata, y la eleccin de su trabajo era simplemente una de sus manifestaciones? De cualquier forma, el trabajo del hombre estaba estrechamente ligado a sus ideas. Hasta entonces, no haba confundido la tendencia? de sus sombras insinuaciones con las monstruosidades de pesadilla de la velada sala de slo adultos. Descuidando el ridculo, intentaba insinuar que no todo en aquellas anormalidades demonacas era artificial.</p> <p>Fue el abierto excepticismo y diversin de Jones ante tales pretensiones irresponsables lo que cortaron la creciente cordialidad. Rogers, evidentemente, se tornaba todo aquello muy en serio; de ah en adelante, se tom parco de palabras y resentido, tolerando a Jones slo gracias a una tenaz ansiedad de romper su muro de educada y complaciente incredulidad. Continuaron los cuentos estrafalarios y las sugerencias sobre ritos y sacrificios a los indescriptibles dioses primordiales, y, a cada momento, Rogers poda guiar a su invitado a una de las odiosas blasfemias de la sala vedada y mostrar las facciones difciles de compaginar con incluso la ms delicada artesana. Jones continuaba sus visitas impelido por una fascinacin, aunque era consciente de haber perdido la estima de su anfitrin. A veces intentaba congeniar con Rogers mediante fingidos asentimientos a sus locas insinuaciones o afirmaciones, pero el enjuto empresario rara vez resultaba engaado por tales tcticas. La tensin culmin en septiembre. Jones se haba dejado caer casualmente en el museo una tarde y deambulaba por los penumbrosos corredores, cuyos horrores le eran ahora tan familiares, cuando escucho un sonido muy curioso proveniente de la direccin del taller de Rogers. Otros lo escucharon tambin y se sobresaltaron nerviosamente mientras los ecos retumbaban por el gran stano abovedado. Los tres empleados cambiaron extraas miradas, y uno de ellos, un oscuro y taciturno sujeto de aspecto extranjero que siempre oficiaba como encargado de Rogers, sonri de una forma que pareci confundir a sus colegas y que hiri violentamente la sensibilidad de Jones. Era el aullido o el grito de un perro, y era un sonido lanzado bajo un espanto supremo entremezclado con agona. Su frenes desnudo y angustiado era espantoso de escuchar y, en aquel establecimiento de grotesca anormalidad, resultaba doblemente odioso. Jones record que no se admitan perros en el museo. Estaba a punto de ir hasta la puerta que llevaba al taller; cuando el oscuro empleado le detuvo con palabras y gestos. Mr. Rogers, dijo el hombre, con una suave y ligeramente acentuada voz, al tiempo apologtica y vagamente sardnica, estaba fuera y haba rdenes tajantes de no admitir a nadie en el taller en su ausencia. Respecto a aquel aullido, sin duda proceda del patio adjunto al museo. La vecindad estaba llena de chuchos extraviados, y sus peleas a veces eran impresionantemente ruidosas. No haba perros en ningn lugar del museo. Pero si Mr. Jones deseaba ver a Mr. Rogers, podra encontrarle justo antes del cierre.</p> <p>Tras aquello, Jones subi los viejos peldaos de piedra hacia la calle y examin el msero vecindario con curiosidad. Los pobres y decrpitos edificios antiguamente moradas y ahora, en su mayora, tiendas y almacenes- eran realmente vetustos. Algunos de ellos tenan techos a dos aguas que parecan devolver a los tiempos de los Tudor, y un dbil hedor miasmtico penda sobre toda la zona. Junto a la sucia construccin cuyos stanos albergaban el museo, haba un bajo soportal que daba paso a un oscuro callejn empedrado, y Jones sinti un vago deseo de encontrar el patio tras el taller y tranquilizar a su mente respecto del asunto del perro. El patio estaba en penumbra bajo la tarda luz del ocaso, cercado por paredes traseras, an ms feas e intangiblemente amenazadoras que las destartaladas fachadas de las malignas y antiguas casas: No haba ningn perro a la vista, y Jones se pregunt cmo podran las consecuencias de aquel frentico alboroto desvanecerse tan rpido. A pesar de la afirmacin del encargado sobre que no haba ningn perro en el museo, Jones escrut nerviosamente los tres ventanucos del taller del stano: angostos rectngulos horizontales; cercanos al pavimento lleno de hierbas, con hoscos cristales que parecan tan repulsivos e indiferentes como los ojos de un pez muerto. A su izquierda, un gastado tramo de escalones guiaban a una gruesa y pesadamente aherrojada puerta. Algn impulso le llev a agacharse sobre los hmedos adoquines resquebrajados y escudriar, esperando que las gruesas cortinas verde, movidas mediante largas cuerdas que pendan de un nivel asequible, estuvieran bajadas. La superficie exterior estaba enturbiada por la suciedad, pero mientras las frotaba con su pauelo vio que no haba cortinas entorpeciendo la visin.</p> <p>Tan oscuro estaba el interior del stano que no haba mucho que ver, pero el grotesco instrumental de trabajo amenazaba espectralmente a cada momento a Jones, segn iba probando cada ventana. Al principio pareca evidente que no haba nadie en el interior, pero cuando observ por la ventana de la derecha -la ms cercana al corredor de entrada, vio un resplandor en el extremo ms alejado de la estancia que le hizo detenerse perplejo. No haba ninguna razn para la presencia de esa luz. Era una zona interior de la estancia y no poda recordar luces de gas o elctricas en ese lugar. Otra mirada delimit el resplandor a un ampli rectngulo vertical, y un pensamiento brot en su cabeza. En esa direccin, siempre se haba percatado de la pesada puerta de planchas con el candado anormalmente grande; la puerta que nunca estaba abierta y sobre la que estaba crudamente trazado el odioso y crptico smbolo proveniente de los fragmentarios anales de prohibidas magias primordiales. Deba estar abierta en aquel instante, y haba una luz en su interior. Todas sus primeras especulaciones acerca de dnde guiara aquella puerta, y lo que habra tras ella, se renovaron entonces con multiplicada e inquietante fuerza. Jones deambul sin objetivo alrededor del deprimente vecindario hasta el cierre, a las seis en punto, momento en que volvi al museo para interrogar a Rogers. Apenas poda decirse por qu deseaba tan fervientemente ver en aqul momento al hombre, pero deba tener algunos recelos inconscientes sobre aquel terrible y no ubicado grito canino de la tarde, as como sobre el resplandor en aquel inquietante, y habitualmente cerrado, portn de pesado candado. Los empleados se haban ido cuando lleg, y pens que Orabona el cetrino encargado de aspecto extranjero le haba mirado con algo parecido a una diversin astuta y soterrada. No le gustaba aquella mirada, aun cuando le haba visto dirigrsela a su patrn multitud de veces. La abovedada sala de exhibicin resultaba fantasmal al estar desierta, pero l la cruz rpidamente y golpe en la puerta de la oficina y taller. La respuesta se demor, aunque hubo pasos en el interior. Finalmente, respondiendo a una segunda llamada, el cerrojo chasque, y la antigua puerta de seis paneles cruji abrindose renuentemente, revelando la figura desganada y de ojos febriles de George Rogers. Desde el principio, result evidente que el empresario estaba de un inslito humor. Una peculiar mezcla de reluctancia y a la vez alegra al recibirle, y, en un instante, su charla s desvi hacia extravagancias de la clase ms espantosa e increble.</p> <p>Supervivientes dioses primordiales... sacrificios indescriptibles... la pretensin de realidad sobre algunos de los horrores de la sala... todos los alardes habituales, aunque completados con unas peculiares confidencias en aumento. Obviamente, reflexion Jones, la locura del pobre diablo se estaba imponiendo. A veces, Rogers lanzaba miradas furtivas a la pesada puerta interior cerrada con candado, del extremo de la habitacin, o hacia una pieza de tosca arpillera depositada en el suelo; no lejos de - l, bajo la que pareca yacer al...</p>